Desarraigo

“Creo que el hombre debe vivir en su propio país y creo que el desarraigo es para el ser humano una frustración que, de una u otra manera, atrofia la claridad de su espíritu.”
― Pablo Neruda


Medellín - Manrique Oriental, 1990.

Era un lunes de abril muy soleado. Luego del colegio, Luisa tenía la tarea de ir a la casa de sus hermanas mayores para saludar a su mamá, quien venía de visita cada veinte días debido a que trabajaba. Eran las tres de la tarde. Aparentemente todo se veía tranquilo en el sector por donde Luisa tenía que transitar, sin embargo, los rostros de los transeúntes, de los jóvenes en las esquinas, de las señoras en las aceras y balcones, sentían sin tocarse y de manera constante una tensión en el pecho, porque el miedo estaba a flor de piel.

Luisa empezaba a doblar en la esquina cuando sorpresivamente se encontró a Toño, que la buscaba. Él era uno de los más jóvenes de la banda. Siempre le pareció lindo y frágil, un chico bueno que por múltiples circunstancias entregó su vida al grupo de “los duros” del barrio, y aunque pertenecer a este lo hiciera sentir importante, a veces anhelaba una vida tranquila, pero era muy tarde, salir de ahí era darle la bienvenida a la muerte.

–Hola Luisa
–Hola Toño
–¿Sabes algo de Chila? –, preguntó Toño.
–No, la última vez que la vi fue la semana pasada que jugamos un partido de futbol, ¿por qué? –, preguntó Luisa.
Fue entonces, cuando un silencio en él terminó haciendo crujir los tendones de Luisa, el miedo se apoderaba de ella.
–¿Le pasa algo a Chila? –, preguntó Luisa.
–No. Ella debe estar bien–, respondió Toño.
Toño llevó los dedos a la boca para comerse las pocas uñas que le quedaban, y con voz baja y sus ojos aguados le dijo:
–Tengo que contarte algo muy delicado, el corazón me dice que te lo diga, pero… prométeme que no mencionarás mi nombre.
–Claro que sí­–, respondió Luisa. –Me tienes muy asustada, dime ya qué sucede.
–A ti y a Chila las han sentenciado para matarlas este Viernes.
–¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué hemos hecho?...

–A ti porque quieren vengarse de tu hermano, que no deja verse de ellos para arreglar cuentas pendientes, y a Chila porque la descubrieron reuniéndose con los de la otra banda. Tienes que hablar con tu familia para que te saquen de aquí… yo seguiré mi camino, no pueden verme que esté hablando contigo.

Fue una conversación de segundos, pero en su alma fue eterna. Luisa disimuló su caminar rápido, no querían que la notaran extraña, anhelaba llegar pronto a casa de sus hermanas, pero el viaje también se le hizo eterno. Cuando llegó se dirigió hasta la cocina donde se encontraban ellas, e inundada en llanto y con voz temblorosa les dió la triste noticia que le había comunicado Toño. Su madre se angustió, sus hermanas decían que no era posible que le hicieran tal cosa a una niña de apenas trece años, seguro era una equivocación… Luisa guardó silencio, sólo observaba a su madre. Decidieron salir de allí, Luisa no volvería al colegio, se quedaría encerrada en casa de su madrina; mientras tanto su madre pensaría a dónde enviarla.

Fueron dos noches en las que el insomnio y el llanto de su madrina fueron su compañía. Le tenía miedo al amanecer, a quedarse dormida…

Llegó el miércoles, y con él la buena noticia de que un tío en el Valle la recibiría. Eran las 8:00 am cuando le empacaron la poca ropa que tenía en una caja de cartón, y la llevaron a tomar el autobús. A las cuatro de la tarde la recibió su tío en Cartago, llegaron a la casa, comieron, contaron historias, pues no se veían desde que Luisa tenía cinco años.

Eran las nueve de la noche cuando se disponían a jugar una partida de parqués y quien interrumpió fue el teléfono. Era para Luisa, tomó la bocina, era su madrina que con voz temblorosa le dijo:
–Acaban de matar a Chila.

