Periferia

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La vergonzosa situación del país, que puso por instantes en la picota pública al Fiscal general Néstor Humberto Martínez, y a un entramado de corrupción que involucra al gobierno de Duque, a su partido, a los políticos de casi todas las demás corrientes de la clase política que gobierna, a Juan Manuel Santos, al grupo empresarial más poderoso de Colombia y a su dueño Luis Carlos Sarmiento Angulo, lejos de conmocionar e indignar a la sociedad, se convirtió en el escenario soñado para los opinadores de los grandes medios masivos de comunicación y sus dueños. El chisme, la farándula y las fake news son el campo de batalla donde mejor se mueven y con el que más venden. Un banquete para los directores de medios y periodistas leales al régimen, expertos en desviar la atención hacia otros asuntos banales mientras la clase política y empresarial corrupta huye por detrás de las cortinas de humo que estos fabrican, y así evitan enfrentar a una opinión pública que de todas maneras no tiene el nivel de formación y la cultura política para enjuiciarlos.

Por delicada que sea la situación para el país, las poderosas empresas mediáticas logran posicionar lo superficial, dejando lo serio e importante en el oscuro fondo. Esa es una estrategia que les da grandes resultados. Del mayor escándalo de corrupción de todos los tiempos, la clase que conduce el establecimiento y el establecimiento mismo van saliendo limpios, mientras uno de los promotores del debate, Gustavo Petro, se revuelca en el lodazal que aquellos dejaron. El video de Petro contando dinero, sin contexto y argumentos, ahora se comenta de boca en boca mientras se desvanecen las verdaderas y trágicas causas que llevaron al Congreso de la República y a todo el país a convocar un debate de control político contra el Fiscal General de la Nación. La indignación de todo un pueblo se aplazó.

Lo que sigue es el desarrollo de otra estrategia de medios que aplica a la perfección en épocas navideñas: el bombardeo de propaganda y publicidad que incita al consumo, y de toda clase de información banal o irrelevante que se repetirá sin descanso. Cada cual escogerá la noticia que más le parezca, o la que más haya posicionado los medios. Será una navidad como las demás en donde el grueso de la niñez colombiana se consolará pintando las calles de colores rojo y verde, vistiendo un árbol traído del monte o comprado en los mercados populares, y esperando a un niño Dios que llegará con excusas.

Pero los medios no son por sí mismos los que opinan, ni se mueven solos, detrás de ellos se encuentran sus dueños, personas de carne y hueso con tanto poder económico y político que les permite no solo manejar las finanzas del país, y llenar las arcas de sus bancos hasta con el último centavo de la sociedad, sino invertir los recursos ajenos en sus jugosos negocios privados, o llevárselo a los paraísos fiscales donde burlan al fisco nacional. Los banqueros, como se demostró hasta la saciedad en estas últimas semanas, no se consuelan con los billones de pesos que año tras año les produce su negocio especulativo, sino que desde un tiempo para acá construyen carreteras, puentes, edificios y se ganan los contratos más jugosos a punta de coimas, extorsiones, sobornos y asesinatos, como ocurrió en medio de los escándalos de Odebrecht, Reficar, los puentes Chirajara y La Pala, entre otros que hoy ya ni suenan porque la estridente música decembrina y la pólvora son más fuertes, casi tan grandes como la sordera y la ceguera de gran parte de la sociedad.

No obstante, diciembre también nos trajo esperanza. Hace rato que estas fechas no llegaban en medio de un proceso ascendente de movilización, con las más grandes movilizaciones de las últimas décadas, protagonizadas por quienes tienen la obligación y la virtud de pensar en el presente y el futuro al mismo tiempo, la juventud y el estudiantado, aquel que cada tanto revive ese sujeto transformador que toda sociedad necesita.

Y no solo el estudiantado y la juventud en general reaccionó, lo hicieron las centrales obreras, y el magisterio, los camioneros, los indígenas, las mujeres y los campesinos, y junto a los congresistas alternativos se articularon en escenarios de actuación política conjunta; también el movimiento por la paz y los derechos humanos construyeron importantes coordinaciones para actuar en caliente en medio de las protestas, por la defensa y la protección de los líderes y lideresas que se manifestaron a lo largo y ancho del país.

Una fuerza transformadora crece, una masa crítica toma forma y se estructura; hay que darle tiempo, hay que protegerla, tratarla con cariño y, en especial, conducirla colectivamente hacia la madurez política que le permita seguir sumando y construyendo agenda de país, rutas de movilización y cambios. El descanso productivo es necesario, retomar fuerzas es fundamental. La lucha no ha terminado, y los retos que nos depara el 2019 están a la vuelta de la esquina. Felices y combativas fiestas.

Thursday, 06 December 2018 00:00

Editorial 145: Bailemos con los ojos abiertos

La vergonzosa situación del país, que puso por instantes en la picota pública al Fiscal general Néstor Humberto Martínez, y a un entramado de corrupción que involucra al gobierno de Duque, a su partido, a los políticos de casi todas las demás corrientes de la clase política que gobierna, a Juan Manuel Santos, al grupo empresarial más poderoso de Colombia y a su dueño Luis Carlos Sarmiento Angulo, lejos de conmocionar e indignar a la sociedad, se convirtió en el escenario soñado para los opinadores de los grandes medios masivos de comunicación y sus dueños. El chisme, la farándula y las fake news son el campo de batalla donde mejor se mueven y con el que más venden. Un banquete para los directores de medios y periodistas leales al régimen, expertos en desviar la atención hacia otros asuntos banales mientras la clase política y empresarial corrupta huye por detrás de las cortinas de humo que estos fabrican, y así evitan enfrentar a una opinión pública que de todas maneras no tiene el nivel de formación y la cultura política para enjuiciarlos.

Por delicada que sea la situación para el país, las poderosas empresas mediáticas logran posicionar lo superficial, dejando lo serio e importante en el oscuro fondo. Esa es una estrategia que les da grandes resultados. Del mayor escándalo de corrupción de todos los tiempos, la clase que conduce el establecimiento y el establecimiento mismo van saliendo limpios, mientras uno de los promotores del debate, Gustavo Petro, se revuelca en el lodazal que aquellos dejaron. El video de Petro contando dinero, sin contexto y argumentos, ahora se comenta de boca en boca mientras se desvanecen las verdaderas y trágicas causas que llevaron al Congreso de la República y a todo el país a convocar un debate de control político contra el Fiscal General de la Nación. La indignación de todo un pueblo se aplazó.

Lo que sigue es el desarrollo de otra estrategia de medios que aplica a la perfección en épocas navideñas: el bombardeo de propaganda y publicidad que incita al consumo, y de toda clase de información banal o irrelevante que se repetirá sin descanso. Cada cual escogerá la noticia que más le parezca, o la que más haya posicionado los medios. Será una navidad como las demás en donde el grueso de la niñez colombiana se consolará pintando las calles de colores rojo y verde, vistiendo un árbol traído del monte o comprado en los mercados populares, y esperando a un niño Dios que llegará con excusas.

