Miguel Ángel Romero

Miguel Ángel Romero

Wednesday, 05 September 2018 00:00

La defensa del paramero

Ante un auditorio con cerca de un centenar de campesinos enruanados y de algunos foráneos, en el municipio de El Cocuy, la voz de Tránsito Leal estalla con el sentir de los asistentes a este evento: “nosotros no entendíamos la palabra delimitación, pero lo que nos querían decir era que se iban a robar los páramos”, exclama indignada.

Esta mujer hace parte del grupo de cocuyenses que también se nombran como parameros, y que se oponen a la delimitación del páramo producto de la Ley 1930 del 27 de julio de 2018. Esta ley afecta su vocación como agricultores, y por ende las formas de vida de la mitad de la población en el casco urbano, pero sobre todo de la que vive en el área rural de este municipio que hace parte del complejo de la Sierra Nevada del Cocuy, Chita o Güicán, localizada en gran parte del norte de Boyacá, en límites con Arauca y Casanare.

Debajo de un sombrero negro, Tránsito lleva un par de trenzas en su cabello tupido con canas, se cubre del frío con una chalina azul y un suéter vinotinto. A medida que avanza, su acento boyacense y su voz se exaltan con más fuerza: “que nos paguen lo que producen nuestros páramos, y que no se los entreguen a todas las multinacionales que son las que más contaminan el ambiente. Yo no entiendo artículos ni códigos, pero no nos los vamos a dejar quitar, ¿cierto? Los páramos son de nosotros”, finaliza mientras con eufóricos aplausos, los campesinos en el recinto responden a su intervención en un foro donde se aborda esta problemática.

En Colombia, los conflictos por la tenencia y usos de la tierra no son nuevos, y al contrario son caldo de cultivo para el surgimiento de otros. Sin embargo, la novedad en este que inmiscuye a los habitantes del municipio y al Estado, es que se debe a las políticas de conservación de un ecosistema tan importante como escaso para el mundo: los páramos.

Este ecosistema es un reto en materia de protección, debido a que Colombia posee la mayor parte existente en el mundo con cerca del 50 %. La gran singularidad de los páramos es equivalente a los servicios ecosistémicos que brindan. Es allí donde nace el agua que luego toma forma en ríos o lagunas, pero además proveen otros recursos. Es debido a su generosidad que han estado ligados a los asentamientos de comunidades a través de la historia. “Si uno toma el servicio ecosistémico que presenta un páramo, la población de impacto es mucho más grande que la población local que vive en las faldas del páramo. El páramo de Belmira, por ejemplo, cumple un nivel ecosistémico más amplio que el municipio de Belmira, que afecta toda la zona occidental norte de Medellín, entonces el tratamiento se hace complejo”, explica el investigador en geoconservación Miguel Ángel Tavera.

La vida y el habitar han sido siempre inherentes al páramo. Cuenta Miguel Ángel que los primeros en llegar fueron los indígenas andinos, que se movilizaban por las altas montañas y habitaban estos páramos con respeto espiritual, luego fueron los españoles, que los nombraron tomando referencia a las parameras de Castilla y León, que distan tantos kilómetros como en características al páramo del trópico. Ellos, con avaricia, vieron la oportunidad de explotar su riqueza asociada también al oro y a otros minerales. Desde entonces estos territorios siguen siendo observados de maneras distintas.

El turismo
“Yo desde que abrí los ojos al mundo, hace 65 años, conocí ese nevado, y les digo, los primeros pasos que yo di, los di al pie del nevado, cuidando ovejas y cabras, y ninguna cabra u oveja se atrevió a pisar el nevado”, recuerda Abdenago Buitrago, otro paramero de El Cocuy que, al igual que Tránsito, considera que el papel que ha jugado Parques Nacionales Naturales ha ido en contravía con su propósito de desarrollar alternativas para el manejo y la gestión hacia la conservación de este territorio. Al contrario, para él, con la llegada de esta entidad a los territorios hace 41 años, también lo hicieron los ríos humanos de turistas, que, con picas, palas, y otras herramientas han ido acabando con el nevado.

La molestia de los parameros dista mucho de alguna fobia hacia lo diferente, en cambio se sustenta en hechos que han afectado a los habitantes y al mismo ecosistema. Por ejemplo, el acueducto de Agua Blanca, Llano Grande, Laureles y Zanjón, que está conformado por 320 familias, se vio afectado debido a que los turistas comenzaron a contaminar con residuos orgánicos el lugar de captación ubicado en Campanillas, en donde suben y bajan los visitantes. Este acueducto que abastece a familias humildes, y a cuatro colegios, empezó de esta manera a registrar mediciones preocupantes en los controles que realiza la Secretaría de Salud, por lo cual campesinos como Emilio Carreño comenzaron a quejarse ante Parques Nacionales.

Pese a las denuncias, la entidad ignoró a los campesinos y continuó construyendo baños a 100 metros hacia arriba de la captación. “Nosotros tenemos que darle agua buena y de calidad a nuestros usuarios, pero en los análisis de la Secretaría de Salud estaba saliendo entre un 70- 76%, que es un riesgo muy alto. Los señores de Parques decidieron hacer unos análisis por aparte, y muy milagrosamente de un mes al otro bajaron al 19%; los análisis anteriores jamás habían bajado eso. Sin hacerle ningún tratamiento al agua, milagrosamente bajó”, explica Emilio.

Este problema, sumado al escándalo de un grupo de supuestos ambientalistas que se grabaron jugando un partido de fútbol en pleno glaciar, y prácticas de turistas como deslizarse con cojines de aserrín, llevó a que los campesinos en conjunto con los indígenas U'wa decidieran cerrar el parque con el fin de exigirle a esta entidad una regulación del turismo. Fue así como gracias a la unidad entre la guardia indígena y los campesinos comenzó el cierre del Cocuy el 29 de febrero de 2016, que se llevó a cabo durante 14 meses, finalizando en abril del 2017.

Emilio cuenta que durante esta época las mediciones al agua bajaron sus índices hasta un 38%, además consiguieron que Parques Nacionales se comprometiera con una serie de medidas como hacer un estudio sobre las especies nativas y las afectaciones a los acueductos que dejan los visitantes. Sin embargo los índices, una vez se reabrió el parque, volvieron a subir, y entonces en agosto de ese mismo año los campesinos intentaron bloquear nuevamente el acceso, pero en esta ocasión la fuerza pública intervino evitándolo, y ahora los campesinos que participaron, como Emilio, tienen un proceso judicial en curso.

“Nosotros no estamos en contra del turismo, aquí se puede hacer turismo, que lo haya, pero le hemos rogado a Parques Nacionales que lo reglamente y nunca lo ha hecho, y si se hace un reglamento al otro día ellos se encargan en violarlo porque ha sido así, entonces para qué nos sentamos con esta gente a dialogar”, reclama Abdenago Buitrago.

La delimitación
La desconfianza, al igual que la confianza, se cultivan. En el caso de la relación de las comunidades del Cocuy con el Estado, la primera ha cosechado sus frutos más conflictivos; la relación con Parques Nacionales es uno de ellos, y también lo ha sido la apuesta de delimitar el páramo que compromete al Gobierno nacional, a la Corporación Autónoma Regional – Corpoboyacá- y al Instituto Humboldt.

Esta apuesta comenzó en el 2011 con el Plan Nacional de Desarrollo –PND– del primer gobierno de Juan Manuel Santos, en el que el artículo 202 determinó que “en los ecosistemas de páramo no se podrán adelantar actividades agropecuarias”. Esto fue ratificado en su segundo PND y posteriormente en la Ley 1930 que se firmó a un mes de finalizar el periodo presidencial de este mandatario en 2018.

