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Desplazamiento en Colombia: Otra cara de la opresión

Las Cifras actuales de desplazamiento, tanto las oficiales, como las no oficiales, son dramáticas y no deben dejarnos de importar. Se estima que hasta el 2008 había aproximadamente cuatro millones de desplazados por la Violencia en Colombia (aunque el gobierno por medio de acción social acepta solo dos millones y medio hasta Junio del 2008). El problema, sin embargo, va más allá de las cifras, tiene una forma cíclica pero con unas raíces arraigadas mucho antes de que nos constituyéramos como república.

 

El desplazamiento en Colombia presenta factores desencadenantes directos e indirectos. Dentro de los segundos encontramos características psicológicas como la abulia general hacia el sufrimiento ajeno, la carencia de interés por el bienestar de los demás, el conformismo cimentado e impuesto que nos ha enseñado a sufrir con los dientes apretados y a llenar nuestro estómago con vagas promesas, muchas veces dedicando nuestra vida a esperar las futuras oportunidades, olvidando vivir y luchar por el presente. Entre las causas directas nos encontramos con la coartación sobre las libertades individuales y colectivas hacia determinada población marginal, así como la exclusión de la misma, y la violencia física y psicológica sobre un grupo específico de individuos.

Desde tiempos de la Invasión Española, comunidades enteras de aborígenes como los Yalkonias, Panches, Calimas, Chibchas, Muzos o los Andaquies, por poner solo unos ejemplos, tuvieron que ofrendar sus vidas en defensa de sus territorios bajo la guía de héroes legendarios como la guerrera Cacica Gaitana, el Gran Cacique Itoco, la inmortal Dobaiba, los indomables pijaos Isbanaca y el mohan Macuco y Calarcá. Todos pertenecían a tribus de diferente grado de civilización (según las estructuras de las relaciones de producción y de organización y hasta desarrollo de herramientas) pero enfrentaron un enemigo común que dejó consecuencias comunes.

En los albores de la violencia política ejercida básicamente por la dicotomía liberalismo-conservatismo sazonada a la par de algunas transformaciones socioeconómicas que se vislumbraban en el siglo XIX, recordemos, por ejemplo, las maquinarias electorales que muchas veces usaban la violencia como medio de ejercer la opresión política como se vio en la época de Ramón Gómez (el sapismo) y Daniel Aldana, la oposición que en torno a la aparición de la locomotora se originó entre Aquileo Parra y Rafael Núñez, y más adelante la tristemente célebre guerra de los mil días, hasta llegar al episodio que dio origen a los primeros gateos del actual conflicto interno colombiano y que también es hijo bastardo del odio y la violencia impuesta por el liberalismo-conservatismo, que con diferentes etapas de evolución siempre se caracterizó por la opresión sobre determinadas capas de la sociedad.

En esta época ya se veían movilizaciones enteras de desplazados que, huyendo del crimen y la barbarie alcahueteada por el gobierno de turno, buscaban un mejor porvenir colonizando selvas vírgenes o llegando a las grandes ciudades en busca de alguna oportunidad. Pero, como hemos visto, estas oportunidades siempre les fueron y les siguen siendo negadas, estructurando esto un calvario que cargan sobre sus espaldas y por dentro, sin que a mucha gente le interese verdaderamente su situación y frente a la cual tampoco se han planteado verdaderas salidas.

Lo crítico no es solamente el desplazamiento forzado en sí, sino también las consecuencias que de él se derivan como el hacinamiento en las viviendas, que permite la proliferación de enfermedades de tipo infeccioso, afectando en la mayoría de casos a los niños. Esto se combina con el desempleo de las cabezas de familia, lo cual lleva a que, a causa de un poder adquisitivo bajo, la alimentación básica no cumpla con los requerimientos nutricionales estandarizados. Todo esto, en últimas, va a tener consecuencias sobre el crecimiento y desarrollo de los niños, reflejándose en deserción escolar, baja capacidad intelectual y empleo no adecuado del tiempo libre. En el plano médico asistencial, los desplazados quedan a la deriva de la mendicidad y recibiendo en el mejor de los casos paliativos gubernamentales como el Sisben, que en últimas no es más que una limosna dada de mala gana y con objetivos oportunistas -aparte del telar de corrupción que envuelve la distribución de sus cupos-. Otra consecuencia olvidada y poco documentada son las repercusiones sobre la salud mental de todos los miembros de la familia, estando en muchos casos implícito el resquebrajamiento del núcleo familiar con las consecuencias que esto conlleva.

Por otra parte, el fetichismo de los medios de comunicación ha logrado extender un halo de hipocresía frente a este fenómeno, y así se viene estructurando sobre la sociedad un bosquejo de culpabilidad basado en intereses manifiestos y que no responden a un verdadero interés por la situación de los desplazados, quienes no son los únicos que enfrentan un panorama desolador. Y es que existen millones de colombianos, campesinos en su gran mayoría, en un estado que podríamos denominar de pre-desplazamiento y zozobra, dada las actitudes de represalia y ofensiva que el actual gobierno mantiene en zonas que considera estratégicamente importantes, aunando el accionar que el paramilitarismo y narcotráfico (contando a sus mentores de la oligarquía criolla) también ejercen en aras de quedarse con tierras altamente productivas y que les sirven para sus fines lucrativos y delictivos (estratégicamente hablando).

Por eso no sería raro escuchar de boca de algún clérigo de los que confiesan a politicastros, militares y narcotraficantes, que el gran pecado de los campesinos es el de tener medios y herramientas de trabajo para poder levantar a sus familias, derecho legítimo que el sistema les ha hecho ilegítimo. A pesar de que a estos campesinos se les violentan sus derechos más elementales y, peor que eso, también se les impide el legítimo derecho de defensa so pena de ser envueltos en montajes de tipo judicial y persecutorio, quedando destinados a llevar las injusticias en silencio mortorio, silencio que también carga el país por no tomar conciencia de esta problemática y sus consecuencias a la vez que se deja llevar por la soberbia enceguecedora que solo beneficia a los verdugos del pueblo.

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