Pero los medios no son por sí mismos los que opinan, ni se mueven solos, detrás de ellos se encuentran sus dueños, personas de carne y hueso con tanto poder económico y político que les permite no solo manejar las finanzas del país, y llenar las arcas de sus bancos hasta con el último centavo de la sociedad, sino invertir los recursos ajenos en sus jugosos negocios privados, o llevárselo a los paraísos fiscales donde burlan al fisco nacional. Los banqueros, como se demostró hasta la saciedad en estas últimas semanas, no se consuelan con los billones de pesos que año tras año les produce su negocio especulativo, sino que desde un tiempo para acá construyen carreteras, puentes, edificios y se ganan los contratos más jugosos a punta de coimas, extorsiones, sobornos y asesinatos, como ocurrió en medio de los escándalos de Odebrecht, Reficar, los puentes Chirajara y La Pala, entre otros que hoy ya ni suenan porque la estridente música decembrina y la pólvora son más fuertes, casi tan grandes como la sordera y la ceguera de gran parte de la sociedad.

No obstante, diciembre también nos trajo esperanza. Hace rato que estas fechas no llegaban en medio de un proceso ascendente de movilización, con las más grandes movilizaciones de las últimas décadas, protagonizadas por quienes tienen la obligación y la virtud de pensar en el presente y el futuro al mismo tiempo, la juventud y el estudiantado, aquel que cada tanto revive ese sujeto transformador que toda sociedad necesita.

Y no solo el estudiantado y la juventud en general reaccionó, lo hicieron las centrales obreras, y el magisterio, los camioneros, los indígenas, las mujeres y los campesinos, y junto a los congresistas alternativos se articularon en escenarios de actuación política conjunta; también el movimiento por la paz y los derechos humanos construyeron importantes coordinaciones para actuar en caliente en medio de las protestas, por la defensa y la protección de los líderes y lideresas que se manifestaron a lo largo y ancho del país.

Una fuerza transformadora crece, una masa crítica toma forma y se estructura; hay que darle tiempo, hay que protegerla, tratarla con cariño y, en especial, conducirla colectivamente hacia la madurez política que le permita seguir sumando y construyendo agenda de país, rutas de movilización y cambios. El descanso productivo es necesario, retomar fuerzas es fundamental. La lucha no ha terminado, y los retos que nos depara el 2019 están a la vuelta de la esquina. Felices y combativas fiestas.

Wednesday, 21 November 2018 00:00

El subsuelo de la Revolución Bolivariana

Por Atilio Borón

 

Prólogo del libro Diario urgente de Venezuela escrito por Marco Teruggi

 

Cronistas y estudiosos de las revoluciones, casi invariablemente, concentran el foco de sus análisis en los movimientos, tensiones y conflictos que se producen en las alturas del Estado: el gobierno, el partido gobernante, los opositores, el imperialismo, “la embajada”, los grandes medios concentrados, las organizaciones corporativas de la burguesía, etcétera. Pocos son los que se internan en las profundidades de los procesos revolucionarios, explorando el sustrato popular que los sostiene, yendo a la búsqueda de actores anónimos que se encuentran en el subsuelo profundo, escuchando sus quejas pero también tomando nota de las razones por las que con sus afanes y luchas cotidianas hacen que la revolución no se venga abajo.

Si un mérito tiene –aparte de muchos otros– este libro del sociólogo y militante revolucionario argentino Marco Teruggi es precisamente ese. Ser un diario, una bitácora del día a día de una revolución. Decir, como lo hace en el remate del día 89 de su larga travesía, “lo que no se cuenta en las historias de las revoluciones, los acontecimientos que cambian el curso de la historia”.

Justamente, ese decir que viene “desde abajo” es lo que convierte a su libro en una obra excepcional y fascinante, que ilumina no solo aspectos por largo tiempo ocultos en la sombra de la experiencia bolivariana sino también cuestiones que, con distintos matices, se han presentado en muchos otros países. Aporta un vívido retrato de la vida cotidiana en la Venezuela Bolivariana sometida al ataque implacable del imperio y también a la ineptitud de muchos de sus burócratas y al cáncer de la corrupción. Se trata de una crónica escrita desde la necesidad de preservar las conquistas de la revolución y narrada con una inusual maestría y, por momentos, con mucha poesía.

A través de sus páginas la lectora o el lector se internarán en las raíces del proceso iniciado por el Comandante Chávez interpelando, como éste lo hizo en vida, a las mujeres y hombres del pueblo, a la masa plebeya tradicionalmente explotada, oprimida y despreciada por la cual Chávez ofrendó su vida. Y este pueblo le respondió –y todavía le responde– reafirmando su fe en la revolución, su confianza en la revolución, su necesidad de revolución. Pero también muestra una diáfana consciencia de sus yerros, sus distorsiones, sus promesas incumplidas; consciencia también de la corrupción que anida en las entrañas de los aparatos estatales y que justifica, por enésima vez, aquella repetida consigna del Comandante: “¡Comuna o nada!”.

La revolución contada por el pueblo chavista produce, en la obra de Teruggi, una crónica vívida y lacerante. A lo largo de más de dos años recogió testimonios de aquellos cuyas voces jamás se escuchan, combinadas con agudas observaciones de los modos de vida y actitudes de las opulentas clases dominantes del Este de Caracas y cuyas fortunas y privilegios han sobrevivido –“¡por ahora!”, como de nuevo diría Chávez– al vendaval revolucionario. Recorrió ciudades grandes y también pequeñas aldeas campesinas; trajinó por las calles y barrios populares y por inhóspitos caminos rurales, compartiendo de la mañana a la noche los  ingentes esfuerzos del pueblo chavista para salvar a la revolución de la inepcia y la corrupción que caracteriza a una parte de sus dirigentes, tan prestos a exhibirse por las calles de Venezuela con la franela “roja-rojita” como para entrar en todo tipo de transa con los contrabandistas (“bachaqueros”) y los empresarios fugadólares y acaparadores.

Teruggi fue testigo y compañero en la lucha de los pobres de la ciudad y el campo frente a los interminables sacrificios que le impone la agresión estadounidense. Pero como allí se explica, no basta con el imperialismo para comprender la causa de los sufrimientos populares. Esta conclusión aparece con nitidez en innumerables conversaciones con la gente de pueblo. El criminal accionar de aquel es evidente, pero también lo es que su eficacia se acrecienta exponencialmente por un mortífero combo de corrupción oficial, ineptitud en el manejo de la política económica, la labor de un invisible pero letal ejército de paramilitares y narcos –invasores promovidos y protegidos por Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos desde Colombia– y grupos mafiosos que pululan por toda Venezuela, la conspiración del empresariado que alimenta sin cesar el “bachaqueo” y hace de la desaparición programada de productos de primera necesidad, sobre todo alimentos y medicinas, fuente de fenomenales ganancias y enormes sufrimientos para la población.

La estrategia de desgaste del  imperialismo y sus lacayos locales es clara y transparente, como ya lo advierte nuestro autor en el día 3 de su jornada: “Hacer de cada acto del cotidiano una batalla, llevar el conflicto a los barrios, empujar a los pobres a especular sobre los pobres, a acusar al gobierno, votar contra el gobierno, desandar lo que es el chavismo, una experiencia popular de organización, politización y movilización”.

Gracias a las agudas capacidades de nuestro autor como analista, observador y participante en la lucha cotidiana por la sobrevivencia de la revolución, la crónica transmite una inmediatez pocas veces vista en este tipo de ensayos. Por eso, su libro es una atrapante radiografía en movimiento tomada muy de cerca, codo a codo, con el noble y bravo pueblo bolivariano que, pese a la frustración que le provoca la exasperante demora –¿o la impotencia?– oficial para resolver sus demandas más urgentes, el temor que le inspiran los  paramilitares y las mafias y los nefastos resultados de un proceso de progresiva erosión de los lazos sociales espoleados por la escasez y las necesidades insatisfechas se empeña heroicamente en salvar la revolución amenazada.