Habla con tal pertinencia de las recetas de su país, que parece dar a entender que hoy no están desnutridas las alacenas, y que podrían estar preparándose, en este momento, cientos de platos con sus ingredientes completos por todo el territorio nacional. “Ustedes aquí también hacen arepas; son muy similares, igual de maíz. Es que dicen que los latinoamericanos somos de maíz, porque es un ingrediente típico de nosotros igual que la papa. La diferencia es que las arepas de nosotros son rellenas”. Puede percibirse una clase de adoración a lo ausente, al verlo sumergido entre los olores que suscitan sus comentarios con sabor a cocina internacional. “El relleno varía depende de lo que a la gente le guste. Puede ser pollo desmechado, carne molida, atún, camarones, mariscos, huevo perico y la clásica que es rellena de queso”.

Las guerras de mitad del siglo XX propiciaron una migración europea a Latinoamérica; una gran parte de estos extranjeros se asentaron en Venezuela. Eso ayudó a que obtuviera una diversificación cultural y especialmente gastronómica. Néstor recuerda cómo “una familia de clase media venezolana, un lunes podía comer arroz chino, un martes lasaña, un miércoles una Paella valenciana y así por el estilo”. Antes del declive socio-económico, era común ver colonias españolas, francesas, italianas o portuguesas administrando restaurantes y panaderías en las calles de Valencia, San Cristóbal o Caracas.

Néstor Prana es alto, moreno, de barda pulida, gesto un poco confundido y acento marcado: no es difícil descubrir su nacionalidad, entre otras cosas por el vocablo característico de un bolivariano. Llegó con su familia a Sonsón a finales julio de 2017, e inicialmente se hospedaron en la casa de una cuñada. “Como no teníamos experiencia viajando como familia, tuvimos algunos percances al adaptarnos. Después de llegar a Sonsón, nos devolvimos para Medellín y estuvimos buscando apartamento, pero como en todos exigían fiador con finca raíz y no conocíamos a nadie, entonces decidimos regresar a Sonsón”, expresa Berta, la esposa de Néstor. Pronto obtuvieron el permiso especial de permanencia, una documentación legal que otorga el Estado colombiano a ciertos ciudadanos venezolanos, y pudieron arrendar un apartamento en una de las calles comerciales de Sonsón, un pueblo ubicado al suroriente del departamento de Antioquia, que por asares del destino y el desvío de una vía nacional, no es la Medellín de hoy, pero sí cuna de la colonización antioqueña, región de diversos pisos térmicos y bien llamada “tierra de la esperanza”, un valor bien recibido por los Prana Vera.

Después de ocho meses de partir de Táchira, estado en el que vivía con su esposa y sus dos hijos, Néstor, chef profesional, se siente regocijado con la paz que le inspira Sonsón. Es consciente y comparte la cultura gastronómica que predomina, por eso en su carta ofrece platos típicos de la región como sudao', pechuga, sancocho, bandeja paisa y otros; resalta además las visitas de sus clientes fieles. “El que viene y prueba los platos, los disfruta, nos recomienda y vuelve. Son profesores, policías o personas que han vivido en otros lugares y conocen un poco más la diversidad gastronómica del país”.

Asumiendo como suyo el discurso sobre la situación política de su país, Néstor hace usos creativos del leguaje para describir cual experto analista, con figuras literarias, lo que él llama "una especie de engaño". Toma aire, como queriendo obtener paciencia, por tener que volver a contar la historia que ha maquinado repetidamente su cabeza durante los últimos años con distintos tonos, y ofrece una reflexión.

"Es un proceso de más de veinte años; al principio hubo una especie de engaño con Chávez. Por la abundancia petrolera se vieron momentos muy buenos, pero él no percibió el rumbo que iba tomando el país. Te lo explico en un ejemplo: tú tienes tu casa, y tienes mucho dinero, de repente empiezas a tener problemas de gotera, se te daña el gas o el fogón, y tú en vez de repararlo, más bien comes en restaurantes finos, duermes y te bañas en hoteles... El caso es que cuando se te acaba el dinero empiezas a notar que no tienes dónde vivir ni qué comer. Eso más o menos pasó en Venezuela. Había tanto dinero que los problemas no se iban viendo. Se adoptó una economía de aduana, es decir, se prefería importar la comida que producirla. Algunos economistas percibieron lo que estaba pasando y alertaron, pero la gente del común no creíamos. Con la muerte de Chávez y la posesión de Maduro, eso fue el acabose total. De verdad que ha sido fatal. Dicen que se robaron el dinero. Yo no tengo pruebas, pero dicen que se robaron más de cuatrocientos mil millones de dólares. Para que te hagas una idea, Colombia tiene cincuenta millones de habitantes; con diez mil millones de dólares, comen todos los colombianos gratis por un año, ¿sí me entiendes?".

