Colectivo Ciudad Solar

Colectivo Ciudad Solar

Tuesday, 11 February 2020 00:00

Humedal, tejido del viento

Existe una profunda relación entre el lugar que los hombres escogen para habitar y las aguas: de mares, lagos y ríos; de quebradas y riachuelos; de islas, golfos, bahías y de archipiélagos. Muchas de las principales ciudades, pueblos y comarcas del mundo moran al rumor de sus ondas, y se diluyen entre susurros de piedra y agua. Otras se debaten al vaivén de las olas y de la erosión que roe sus pies, sus zapatos de arena. Más las otras de hielo, o de tierra que llamamos islas, son rodeadas totalmente por ese espíritu esencial. En incesante flujo de mercancías, turistas y personas por caminos móviles; las naves surcan cristalinos espejos de agua, cauces rebosantes de voces, colores y algarabías danzantes al viento.

Algunas más gravitan en torno de un rompecabezas infinito de miles de ínsulas salpicado de un mosaico de caprichosas formas; plasmando archipiélagos de ensueño: volutas y girones de tierra, geografías y contornos que a las palabras huyen –sin dejarse atrapar– y solo la naturaleza puede parir.

Los pueblos, las ciudades a las orillas de los cauces de los ríos se cuentan por miles; llenas de movimiento, como las mariposas anidan en las llanuras aluviales y en los valles que el agua ha esculpido a través de los tiempos. Al ritmo de músicas, de cántigas acuosas, en su sinuoso andar, saturado de rumores: las “criaturas” se ven forzadas a hacer vida en aquellos lugares. Al paso sereno de su cauce, o entre rápidos, el hombre ha buscado refugio, comida y transporte. Los ríos son y han sido venerados desde los tiempos más remotos por los habitantes que moran en sus balcones; los mares, de igual forma, se han llenado de monstruos y de mitos allende el hogar que los soporta.

El hombre además de asentarse en sus riveras ha diseñado toda una serie de mecanismos: acequias, canalones, tanques y posteriormente los acueductos para llevarla hasta su casa y proveerse del elemento vital. La ha transformado en energía, la ha gestionado a través de instituciones sociales del orden municipal y comunal. El agua está en el centro del debate entre las visiones encontradas de las élites nacionales y departamentales con las de la subregión del Oriente Antioqueño y las de los territorios. La matriz energética del país depende de esta región rica en aguas, de la conectividad con la capital del país y la inserción al mercado internacional a través del Aeropuerto José María Córdova.

Pero este desarrollo contrasta con los campesinos pobres que han padecido las consecuencias de su implementación y el casi nulo aprovechamiento de sus réditos. La defensa del territorio y la lucha por servicios públicos dignos y de calidad se tradujo en resistencia civil y en el posterior aniquilamiento del Movimiento Cívico. La guerra atravesó el Oriente antioqueño con su torrente de sangre y la población quedó inerme, atrapada entre guerrillas, paramilitares y fuerzas estatales quienes se trenzaron en una feroz batalla por el control del territorio.

“El campesino sentí-pensante del agua y la montaña
[…] para nosotros los indígenas la tierra es la madre, para nosotros los indígenas la tierra no es solo un pedazo de llano o de loma que nos da comida, como trabajamos en ella, como gozamos o sufrimos por ella, es para nosotros la raíz de la vida, por eso la miramos y la defendemos también como la raíz de nuestras costumbres.

Al igual que los indígenas, los campesinos se abrazan a la tierra y sienten el húmedo y vital calor que de ella emana, la agricultura o cultura de la tierra es una de las prácticas más antiguas que se conserva hasta nuestros días, es decir que gracias al campesinado y los millones de toneladas de azucares, carbohidratos y proteínas producidas en los labrantíos, existe una sociedad urbana hiperdesarrollada y moderna como la que hoy conocemos, no existe modernidad sin tradición.

La ruralidad es un motor vital de la cultura, según el antropólogo Eric Wolf: el campesino se caracteriza por ser un enlace cultural entre la naturaleza y la sociedad en general; el agricultor media con las contingencias del clima, del suelo, de la semilla y del mercado, sostiene y organiza el trabajo familiar, usufructúa la frontera agraria etc.

Al entendimiento del campesino han llegado todos los saberes del agua, las formas de las quebradas las comprende como las de la palma de su mano, las acumula en un telar de experiencias que teje en su sentir de labrador.
Gran observador de los tiempos del agua: en su mente hila un calendario con cada día que pasa, un ciclo es una nueva trama; de tanto tejer sus jornales ha podido adivinar las temporadas de lluvia y verano, la luna justa para la semilla, el cuidado del monte y los nacimientos de agua. Todos estos aprendizajes se aventuran a la interpretación de los azares de la naturaleza. El campesino también hila su trabajo en el paisaje: borda con su azadón colchas de retazos, teje las colinas con los hilos de la lluvia.

Pero cuando el campesino empieza a producir más allá de los límites naturales, las inestabilidades del clima lavan gradualmente la tierra negra, y la sobreexplotación desprotege los suelos haciendo competir la comida contra el agua, el suelo excesivamente maltrecho de las colinas de Marinilla, Antioquia, tiene unos antecedentes centenarios manteniendo nuestra cultura campesina al borde de sus posibilidades:

[...] “los primeros habitantes se aprovecharon para las formas agrícolas, de la ligera capa de grasa vegetal depositada por la alteración de los bosques, durante centenares de años, sobre las cimas y faldas de las cordilleras, cejas, colinas y oteros. Bien pronto después, aquellos sitios fueron lavados por los copiosos aguaceros de la región equinoccial; los campos quedaron estériles y fue mucho si una feracidad relativa se conservó en ellos. El aspecto de la tierra quedó en cierta manera yermo, solitario y melancólico; reducidas sementeras de maíz, frisoles, arracachas, ahuyamas, calabazas, etc. eran y han sido pobremente cultivadas para contribuir en algo a una frugal alimentación”.

Desde los tiempos de la colonización una actitud oportunista y egocéntrica hacia la naturaleza ha reducido los bosques del territorio a su mínima expresión, alejando cada vez más el agua de nuestra vida cotidiana, expulsándola del territorio. Cuando el campo deja de producir para alimentar los hijos de la tierra el campesino aliena su trabajo y su cualidad de intermediario con la naturaleza es desconocida por el mercado; un campesino autónomo y libre para el cuidado del hogar común es un labrador amigo del agua, la luna y las montañas, un campesino que defienda la cultura de la tierra, que tenga tiempo para observar y transmitir a sus descendientes los saberes del agua, que produzca en un territorio comida y no dinero preserva la naturaleza y el campo: alma de la cultura.

*Este es un fragmento del libro Humedal, tejido del viento, hecho por el colectivo Ciudad Solar de Marinilla, Antioquia.

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