La delimitación, sustentada en los estudios llevados a cabo por el Instituto Humboldt, determina que la cota del páramo comienza a partir de los 3000 metros sobre el nivel del mar, y comprende una zona de 300 metros de amortiguación. El proceso, según los campesinos, se ha llevado a espaldas de la comunidad, la cual aún hoy no comprende cómo le van a prohibir hacer algo de lo que toda la vida ha vivido. Para los parameros no tiene sentido que se les persiga como si fueran narcotraficantes, “claro, hay que proteger los páramos, estamos de acuerdo con que hay que hacer prohibiciones de todo tipo de exploraciones y actividad minera, pero no se puede igualar el impacto que generan la minería, las grandes multinacionales, con las actividades agropecuarias”, sostiene Faiber Ricardo Garzón, representante del sector pecuario en el Comité del habitante y campesino del municipio de El Cocuy.

La defensa de los campesinos radica en que principalmente ellos siembran pocas hectáreas: “la mayoría de gente lo máximo que siembra son 10 cargas de papa que eso da únicamente para el sustento de sus familias”, dice Campos Tarazona, ex alcalde, presidente de la asociación de las JAC y miembro del Comité. Los campesinos alegan que son ellos, al igual que los indígenas U'wa, quienes realmente están protegiendo los páramos.

Otro ejemplo de este conflicto en el departamento se presenta en el páramo Guantiva-La Rusia, ubicado en la margen de Boyacá con Santander. La resolución que delimita este páramo salió en junio del 2017, y según los campesinos del municipio de Tutazá, al día de hoy Corpoboyacá no ha siquiera socializado sus implicaciones.

Para Carlos Fuentes “la mayoría de campesinos no conoce la problemática de los de páramos. Mirando mi municipio, Tutazá, el 76% del municipio es páramo, que en este caso es la zona productiva del municipio, donde se mueve la economía y está la mayor cantidad de población. Pero con las zonas de amortiguación que el gobierno plantea, el municipio se vería afectado el 100%, porque el 24% restante alcanza a estar a 500 metros de lo que coge la zona de amortiguación”. Este joven campesino hace parte de la Asociación Nacional de Jóvenes y Estudiantes de Colombia – ANJECO –, vive durante la semana en la academia y los fines de semana en el jornal, e insiste en que esta apuesta hace parte del proyecto de país de un campo sin campesinos. Carlos es alto, muy atento y siempre sonríe al hablar, él ha heredado la experiencia de defensa del territorio de su familia.

La alternativa que propone el Gobierno a los campesinos para dejar su vocación agrícola es el pago por servicios ambientales, unos bonos por dejar de cultivar, pero que según Carlos son rechazados por ser una miseria: 30 mil pesos por hectárea cada mes, máximo 40 mil, y teniendo en cuenta que los campesinos en esta región si mucho tienen 10 hectáreas, deja a todos los habitantes sin siquiera considerar hacer cuentas con estos bonos.

Mientras recorremos el páramo, Carlos me continúa comentando que las malas prácticas agrícolas que existen en el territorio son generadas principalmente por grandes empresarios del cultivo de la papa. En el caso de Tutazá, son apenas tres personas que siembran entre 3000 y 4000 bultos, que son aproximadamente entre 100 y 200 hectáreas: "como se puede observar, alrededor de los acueductos se encuentran envases de agrotóxicos, costales, ellos destruyen y por culpa de unos pocos somos estigmatizados”.

La Asociación Nacional Campesina José Antonio Galán Zorro –Asonalca–, con presencia en ambos municipios, expone que la gobernanza es un término que queda totalmente fuera de contexto con este tipo de políticas: “aquí no hubo acuerdos, ni mucho menos interacción entre Gobierno y los campesinos, por el contrario, con esta ley hay cada vez menos oportunidades y más problemas”.

La realidad con el descontento de los campesinos, a causa del mal manejo del proceso de delimitación, es un llamado a los actores institucionales para pensarse las metodologías para la construcción de una política pública, que debe incluir en la toma de decisiones a quienes son actores principales en cada uno de los territorios. Abdenago, Carlos Fuentes, Emilio y Tránsito tienen una mirada sobre el páramo que responde a una experiencia vivida por años y deben ser incluidos en el ejercicio de la gobernanza del páramo.

Al respecto Miguel Ángel Tavera afirma: “los campesinos en cualquier lugar de Colombia saben qué es un páramo y la riqueza natural del páramo, además porque la ven, la viven y la comen, no la desconocen. Al lado del páramo hay ciervos, dantas, el campesino sabe; el problema es que los tenemos que meter en la cadena de tomas de decisiones de la delimitación, no como agentes donde se les socializa el punto final, no. Son agentes tomadores de decisión, para llegar a eso seguramente hay que empoderarlos de conocimientos, pero forma parte de una metodología... el Estado no puede delimitar un páramo si el Estado no vive al lado del páramo, no lo va a gobernar, lo va a gobernar el grupo ilegal o el campesino, ¿qué es mejor? Empoderar el campesino en la gobernanza del páramo correctamente”.

En este mismo sentido, el reconocimiento de las propuestas de los campesinos y de sus figuras de ordenamiento territorial pueden ser pistas para la solución de los conflictos. Este es el caso de los Territorios Campesinos Agroalimentarios que algunas organizaciones de la región, como Asonalca, vienen promoviendo. Son territorios que se organizan bajo planes de vida que deben tener en cuenta los procesos socio ambientales, como las prácticas y producción con relación a la tierra, la naturaleza y el agua, pero que además promueven el reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos, que sigue siendo en últimas uno de los grandes asuntos sin solucionar en Colombia, y que podría ayudar a solventar parte de estos conflictos.

Thursday, 02 August 2018 00:00

Duni: el cine, el mito y el hombre

No hay un cine tan necesario en este momento como el de Duni, ni un cine tan invisible en el pasado como el mismo. Sus películas son reflejo de esa realidad turbada y negada en Colombia, y su vida es una epopeya que raya a veces con la ficción, y es sustentada en el testimonio de sus pupilos y amigos, que, tras su muerte, reconstruyen su aporte al cine de un país sin aparente interés en él.

 

Finalizaba la década del 60 cuando Dunav Kuzmanich –o Duni– trabajaba en la producción del noticiero “Chile en marcha”, el cual se grababa en formato cine y se proyectaba cada semana en teatros antes del inicio de las películas del momento. En este noticiero quedó registrado ese país en tránsito hacia la unidad popular, que luego sería gobierno con Salvador Allende. Durante esta época, Duni terminó trabajando en el Ministerio de Comunicaciones, luego de su experiencia en varias producciones televisivas y cinematográficas.

Pero pronto estalló la tragedia que acabó con el proyecto democrático de Allende y con la vida de miles de personas que le apostaron a este, y que cambió también la de otros miles, que en el exilio tuvieron que dejar lo que hacían en su país. Sin embargo, aunque el destino de Duni cambiaría de patria, continuó por los caminos del cine. Después del golpe de Pinochet, Duni fue capturado en Antofagasta por agentes de la DINA, pero afortunadamente consiguió que diplomáticos cercanos a amigos intercedieran por él, y así terminaría por aterrizar en Colombia para el año de 1974.

Este otro país del sur no era extraño para él. Conocía parte de su historia, gracias a su amistad con el escritor y director Pepe Sánchez. Ambos habían participado anteriormente, en 1965, del rodaje de “Riochiquito”, el emblemático documental de Jean-Pierre Sergent y Bruno Muel que retrató aquel germen de resistencia de las autodefensas campesinas en territorios autónomos, que darían paso a las guerrillas colombianas como las conocemos. Durante este rodaje, Duni asistió la realización, y desde entonces se interesó por el perfil de estos hombres que tomaron las armas, pero específicamente quien llamaba su atención era la figura del guerrillero liberal de un par de décadas atrás, Guadalupe Salcedo, con su gesta durante el periodo de la Violencia.

Fue así como, al radicarse en Bogotá, apostó todas sus energías en retratar el conflicto y violencia, y entonces comenzó a rodar la historia que retomaría su inquietud por Guadalupe Salcedo y por las negociaciones de paz entre la guerrilla y el Estado. De esta manera en 1981, vería la luz de los cinematógrafos “Canaguaro”, la historia dirigida por Duni sobre el viaje de un grupo de guerrilleros liberales por los llanos orientales, que en medio de un proceso de negociación de las élites resultan traicionados.