Lo que registra en su incisivo y desgarrador relato –minucioso, exento de hipérboles y grandiosa retórica– es la tragedia de un proceso revolucionario acosado sin pausa por poderosos enemigos internos en connivencia con otros que desde el exterior –los gobiernos de Estados Unidos y Colombia, principalmente– conspiran para producir la “solución final” al desafío que lanzara Hugo Rafael Chávez Frías aquel diciembre de 1998 cuando fuera elegido presidente de la Cuarta República, luego de lo cual Venezuela, y toda América Latina, cambiarían para siempre.

La mirada de nuestro autor es la de un militante revolucionario que procura con este excepcional documento contribuir al rescate de una revolución amenazada como nunca antes. La gravedad de la situación no puede ni debe ser soslayada. El proyecto emancipatorio de Chávez está herido, y para repararlo habrá que contar con una inusual combinación de lucidez política, eficacia de la gestión gubernamental y ataque resuelto y sin cuartel contra quienes desde dentro, a veces disimulados dentro del chavismo y en otras ocasiones abiertamente desde fuera de él, laboran incansablemente para liquidar el más radical y significativo proceso revolucionario puesto en marcha desde la Revolución Cubana.

Pero junto a una crítica radical, imprescindible para la salud de la revolución, Teruggi exuda en su texto la pétrea solidez de la base social del chavismo, su conmovedora fidelidad al legado del Comandante Eterno que le enseñó a su pueblo que el chavismo es la “redención de los pobres por sus propias manos”.

La derrota o una indigna capitulación serían el preámbulo de una matanza. Nuestras revoluciones, agrego, han sido generosas con sus enemigos. Chávez no disolvió la Corte Suprema que, luego del fallido golpe del 11 de abril de 2002, estableció arteramente que lo que se había producido había sido “un vacío de poder”. Salvador Allende respetó puntillosamente una Constitución oligárquica y las corruptas instituciones de una república que había sido pensada para una minoría. Lula respetó con fidelidad la dictadura mediática de la Red O Globo, pensando que con ello se ganaría sino el apoyo por lo menos la neutralidad de los bandidos que la dirigían.

Esto lo está pagando con la escandalosa sentencia que lo envió a la cárcel un juez que es asiduo participante en los cursos de “goodpractices” que organiza Washington para instruir a sus peones y le costó nada menos que la destitución de Dilma Rousseff. No puede haber duda alguna en el sentido de que una eventual derrota de la Revolución Bolivariana desencadenaría una represalia salvaje, que hundiría al país en un baño de sangre. Pensar en una transición “a la Moncloa”, como algunos politólogos del imperio y sus acólitos latinoamericanos aseguran, es una criminal engañifa. La transición hacia el “post-chavismo”, si llegara a producirse (y espero que no), se inspiraría más en la matanza sufrida por los comuneros con la derrota de la Comuna de París en 1871 o con las fuerzas de Gadaffi en Libia en 2011. Al revés de nosotros, la burguesía y el imperio son implacables: carecen de límites morales, son inescrupulosos y no perdonan.

Como toda clase dominante, matar a los rebeldes, insurrectos, revoltosos, desobedientes es algo constitutivo de su ADN. Decíamos en un viejo texto de nuestra autoría que en Nuestra América aun las más tímidas reformas desencadenan sangrientas contrarrevoluciones. Y, de producirse tan desafortunado desenlace, Venezuela no sería la excepción a esa regla1.

Teruggi, como muchos que compartimos a grandes rasgos su visión, propone salvar la revolución antes de que sea demasiado tarde. No es un académico neutro, un cronista impasible ni un enemigo de la revolución sino todo lo contrario. Es un hombre profundamente identificado (como también lo es el autor de estas líneas) con la nobleza y el patriótico latinoamericanismo del proyecto emancipatorio de Chávez y que cree que la revolución solo podrá ser rescatada de su parálisis mediante una discusión democrática, horizontal, comprometida, del pueblo chavista con sus principales dirigentes y funcionarios estatales para que, movilizados y organizados, se libre una impostergable guerra sin cuartel contra los agentes internos del imperialismo y la reacción: los corruptos dentro y fuera del gobierno, la oposición sediciosa y violenta, los paramilitares, las mafias y los empresarios deshonestos, todos coludidos para derrotar a la revolución.

A lo largo de las páginas de este libro queda demostrado que ésta, como tantas otras que relampaguearon en la historia, solo podrá ser salvada si profundiza el curso de acción, si el gobierno escucha de verdad al pueblo y actúa en consecuencia. Solo un nuevo impulso revolucionario –plebeyo, “desde abajo”, arrollador– podrá salvar a la revolución.

Porque, como lo dijera tantas veces Fidel en relación a la experiencia cubana, “el peor error que hemos cometido fue creer que alguien sabía cómo se hacía una revolución”. Y nadie lo sabe. Los libretos y los talmúdicos manuales esgrimidos sin cesar por los “sedicentes doctores de la revolución” –esos que viven de apostrofar a Maduro, a Evo, a todo liderazgo popular y son ciegos ante los designios del imperialismo– jamás fueron los inspiradores de las auténticas revoluciones. Lo que se requiere es una apelación a la sabiduría popular que se cristaliza en las organizaciones sociales del campo y la ciudad, a ese núcleo duro “chavista hasta la muerte”, ese subsuelo granítico al que nos referíamos en el título de estas páginas que preserva en sus entrañas el futuro de la revolución bolivariana amparado en las dos millones de viviendas otorgadas a los pobres de las ciudades y el campo en los últimos seis años, un record inigualado a nivel mundial.

El gobierno de Nicolás Maduro está sometido a un implacable acoso que ha producido una suerte de parálisis  administrativa de su gobierno. Y no se trata de culpar al Presidente por esto, porque la inmensidad y el carácter multifacético de los ataques han logrado colocar al gobierno bolivariano en una postura reactiva, defensiva. Tiene que parar los golpes de afuera y las traiciones y capitulaciones de adentro; los planes de enemigos cada vez más empeñados no solo en dar vía libre a la contrarrevolución sino inclusive a acabar con su vida.

Bajo esas condiciones gobernar se convierte en un esfuerzo titánico y, en honor a la verdad, hay que reconocer que hasta ahora el presidente obrero ha sabido capear un tremendo temporal. Pero en los últimos tiempos su capacidad para seguir neutralizando las arremetidas en su contra se ha visto debilitada por la demorada –en realidad, ¡muy demorada!– rectificación del rumbo económico y la falta de un combate a fondo contra la corrupción (exigida una y cien veces en los diálogos de Teruggi con la gente de pueblo) ligada con la mafia, los paramilitares y el empresariado y cuyo accionar desangra día a día la legitimidad de la revolución.

Un ejemplo de los tantos lo ofrece en su crónica cuando dice que: “Llega el camión de alimentos, la tensión es grande. El desabastecimiento provoca angustia, miedo, rabia, presiona sobre el pecho y la mesa. Descargan las bolsas para contarlas y organizar la repartición según el censo hecho por el Clap. Debería ser una por casa, pueden ser más debido al hacinamiento, es decir varias familias en una vivienda. Problema: se esperaban 144 bolsas, llegaron 97, desaparecieron 47 en el camino”.