Berta Vera, la esposa de Néstor, piensa que “la no producción, la no inversión, la importación y el no apoyo al productor nacional, provocaron la migración de la industria y ahora de los ciudadanos”. Por la actitud en su rostro, Berta da a conocer una clase de impotencia paciente.

Con la incertidumbre a flor de piel, esta familia se arriesgó a viajar en conjunto, asumiendo las consecuencias del viaje y del destino, un destino no muy promisorio y no muy lejos de “la especie de engaño” vivido en Venezuela. No es precisamente Colombia el país ideal para llegar a afrontar una crisis. A pesar de la riqueza natural y socio-cultural con la que cuenta el país más biodiverso del mundo, y además de ser países hermanos, los altos niveles de desempleo, la inseguridad, la inequidad o la corrupción, hacen que esta no sea la mejor “tierra prometida”.

La falta de garantías estatales en Colombia, disminuye la posibilidad de que familias venezolanas como la de Néstor, puedan visionar lo que por siglos han visionado, con poco éxito, millones de familias colombianas: un proyecto de vida íntegro donde sus derechos sean fielmente respetados; o donde por lo menos la vida sea respetada. En todo caso, conscientes de la situación acontecida en el lugar de procedencia, ellos disfrutan de una cierta abundancia, muchas sonrisas y buenos momentos vividos en Sonsón.

Inicio un recorrido desde el Norte del Valle buscando la primera población chocoana en el camino: San José del Palmar. Por una carretera destapada que pertenece políticamente al departamento del Valle del Cauca, se avanza en campero durante cerca de hora y media hasta encontrar una gran pancarta que anuncia el inicio del departamento del Chocó.

La carretera que corresponde al Valle, jurisdicción de El Cairo, se encuentra en pésimas condiciones. De acuerdo a lo que me cuenta el conductor del vehículo el trayecto que ahora realizamos durante la noche, se da en medio de una neblina espesa que cae desde el sistema montañoso perteneciente al Parque Natural Nacional del Tatamá –el cual abarca los departamentos de Risaralda, Chocó y el Valle, por el norte–. Me quedo pensando en el contraste de la riqueza que se invierte en las vías doble calzada que conectan a Cali con Pereira, por donde se mueve el tráfico económico con el exterior y que deja una balanza comercial con saldo negativo para nuestro país.

El trayecto que corresponde al Chocó no presenta una cara más amable. Una carretera con algunos trayectos pavimentados que muestran un deterioro marcado, material fracturado a causa de fallas geológicas, de malos diseños o de materiales de baja calidad. Es lo que nos explica una ingeniera civil que ha trabajado en la región, combinando su profesión con la labor social en estas comunidades. Termina su apreciación señalando la ausencia de un trabajo en la estabilización de taludes y conducción de aguas, que según su criterio, son causantes de los derrumbes que encontramos persistentemente, y de las bancas que han cedido ante las lluvias, mostrándonos abismos impresionantes por donde a diario arriesgan la vida las personas que deben transitar por esta región inhóspita.

Desde la cabecera municipal de San José del Palmar, nos dirigimos hacia el corregimiento La Italia, con lo cual agregamos cerca de una hora más de viaje a un trayecto que nos ha llevado alrededor de tres horas, saliendo desde Cartago, Valle.

Un hogar para escapar de la guerra, la miseria y construir el futuro
En medio de la exuberancia del paisaje, de su gran riqueza natural y humana, campesinos y campesinas luchan a diario por sobrevivir, pese al robo descarado y continuo de la política tradicional chocoana, sumado a la voracidad de las empresas transnacionales y al desprecio de los gobiernos nacionales. Allí, en ese paisaje colosal, las niñas que nacen y crecen en medio de tales desafíos han encontrado un hogar alterno para huir de un destino casi obligado que las condena a la guerra, a la miseria y al olvido. Se trata de la Casa hogar “Paula Montal”.

Este hogar y refugio para las niñas campesinas es dirigido por el sacerdote Juan Fernando Arango Echeverry. Nacido en una familia humilde y trabajadora de Medellín, el padre Fercho, como le dicen algunos parroquianos, es el encargado de mantener a flote este proyecto, con la ayuda invaluable de otra mujer quijotesca: mamá Rosi.