En pleno Estatuto de Seguridad, solo 15 días bastaron para que el entonces presidente, Julio César Turbay Ayala, comprara la conciencia del productor, y a su vez protagonista de esta película, Alberto Jiménez, quien terminaría por sacarla de circulación y archivarla en el olvido para el beneplácito de Turbay. Durante muchos años se habló de Canaguaro como una película que partió la historia del cine colombiano y de la cual solo existía una copia desgastada, que alguien consiguió grabar con una betacam mientras duró su exhibición en cines, la cual fue compartida clandestinamente de generación en generación.

Así fue como se inscribió el destino trágico en la vida de Duni en Colombia: ser un director no visto, y vivir la paradoja de ser talentoso y meticuloso en la producción cinematográfica, pero sin suerte para los negocios, menos con una clase empresarial como la colombiana. "Duni era un loco que no sabía hacer negocios, sabía hacer cine, era un soñador", afirma Rafael Escobar, quien fue su pupilo y ahora hace parte de la corporación Dunav Kuzmanich, encargada de recoger y difundir su legado. Para Rafael, Duni era un hombre adelantado a la época que tenía una visión 30 años en el futuro, y por esto considera que sus películas son de especial importancia en este momento que atraviesa el país.

Un maestro de la coherencia
Si bien a la delgada figura de Duni hay que seguirle el rastro en diferentes momentos de la historia colombiana y de su cine, del relato de Rafael toma mucha más fuerza su personalidad a partir de su traslado a Medellín a mediados de los 80's. Y es que en esa ciudad es que lo conoce un par de años después, cuando Duni llega ante una camada de realizadores rebeldes como profesor en un curso de vacaciones de la UPB.

Como maestro pasó por varias instituciones con su propuesta “De la idea a la realización”, en la cual se apreciaba todo el conocimiento y experiencia que construyó en torno a la realización audiovisual. Su apuesta era aprender haciendo, y a partir de un tema construir una idea. De allí nació una nueva generación de cineastas antioqueños alentados en sus enseñanzas.
El grupo de estudiantes del que hizo parte Rafael pronto se convirtió en su círculo de amigos, y luego, cuando Duni se pasó a vivir a un parqueadero en el occidente de la ciudad, lo acompañarían constantemente en la que llamaron “La Dunicueva”, en donde se hablaba de cine, de política y de fútbol. A modo de anécdota, Rafael cuenta que curiosamente solo vio una vez una película de Duni con él en vida, y es que, para él, el maestro más que el cineasta, fue el hombre. "Duni era un tipo absolutamente consecuente, con un sentido de la dignidad, pero muy grande y coherente", dice.

Este hombre que hizo de Colombia su hogar era de izquierda, pero se definía como uno del pueblo. Odiaba la burocracia, la tramitología, que le robaran la comida al pobre; tenía como filosofía que un Estado debía responder por los derechos básicos, y fue consecuente al punto de que su vejez la pasó sin poder contratar como profesor por no renovar la cédula, ya que consideraba que un ciudadano no tendría que pagar por esto. También sin salud, porque creía que el Estado debía cubrir este derecho y no podía ser un negocio de privados.

Y esta consecuencia le generó todo tipo de problemas. Una vez diagnosticado de cáncer en 2007, comenzó a enfermar, y en una ocasión que tuvo una decaída física, al no tener servicio de salud, un grupo de amigos lo ingresaron al hospital con el único poder que ostentó alguna vez Duni: el de una cámara en la mano. Así lo recibieron bajo el nombre de “Daniel Guzmán”. Pero los vicios del oficio de contar historias nunca los perdió, y mientras estuvo en el hospital todo el tiempo planeó su fuga, cual película, haciendo cómplice de esta a todo quien lo visitaba.

Tampoco perdió la disciplina, por esto al saber de su enfermedad comenzó a escribir las últimas escenas de su obra. Entonces dejó la Cartilla de Narrativa Audiovisual, donde intentó condesar su propuesta para el proceso de realización de una historia, y el guion, según Rafael, del posconflicto titulado “Vuelta a Colombia”.

“El cine es el mensaje, no la estética”
A pesar de los problemas en la realización de cine propios del contexto, sus películas se concretaron. Aunque según cuenta Rafael, no faltaron las ocasiones en que algunas de las personas que participaron del rodaje, o inversores del mismo, se llevaban las latas con el material filmado creyendo que con esto no se terminaría la película. Por esto, algunas de ellas salieron con problemas de montaje, pero Duni con su conocimiento logró llevar a cabo sus historias. La experiencia de Duni en la realización y su método fue un importante aporte a la siempre naciente industria cinematográfica colombiana ya que, como él, pocos cineastas han conseguido dirigir cinco películas en un corto periodo de cinco años, y muchos ni siquiera durante toda su vida.

De esta forma, en la década del ochenta y con la existencia de FOCINE, Duni consiguió sacar adelante, con algunos tropiezos, cinco películas que le hablan a Colombia de sí misma: después de “Canaguaro” (1981) realizó “La agonía del difunto” (1982), la historia de la triquiñuela de un latifundista para burlar la toma de tierras de un grupo de campesinos en la costa; luego sacaría “Ajuste de cuentas”, sobre la terrible relación entre el poder político y el narcotráfico; posteriormente “El día de las mercedes”, sobre un pueblo que vive bajo el control militar y que un día decide rebelarse; y finalmente realizó “Mariposas SAS”, sobre unas prostitutas que llegan a un pueblo y sus confrontaciones al llegar a este. Estas historias suceden en cualquier pueblo de Latinoamérica, pero retratan en específico la violencia que ha afrontado y aún afronta Colombia. Para Duni, el cine tenía ese quehacer, el de contar una historia para mostrarle al espectador una realidad, hacia dónde se dirigía la sociedad.

La media vida de Duni en Colombia la entregó también a otros proyectos, como la realización del conocido programa televisivo Don Chinche; a la escritura de guiones de otras producciones cinematográficas como “Cóndores no entierran todos los días” (1984), “La nave de los sueños” (1996), “San Antoñito” (1986), y a la producción de otras como “Apocalipsur” (2007).

El cine de Duni es un compromiso con mostrar la realidad social. En palabras del crítico de cine Oswaldo Osorio, escritas en el marco de un homenaje que se le realizó a Duni en el 12° Festival de Cine Colombiano de Medellín, para él “hacer películas es apenas una parte y la consecuencia de una visión mayor, ante la vida, ante sus obsesiones o preocupaciones y ante la historia del cine en general y el poder de la imagen en movimiento en particular. Dunav Kuzmanich era este tipo de cineasta, así como un misterioso personaje de cuyas contradicciones emanaba el talante de su obra y la mística de su personalidad: era librepensador y radical, comprometido ideológicamente y escéptico, generoso con todo aquel que se le acercaba y huidizo de las convenciones sociales e institucionales”.

***


El pasado 10 de julio, la plazoleta de San Ignacio, en el centro de Medellín, se llenó de sillas plásticas en fila y de una pantalla, que hicieron las veces de teatro. Allí se proyectó Canaguaro, la cual tomó por sorpresa a varios de los asistentes por lo actual que parece en este momento la historia de traición del Estado. Duni murió sabiendo que su cine no era visto, pero convencido de que este tendría su momento. Ahora Rafael, y un grupo de amigos, están en la tarea de que aquel hombre tenga un lugar en la memoria del cine de este país, que también fue el suyo, y a pesar del olvido, ahí están sus películas para retarnos como colombianos a mirarnos en el espejo del cine.

El pasado viernes 6 de julio, miles de colombianos se dieron cita en más de 50 plazas del país para rechazar el asesinato de líderes sociales a través de una "Velatón por la vida". En Medellín esta actividad se realizó en el Parque de los Deseos, habitual sitio de reunión en la ciudad, en donde se congregaron esta vez más de tres mil personas que encendieron velas, corearon consignas, llevaron pancartas, música y performances para exigir que cesen los asesinatos de los líderes que han incrementado en los últimos días y que, según el Instituto de Estudios Sobre Paz y Desarrollo (Indepaz), se elevan a 385 entre el 1 de enero de 2016 y el 15 de mayo de 2018.