La verdad siempre es revolucionaria, decía Gramsci. Y Teruggi no hace otra cosa que exponer, con el inmenso amor por esa maravillosa tierra bolivariana “que me hizo suyo”, como dice en otro pasaje de su libro (como nos hizo suyos a tantos otros, agregaría yo) esa dolorosa verdad. Con la esperanza de la pronta resolución del problema que con ella se denuncia.

La corrupción es un cáncer que destruye los procesos revolucionarios. Es un mal endémico en el mundo actual, que se manifiesta bajo diferentes ropajes pero existe y actúa por doquier. Ni el Vaticano está a salvo de ese flagelo. A veces la impotencia de los gobiernos agiganta su impacto; en algunos casos se trata de negligencia, en otros de complicidad. Toda revolución lleva en su seno las semillas de la contrarrevolución, y la radiografía que nos muestra nuestro autor devela con enceguecedora claridad esta ley de todas las revoluciones. Fidel, una vez más, advirtió a los cubanos que su revolución sería indestructible desde afuera pero podría sucumbir ante los estragos de la corrupción.

El rentismo petrolero, el fenomenal desequilibrio de los precios relativos (comenzando por el absurdo precio de la gasolina, ahora mínimamente atenuado) y la ruptura de la integración social producida por el “sálvese quien pueda” en la infinidad de colas formadas por la interminable búsqueda de alimentos y medicinas –que o bien son objeto de acaparamiento mafioso-empresarial o que, cuando aparecen, lo hacen con precios exorbitantes por la llamada “hiperinflación inducida”– son todos factores que potencian las tendencias al “bachaqueo” y con éste a la corrupción de funcionarios civiles y militares.

No obstante, como bien señala nuestro autor, pese a esta desafortunada situación, el intervencionismo norteamericano no ha podido todavía reclutar a ningún sector significativo de las fuerzas armadas para que se abalancen sobre el Palacio de Miraflores y pongan fin al gobierno de Maduro. Tampoco pudo convencer a la mayoría del pueblo que abandone la convocatoria que le hiciera Chávez, porque aquél sabe, o presiente, que quienes hoy posan de sinceros y progresistas demócratas son una banda siniestra que, en caso de ser gobierno, sembrarían horror y muerte en Venezuela.

La lealtad popular al chavismo habla del profundo calado que tiene en las clases populares, tanto más significativo si se repara en la desesperación de Washington por poner fin a la Revolución Bolivariana y, con   ello, asestar un golpe mortal a los procesos progresistas o de izquierda que todavía sobreviven en algunos países de la región; o sembrar el desánimo en las fuerzas que bajo diferentes condiciones luchan por construir un mundo mejor. Por todas las razones antes aducidas es que damos una cálida bienvenida a este libro, llamado a ser un importante aporte a la lucha por la continuidad de la Revolución Bolivariana.

En el día 40 de su diario, Teruggi escribe, con palabras que hago enteramente mías, que “cualquier crítica, polémica que pueda darse, nunca deberá olvidar a quien se enfrenta: al imperialismo norteamericano y a sus ejecutores nacionales que tejen planes donde mueren chicos llamados Bryan, se incendian instituciones, se busca la confrontación civil, se intenta un quiebre democrático. Venezuela debe ser defendida, las dudas, incertidumbres, resueltas dentro del chavismo. No existe nada por fuera. Perder no es una opción”. Palabras sabias que debemos extender a procesos similares, sometidos por igual a la brutal injerencia del imperialismo y sus sórdidos aliados locales.

Lo que está ocurriendo últimamente en Nicaragua es parte de lo mismo, como lo es el continuo ataque al que está sometido Evo en Bolivia y Salvador Sánchez Cerén en El Salvador. Como lo estuvo Rafael Correa, vilmente traicionado por un personaje salido de algunas de las más lúgubres y bizarras tragedias narradas por William Shakespeare. Seremos fieles al legado de Chávez, de Fidel, del Che, de Allende, de tantas y tantos patriotas latinoamericanos de hoy y de ayer que lucharon a brazo partido contra la mayor y más criminal superpotencia jamás conocida en la historia de la humanidad. Y este libro nos ayuda a entender por qué.

Buenos Aires, 31 de agosto de 2018.

 

1. Cf. Estado, capitalismo y democracia en América Latina (Buenos Aires: CLACSO, 2003), pp. 196-205.

*Atilio Boron (Buenos Aires, 1943) es politólogo y sociólogo. Investigador superior del Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica de Argentina (Conicet). Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Harvard. Director del PLED (Programa Latinoamericano de Educación a Distancia) del Centro Cultural de la Cooperación.

Elementos de nuestro contexto social y político, como el conflicto armado o la pobreza, entre otros, han marcado notoriamente la manera en que las comunidades en los territorios vivimos la época navideña. Es por eso que en Periferia nos hemos propuesto publicar una edición que nos acompañe durante esta navidad, con el objetivo de resignificar esta época en la que, a pesar de las carencias, se crean también tejidos de solidaridades y alegrías.  

Para este propósito, convocamos a fotógrafos, periodistas y escritores a que nos ayuden a narrar la “Navidad en la periferia”, con contenidos recopilados de años anteriores o de las semanas previas a la navidad de este año (debido a que la publicación impresa se realizará el 1 de diciembre). Buscamos:

 

  • Fotografía acorde al tema para la portada de la Edición 145 de Periferia, acompañada del lugar en el que fue tomada y el autor o autora. No debe traer logos ni marcas de agua, los créditos se darán en la bandera de edición. Tamaño: encuadrable en 20 cm x 23 cm. Resolución: 300 ppp. Fecha límite de envío: 29 de noviembre.

 

  • Fotografías acordes al tema para la creación de un fotoreportaje colectivo, acompañadas de una breve descripción y autor o autora. Resolución: 300 ppp. Fecha límite de envío: 29 de noviembre.

 

  • Microhistorias periodísticas que narren algún aspecto de la navidad en la periferia, debidamente firmadas con el nombre del autor o autora. Extensión: 500 palabras. Fecha límite de envío: 25 de noviembre.  

 

Los contenidos deberán ser enviados al correo This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it., por medio del cual también se notificará a los autores de las fotografías y microhistorias seleccionadas, quienes recibirán como reconocimiento un libro “Crónicas de la Periferia” y una “Agenda Periferia 2019”, además de cinco ejemplares de la Edición 145.

 

Derechos de autor

La Corporación Periferia es una organización sin ánimo de lucro cuyo objetivo es visibilizar las luchas y apuestas de las comunidades en la Periferia. El propósito de esta convocatoria no es comercial.  Los autores de los contenidos seleccionados aceptan ceder a Periferia –de manera no exclusiva- el derecho de uso y reproducción de los contenidos. El derecho de uso que asume Periferia sobre los contenidos no enajena la propiedad patrimonial e intelectual de los autores y su campo de acción está limitado para fines educativos y sociales. Periferia se compromete a reconocer los respectivos créditos de los autores cuando los contenidos sean publicados.

