Olimpo Cárdenas Delgado

Olimpo Cárdenas Delgado

Friday, 06 February 2009 15:49

Una tragedia ocultada

Esa parte de la costa chilena que vio fraguarse una sublevación de la marina meses antes del golpe de estado en 1973, es el mismo Valparaíso que en 1908 vio nacer a Salvador Allende o “el Chicho”, como era conocido de niño entre sus familiares y amigos. Cuentan algunos de los amigos que compartieron allí la infancia con Allende, que este solía compartir con un lustrabotas anarquista que influyó mucho en su primeras ideas; de él recogió esa tradición de tantos inmigrantes europeos que llegaron al sur del continente a fines del siglo XIX y principios del XX.

 

“En Medellín no hay paramilitarismo sino una sensación de paramilitarismo”, manifestó hace poco el secretario de gobierno de Medellín, Jesús Ramírez. Esta opinión la comparte el alcalde Alonso Salazar y la compartía el alcalde anterior Sergio Fajardo, este último incluso negaba la existencia del fenómeno y colocaba a la comuna trece en casi todas sus conversaciones, como ejemplo de pacificación para Colombia y el mundo. Sin embargo, en la cotidianidad de los barrios de Medellín se vivía y se vive otra cosa. El paramilitarismo totalmente organizado en “oficinas” sigue controlando las plazas mayorista y minorista, cobrando las vacunas, eso sí muy respetuosamente, y controlándolo todo, hasta la administración de la justicia en los barrios: Ellos les parten las piernas contra los andenes a los jóvenes delincuentes que cometen sus fechorías contra la comunidad.

Por supuesto, en la comuna trece las cosas andan de mal en peor. Doña Astrid*, una habitante de La Independencia II, en donde vive desde hace más de 20 años, nos cuenta: “Yo tenía 9 hijos, pero las milicias me mataron dos, hace 12 años; uno de 17 años y al año siguiente me mataron otro de la misma edad. Cuatro estudian en primaria y bachillerato, o mejor, estudiaban porque ya no pueden ir al colegio porque los tienen amenazados de que los matan por ser de este barrio. Es que toda esta zona está manejada por bandas y como cada banda maneja un territorio, entonces los de un barrio no podemos movernos para el otro. Los otros tres hijos trabajan en lo que puedan, cuidando carros o lo que salga. Yo lavo ropa o hago otros oficios domésticos, pero cuando uno dice que vive en la comuna trece a veces no le dan trabajo”. Esto último me lo cuenta la señora después de preguntarle por qué no se van de un barrio tan violento, si no le da miedo de que les maten a los otros hijos. Es claro que no tienen a dónde ir, ni con qué sobrevivir, lo único que tienen es una humilde casa.

Además, hace poco los paras o las bandas, porque ella dice que no sabe si son paras o simplemente bandas de delincuentes juveniles, a pesar que los conoce desde que eran niños, le iban a matar a otro hijo porque según ellos les habían dicho que era simpatizante de la guerrilla. El joven había tenido que esconderse cuatro meses para ver si lo dejaban en paz y ella misma enfrentárseles con la autoridad de una señora mayor que los había visto crecer, recriminarlos por querer arrebatarle otro hijo, cuando a los otros dos la guerrilla los había matado por paracos o por ser delincuentes. Ahora en el barrio no habían milicias, ni vestigios de guerrilla, ¿entonces por qué lo querían matar? Finalmente los jóvenes lo dejaron quieto, pero amenazado y bajo vigilancia.

Y continúa contando doña Astrid: “Esto por acá esta muy peligroso y se puso peor con la matada del duro del otro barrio de arriba, un tal Felipe. Entonces ahora están en guerra y al que le pise el territorio al otro lo van matando. Ellos viven agarrados por el dominio sobre el negocio de las drogas, las armas y seguramente las vacunas, aunque eso no me consta. Todo el mundo sabe cuáles son las casas donde venden la droga y quién manda sobre el negocio. Hasta los soldados se sientan a fumar marihuana con los de las bandas y la policía conoce y sabe todo y no hacen nada; eso sí, hay toque de queda después de las siete de la noche, nadie puede salir a la calle”.

