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Desde adentro

Texto: Alexander Arboleda

Ilustración: Valentina González

 

Si se piensa como una enseñanza humana, el confinamiento es una técnica que sirve para dimensionar cuáles son los límites físicos y mentales con los que cuenta un individuo o una sociedad. Digo mental porque, en cierta manera, se cree que estos limites pueden ser definidos por voluntad, algo así como El límite está en tu cabeza o cualquiera de esas frases que te hacen crear horizontes momentáneos a corto plazo. Confinarse es establecer un límite frente a algo y actuar en el rango previsto para ello.

Ahora que la situación de salud pública obliga a gran parte de la población mundial a confinarse, hay muchas lecciones que salen de este ejercicio no voluntario de protegerse contra algo que no se ve pero que hace mucho daño, e incluso que puede ser mortal –y Colombia sí que sabe de estas presencias invisibles–.

La primera es la ilusión del límite. Nuestra sociedad tecnológica ha logrado lo impensado: la interacción en tiempo real desde casi cualquier parte del planeta. Esto nos crea la idea de que el límite es solo un concepto que se crea pero que se diluye fácilmente con la evidencia. Por ejemplo, el teletrabajo es una tendencia que, de manera silenciosa, venía transformando la manera de laburar, pero que luego de esta experiencia se quedará definitivamente. Casi todos los empleos urbanos que se benefician directamente de la tecnología están demostrando su adaptabilidad a la circunstancia: clases y trabajos virtuales, oficinistas, estudiantes y docentes que cumplen horario escolar o laboral con la pijama puesta y con el tazón de cereal a un lado de su computador. La presencialidad no se ve en este momento innecesaria, pero sí prescindible para lograr ciertos objetivos. De esta manera, el confinamiento es solo una circunstancia. La vida sigue tanto adentro como afuera de tu límite. La única diferencia, en apariencia, es la frecuencia con la que debes salir a proveerte.

La segunda lección tiene que ver con la angustia del afuera. La última vez que salí a la calle tuve cierta sensación de peligro, de amenaza. No por algún tipo de agorafobia o por miedo, sino por la sensación de que mi lugar, así como el de los otros transeúntes que veía a esa hora –tipo 11 de la mañana– estaba adentro. Pero no sabía exactamente a qué me refería con ese adverbio. Estaba seguro de que no significaba lo mismo para mí que para algunos que veía por ahí. Sabía que mi adentro inmediato era mi casa, mi habitación, era la reunión virtual que tendría a las 3 de la tarde con mis colegas docentes, era el libro de Bolaño que me esperaba para quemarme la cabeza un rato, era la cerveza que iba a tomar en la noche. Sé que el adentro de la señora que cuidaba los carros en la calle por donde vivo es totalmente diferente. En su adentro, hay una habitación que hace las veces de cocina y dormitorio, compartida con otros siete miembros de su familia. Sin lectura. Sin balcón para ver caer el día. Probablemente sin cerveza. Así, el afuera es una opción negada, pero el adentro es una posibilidad dolorosa –y muchas veces horrorosa– para muchos.

La tercera lección –no la última, pero sí la suficiente por este día de cuarentena– es la idea de la incertidumbre. Entre mensajes de moral y esperanza que circulan a diario por redes sociales, radio y televisión, se esconde la sensación de no saber qué va a pasar. Cada quien busca la manera de camuflar esa incertidumbre en optimismos desbordados –como los mensajes de los traders o las oraciones devotas–, o en pesimismos silenciosos, como bombas de tiempo –al mejor estilo de los desposeídos, del trabajador de a pie que no tiene como costear la comida para su familia, de los fatalistas–. Esta incertidumbre solo esconde la certeza de que nada va a volver a ser igual. Cada quien tendrá que descubrir qué cambió, cuando suceda.

Es un momento de shock en todos los sentidos. Se busca ocultar, esconder la fractura, simular un estado (¿Estado?) de control. La gente espera. La gente se confina, a su manera. La que puede.

 

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