 

Friday, 02 November 2018 00:00

Editorial 144: Una democracia que mata

Se veía venir en el mundo entero una tendencia ultraderechista y autoritaria. En algunos casos fascista como en los países ricos de Europa (Francia, Inglaterra, Suecia, Italia, Alemania), y en otros como Grecia y Austria, en donde los “fachos” ya tienen representación parlamentaria. El discurso fascista caracterizado por una retórica anticomunista, militarista, y nacionalista, ganó terreno y sus prácticas recorren ahora otras latitudes. Sus seguidores agreden a las mujeres, a expresiones LGTBI, a los negros e indígenas y a los pobres. Aunque la propuesta beneficia a las clases elitistas, viene siendo avalada por las propias capas sociales deprimidas y empobrecidas que sufren su imposición.

Su propuesta económica varía según la necesidad. Defender la producción nacional para crear empleo, o lanzarse a las fauces del mercado neoliberal, con el mismo fin, según ellos; también puede ser combinar la una y la otra, de todas formas, siempre con gran sacrificio de las clases populares, los derechos sociales y el patrimonio público. Hoy en día son varios los ejemplos de países donde se llegó a la presidencia con discursos insultantes, indignos, violentos, degradantes de la condición humana, y con los medios masivos como vehículo de estos discursos.  

Y, aunque los politólogos y analistas piden mesura en la calificación de “fascistas” que se le hace a estas expresiones políticas e ideológicas, lo que sí es cierto es que las tendencias mundiales antidemocráticas, autoritarias, racistas y abiertamente defensoras de los poderosos se vienen imponiendo en el mundo, con el auspicio de los grupos de poder y su máquina mediática.

En América, el multimillonario Donald Trump, con el eslogan “¡Hagamos a Estados Unidos grande de nuevo!”, se alzó con la presidencia utilizando una retórica racista en la que ensalzaba la raza blanca y menospreciaba inmigrantes y negros; además validando la guerra contra el comunismo y la intervención en los países que considere como enemigos de los Estados Unidos.

Se notó su mano intervencionista en el golpe de Estado contra Dilma Rousseff, y la detención del expresidente Lula, basados en escándalos mediáticos de corrupción; en los desórdenes, atentados y ataques permanentes contra Venezuela y su presidente, y en el inesperado giro de postura política del presidente de Ecuador Lenin Moreno. Hoy América Latina vive un giro a la derecha. Con la llegada a la presidencia de Iván Duque en Colombia y de Jair Bolsonaro en Brasil se fortaleció un bloque al que se suma Argentina, Chile y Perú.  Las principales economías de Latinoamérica están al servicio del imperio y con una aparente fuerza popular.

Este 28 de octubre las propuestas sociales y transformadoras de América Latina sufrieron una nueva derrota. La victoria de las ideas fascistas encarnadas en el nuevo presidente de Brasil Jair Bolsonaro son una bofetada más en los rostros pálidos de los pobres del continente, y una afrenta contra las luchas de los pueblos por retornar al humanismo, la democracia y la justicia social. La de Bolsonaro fue una campaña calcada de Donal Trump, sus asesores fueron los mismos; ganó a pesar de insultar a las mujeres y a los negros, y prometerle plomo al partido de los trabajadores.


Lo de Colombia es diferente en la forma más no en el fondo. Los que dominan este país desde hace más de 200 años han fortalecido en todo el mundo la idea de que Colombia es la democracia más antigua y sólida de América, por eso, aunque a la presidencia han llegado dictadores, bandidos, criminales y analfabetas políticos de toda clase, su estrategia sigue siendo la del engaño, la de prometer y jurar que se va a luchar contra la pobreza. El gobierno de Duque se enmarca en ese modelo: la renovación de las costumbres políticas, la lucha contra la corrupción, la generación de empleo, la guerra contra la inseguridad y el narcotráfico, y un largo etcétera acompañado de banderas conservadoras y moralistas como la cadena perpetua contra los violadores de niños, la prohibición de la dosis personal y el aborto, que son las delicias de la incauta clase popular.

Duque no necesita insultar, para eso cuenta con el apoyo de su partido, el Centro Democrático. Y sus extravagantes figuras como Macías, Cabal, Paloma, Rangel, José Obdulio, y el ministro Carrasquilla; ellos dicen lo que al jefe de Estado le está vedado. Ellos y ellas, sin asco, le informan al pueblo cómo es que lo van a joder. El de Duque es un gobierno de dos caras, una democrática que posa ante el mundo, y la otra autoritaria y hasta fascista que le habla claro a la Nación, y logra como en Brasil, Estados Unidos o Italia que la gente pobre lo ovacione.

No han pasado tres meses desde que el desconocido Iván Duque ganara en cuerpo ajeno la presidencia de la república, y ya nos enseñó de qué está hecho su gobierno. Como dice el refrán popular en el desayuno se sabe cómo va a estar la cena.

Su primera grosería contra los que creyeron en la renovación prometida se dio con los nombramientos en diferentes carteras, cargos y embajadas: Carrasquilla de Hacienda, Ordoñez a la OEA, Nancy Patricia Gutiérrez como ministra del Interior, Angelino Garzón a Costa Rica, entre otros. Luego sus magistrados de pacotilla del Consejo Nacional Electoral le negaron la personaría jurídica a la Colombia Humana, poniéndole zancadilla a las aspiraciones democráticas de la primera fuerza política del país; después vino la Consulta Anticorrupción en donde las dos caras del partido de gobierno y sus secuaces jugaron a las mil maravillas, los unos llamando a no apoyar la Consulta y el otro tibiamente impulsándola.

La cosa no terminó allí. Inesperadamente en el Congreso de la República se puso a consideración la prórroga de los períodos de mandatos de alcaldes y gobernadores, o sea el segundo golpe a las aspiraciones de la oposición de la Colombia Humana que disputó la presidencia con Duque. También, la penúltima semana de octubre el país recibió sin mayores aspavientos de los medios masivos el golpe mortal contra la aspiración de Gustavo Petro como presidente en 2022, con un fallo de la Corte Constitucional que lo deja muerto políticamente de por vida si no cancela una suma impagable, impuesta como multa por el contralor de Bogotá hoy procesado por corrupto. Esa misma Corte Constitucional, que venía fallando en favor de las consultas populares y los derechos de la naturaleza le asestó un golpe a la democracia fallando en contra de la jurisprudencia que ellos mismos, los jueces y otras instancias, venían apoyando.

En Colombia no hay una dictadura, ni un gobierno fascista; hay una democracia que odia a los pobres,  mata a sus líderes a plomo y a los niños de hambre.

El proceso de privatización de la universidad pública no ha dejado de avanzar desde el momento mismo en que se aplicó la ley 30 de 1994, para adecuar la educación superior a las necesidades del capital internacional en la era del neoliberalismo, bajo la imposición de la OMC. Las 10 mil becas que el gobierno ha destinado para los bachilleres de estratos bajos con mejores pruebas Saber 11° (Icfes) no son más que la estocada para una universidad pública que agoniza. No tienen como propósito facilitar el acceso de los pobres a la educación superior sino todo lo contrario: a través de la transferencia de recursos de la universidad pública a las universidades privadas acelerar el deterioro de las primeras a la vez que debilita la lucha de la sociedad por mantenerlas.