Finalmente doña Astrid le contó a Periferia que el asesinato de sus dos hijos sólo lo pudo denunciar hace dos años ante la alcaldía para que lo incluyeran en los procesos de la ley de Justicia y Paz. Desde entonces la han tenido visitando la Defensoría del Pueblo cada rato para que busque entre una cantidad de listas con cientos de nombres que ella por su poca visión casi no puede leer. Allí supuestamente debe aparecer el caso de sus hijos para asignarle un abogado. Esto aun no ha pasado, quién sabe si pasará.

El caso de Flor y su pequeño Arnold*
Pero más indignante, doloroso y hasta repugnante resulta el caso de Flor*, o mejor el de su pequeño Arnold, de 12 años de edad. Ellos viven hace un poco más de 11 años en la Independencia II, entre la Torre y el 20 de Julio, en la comuna trece. Arnold es el mayor de cinco hijos de una joven madre que al igual que doña Astrid vive de cualquier trabajo ocasional.

Flor recuerda: “Hace como 12 años a mi papá lo mataron las milicias. Él estaba arreglando un carro y bajaron y lo mataron, según mi mamá fue porque cada que ellos pasaban pidiendo colaboración el nunca les quiso dar nada. Hace seis años fue la operación Orión y en medio del agarrón entre los paras y los milicianos pusieron una bomba y ahí mataron a una hermanita mía y a un poco de gente. Dicen que fueron las milicias. Con la operación Orión llegaron los militares y era muy claro para toda la comunidad que ellos y la policía apoyaban a los paracos, como la gente andaba enojada con las milicias les pareció bien que los apoyaran. Luego de la operación Orión se militarizó la zona totalmente y se creó un fenómeno y era que las jovencitas del barrio se la pasaban con los soldados y se establecieron toda clase de relaciones. Al poco tiempo empezaron a crearse las bandas, una en La Torre, una en El Salado, en el  20 de Julio, en todo lado”.

Efectivamente, a partir de los jóvenes que quedaron desmovilizados de las organizaciones paramilitares que manejaban la zona se empezaron a crear bandas territoriales por cada barrio. Al parecer el fenómeno se da porque estos exparas a los que les dan una suma de dinero siempre y cuando estudien, fueron dejados a su suerte y ni estudiaron ni nada, se dedicaron a lo que saben hacer, la guerra. “Ahí fue cuando empezaron mis mayores sufrimientos porque yo tengo un hijo ahí de doce años, en esas bandas. A él me lo tienen de carrito, o sea llevando droga para arriba y para abajo, a que haga inteligencia. Además, él carga armas porque no lo requisan los militares. Ahora el sábado mataron a uno de los duros, un tal Felipe, y las cosas se pusieron muy duras. Yo no sé si esos niños y muchachos sean de los mismos paracos porque yo conozco muchos de ellos desde pequeñitos y les pregunto porque hacen tanto mal y ellos dicen que hay que acabar con todo lo que huela a milicia, que hay que darles piso, pero ellos también atracan en otros barrios y matan por contrato”.

De todas maneras, aunque ya no hay milicias es extraño que niños de tan solo 10 y 12 años que son reclutados por las bandas hayan desarrollado un odio casi enfermizo contra los milicianos a pesar de no haber nacido cuando las confrontaciones más duras se dieron en la zona; es decir, cuando ninguno de ellos vivió en carne propia los desmanes de estos grupos. Ante esto Flor nos manifiesta: “Es que los mayores de las bandas son los que fueron maltratados por las milicias, entonces ellos han reclutado a los niños para que les sirvan en sus labores de inteligencia para poder enfrentar mejor a las bandas enemigas, ellos les han metido en la cabeza a estos niños todo el odio que tienen con las milicias, como ya no hay milicias entonces buscan a familiares o excompañeras de los milicianos o a cualquiera que se sepa que tuvo alguna relación con ellos y los matan”.