Sunday, 08 July 2018 00:00

El estudiante y la plaza

(ARTÍCULO PUBLICADO EN LA EDICIÓN IMPRESA No. 132 OCTUBRE 2017)

Corrían aires de rebeldía, coletazos de mayo del 68 en Francia, de los curas rebeldes junto a los tugurianos en las periferias, se agitaba el poder negro y el movimiento LGTBI en el norte. Mientras los jóvenes en el mundo exigían con espíritu antiimperialista el fin de la guerra en Vietnam, en Colombia los estudiantes comenzaban a elevar consignas por el derecho a la educación. Así iniciaba la década de  los años 70.

Luis Fernando Barrientos vivía en Caicedo La Toma, un barrio alargado y de calles apretadas en donde todos se conocen, ubicado en el Oriente de Medellín. A diferencia de sus amigos, Barrientos no era muy hábil con el baloncesto, el fútbol o en las caminatas que realizaban a Santa Elena, sin embargo era un curioso de toda clase de aparatos electrónicos. “Mi recuerdo de Fernando es el de un hombre muy bondadoso, proclive a cierta ingenuidad casi natural, en el sentido de que era muy receptivo y una persona supremamente tranquila, su aspecto coincidía justamente con esto; era regordete, pausado en habla y en la forma de caminar”, rememora Gabriel Murillo, quien fue su amigo y ahora es profesor de la Facultad de Educación en la Universidad de Antioquia.

Su familia estaba conformada por su madre, padre y hermana, a la cual –recuerda Gabriel– quería de manera especial. La situación en su hogar no era fácil, ellos dependían en gran medida de los oficios de limpieza en los que trabajaba su madre en el centro de la ciudad, quien toda su vida había sido obrera y a causa de la quiebra de la fábrica, en la que trabajó durante 17 años,  no tenía nada en sus manos. Sin embargo los esfuerzos de esta madre siempre estuvieron concentrados en sacar adelante a sus hijos, por esto se levantaba a las tres de mañana para preparar las labores del hogar, a las seis los dejaba donde una vecina y salía a trabajar. Luis Fernando era la esperanza de progreso para su hogar, sobre todo al conseguir ser admitido a Ciencias Económicas  en la universidad pública del departamento: la Universidad de Antioquia.  

En aquellos días era sencillo reconocer un estudiante, la principal sospecha recaía sobre su  juventud, la cual  era acompañada por un libro bajo el hombro porque no  eran comunes las copias ni los morrales, y esto era evidencia de que en aquella mente existía la necesidad de movimiento y transformaciones, en un país quieto y con destino confinado a los intereses del agotado Frente Nacional.

Gabriel y Luis Fernando tenían esas inquietudes en su mente, por esto junto con otros vecinos y el zapatero del barrio comenzaron un grupo de estudio en donde leían un poco sobre Lenin y Mao, y las revoluciones que aquellos hombres consiguieron a una distancia incalculable de este barrio poblado por la clase obrera, donde se había proclamado a María Cano como “La Flor del Trabajo” casi 50 años atrás.  

Para 1973 Barrientos ya estudiaba Economía, sin embargo, en sus planes estaba pasarse a Ingeniería Electrónica para darle rienda a las curiosidades que cultivaba. La ciudadela universitaria llevaba apenas cuatro años de inaugurada y era abierta y de libre circulación para la ciudad; algunos  espacios todavía estaban en construcción, por lo cual funcionaban sólo unos bloques, entre ellos  la biblioteca, refugio de muchos estudiantes que hasta tarde permanecían estudiando los libros, que en la mayoría de los casos eran su principal y única fuente de consulta.  

Pero no sólo se dedicaban a estudiar, también había espacio para las revoluciones del espíritu. Durante los intermedios de las lecturas y discusiones sobre los procesos en Rusia y China, el grupo de amigos de Barrientos escuchaba Opera en el tocadiscos del Zapatero, ya que el artesano amigo era un apasionado coleccionista y  conocedor de este género. Luis Fernando para entonces también tenía una relación amorosa en secreto con una vecina mayor que él, y esto generaba en sus amigos un tema para todo tipo de bromas.  Su madre, por su parte, esperaba con ansias tener el diploma que le concedería un título a su hijo y justificaría los esfuerzos cotidianos.

Pronto sobrevino el 8 de junio de 1973
Este día se realizó una asamblea en el Teatro Comandante Camilo Torres para conmemorar el día del estudiante caído y combativo, un homenaje a nombres como Gonzalo Bravo Páez y Uriel Gutiérrez, estudiantes asesinados a manos del Estado colombiano. Además de la conmemoración, la sesión también abordó los incumplimientos de la Universidad en el tema que desde el 71 los estudiantes venían agitando con su programa mínimo: el cogobierno. Esta discusión, recuerda Gabriel, tuvo una participación masiva del estudiantado.

Al salir del teatro el sol golpeaba con fuerza sobre la todavía anónima plaza principal de la universidad. Gabriel, junto a algunos compañeros, fue a almorzar a unas pocas cuadras de la ciudadela, y al regresar lo sorprendió la noticia en la radio que pregonaba el nombre de su amigo. Luis Fernando Barrientos resultó asesinado por un agente infiltrado del DAS, de nombre Maximiliano Zapata,  en la esquina de la avenida Barranquilla con Ferrocarril. Su cuerpo cayó luego de ser disparado un proyectil detrás de una camioneta, mientras se manifestaba a plena luz del día en un mitin y  acompañado de otros estudiantes. Este mitin, considera Gabriel, podría haber sido el primero de Fernando, pero resultó suficiente para que perdiera la vida.

Tendido sobre la calle, el cuerpo de Fernando fue levantando rápidamente por el grupo de estudiantes que pronto se multiplicó y lo cargó  hasta el escritorio del rector de la Universidad, en búsqueda de explicaciones a lo sucedido.  Allí, tal vez a causa de una bomba molotov de alguno de los estudiantes enfurecidos, el fuego se propagó y terminaría por incendiar todo el bloque administrativo. Después de esto el cuerpo de Luis Fernando desapareció. Los que decían ser autoridades intentaron sepultarlo prontamente para disipar lo ocurrido, sin embargo la madre de Luis Fernando, cual Antígona, se mantuvo terca, exigiendo que el cuerpo de su hijo apareciera. Ante su furia, el cuerpo retornó.

Al día siguiente las calles estrechas se colmaron de gentes, en el barrio de Fernando no cabía una persona más, pero tampoco había espacio para más indignación. Cuando el Ejército quiso intervenir la ceremonia en el transcurso de la tarde, fue expulsado por el grupo de estudiantes, amigos y conocidos de Barrientos, quienes con palos y con lo que tenían  a mano se enfrentaron a  la fuerza pública, hasta que esta, temerosa, decretó el toque de queda.
Ese año la universidad cerró temporalmente. Tiempo después aparecieron las cercas delimitando sus márgenes y a la plaza principal de la Universidad los estudiantes la nombraron en honor a  Luis Fernando. Su memoria se volvió una anécdota sin rostro que se cuenta por los pasillos, pero que no consiguió impedir que un hecho como este volviera a suceder.

En 1987, 120 mil campesinos del nororiente colombiano se movilizaron por intricados caminos desde sus veredas hasta varios puntos de concentración, con las exigencias sobre sus hombros de mejoras en las vías de comunicación, en la salud, la educación y en la política agraria. Sus demandas no eran un asunto menor en una región abandonada y que paradójicamente concentraba la mayor riqueza petrolera de Colombia para aquella época. Hasta Valledupar, Tibú y Ocaña llegaron las grandes movilizaciones, entre las cuales había delegaciones de la región binacional del Catatumbo.

Gustavo Quintero era un joven campesino. Su padre participó activamente de este paro mientras él cuidaba la cosecha de cebolla y solo hasta los últimos días se uniría a esta manifestación “El paro de nororiente en ese tiempo no era porque uno quisiera, sino cuando echaron a salir todos esos proyectos: a hacer carreteras donde no había que hacer, puentes donde no había ríos, escuelas donde no había niños, entonces la gente de acciones comunales era muy fuerte dentro de la región y salió a ese paro”, cuenta Gustavo. Después de este paro comenzarían a aparecer las obras en esta tierra abonada con la lucha de campesinos, pero también con la de los indígenas Barí y los trabajadores petroleros.