Con esto no se hace más que cumplir el programa propuesto hace quince años por el gobierno de Pastrana, que buscaba desfinanciar la universidad pública, otorgándole créditos a los estudiantes sin importar si se matriculaban en una universidad pública o en una privada. Los créditos educativos, aunque se disfracen de becas como es el caso actual, no son más que una estrategia mediante la cual el Estado se sacude la obligación con la educación y prepara el subconsciente de los colombianos para aceptar la muerte de la universidad pública, al tiempo que fortalece financieramente la universidad privada. Y es que ante las dificultades para pasar a la universidad pública por los estúpidos exámenes de admisión, que no son más que un colador disfrazado de garante de calidad, los estudiantes que acceden a créditos u obtienen una beca terminan matriculándose en las universidades privadas, llevando hasta allí los fondos del Estado.

Todo esto no puede hacernos perder de vista que la verdadera fuerza privatizadora de la universidad pública viene desde adentro. El trabajo más habilidoso del gobierno ha sido nombrar rectores títeres que han terminado por desviar a la universidad en sus objetivos, ignorando sus compromisos con la comunidad académica y con la sociedad en general. Hoy en los consejos superiores de las universidades públicas tienen más peso los empresarios privados que los estamentos estudiantiles y docentes. Y eso se refleja en el hecho de que la lógica de la universidad se asemeje cada vez más a una empresa privada con ánimo de lucro que a una institución educativa.

Por ejemplo, los trabajos de extensión e investigación cada vez tienen menos que ver con servicios concretos a la comunidad que con necesidades del sector empresarial que puede financiarlos. La conexión entre universidad pública y sector privado se está haciendo tan íntima que dentro de poco la Universidad de Antioquia y la Ruta N, un complejo para la investigación y promoción del emprendimiento, serán la misma cosa. De hecho, esta universidad ha construido un sofisticado edificio, separado de la ciudad universitaria, en donde la investigación funciona como un negocio aparte. Como si fuera poco, también los posgrados tienen una sede distinta, y funcionan con una lógica distinta, resguardados de las alteraciones que sufre la ciudad universitaria por los conflictos que todavía se atreven a destapar los estudiantes de pregrado.


En términos generales, los posgrados ya no funcionan en ninguna universidad bajo la lógica de la educación pública. Sus costos ya no tienen nada que ver con los ingresos de los estudiantes y en promedio se acercan cada vez más a los costos de las universidades privadas. Algunos estudiantes de posgrado, incluso para financiar sus investigaciones cuando requieren instrumentos y equipos, deben recurrir a la empresa privada. En concreto, una persona pobre difícilmente puede acceder a un posgrado, pues éstos se han convertido en verdaderos negocios lucrativos para las universidades, públicas y privadas.

Hay además otras formas en que estas fuerzas administrativas actúan desde adentro para aniquilar la universidad pública, transformando su cotidianidad. El año pasado, por ejemplo, estuvimos en un evento académico en la Universidad Nacional- sede Bogotá, en la Facultad de Ciencias Económicas. En la tarde quisimos entrar a la biblioteca, aprovechando que estábamos justo a la entrada y necesitábamos revisar un material. Pero los celadores nos lo impidieron porque no teníamos carnet de la universidad. El hecho nos sorprendió sobre todo porque creíamos que aquella situación solo se vivía en la Universidad de Antioquia. Aquel día comprobamos que las estrategias de control de la vida cotidiana que se impusieron a la fuerza en la Universidad de Antioquia se estaban adoptando como modelo en el resto del país.

La situación de la Universidad de Antioquia es caso aparte. Hace pocos años la rectoría naturalizó allí la militarización de la vida con el pretexto de acabar con las plazas de vicio que funcionaban adentro. Hoy las plazas continúan allí desarrollando tranquilas su negocio, pero la fuerza pública ha logrado domesticar de alguna manera la vida en la universidad y, sobre todo, la administración logró cerrarle el acceso a los habitantes de la ciudad, que ni siquiera se movieron para defender su alma máter. Hoy para ingresar a algún evento de la universidad sin carnet hay que hacer, con varias horas de anticipación, una serie de trámites para inscribirse en la página de la Universidad, lo que prácticamente disuade a la gente de intentarlo, por más atractivas que sean las conferencias o los foros. A la biblioteca central también le pusieron torniquetes que solo se mueven con el chip del carnet. Así que la situación hoy es que la fuerza pública se puede mover tranquilamente por la ciudad universitaria, tumbando inclusive sus rejas, como ha hecho en múltiples ocasiones, mientras los ciudadanos deben pedir permiso con antelación, sin que sea seguro que lo obtengan.

Pero también a los estudiantes se les estrechan las puertas para su formación. Más allá de las cámaras de seguridad que se han puesto incluso en los baños, la academia misma se ha sometido a las groseras estrategias de control de la administración. Ahora se les ha ocurrido prohibir a los estudiantes asistir a cursos en los que no estén matriculados y a los profesores se les ha prohibido recibirlos. El argumento es de lo más superficial del mundo, pero su aplicación es temeraria. Según la administración la medida se debe a que muchos estudiantes llegan de asistentes a los cursos y después obligan a los profesores a asentarles sus notas. En su burda lógica de control la administración no puede concebir que un estudiante de verdad quiera aprender y buscar el conocimiento allí donde logra identificarlo. La administración cerrada a los escenarios de conocimiento es la máxima expresión de privatización de la educación y tiene hoy su expresión más explícita en la universidad pública.

Hasta ahora los estamentos de estudiantes y docentes se han movilizado fuertemente contra las políticas privatizadoras que se expresan en reformas concretas. Pero no parecen haber identificado todavía la fuerza privatizadora en la transformación de la vida cotidiana en la universidad. Tal vez este sea uno de los frentes donde tenemos que defender hoy con más compromiso no solo la universidad pública sino la vida toda, pues intentan privatizarla y mercantilizarla a cualquier precio.

Monday, 08 October 2018 00:00

Editorial 143: A la luz de hoy

Era octubre del 2004, y en el editorial se denunciaba que en lo transcurrido del Gobierno 164 líderes sindicales habían sido asesinados, además se exponía con preocupación que el Gobierno no presuponía de la inocencia de nadie; por el contrario, todo quien pensara distinto era sospechoso. Asimismo, en ese artículo se ponía sobre la mesa un vergonzoso caso en el que tres sindicalistas de Arauca habían resultado asesinados a quema ropa por el Ejército, señalados de ser miembros de la insurgencia.

Este fue el primer editorial del periódico Periferia, hace 14 años. Los hechos referenciados marcaban el inicio de la campaña de judicialización contra líderes sociales, parte de una política de seguridad que con cifras buscaba demostrar que el Gobierno iba ganando la guerra, la misma que cínicamente negaba; también comenzó a denunciarse cómo la fuerza pública ejecutaba extrajudicialmente a miles de civiles para aumentar precisamente los informes de esta política de seguridad.

Volver sobre ella evidencia que sigue vigente el proyecto de un país basado en la exclusión y la violencia, a pesar de los esfuerzos de la sociedad que han obligado a abrir espacios de diálogo y de solución política al conflicto social y armado, y con esto a conseguir aquel hito histórico en el que se suscribió un acuerdo de paz entre la antigua guerrilla de las Farc y el gobierno de Juan Manuel Santos, a nombre del Estado colombiano.