Y continúa su relato: “El caso de mi hijo es terrible. Él vivía con su papá en otro barrio de la comuna nororiental, pero el papá no lo soportó y dijo que se le había salido de las manos, entonces hace cinco años me lo devolvió, tenía 7 años. Yo lo metí a estudiar y sólo terminó segundo de primaria y lo sacaron porque su disciplina era tenaz, hacía lo que se le daba la gana y lo mismo en la casa. Hasta que por ahí me dijeron que pilas, que estaba tirando vicio. Cuando empezó apenas tenía 10 años de edad, efectivamente llegaba a la casa trabado y traté de apretarlo pero me trataba mal; él ya andaba con la banda y en oportunidades no iba a la casa en todo el día. Él tiraba vicio con otros niños de la misma edad; traté de internarlo y no se dejó. Ahora él ya se va con la banda a atracar y a hacer vueltas con armas. Él en oportunidades se pone a llorar y me dice que lo ayude y yo lo aparto un poco de todo esto, pero regresa y me dice que él no puede dejarlos, que es que los milicianos fueron muy malos y que hay que acabarlos; definitivamente no sé qué hacer con él”.

Volvemos a indagar sobre el papel de las autoridades y encontramos la misma respuesta de doña Astrid, por allá no se hace presente la alcaldía ni el bienestar familiar; solo presencia militar. Los soldados fuman vicio con los muchachos, la policía ve todo y allí nadie hace nada. Le preguntamos también la razón por la cual no se va del barrio para otro lado y la respuesta es la misma: “si yo fuera sola lo haría, pero es que yo tengo cinco hijos y no tengo cómo pagar arriendo en otro lado. Además, Arnold me dice que él no se va conmigo y que además él tiene una casa de la banda donde se puede quedar. Yo estoy en una sin salida acá, todos los fines de semana matan jóvenes de las bandas y ya me han dicho que a mi hijo lo tienen en la mira porque él se hay vuelto uno de los duros, como dicen ellos, él ya probó finura, es decir ya mató gente”.

La hermana Rosa
La hermana Rosa del convento de las Lauritas de Belencito fue quien angustiada nos acercó a estas personas para hablar de su problema, para difundirlo. Ella es un apoyo moral y material para toda esta gente, todos los días llegan al centro religioso cantidades de niños y jóvenes y se “confiesan” con ella. Dice la hermana Rosa: “Tengo un grupo como de 25, yo les pregunto por qué se drogan tanto y ellos me dicen que para no sentir, sentir qué me pregunto, debe ser para no sentir miedo, para no enfrentar la realidad. Yo le he dicho a Arnold que se deje ayudar, que si los de la banda le pagan con unos zapatos o una camisa que yo se los regalo, pero me he enterado que a él le pagan con droga. He hablado con la alcaldía, con bienestar familiar y ninguno presenta soluciones. Yo creo que se hacen los de las gafas, los de la alcaldía creen que la solución es meter mas policía sabiendo que los policías conocen todo y son cómplices. Este país está descompuesto. Yo tengo una hermana que tiene una tiendita en la Toma por el barrio Caicedo, en estos días la llamó un tipo a extorsionarla a nombre del grupo “limpieza social por Medellín”, le pidió 500 mil pesos en medicamentos o mercado; un señor llamó a la policía y al gaula y lo entretuvo en la línea para que lo agarraran pero cuando la policía contestó le preguntó que si era que tenían detenido al extorsionista, ¡imagínese! Yo lo que creo es que esos grupos mal llamados de limpieza social van a empezar nuevamente a matar jóvenes por todo Medellín”.

Friday, 09 January 2009 14:20

El dulce sabor de la huelga

En Medellín estuvo “gancho”, así le dicen a José Rusbel, un cortero del ingenio Providencia, denunciando en casi todas las organizaciones sociales, las universidades y otros escenarios de esta ciudad, la miserable explotación a la que son sometidos miles de corteros de caña en el Valle del Cauca y el hambre que estaban aguantando sus familias por cuenta de la insensibilidad de los poderosos dueños del negocio del azúcar y el etanol en Colombia. Tanto nos impactó su situación, que de inmediato nos reunimos en Asamblea general con los jóvenes de la Escuela de Formación Popular, para organizar comisiones a los barrios y a las organizaciones sociales y recolectar solidaridad en especie o en efectivo.

 

Aunque era puente festivo eso no importó, los de artes llevaron sus tambores y su clarinete, armaron su chirimía y se fueron en convite con los de comunicación popular y economía política a visitar las zonas que habían definido previamente. Otras comisiones hicieron boletines informativos y cartas pidiendo solidaridad. Las oficinas de la Red Juvenil y Periferia sirvieron de centros de acopio; esto se hizo en cuestión de tres días y el resultado fue satisfactorio, casi 800 mil pesos en efectivo y por lo menos media tonelada en alimentos.