“Sembrar pa' botar”
Gustavo heredó de su padre la historia de permanencia en el territorio y con ella los conocimientos sobre la cosecha de la cebolla, el maíz y frijol, los cultivos tradicionales del Catatumbo. “En ese tiempo era muy lindo porque uno de Ocaña no traía casi nada, porque en la misma finca uno producía lo que era la caña, el maíz, el mismo café, la leche porque tenía uno la vaquita, el huevo porque tenía la gallina, las semillas porque uno mismo las seleccionaba, uno mismo las sacaba y vendía la que no necesitaba, y la semilla la volvía a dejar para producir la siembra", recuerda sobre aquellos días de juventud Gustavo, quien ahora tiene 53 años y vive con su familia en una vereda del municipio La Playa, en el Catatumbo Alto.

El abandono estatal ha sido caldo de cultivo para que surjan todas las formas de violencia en la región. Desde finales de la década del 90, con la irrupción del Bloque Catatumbo de las denominadas Autodefensas Unidas de Colombia, se desató una guerra sin cuartel que obligó a gran parte del campesinado a desplazarse hacia los centros urbanos. Tras los paramilitares, llegó la coca, con ella la estigmatización y persecución del Gobierno, quien además llegó con su proyecto de un campo sin campesinos impulsando la siembra de grandes extensiones de palma, cacao y caña de azúcar.

Hoy en día no solo prolifera la coca, sino que también se han impuesto por el mercado y el Gobierno semillas de origen foráneo que generan dependencia del campesino a estas. Anteriormente cebolla peruana competía con la criolla, entonces un campesino vendía una carga de cebolla a precio de mercado en 150 mil, pero en este momento en el mercado se compra la carga de cebolla peruana entre 50 y 30 mil pesos. Por esto, entre los jornales de la familia y los costos de producción, solo le quedan al campesino saldos en rojos en sus cuentas. Esto teniendo en cuenta también que con la semilla peruana el campesino la siembra y tiene que volver a comprarla, en cambio, con las semillas tradicionales de la región como la cebolla común ocañera un campesino cosecha hasta siete veces. “Acá era poca la coca que se sembraba, pero entonces al ver que toda la máquina del Gobierno quería acabar toda la producción campesina natural, uno compraba semillas pa' sembrar y no le daba, tenía que buscar otra cosa, entonces si usted tenía coca en la finca yo tenía que llegar a jornalearle, era mejor que sembrar pa' botar”, sostiene Gustavo.

En el 2002, mientras Gustavo trabajaba en su finca fue interceptado por el Ejército, acusado de ser colaborador de la guerrilla. Fue retenido durante cuatro días en el batallón de Ocaña, pero como dice él, todavía no estaba pa' esa hora, y logró ser liberado. De ahí en adelante continuaron las amenazas y le tocó desplazarse de vereda en vereda para salvaguardar a su familia: “si van a hacerle daño a uno, van a hacerle a todos los de la familia, y ahí aferrado a Dios, porque yo creo mucho en la religión y que hay un Dios en el cielo, aferrado a eso y más aferrado a la tierra”. Para Gustavo la guerra que ha vivido el Catatumbo ha tenido el objetivo de expropiarlos de la tierra en que han vivido y de sus riquezas naturales.

Integración, vida y territorio
Con el paramilitarismo se desarticuló el trabajo comunal, muchas juntas y cooperativas se acabaron en la región. La zozobra, el miedo y el desplazamiento se tomaron las veredas. Gustavo aún recuerda que cuando viajaba de un lugar a otro tenía hasta que negar el apellido.

Sin embargo, llegando el 2004 y a pesar de la desconfianza decidió participar de unas reuniones a las que lo invitaron algunos conocidos. Así en septiembre de ese año se realizó el Encuentro Comunitario del Catatumbo “Integración, Vida y Territorio” llevado a cabo en San Pablo en el municipio de Teorama.

“En medio de esta historia tan gris que nos ha tocado vivir, hemos aprendido a resistir, a enfrentar, pero también a construir alternativas a estas realidades y es así como desde el CISCA desde el año 2004, decidimos retornar al territorio, recuperar el tejido social, reconstruirlo y apostarnos a la permanencia con la vida digna en el territorio”, dice Germin Sanguino, integrante del equipo político del Comité de integración social del Catatumbo –CISCA-.

Otro líder que vivió este momento fue José De Los Santos, quien llegó desplazado del César y ha sido presidente de la junta de acción comunal de Filo Gringo desde muy joven. En sus palabras “El CISCA es un proceso que nosotros levantamos a través de la ruptura social que tuvo la región del Catatumbo por la arremetida paramilitar. Considero que no hemos vivido el tiempo en vano”. Para el CISCA la vida en el Catatumbo tiene que ver con un plan de vida con garantía de derechos sociales, económicos, políticos, culturales y ambientales para los catatumberos.

Planes de vida
En principio cuando se hablaba de plan de vida algunos campesinos creían que iban a ser proyectos del Gobierno, y que como en otras ocasiones, les dirían cómo cultivar para dejar atrás sus tradiciones. Sin embargo, los planes de vida apuntan a que haya una economía solidaria fortalecida y a la construcción del territorio, no solamente como espacio geográfico sino desde el relacionamiento social, económico y cultural con el espacio que se habita.
“El plan de vida para nosotros es volver a recuperar las semillas naturales, volver a recuperar el campo como era el campo colombiano. Que a lo que usted vuelva a producir va a tener la semilla de cebolla criolla, que sea la semilla de frijoles hasta el tiempo que quiera tenerla, no acabarla, sino que si usted necesita entonces usted me dice: yo necesito tantas semillas de cebolla, tengo tanto de frijol. Entonces yo le digo: hagamos el cambio o se la presto para que no se acabe. Que yo tengo la gallina criolla, como hago yo, o la señora suya decirle a la señora mía: me echa la culeca, me da media, o me presta los huevos para volver a recuperar la gallina criolla… o todo para volver a recuperar el cerdo criollo, para volver a recuperar la vaquita criolla. Que si yo a usted lo llevo a la vereda donde yo vivo, le pueda dar un mal de estómago y que diga hay que buscar una vaca para hacerle un bebedizo de leche”, explica detalladamente Gustavo.

De esta manera en las veredas y corregimientos del Catatumbo los campesinos han venido implementando las cooperativas para truequear sus productos entre ellos y no tener que desplazarse hasta las ciudades principales. Un ejemplo de esto es la tienda comunitaria de San José del Tarra. Gustavo lleva allí sus cargas de cebolla cultivadas en su finca, las vende o cambia por otras cosas como yuca, café o comida. La propuesta que hay es llegar a otros municipios cercanos como El Tarra o corregimientos como Filo Gringo para no tener que llevarla hasta Ocaña, en donde nada más el desplazamiento resulta muy costoso para el agricultor.

Lo que buscan los campesinos es vender sus cosechas a un precio justo, y posibilitar el intercambio de sus productos. En la cooperativa de La Vega de San Antonio también se ha comenzado este trabajo, sin embargo, el conflicto que afronta la región no es indiferente a estos espacios. Así Gustavo, quien es miembro del consejo de la cooperativa, manifiesta que no se han podido reunir y esto no permite que avancen estas propuestas.

 

***

 

Del paro del nororiente hasta ahora continúa ese clamor del campesinado del Catatumbo, que se ve aún en los caminos de lodo y en las precarias infraestructuras, pero además en la demanda de autonomía para planear su territorio y su vida. Por esto, en los últimos años los campesinos y campesinas del Catatumbo se han movilizado por su reconocimiento como sujetos de derechos y en contra de una estigmatización que corre desde lo más alto del Gobierno, con afirmaciones como la que hizo Juan Manuel Santos en donde comparó esta bella región con la calle del Bronx en Bogotá, con esa miopía que no ve ni entiende al otro y que lo nombra todo desde el prejuicio. “Por eso cuando a mí me dicen que quiero un paro, a mí me da alegría porque yo sé que de ahí vamos a sacar mucho no pa' uno como persona, sino pal común de la gente” concluye Gustavo.