Aunque estamos en un momento político diferente al del embrujo autoritario del primer gobierno de Uribe, basta solo referenciar el debate de control político, que tomó lugar en el Congreso de la República el pasado 5 de septiembre, para contrastar nuestra realidad con la de aquel momento. Este debate, realizado en la Cámara de Representantes y liderado por un grupo de parlamentarios que hacen parte de la bancada alternativa, tuvo el objetivo de prender la alarma sobre las cifras de asesinatos a líderes sociales que continúan preocupando, sobre todo ante su aumento en lo corrido del gobierno de Iván Duque.

Mientras sucedía el debate, la Plaza de Bolívar se encontraba a medio llenar por manifestantes. David Racero, joven parlamentario por la coalición Decentes, ubicó en un mapa los puntos más neurálgicos donde están sucediendo estos asesinatos y amenazas: norte de Arauca, Catatumbo, Nudo de Paramillo, Cordillera Central, Cauca, Tumaco, La Macarena, el río Caguán y Putumayo, fueron los lugares señalados, lo cuales a su vez lidian con el abandono estatal. Estos puntos, según el congresista, se reiteran al indagar otras variables como las solicitudes de permisos para explotación minera y licencias ya concedidas, solicitud de restitución de tierras, cultivos ilícitos, presencia de grupos armados, bajos índices de desempeño de la justicia local, entre otros. Por esto mismo, los perfiles de los líderes asesinados, según expuso el senador Alberto Castilla, son: “defensores del territorio y de los recursos naturales, se oponen al cambio del uso de suelo (…) se oponen al modelo extractivista de economía, reclaman tierras, defienden los territorios frente a los intereses privados y buscan el acceso a la participación política en los diversos debates electorales”.

Las cifras de estos asesinatos varían, sin embargo todas están por encima de cualquier nivel de vergüenza y descaro. Según el programa Somos Defensores, en los últimos ocho años la cifra asciende a 563 asesinados, y en el primer semestre del 2018 ya van 77 nuevos casos que se suman a este infame problema. De igual manera, también señala que la impunidad en estos casos llega a cerca del 91 por ciento, muy contrario a lo que señala la Fiscalía.

Así como se hizo en el primer editorial, hoy que cumplimos 14 años hacemos un llamado a continuar tejiendo la unidad en las calles y desde cada escenario en donde se gesta una lucha por la justicia; también a entender la comunicación como una herramienta que nos permite reconocernos en nuestra diferencia para buscar soluciones colectivas a los problemas derivados de este establecimiento excluyente y violento.

Por esto resaltamos que en el mes pasado se haya instalado el movimiento Colombia Humana con un carácter asambleario en la Plaza de Bolívar. De la misma manera el llamamiento que hacen los movimientos sociales a la Asamblea Legislativa Popular y de los Pueblos: por la unidad, la vida, el territorio y la paz. En estos y otros escenarios hay que seguir insistiendo en que la comunicación es estratégica para generar las transformaciones que nuestro país tanto necesita. Así lo han demostrado diferentes procesos y/o medios de comunicación que han surgido en las últimas décadas como Prensa Rural, Trochando Sin Fronteras, Colombia Informa, Contagio Radio, Hekatombe, La Oreja Roja, Colombia Plural, la Alianza de Medios Alternativos, entre otros que han compartido con nosotros la tarea de hacer periodismo y comunicación para mostrar esa Colombia que no aparece en los medios que responden al poder económico.

Por eso para Periferia es grato recordar el caso del niño catatumbero que le leía el periódico a su papá analfabeto y les servía de herramienta didáctica a ambos para formarse políticamente; o el obrero que se vio representado en nuestras páginas y encontró un espacio para visibilizar sus historias. Seguimos convencidos de nuestro quehacer al saber que nuestros artículos registran la trayectoria de movimientos regionales, reconstruyen la historia de las victimas del paramilitarismo, y ponen rostro a los crímenes de Estado.

Tal vez al celebrar los próximos 14 años no tengamos que contar las muertes de quienes le apuestan a un país diferente, y podamos ahondar en la vida que siempre ha de merecer nuestra admiración. Para esto seguimos narrando y visibilizando esa Colombia que vive a las márgenes del poder y que se levanta todos los días a construir un país más digno para todos y todas.

Wednesday, 12 September 2018 00:00

Resultados de la convocatoria Agenda 2019

Estos son los fotógrafos que hacen parte de la selección “los juegos de la periferia”

Agradecemos a las y los fotógrafos que participaron de la convocatoria de este año. Continuamos reconociendo la labor tan importante que realizan junto a las comunidades y los invitamos a seguir apostándole a retratar la periferia de nuestro país.

La selección final recorre diferentes lugares de la geografía de Colombia, del campo y la ciudad, y muestra la importante relación entre la niñez – principalmente- y el juego.  El resultado de la selección final para la agenda “Los juegos de la periferia” se podrán apreciar en noviembre. A través del correo electrónico estaremos contactando a cada uno de los fotógrafos seleccionados para coordinar la entrega del reconocimiento.

A continuación el nombre de quienes hacen parte de esta selección:

  1. Camilo Ríos
  2. Deivy Leandro Zuluaga
  3. Edison Andrés Cano Ocampo
  4. German Bedoya
  5. José Alejandro Restrepo
  6. Juan José Restrepo
  7. Laura Cardona
  8. Sebas Yarce
  9. Sebastián Arias
  10. Natalia Pineda
Wednesday, 05 September 2018 00:00

Editorial 142: No hay excusa que valga

Ya habíamos pasado una vergüenza mundial cuando en octubre de 2016, casi seis millones y medio de colombianos y colombianas votaron negativamente el plebiscito por la paz, a pesar de los daños irreparables y los sufrimientos que el conflicto armado, social y político les ha provocado a millones de compatriotas humildes. Ese “triunfo”, alcanzado a través de una cifra ridícula de menos del 20% del censo electoral y obtenido mediante engaño, les permitió a las élites económicas y políticas mantener el poder, y catapultarse hacia las elecciones de 2018.

La campaña electoral a la presidencia desarrollada en medio del genocidio de líderes sociales, se encargó de asustar a todo el mundo con el castrochavismo. Prometió luchar contra la corrupción, bajar los impuestos y renovar la política. Se valió de todo para poder ganar, incluso fue preciso juntar a antiguos archienemigos políticos como Uribe, Gaviria y Pastrana, tres expresidentes enmermelados hasta las orejas y desacreditados, que además se habían tratado públicamente entre sí de narcotraficantes, paramilitares y corruptos. Esos fueron los que ganaron el gobierno a nombre de Duque. Esa fue otra vergüenza internacional.

Lo que nadie podría creer era que después de tanto hablar contra la corrupción en la campaña presidencial y señalarla como el peor flagelo de la sociedad, y luego del acuerdo que alcanzaron todos los partidos para aprobar la Consulta Popular Anticorrupción en el Congreso de la República, comprometiéndose a votarla el 26 de agosto, la Consulta se haya perdido. Y se perdió por varias razones: porque los medios se hicieron los locos, y le quitaron el peso real que tenía, porque a los poderosos medios masivos les gusta el show, el amarillismo, el destape de ollas podridas, pero sus dueños les prohíben el compromiso con la sociedad. Tampoco el gobierno del buen joven Duque hizo el más mínimo esfuerzo para impulsarla, y no lo hicieron como era de esperarse los partidos tradicionales quienes se benefician de la corrupción.