El viaje al Valle del Cauca
Todos queríamos ir a entregar la solidaridad personalmente, palpar la problemática y realizar el trabajo periodístico. Entre otras cosas, para quitar el velo que tienden los medios masivos sobre estos acontecimientos que tocaban directamente los intereses del poderoso Ardila Lulle, dueño no sólo del azúcar, y del etanol que le revuelven a la gasolina en todo el país, sino del canal RCN.

Sin embargo, sólo pudimos viajar tres del equipo de comunicación popular Gerson, Andrés y yo. Empacamos cámaras fotográfica y de video, grabadoras y otros detalles necesarios para recoger las impresiones sobre la movilización de los corteros y la de los indígenas que llegarían ese fin de semana a Cali. Así que a las 9:30 de la noche nos montamos en un S-26 de Expreso Palmira que nos llevó hasta esa ciudad en poco menos de 8 horas. Llegamos a las 5:30 a.m. aproximadamente y nos dirigimos a la sede de Sinaltrainal Palmira. Grata sorpresa, todos estaban despiertos y listos para reunirse a organizar la información y la ración de alimentos que llevarían a los trabajadores de los ocho ingenios, Manuelita, Tumaco, Providencia, Riopaila, Incauca, Risaralda, Pichichí y Central Castilla.

Las Primeras Impresiones
“Las cosas no son tan fáciles”, dijo Páez, dirigente nacional de Sinaltrainal, el sindicato de la industria de alimentos más grande del país. “Mantener cerca de 18 mil corteros cuesta aproximadamente 8 millones de pesos diarios y si a eso se le suma la crítica situación de sus familias, se torna más grave. Si no fuera por la solidaridad tan grande no sería posible atender logísticamente este conflicto. Además, los dueños de los ingenios y el gobierno están encima a toda hora tratando de dividir a los corteros, les ofrecen cosas para que regresen al trabajo. Sin embargo, tenemos un espacio colectivo para discutir y organizar las tareas con las otras organizaciones sindicales, la CUT Valle y el movimiento 14 de junio, que surgió a partir de la audiencia programada para esa fecha por los corteros”.

A esa misma hora, las noticias “oficiales” daban cuenta de la detención de siete activistas del movimiento huelguístico, cinco de ellos corteros y dos asesores del senador Alexander López. Según la fiscalía, deberían responder por más de cinco cargos, entre los que se destacaba el concierto para delinquir. En menos de 15 días la fiscalía tenía, según ellos, méritos suficientes para ordenar la captura de estos reconocidos activistas sindicales y sociales, situación por demás sospechosa conociendo la lentitud de la justicia en Colombia. Además de cínico y descarado, comentábamos, era evidente el complot entre el gobierno que había rumorado infiltraciones de las Farc para deslegitimar el movimiento, los dueños de los ingenios que pedían a gritos la mano dura del gobierno, los organismos de seguridad del Estado que hostigaron todo el tiempo a los huelguistas y, como siempre, los grandes medios que ocultaban el fondo y los objetivos de la protesta, o simplemente se dedicaban a dar la versión de Asocaña y el Ministro de la Protección Social.

Llegamos a los ingenios azucareros

Por fortuna la “malparidez” se nos quitó tan sólo 10 minutos después, cuando encontramos los primeros cambuches de los corteros, en La Rita. Allí estaban cerca de 20 corteros al frente de la entrada de una de las haciendas. Se acercaron un poco desconfiados, pero al conocer las razones de nuestra presencia nos hicieron parte del grupo y nos impregnaron con su optimismo y sus lecciones de dignidad. “Aquí nos quedamos hasta que nos solucionen los problemas. Es que uno trabaja de domingo a domingo, casi 12 horas diarias y en oportunidades ni siquiera alcanzamos el mínimo. Ninguno de nosotros puede disfrutar un fin de semana con la familia, por falta de plata y de tiempo”, nos comentó uno de ellos. Los demás cerraron círculo a nuestro alrededor, la mayoría eran negros, pero no vallecaucanos sino del Cauca, de Guapi. Ahí nos enteramos que la caña no la cortan los vallunos sino los caucanos y los nariñenses y en menor proporción los paisas. Es un trabajo demasiado fuerte y agotador, eso se puede notar en las manos, los cuerpos y los semblantes de los corteros.