Durante el tercer día la misión de verificación humanitaria del Catatumbo visitó el corregimiento de San Pablo, del municipio de Teorama. A medida que la comisión de verificación recorre las trochas de la región la deuda social del Estado Colombiano se hace más evidente. En la reunión llevada a cabo en el colegio del municipio, la comunidad le manifestó a la comisión y organizaciones acompañantes las necesidades insatisfechas por el Estado colombiano en materia de salud, educación e infraestructura.

 

 

Monday, 09 April 2018 00:00

La brega de Londoñito

Suena un coro de pericos en el patio, junto con el de los vehículos que entra por la puerta abierta de su casa, ubicada en Cristo Rey, un barrio de cada vez más viviendas y menos bodegas, y de una cercanía idónea a la fábrica principal de Coltabaco en Medellín, donde laboró y se sindicalizó.

–¿Vas a fumar? –, me pregunta antes de iniciar este diálogo.

-No, gracias, ya no fumo–, le contesto mientras nos sentamos en la sala de su casa.

José Alfonso Londoño o Londoñito, como lo conocen en el gremio tabacalero, toma un cigarrillo de un paquete de Starlite y lo enciende, comienza a fumar y luego se excusa por comenzar unos minutos tarde. Me explica que ahora, con 83 años, cuida de su esposa 10 años mayor y esto le toma mucho tiempo en las mañanas. Su voz baja y ronca hace alarde del gusto por el tabaco, el cual no llegó con las labores en la fábrica sino de antes, desde que comenzó a trabajar a los 18 años en graneros, cantinas y en la plaza de mercado.

La figura del hombre jubilado sentado en la sala de su casa, de ropas cuidadosamente arregladas, de cabello escaso y blanco como las poltronas, se convierte pronto en la de un joven enérgico en su bicicleta, que recorre Medellín del sur al centro llevando facturas y documentos, desde la fábrica al edificio Coltabaco en el Parque de Berrío.

En 1953, este joven mensajero enfrentó el primer obstáculo de cualquier hombre que crece en este país en guerra. Al entrar un día en su bicicleta a la fábrica, fue interceptado por uno de sus patrones que le advirtió que el Ejército estaba allí reclutando. Pero él, terco, decidió presentarse y terminó prestando servicio militar en Florencia, Caquetá. A pesar de esto, su madre consiguió que su hijo volviera después de tres meses, con el argumento de que era hijo único y sostenía su casa.

Al regresar pasó por muchos puestos de trabajo. De mensajero a expendios, luego a ayudante y se demoró más de 20 años para pasar a maquinista. Son 37 años de su vida que le entregó a este trabajo. Las razones para hacerse parte del sindicato surgen de su memoria con varias anécdotas marcadas por la humillación que existía y existe por parte de los patrones, hacia quienes mueven sus fábricas, empresas y el país: los trabajadores. Una de ellas, cuenta, fue cuando comenzó a buscar un hogar, entonces optó por un préstamo de vivienda y así recibió una llamada:

–Hombre Alfonso, usted que necesita casita, le tengo una–, era el doctor Restrepo, uno de los administradores.


–¿Qué será? –, le respondió Londoñito.

–¿Recuerda los tranvías que se acabaron? Con eso están haciendo viviendas, yo le puedo conseguir una de esas.

–Yo soy pobre pero no estoy acostumbrado a que me humillen… buena vivienda un tranvía… ¡Es como decir un bus! No, doctor, le agradezco mucho–, no dudó en sentenciar este trabajador a su jefe con la dignidad hasta la cabeza.

Como esta, fueron otras las situaciones en donde comenzó a ver que no se respetaban los derechos, ni con la dotación o descansos de sus compañeros, y fue entonces cuando en la álgida década de los 70's, Londoñito decidió afiliarse a Sintracoltabaco. “A mí inclusive me llamó don Eduardo Bayona, el gerente, y me dijo: usted que ha sido tan buen trabajador –porque yo trabajaba sábados, domingos, festivos– ¿cómo se metió al sindicato? Yo le respondí que no me daba pena reclamar los derechos de los trabajadores. Y el sindicato lo hace, así que uno va cogiendo conciencia, entonces necesita a alguien que le respalde y reclame sus derechos, por eso la organización es muy importante”, recuerda, mientras apaga el cigarrillo en el cenicero.


Uno de los momentos más importantes en su historia en Sintracoltabaco lo vivió durante los 80's, en medio de la arremetida contra el movimiento sindical que tocó a muchos de sus compañeros, los cuales resultaron encarcelados o asesinados, como Luis Javier Cifuentes. A él mismo muchas veces lo llamaron a la casa para amenazarlo, sin embargo, sostiene que no tuvo miedo “porque ya uno estaba ahí, tenía que sacar las cosas adelante porque si con las amenazas se echa uno para atrás, se acabaría prácticamente el sindicalismo y la lucha democrática”.

Una de las luchas que más recuerda fue en la que consiguieron la nivelación salarial, y esto fue muy importante porque anteriormente se ganaba según el puesto, y a veces el salario dependía también del beneplácito de los patrones. Otro hito en su memoria es la huelga del 82, donde los trabajadores sindicalizados cesaron labores por 65 días y demostraron su fuerza ante una administración que no quería ceder en la negociación del pliego. De estos días recuerda especialmente las conferencias y el apoyo moral de los trabajadores y sindicatos.

En 1986 faltaba un año para jubilarse y acostumbraba a ingresar, junto a otros compañeros, ejemplares del periódico Voz para repartir y hacer agitación entre los trabajadores, gracias a que en la fábrica sólo requisaban al ingreso, pero nunca a la salida. Sin embargo, un día el vigilante de turno lo detuvo a la salida e insistió en requisarlo, esto le molestó a Londoñito, quien le retó a que lo hiciera.

–Una requisa es ver, no tocar. A ver qué quiere que le muestre.
–Los pantalones–, respondió el celador y procedió a requisarlo.
–Tenga–. Se quitó los pantalones y quedó así en pantaloncillos en la entrada de la fábrica.
–¿La camisa también? –, insistió Londoñito y se la quitó.

Después de esto lo llamaron a descargos y consiguió 19 testigos a su favor, sin embargo, terminarían por suspenderlo 20 días argumentando inmoralidad e indecencia.

La rebeldía de Londoñito se mantuvo hasta el último día que trabajó. Incluso después de jubilarse y con las políticas administrativas que no lo dejaban volver a la fábrica, continuó acompañando al sindicato en sus manifestaciones y discusiones. Mientras pueda no falta a una marcha del Primero de Mayo porque considera que este día la ciudad se vuelve de los trabajadores y sus luchas por la dignidad.

Del sindicato aprendió sobre la importancia del derecho a la salud con el comité de seguridad; del derecho al estudio con el que consiguieron varias becas para los directivos e hijos de los sindicalistas; de los derechos laborales, o sea a las ocho horas de trabajo, con almuerzo y desayuno dentro de la empresa. Todo esto adquirido gracias a la organización y al sindicato. “A mí me perseguían mucho, pero yo bregaba a servir y reclamaba por los trabajadores”, me enfatiza antes de terminar esta conversación. Sus memorias y palabras son un bálsamo para el embrujo que viven los trabajadores y les impide organizarse.

“En algunos países, no en todos, la izquierda ha seguido la tradición de despolarizar fácilmente sus diferencias con el enemigo y polarizar demasiado con sus amigos”, fue el comentario de cierre en el programa que dirige Pablo Iglesias, Fort Apache, por parte del sociólogo Boaventura de Sousa Santos, programa en el cual se abordó la situación de la izquierda en el continente. Este comentario no es lejano a la realidad, a las dificultades y retos de unidad que se avecinan en la recién iniciada campaña electoral en Colombia, camino al 11 de marzo, día en que se definirá la nueva conformación del Congreso.

