Retrato de otro acoso policial

Las tres y media de la mañana caminaban sobre el reloj. El miedo y la angustia ahogaban mi respirar. Mi mente seguía proyectando imágenes intermitentes de la sevicia perpetrada por los agentes de la policía contra la ciudadanía días atrás, principalmente en la ciudad de Bogotá. Estas denuncias expuestas en los vídeos difundidos por las diferentes redes, parecían un río caudaloso que seguía mostrando el horror y la barbarie de los “agentes protectores del Estado”. No lograba dormir, aún seguía pensando en cuántas personas siguen siendo torturadas y asesinadas en este instante, mientras nuestros cuerpos intentan descansar y luchan con la frustración e impotencia. ¿Cómo es posible que no podamos hacer nada para detenerlo?, ¿cuántas personas más amanecerán muertas a manos de la policía?, ¿quién nos puede proteger de ella?

Hago parte del consejo editorial de este periódico que viaja por sus manos, amigo lector. Aquella tarde del 10 de septiembre, a las 3 de la tarde, se desarrollaba el consejo para planear la edición del mes de octubre. Como es costumbre evaluamos el proceso de la edición pasada, hicimos análisis de la coyuntura y proyectamos los artículos para el siguiente mes. Cerca de las 5:30 culminó el consejo, en ese instante, un estallido de aturdidoras y el galope de los caballos de los carabineros retumbaron en la oficina. Nos asomamos por las ventanas, pero no veíamos nada. Esperamos un rato a que menguaran los sonidos y luego nos despedimos.

Salí en compañía de otro compañero, y, en nuestro ejercicio legítimo de periodistas, reportamos lo que estaba sucediendo en la Avenida Oriental del centro de Medellín. Nos colocamos nuestras credenciales y observamos la marcha que avanzaba de forma pacífica desde el Parque de los Deseos y subía, en ese momento, por la avenida La playa, la manifestación era acechada por los carabineros y el Esmad. Un rato después mi compañero decidió retirarse de la zona y dirigirse para su casa ya que podíamos correr riesgo y él perder su transporte. Llamé a mi pareja para que me recogiera cuando saliera de su trabajo, no quería caminar sola a casa en medio de ese caos.

Andrés me recogió cerca de las Torres de Bomboná, sentí un alivio al verlo llegar. Empezamos a caminar hacía Buenos Aires, parecía estar todo en calma. Íbamos por la calle El Palo, al fondo había un cordón de policías, cerca de veinte agentes y auxiliares. Nos dio un poco de temor, sin embargo, continuamos por esa cuadra, pues la gente transitaba sin dificultad. Delante de nosotros caminaba un grupo de seis personas que salían de sus trabajos, sus edades oscilaban entre los cuarenta y los cincuenta años más o menos. Cuando ellos pasaron los policías ni se inmutaron. En cambio, cuando nos vieron a nosotros, nos rodearon seis policías, como un metal siendo atraído por un imán, eran cinco hombres y una mujer. Dos de ellos y la mujer me acorralaron, los otros tres empujaron a Andrés contra la pared. Sin dar un saludo, la policía me dice: “¿Qué tiene en el bolso?”, y empieza a manotearlo. Uno de los agentes se hace detrás de mí y otro adelante, mientras a Andrés lo siguen acosando con estrujones y frases como: “Quítese la gorra. Abra el bolso. ¿Qué está haciendo acá?”

Mi respuesta inmediata fue decirle a la mujer: “Tranquila, no tiene que estrujarme, ni manotear el bolso”. Y, mirándolos a todos, les dije: “Podrían saludar, y con mucho gusto me dispongo para la requisa. No es necesario la intimidación, ¿por qué nos tienen que tratar mal?”, pero la agente seguía halándome el bolso.
– “¿Qué hacen acá?” –seguían preguntando los policías.
—Salimos de trabajar, vamos para la casa —respondí mostrando mi credencial—. Soy periodista del periódico Periferia.
Cuando dije eso, la mujer policía abrió los ojos como un búho, me sacudió con más fuerza el bolso, y extrajo cinco ejemplares de la edición de septiembre. La portada tenía una caricatura de “Duque el incompetente”, realizada por el colectivo grafico Puro Veneno. Sentí que iban a asesinarme. Internamente recordaba el terror de las noches anteriores y pronostiqué un final escalofriante, sin embargo reafirmé:
—Soy periodista y este es justamente el periódico. Pueden llevárselo para que lo conozcan y lo estudien, creo que me alcanza un ejemplar para cada uno, este medio existe hace quince años y se distribuye por todo el país…
La mujer policía dejó caer varios ejemplares al suelo y rompió la caratula de uno de ellos.
—No le gusta Duque —me dijo con tono agresivo.
No me gusta su gestión. Los ciudadanos tenemos derecho a disentir sobre los procederes de nuestros gobernantes, le respondí. Al decir esto, el policía que estaba detrás de mí me estrujó y Andrés gritó: no la empuje, respete. Inmediatamente otro agente sacó su bolillo y se abalanzó contra Andrés. Yo solté el bolso y me puse delante del policía: no, no lo golpee, usted es un ser humano, tienes familia, eres hijo o hermano, tal vez padre, por favor, recuerde su humanidad. Por fortuna el policía no accionó su arma, y otro agente preguntó: ¿Ya los requisaron?, déjenlos ir. Mis nervios me inundaron de más palabras: por favor no pierdan de vista su humanidad, la vida es sagrada. Cállese, vaya para su casa, no se busque problemas, me respondió el policía que había ordenado dejarnos ir.

Seguimos en silencio, había pasado cerca de media hora; minutos que se sintieron como un tren avasallante, cargado de muerte. Llegamos a la plazoleta de San Ignacio y nos sentamos. Un torrente de lágrimas se tumbó sobre mi rostro. Tanta indefensión de la ciudadanía frente a estos atropellos del Estado. Cómo es posible tal deshumanización de los agentes policiales y demás fuerzas militares.

Al otro día recordando el acoso que habíamos sufrido, agradecí al cosmos que no hubiera pasado algo más grave. El suceso me generó varios interrogantes: ¿por qué nos detuvieron a nosotros y no al grupo de personas que venían delante?, ¿por qué la requisa fue tan selectiva, acaso ser joven, tener una mochila de hippie y una gorra volteada son señales de ser criminales?, ¿será que la única forma de protegerse es vestirse de corbata o tacones, o ponerse una peluca blanca y estar de acuerdo con el partido de gobierno?

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