“La Casa hogar es un internado para niñas campesinas que fue fundado por religiosas Escolapias, las cuales han tenido como misión el apoyo y fomento de la educación en comunidades humildes”, me cuenta este sacerdote joven, amable y discreto.

“Aquí las niñas encuentran techo, alimentación y condiciones dignas para vivir y estudiar. De esa forma pueden adelantar sus estudios en el colegio público Normal Superior. Algunos padres y madres, muy pocos, aportan algún recurso para el sostenimiento de sus hijas. Son personas muy humildes que no cuentan con recursos económicos suficientes para vivir”, prosigue el padre. “Nos mantenemos de donaciones que nos hacen algunas personas que entienden y apoyan nuestra causa. Es una gestión y búsqueda permanente para que no falte la comida y lo que se necesita en la casa”.

En la esquina del colegio se observa con frecuencia a grupos de personas con su teléfono inteligente en la mano, utilizando el único punto del corregimiento en donde existe señal de internet.

Rosenda Largacha, “mamá Rosi” como le dicen las niñas y la comunidad, es la mano derecha del padre Fercho. Es la autoridad en el internado y las niñas le profesan un respeto muy evidente, sincero. Nacida en Nuquí, estudió trabajo social por “pobre” y porque las autoridades de su universidad no le dieron otra opción. Pero rápido aprendió a amar su profesión, y decidió ayudar a su gente chocoana.

“En el momento tenemos 27 niñas internas, pero hemos llegado a albergar hasta 45. Se despiertan a las cinco de la mañana, se asean y preparan para estudiar. Asean sus dormitorios y la casa antes de desayunar y salir a estudiar. Al regreso, almuerzan, descansan un poco y retoman el estudio extra clase en los espacios dispuestos para ello. Después viene la cena y rato de esparcimiento. Y la hora de dormir”, me explica mamá Rosi.

Estas niñas llegan aquí luego de vivir situaciones muy complicadas en las veredas, y encuentran un hogar alterno –que para muchas es el único–. Aunque algunas atraviesan conflictos emocionales como resultado de sus historias personales o como fruto de su adolescencia, pudiera decir que todas se muestran agradecidas e incluso tranquilas al tener un sitio suyo. Algunas egresadas hoy son profesoras y apoyan la labor del internado.

La Casa hogar es humilde pero digna. Sus dormitorios son aseados al igual que sus espacios de estudio y esparcimiento. Las niñas cantan permanentemente, con esa alegría y esperanza que llevan en su sangre africana. Contagian felicidad. Incluso paz. Por supuesto, los techos y las ventanas ya piden arreglos, y algunas sillas, cambio. Pero poco a poco se mantienen.

Antes de despedirme y agradecer su hospitalidad, intento lavar la loza que queda después de la cena. Una muestra de amabilidad con María Nelva Hurtado, que nos preparó la alimentación en los días que compartimos. Pero me encuentro con Divanny y Laura Vanesa, las niñas que tenían esa noche la responsabilidad del aseo de la cocina. Sorprendidas porque un extraño, hombre y además huésped se atreva a lavar platos y ollas, por fin me convencen de dejarles algo para asear. Una situación divertida para mí.

A la mañana siguiente me despido y parto de regreso a Pereira, con la esperanza de que al contar esta historia puedan presentarse ofrecimientos de ayuda para este proyecto que construye paz y dignidad. Es la misma esperanza de ellas.

"Hugo, lo encontraron anoche a las 9:45”. “La primera persona que lo vio fue la mamá”. “Todavía estaba caliente”. Fueron algunas de las palabras que, por su voz entre cortada, me tocó ir hilando, de la interlocutora que me hablaba al otro lado de la línea. La persona a la que llamé era familiar de Sebastián Bolívar Montoya, un joven de veinte años de edad, que decidió quitarse la vida el pasado 28 de noviembre.

En el cementerio de Envigado, mientras los que cargaron el féretro lo iban deslizando hacia el interior de la bóveda, un primo de él, con voz de tristeza y a la vez de reclamo, dijo: “Vea, les pidió ayuda y no se la quisieron dar, ahí lo tienen en un cajón”, y continuó: “No tenían plata para apoyarlo pero sí para un ataúd de dos millones de pesos”.