Las apuestas de las organizaciones de izquierda que participan de la contienda electoral se encuentran en diferentes listas, como la del Polo Democrático Alternativo, la de la coalición Decentes y la de la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común.

El Polo: el boomerang de la Coalición Colombia
Para estas elecciones el Polo Democrático se presenta con una lista que le apuesta a afianzar liderazgos que han venido trabajando en el Congreso desde la oposición y el control político, pero también en la consolidación de los procesos de paz en el país. Sin embargo, ante el riesgo de perder la personería jurídica, quien era su candidato a la presidencia, Jorge Robledo, se bajó de su aspiración y repite en el primer reglón de la lista al Senado, apoyando a su vez para las presidenciales al candidato de la denominada Coalición Colombia, Sergio Fajardo.

El Polo que ha contado en las últimas elecciones con el apoyo de los sectores de izquierda, tiene que lograr fidelizar y superar el número de votos alcanzados en el pasado, ya que los nuevos actores y las figuras públicas que han abandonado el partido, sumado a la arriesgada decisión de apoyar a un candidato a las presidenciales que levanta ampolla entre los sectores de izquierda, pueden pasarle factura. Por esta razón, su principal apuesta es consolidarse como la principal fuerza de la izquierda, sin embargo, esta coalición puede terminar fortaleciendo más a la representación de la Alianza Verde, partido con más afinidad del electorado hacía Fajardo.

La Coalición Colombia, consumada a finales del 2017, tenía la intención de unificar las listas al congreso de la Alianza Verde, el Polo Democrático, y también del movimiento Compromiso Ciudadano, pero dudas jurídicas frente a la personería jurídica de los dos primeros hicieron que se presentaran por separado, a excepción de algunos casos en listas departamentales a Cámara de representantes como en el Tolima, Bolívar, Córdoba, Huila y Risaralda. En esta lista del Polo al Senado se pueden encontrar personas como Iván Cepeda, defensor de los derechos humanos y mediador en los procesos de paz; Alberto Castilla, líder campesino del Catatumbo; Víctor Correa, ex líder estudiantil, entre otros.

Decentes: representación minoritaria y otras figuras
Esta coalición surge de un acuerdo entre los partidos que tienen la mayor presión de quedarse sin su representación en el Congreso (MAIS, ASI y UP) tras el hundimiento de la reforma política, y a su vez de la suma de las apuestas de tres candidatos presidenciales que buscan medirse en este primer pulso con las listas de otros candidatos, Gustavo Petro, ex alcalde de Bogotá, Clara López, ex ministra de trabajo y Carlos Caicedo, ex alcalde de Santa Marta. “Es una forma de demostrar que es necesario unificar esfuerzos entre diferentes colectividades para sacar agendas de transformación hacía adelante”, afirma la politóloga y ex secretaria de ambiente de la Bogotá Humana, Susana Muhamad, quien ahora es candidata al Senado por esta lista.

El proceso de conformación de la lista se hizo a través de compromisarios de cada partido que avalaron las hojas de vida de los postulantes. “La principal apuesta es generar un espacio de ciudadanos decentes, ciudadanos que piensan que la política se puede hacer sin plata, sin corrupción, que se pueda hacer de frente a la ciudadanía y que está representando a liderazgos sociales que están trabajando por diferentes causas, como la diversidad sexual, el ambiente, la lucha contra la corrupción, la paz”, sostiene Muhamad.

En esta lista al Senado se pueden encontrar personas como Gustavo Bolívar, libretista y activista; Aída Avella Esquivel, presidenta de la Unión Patriótica; Luz Marina Bernal, una de las Madres de Soacha, entre otros. También presentaron listas en diferentes departamentos del país.

FARC: a defender el Acuerdo en el Capitolio
Tras el acuerdo de paz de La Habana, el nuevo actor que hará parte del Congreso será la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, integrada principalmente por ex insurgentes que depusieron las armas y que ahora se medirán en la arena electoral, con la garantía de su participación política con cinco curules en el Senado y cinco en la Cámara de Representantes para los periodos del 2018 y del 2022.

A través de consenso al interior del naciente partido decidieron quiénes debían hacer parte de las listas, e invitaron a sectores representativos del país y algunas organizaciones sociales que tomaron la decisión de hacer parte de sus listas, como la Marcha Patriótica. "En este momento hay 23 compañeros que integran la lista del Senado… excombatientes y gente del común, gente representativa de la política, que nos quisieron acompañar en esta tarea de construcción de la propuesta alternativa. Para el caso de las cámaras de representantes, los cinco departamentos que decidimos participar, organizamos la lista de manera plural procurando ser integradas por distintos sectores representativos de la sociedad", afirma Jairo Quintero, ex comandante y ahora candidato a la Cámara de Representantes por Santander.

Su principal apuesta será defender en las Cámaras lo que ellos denominan “la letra y el espíritu” del acuerdo de paz durante su implementación, a la que aún le falta la mayoría de leyes, con la incertidumbre de la conformación e intereses del nuevo Congreso. En este sentido, sus primeras tareas estarán enfocadas en velar por temas del acuerdo como: el catastro multipropósito, la creación efectiva del fondo de tierras y la puesta en marcha de los PDET, que si bien hay una ley que los crea, según la FARC está en contravía de lo acordado en La Habana. “También queremos contribuir a materializar la paz en Colombia, el acuerdo con los compañeros del ELN, una ruta de salida con el EPL y una ruta de sometimiento a las estructuras paramilitares que aún imperan en Colombia”, agrega Quintero.

En su lista al Senado se encontrarán once personas de organizaciones, y doce excombatientes como Iván Márquez, Pablo Catatumbo y Victoria Sandino. Esta apuesta será el primer medidor real de su fuerza en las regiones más allá de las encuestas de opinión.

El acontecer de estas diferentes listas demuestra que dadas las condiciones limitadas de participación es necesario procesos de unidad que posicionen nuevos liderazgos más allá de las figuras políticas nacionales y que logren impulsar en el Congreso proyectos como la frustrada reforma política, para la participación autónoma frente a las estructuras clientelares de los partidos. El reto de construir unidad garantizaría enfrentar a una derecha unida bajo un discurso de miedo –que se vale ventajosamente de la crisis que afronta Venezuela-, con la responsabilidad de posicionar liderazgos que logren llevar la voz de las luchas sociales a un capitolio, en donde suenan por igual los escándalos de corrupción y los himnos de los grandes grupos empresariales.

El pasado sábado 9 de diciembre se llevó a cabo en Medellín el carnaval "Memoria y Autoconstrucción de la vida digna en nuestro territorio", evento que convocó a diferentes organizaciones sociales  con el objetivo  de poner sobre la agenda de la ciudad la situación de miles de desconectados y de pobladores que son desalojados a causa del modelo de esta. El recorrido de este año fue por los barrios San Pedro Lovaina, Miranda y Moravia, que según los organizadores de esta movilización "son barrios afectados por el desarrollo de varios proyectos urbanísticos especialmente por el MacroProyecto Rio Norte y Medellin Innovatión, que ponen en riesgo la permanecia de habitantes, la continuidad de sus proyectos de vida y la historia de Medellín"

Thursday, 07 December 2017 19:00

El taita de la revolución del poncho

A diferencia de sus hermanos, Leonidas Proaño sobrevivió a la pobreza y al hambre, y así nació en 1910 en un sencillo hogar en Ibarra, un pueblo de artesanos en la provincia de Imbabura situada al norte del Ecuador. Durante su infancia, el sustento de su hogar provino del oficio de su padre de macetear sombreros, el cual el pequeño Leonidas también ejerció en largas jornadas que les sacaban cayos a sus manos y le hacían doler la espalda. Aun así, ser “compositor de sombreros” -como él mismo lo definía- fue la oportunidad para compartir la experiencia junto a su familia de una fe muy profunda y un hondo amor a sus raíces, a su pueblo. Sobre esta etapa escribiría en su autobiografía: “La dureza o la monotonía del trabajo eran suavizados por la conversación y el canto. El diálogo y el canto tienen un profundo sentido comunitario. El primero, el diálogo, es el mejor vehículo de intercomunicación personal. El segundo, el canto, es un vehículo inapreciable de armonización, a través de las voces, de los sentimientos. Y es un medio para crear alegría”.