Pero hay dos protagonistas a los que se les puede cargar más la mano, tanto por su irresponsabilidad como por su falta de compromiso en esa fundamental tarea de mandatar medidas para atacar la corrupción: al partido de gobierno, el Centro Democrático, y al pueblo colombiano.

El Centro Democrático se ha caracterizado por practicar el cinismo, el doble discurso y la perversidad a la hora de comprometerse con las salidas a las graves problemáticas que afronta el país, como son la violencia estructural, y la morbosa desigualdad social. Y no solamente evade enfrentar estos flagelos, sino que por el contrario es su principal promotor. Centenares de investigaciones judiciales, procesos penales, actos de corrupción y crímenes de lesa humanidad enfrentan sus militantes, y en casi todos los grandes escándalos de corrupción hay como mínimo un uribista. Por eso, aunque no extraña, sí duele y da rabia que hayan aprobado la Consulta Anticorrupción y solicitado su cambio de fecha para que no coincidiera con las elecciones presidenciales, se comprometieran a votarla, y luego, en cabeza de su patrón, la deslegitimaran y desprestigiaran con la misma vehemencia que la habían aprobado. Y es el colmo además que culparan a los promotores de la consulta de despilfarrar más de 300 mil millones de pesos, suma que se conocía desde el mismo día que ellos solicitaron el cambio de fecha.

En cuanto al pueblo colombiano… es muy duro, pero también hay que responsabilizarlo. Las excusas para no salir a votar la consulta sobran: van desde la falta de tiempo, el cuento de que se podían aprobar por vía legislativa, o que eso era para beneficiar a los castrochavistas, hasta la argumentación de que así se ganara el Gobierno no las iba a respetar. Como sea, todos esos argumentos eran pobres frente al principal de todos, y es que aquí se jugaba un nuevo pulso con las élites, los corruptos, y los genocidas que manejan el país.

No hay excusa que valga. El gobierno de Duque no lleva ni un mes en el poder y ya ha engañado una y otra vez a la sociedad toda, y en especial ha castigado a los más pobres con reformas que prometen afectar sus ingresos y sus condiciones de vida. Y en materia de corrupción y renovación de la política es terriblemente cínico; Duque y su bancada le han contado el chiste más flojo de las últimas décadas a los colombianos, nombrando en su gabinete a personajes implicados en actos de corrupción y con antecedentes judiciales como el ministro de Hacienda, la ministra del Interior, o la de Educación. También nos ha hecho pasar otra vergüenza al nombrar al corrupto exprocurador Ordoñez como embajador ante la OEA. Sin contar con el esfuerzo que hicieron sus jefes para nombrar a Lafaurie como Contralor. No hay nada de renovación y mucho menos de ataque a la corrupción, y por eso la gente, el pueblo de a pie, también debe responder y reflexionar ante su falta de compromiso.

Que hay cosas positivas, claro que sí, pero es mejor reconocer que aún nos falta avanzar en la recuperación de cultura política. El futuro no es más que la proyección de lo que hagamos hoy, en el presente. Si seguimos repitiendo que superamos la votación de antier y la de ayer, pero seguimos subordinados, eso de nada nos servirá. Perdimos otra gran oportunidad y será duro reponernos. Con trabajo, dedicación, movilización y confrontación lo haremos, pero hay que remar más fuerte.

Hay algo para destacar: el millón trecientos mil votos de Antioquia, es el doble de los que votaron por Petro en segunda vuelta; y el hecho de que sin lugar a dudas hay una buena cantidad de uribistas en todo el país que por cualquier razón reflexionaron, y le hicieron más caso a su conciencia humana y social que a la voz dañina y engañosa del jefe del Centro Democrático. Eso sí puede ser una buena señal, una cuña clavada en las fisuras del muro que ampara a los que conducen a Colombia por la ruta del odio y la destrucción. Tal vez la creación de un gran frente amplio, social y político sea hoy más que nunca la propuesta que le abra paso a todas esas voluntades políticas que quieren el bien de la Nación.

“Eso no es una delimitación, yo a eso lo llamo un robo”, dice doña Tránsito Leal con efervescencia. “Como no pueden sacarnos a garrotazos, se inventan esas leyes. No estamos en contra del turismo. Queremos que se regule el turismo, nos hemos sentado a pactar acuerdos que al otro día incumplen”, afirma luego un cocuyano indignado.

El páramo del El Cocuy es uno de los 37 paramos que el gobierno de Juan Manuel Santos prometió delimitar. En el Norte de Santander, por ejemplo, se determinó que la zona páramo comienza a partir de los 2.800 metros sobre el nivel del mar. En el municipio El Cocuy de Boyacá, el Instituto Von Humbold definió en 2016 que la cota del páramo ubicado en este territorio comienza a partir de los 3.000 metros sobre el nivel del mar, y comprende una zona de 300 metros de amortiguación.

Esta delimitación ha despertado el rechazo de los cocuyanos, puesto que aproximadamente el 95% del municipio se encuentra por encima de la cota y la legislación prohíbe cualquier tipo de prácticas agrícolas en el páramo.

Tránsito Leal

Los habitantes, las organizaciones sociales del municipio, representantes de diversos sectores y otras instituciones gubernamentales pudieron manifestarles su malestar y preocupación a los integrantes de la Caravana por el Territorio y la Dignidad de los Pueblos del centro oriente.

En el Teatro Boyacá de El Cocuy, municipio enmarcado por montañas, calles empedradas, ruanas, sombreros de ala redonda, y campesinos de piel café como la madera fina, se realizó un encuentro comunitario al que asistieron más de 100 personas para exponer el sentir de la comunidad sobre la delimitación de páramos y la problemática de parques naturales.

–Los campesinos del páramo ahora somos delincuentes. Nos están diciendo que sembrar papa es ilegal. Nos han comparado con la minería, con el narcotráfico –, manifestó uno de los asistentes.

Participación de campesinos durante el evento

Para la población de El Cocuy la delimitación del páramo representa una amenaza, pues para el Gobierno y las instituciones los campesinos son un agente destructor del ecosistema, aunque son ellos quienes ancestralmente han contribuido a su conservación.

La legislación sobre el tema prohíbe y castiga actividades realizadas por décadas para el sostenimiento de muchas familias, todo con la intención de venderle bonos de carbono a las potencias industriales del mundo. Si bien el Estado propone una sustitución de las prácticas agrícolas por pago de servicios ambientales y otras figuras, en el municipio son conscientes de que ni siquiera el Gobierno sabe de dónde va sacar el dinero para poner en marcha esa reconversión. La propuesta de ecoturismo tampoco es vista con buenos ojos, pues la llegada de visitantes ha traído más contaminación que beneficios económicos.

A raíz de esta problemática, de forma orgánica en el municipio se conformó un comité ambiental de páramo que hace constante veeduría al proceso de delimitación y otras determinaciones que se toman sobre el ecosistema. No solo con el propósito de preservar el páramo y  el nevado, sino de promover el reconocimiento del campesinado como sujeto de derechos.

En El Cocuy los campesinos se sientes atropellados. Interpretan la ley ambiental de delimitación como una forma de despojo que utiliza el Estado para aburrirlos y desplazarlos. La medida intenta equiparar el daño ambiental causado por la explotación de hidrocarburos y la producción agrícola. No son los campesinos los culpables del cambio climático, causado por la matriz extractivista impulsada por los últimos cuatro gobiernos, sin embargo son los que deben pagar las consecuencias.

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