A unos cien metros de la Rita se encuentra uno de los ingenios más grandes y, seguramente, el que tiene a los trabajadores mejor organizados, Manuelita. Allí no eran 20 los corteros, eran cerca de 300 y nos dijeron que adentro había varios grupos con la misma cantidad. Tenían improvisadas cocinas con sus humeantes fogones, habían construido su cancha de voleibol, una caseta para distribuir los alimentos, una sección en donde guardaban el agua, tenían televisores que sólo funcionaban en la noche, cuando llegaba el fluido eléctrico, casi todos tenían colgado al cuello un radio de esos antiguos, la infaltable pañoleta roja y la cubierta con uno o dos pesados machetes, su herramienta. Por doquier se encontraban corteros labrando delicadamente la madera, haciendo utensilios y artesanías para vender; otros elaboraban chinchorros para pescar en un río un tanto retirado del campamento. Nos observaron serios, con la mirada que pregunta ¿Y ustedes quiénes son? No era para menos, la fuerza pública y agentes de civil hostigaban permanentemente los campamentos con cualquier excusa. De nuevo sería Diego, dirigente de Sinaltrainal, quien nos presentaría con la gente, de ahí en adelante seríamos centro de atención de los huelguistas.

Es increíble la fe que la gente le tiene a los medios. Aunque nosotros éramos un pequeño y desconocido equipo de comunicadores, ellos se arremolinaron a nuestro alrededor. Ellos creen que podemos resolver el problema, despertar a la sociedad y mostrarle con objetividad lo que está pasando, la justeza de su protesta, y así debería ser. Se acercan con ilusión y hablan incansablemente de sus penurias laborales, de sus empobrecidas vidas y también de sus acciones heroicas, como aquella en donde los “valientes” escuadrones antidisturbios Esmad, huyeron despavoridos ante la presencia de 300 corteros que levantaban en sus poderosos brazos su herramienta, ahora convertida en arma para cobrar justicia por la golpiza propinada a un cortero indefenso. Los Esmad jamás regresaron.

El problema es, eso les dijimos, que los grandes medios hacen parte de un acuerdo detestable con los más poderosos, que tienen idiotizados a la inmensa mayoría de colombianos y que es prácticamente imposible convencerlos de la obligación ética que tienen de informar la verdad. Les dijimos que, sin embargo, nosotros tenemos la convicción y estamos haciendo, como ellos, todo el esfuerzo para que esto cambie. Que su lucha ya es, gracias a los medios alternativos, un acontecimiento nacional y mundial.

La solidaridad ha sido la culpable
La presencia de nacionales y extranjeros en los campamentos llevando solidaridad moral y efectiva era permanente. De hecho varios extranjeros fueron deportados por orden del cuestionado DAS, pero esta medida logró más bien la difusión del conflicto; las condiciones de esclavitud de los corteros se supo por todo el mundo. Hicieron presencia los camioneros denunciando que el gobierno les había incumplido los acuerdos recientemente firmados y que por tanto una nueva movilización sería inminente; la misma historia repitieron los de Asonal Judicial; los indígenas informaron que su lucha ya no era sólo por tierras y por el incumplimiento de los acuerdos, sino por la dignidad y contra la estigmatización a la que los sometió el presidente Uribe. Llegaron de Pereira los del sindicato de los servicios públicos, Sintraemsdes, de Buenaventura los estibadores portuarios que enfrentan una situación similar de explotación. Decenas, cientos de personas pasaron por los campamentos con toneladas de alimentos, informando, denunciando, enterándose de la situación y comprometiéndose con los corteros y sus familias. La solidaridad ha sido la culpable de que los corteros hayan resistido y tocado las fibras de la sociedad colombiana.

Intrusos en los campamentos

El 24 de octubre fue un día agitado. Bajo un inclemente sol caleño participamos en el paro nacional convocado por las centrales obreras, realizamos varias entrevistas y en la tarde, bastante agotados, nos fuimos a quedar en el campamento con los corteros. Esa noche seríamos testigos de la incomodidad que les causaba a las fuerzas de seguridad de los ingenios y a la policía la presencia de visitantes en los campamentos. ¿Quiénes son ustedes, de dónde vienen, para dónde van, cuántos son? Fueron las preguntas de los policías que nos abordaron pasadas las 9 de la noche. Su actitud autoritaria se fue desvaneciendo cuando se enteraron que éramos periodistas, además los corteros les dejaron claro que en su campamento la seguridad era de su exclusiva responsabilidad, no de la policía.