Allí en el seno de su familia descubrió que la pobreza es un don en cuanto se tiene conciencia de ella, o en sus palabras “siempre que lleguemos los hombres a ser conscientes de nuestra congénita indigencia”, de ahí su amor por los pobres, por su capacidad de vivir lo comunitario y expresar la solidaridad. También de sus padres aprendió sobre el trabajo, la honradez y la valentía, que forjaron las semillas que luego dieron frutos en su vida.

En su juventud quería ser pintor, pero pronto la vocación lo hizo dudar de este camino, y en medio de este dilema terminó optando por el sacerdocio. “Tuvo que venir a Quito para los estudios de teología, y parece que sus padres no tenían cómo sostenerlo, y no tenían cómo viajar a Quito para visitarlo, lo veían una vez al año. Su madre hacía sus ahorritos para mandarle una tostadita, un poquito de maíz, unas papitas... Antes de ordenarse sacerdote su padre muere, y su madre queda en el peor desamparo, la viudez, la pobreza, entonces ella se vio obligada a vender el trocito de tierra y el pedacito de casa que tenían, para poder comprar la sotana y todos los requerimientos a monseñor para que se ordenará sacerdote, pero él se opuso porque no iba a permitir que su madre se quedara en la calle”, cuenta Nidia Arrobo, quien ahora es continuadora de su legado en la Fundación Pueblo Indio, que el mismo Proaño antes de morir dejó proyectada.

Una vez sacerdote empleó el método de ver-juzgar-actuar y entonces se dedicó a los jóvenes y obreros de su ciudad, Ibarra, y con ellos comenzó a trabajar para organizarlos. En este sentido apoyó la consolidación de las Juventudes obreras cristianas
-JOC-, y comenzó junto a otros amigos un proyecto de librería “La Cardijn” que continuó también con el periódico “La Verdad”, con el cual iba en su búsqueda para ser libre. Desde esta tribuna comenzaría a plasmar sus preocupaciones y posturas sobre los más pobres.

“A través de la vida hay hombres que abren caminos. Yo quiero ser uno de ellos”

No se sabe cómo, pero el nombre de este sacerdote que ya demostraba su entrega por el pueblo terminó para 1954 en la terna para ser Obispo, sin embargo al ser el tercero de la lista nadie creyó que este fuera a quedar seleccionado. La sorpresa llegó con una llamada del nuncio papal:

-Apúrese y tráigame la foto con toda la vestimenta de obispo– le dijo el nuncio molesto.

-Pero si yo no tengo nada, sólo tengo una raída sotana negra– contestó

Para solucionar esto, el nuncio terminó prestándole sus ropas, y así se tomó su primera foto como Obispo de Riobamba. El ahora monseñor se dirigía de Imbabura a Chimborazo, al centro sur del país. Mientras monseñor saludaba en un carro descapotable, se le acercó una indígena que no era distinguida de la zona, con un poncho totalmente viejo, sin zapatos y con un sombrero que casi no tenía forma de sombrero por su desgaste, y le dice: “por fin llegaste, taita amito”, haciendo referencia a los amos que todavía para esa época eran los hacendados, los curas, los obispos, y al taita que en lengua quichua quiere decir padre. Con esto lo reconoció como una figura superior pero cercana. "Eso le toca el corazón al monseñor de una forma impresionante, ya que él nunca olvidó esta frase", recuerda Nidia. De esta manera, monseñor comenzó a desmarcarse de la parafernalia y dejó de participar en los actos públicos con las autoridades.

Se dedicó a las grandes visitas pastorales por toda la diócesis, y así pudo constatar que la Iglesia de Riobamba tenía 36.000 hectáreas de tierras, fruto de la herencia colonial, y los indígenas -decía monseñor- no tenían tierra sino en las uñas y vivían como topos en chozas. También se dio cuenta de la penosa situación de los indígenas de esta región; observó que vestían de negro o gris, que tenían las muelas podridas, los cabellos desgreñados, estaban en un completo abandono por lo que eran explotados económica y socialmente, y además sufrían una de opresión psicológica, entonces decía: "Yo le quiero dar al indio tierra, trabajo y dignidad".

Antes de la primera reforma agraria en Ecuador, el monseñor Proaño comenzó a darle tierra a los indígenas de Chimborazo, pero allí no se quedó su labor, él sabía que lo más importante era que los indígenas tomaran conciencia y comenzó las escuelas radiofónicas para enseñarles el alfabeto en Quichua, valorando la lengua que es prioritaria para la identidad. También les mostró que tenían derechos, entonces los indios se comenzaron a alzar y a reclamar.

Nidia menciona que en principio, cuando él celebraba la misa, llegaban “los señores” y ocupaban las bancas, y los indígenas que habían llegado primero tenían que ponerse de pie, irse para atrás y arrodillarse en los suelos de los costados. Un día monseñor les dijo: “ustedes tienen tantos derechos como ellos, o más, porque seguramente ustedes levantaron este templo”, y con esto los indígenas comenzaron a ocupar las bancas, y los denominados señores dejaron de ir. Se armó la revolución del poncho, los indígenas de otras haciendas de Chimborazo comenzaron a reclamar también que se les devolvieran las tierras, poniendo como ejemplo la labor del monseñor Proaño. En otras diócesis comenzaron a exigir también lo mismo. Para este momento el monseñor ya era incómodo para los poderes económicos y políticos, que lo veían como una amenaza, mientras que para los indígenas él era una luz de esperanza.

Así, sin frenos ni marcha atrás, siguió la revolución, y el rumor no sólo llegó a oídos sordos, sino que también otras experiencias en el continente comenzaron a interesarse por el proceso que se gestaba Riobamba.

Monseñor Proaño es reconocido como una de las figuras que impulsó la teología de la liberación en Latinoamérica, hizo parte del Concilio Vaticano II y luego firmó el pacto de las catacumbas de Santa Domitila, en Roma, en el cual sin decirle a nadie se comprometió junto a otros sacerdotes del mundo a vivir en pobreza y en optar preferencialmente por los pobres. Luego también participó de la Conferencia Episcopal Latinoamericana -CELAM- de Medellín en 1968; en este espacio que resultaría en cultivo de organización a favor de los pobres de Latinoamérica, compartió su visión de los indígenas del Ecuador. Se encargó después del Instituto Pastoral Latinoamericano –IPLA–. Todo este trabajo trajo consigo la persecución y una contra ofensiva de los sectores de la iglesia conservadores, que entonces comenzaron a arremeter contra estas propuestas liberadoras. En el caso del monseñor Proaño, por la denuncia del nuncio y la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, llegó un visitador apostólico de Roma para sacarlo del obispado en 1973, porque según ellos era un comunista, subversivo y estaba armando a los indios.

Antes de la llegada del visitador, Proaño le avisó a la comunidad, y esta organizó un recibimiento muy grande. Le exigieron hablar primero con ellos antes que con el obispo, entonces le mostraron la realidad en que vivían, sin armas, pero con la radio por donde aprendían. Después de esto, el visitador le dijo al monseñor que no se preocupara porque había visto una fuerte relación entre las comunidades y el evangelio. Para despedirlo, los indígenas hicieron una concentración enorme, donde una indígena de Imbabura se sacó la faja de la falda que llevaba, se la colgó al visitador y le dijo:

-Padre visitador, usted dígale al Papa santo que de aquí no saca al taita obispo, porque por el ojo ve, oído oye, boca habla, mano hace, pata no mas no quiere caminar, pero caminará.

El monseñor Proaño murió en 1988 y fue sepultado por su solicitud en la comunidad de Pucahuaico. Antes de morir reunió a un grupo de cinco personas, entre ellos Nidia, y le encomendó continuar la obra, porque entendía que desde la iglesia jerárquica no lo iban a hacer. Monseñor Proaño abrió el camino de la lucha de los indígenas en Ecuador que continúan exigiendo sus derechos, hoy en día en contra del modelo extractivista que azota a la región.

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