El episodio abrió paso a la confabulación, a la camaradería alimentada con la complicidad de la noche, nos hizo sentir dueños de la situación y más seguros que antes. De las conversaciones surgieron intereses, necesidades; había que concretar una visita a Pradera, municipio en el que viven la mayoría de corteros de Manuelita y de otros ingenios y, por supuesto, sus esposas e hijos. Al día siguiente, a las siete de la mañana, nos montamos a un bus de propiedad de los corteros, que nos llevó en media hora a Pradera. Estos buses se los hicieron comprar, los mismos que los convencieron de la conformación de las cooperativas que hoy los tienen jodidos; son de ellos, pero las cláusulas de los contratos les prohíben utilizarlos en otros menesteres diferentes a trasladar a los corteros desde y hacia los lugares de corte y sus sitios de residencia.

Llegamos a Pradera con José “Melao”, nuestro guía en pradera. Él lleva 20 años trabajando como cortero y aunque no tuvo estudio, su sabiduría e inteligencia desborda, también la de su esposa Myriam. Ella nos dejó con la boca abierta, acababa de llegar de Bogotá, estaba sin dormir, pero nos atendió con gran amabilidad y disposición. “Nos hemos organizado con las demás esposas e hijas y familiares de los corteros- nos dijo- . A mí, junto con 11 mujeres más nos invitaron a Bogotá para que denunciáramos la problemática de nuestros esposos y la nuestra. Hemos pedido solidaridad por todo el Valle y por todo el país. La economía de este departamento está afectada por la intransigencia de los dueños de los ingenios y el gobierno, ellos son tan orgullosos que prefieren perder plata antes que resolver el problema. Por eso nosotras los apoyamos y estamos dispuestas a pedir limosna si es necesario para que nuestros compañeros puedan resistir la huelga”.

La conversación con Miryan nos sorprendió, nos llenó de vergüenza y a la vez de admiración y fortaleza, la misma que necesitaríamos para desplazarnos por el barrio y ser testigos de la miseria en la que viven hacinados los niños y las niñas familiares de los corteros. La mayoría pagan arriendo, otros tienen sus casas propias, todas en obra negra y a punto de que los bancos se las arrebaten. Nos tocó ver las tarifas descaradas que pagan por servicios públicos, en Pradera el estrato uno equivale al estrato tres o cuatro de Medellín. Nos pusimos a hacer las cuentas con las familias y es materialmente imposible que los ingresos de los corteros puedan garantizar una vida más o menos digna. De hecho, lo que más nos conmovió fue el comentario generalizado de los niños y niñas, que no recordaban la última vez que habían disfrutado de un helado, de una salida al parque un domingo con sus padres.

Las pequeñas tiendas que algunas familias han colocado como medio de sobrevivencia están quebradas porque los principales clientes son ellos mismos, los corteros. También las panaderías, los supermercados y toda clase de negocios de Pradera y de los otros municipios del Valle reciben el brutal coletazo de la problemática del azúcar. El presidente de Asocaña reconoce que las pérdidas ascienden a más 160 mil millones de pesos, aun así no cederán porque cuentan con el apoyo del gobierno y las fuerzas militares para estrangular los sueños de los obreros de la caña, de los esclavos modernos.

Al cierre de la presente edición los corteros llevaban 57 días de huelga. Las condiciones materiales obligaron a los trabajadores de cuatro de los ocho ingenios a firmar un acuerdo con el que mejoraron un poco sus ingresos, aunque sus condiciones laborales no mejoraron sustancialmente. Por ello los demás ingenios, entre ellos Manuelita, siguen en la lucha. El sistema de contratación por medio de cooperativas, corazón del modelo de explotación, aun sigue vivo. También sigue viva la convicción de los corteros y sus familias. Esta huelga fue la muestra gratis de lo que la dignidad de los obreros es capaz. Que tiemblen los explotadores.

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