Sebastián, residente del barrio La Mina del municipio de Envigado (Antioquia), desde muy joven empezó a experimentar los rigores de las necesidades en su hogar. Primero, a los trece años le tocó ver la separación de sus padres. Mas adelante fue testigo de las innumerables demandas que Leydi Montoya, su madre, se viera en la necesidad de hacerle a Juan Fernando Bolívar, su padre, para que cumpliera con la cuota alimentaria y demás obligaciones.

A este adolescente atractivo, de ojos verdes, delgado, coqueto, le fue desapareciendo la sonrisa, y lentamente se fue convirtiendo en una persona que reflejaba en su rostro, en la mirada y en su cuerpo los rezagos que deja el consumo de alucinógenos, que fueron llegando a la par de estas experiencias.

Hacía poco tiempo, unos dos meses atrás –comentó una tía de Sebastián–, le dijo a su madre que no solo por la familia, sino por el bebé –que había tenido su novia hacía seis meses–, “voy a dejar de tirar vicio”. Y se dedicó a buscar empleo. Pero con su aspecto le era imposible.

Leydi estaba contenta por el cambio que había tenido su hijo y le permitió que trajera a la novia con el bebé a vivir a su casa. Pero seguido le decía: ¡Salga a buscar empleo! Y él a menudo atendía el consejo de su madre, sin poder lograr el objetivo. A la vez, con los días la convivencia se puso insostenible, pues cuando Leydi llegaba del trabajo, encontraba la casa peor que como la había dejado en la mañana: sin barrer, la cama de ellos destendida, la cocina hecha un desastre… Entonces les dijo: ¡Vea cómo me tienen la casa!, de ahora en adelante, defiéndanse como puedan. Y se fue.

Familiares y amigos, cuando tuvieron conocimiento que a la vivienda le suspendieron el servicio de gas y entendieron la situación que rodeaba a Sebastián, le empezaron a ayudar. También las tías le decían que fuera a buscar la alimentación donde ellas, pero a él, por falta de empleo, ya le daba pena. Había noches que se acostaba sin haber probado comida en todo el día. Y la madre del bebé, cuando conseguía trabajo, antes de salir, en ocasiones le dejaba algo de dinero para la leche del niño, pero no sin antes recriminarle: ¡Salga a buscar empleo, usted no sirve es para nada, es un inútil!, yo mejor me voy a llevar el niño. Si usted se me lleva a mi hijo, yo me mato, le respondía él. Usted no es capaz de matarse, usted es un cobarde, terminaba diciéndole su novia. Esta fue una de las últimas discusiones que le escucharon a la pareja unos días antes del episodio trágico.

Al mes o mes y medio Leydi regresó a la casa y tres días antes de que Sebastian llevara a cabo el último acto de su vida, le dijo: Mamá, prométame que va a luchar por el bebé. Júreme que usted se va a quedar con él. Al siguiente día, después de la discusión cotidiana con la novia, a esta también le dijo: Yo no me tiro de la moto, porque sé que quedo padeciendo, pero si se me lleva el niño yo me mato. Y esa tarde se lo llevó.

Dos días después, a las 9:45 de la noche, cuando Leydi entró a su casa, vio a su hijo que tenía en el cuello el collar del perro y la cuerda colgaba de un gabinete de la cocina. Los funcionarios oficiales que atendieron el caso, dijeron que llevaba unos cinco minutos de muerto. Es que todavía estaba caliente, dijo la madre de Sebastian.

En medio del levantamiento del cadáver le encontraron en uno de sus bolsillos el recorte de un periódico con los teléfonos subrayados en la sección de ofertas de empleo.

A pesar de que Juan Fernando “le metió dos millones de pesos al ataúd” –como lo comentó uno de los familiares– y, “eso sí, la caja era muy bonita”, –dijo un asistente al entierro–, este padre, hasta muerto le siguió negando cosas, pues no quiso comprar una libra de café que le pidieron para atender los asistentes a las novenas por la memoria del alma de Sebastián.

Lunes otra vez, abro los ojos, organizo las ideas y las tareas del día. Como muchos bogotanos, trato de permanecer cinco minutos más en la cama para huir del intenso frío de la madrugada. Hoy, especialmente, el día se me hace más gris que los anteriores: pienso en el incremento al valor del pasaje de Transmilenio que ha anunciado durante todo enero la alcaldía de Enrique Peñalosa y la gerente de Transmilenio, Alexandra Rojas. El incremento se propone como un supuesto ajuste del costo del pasaje a la inflación y al aumento anual del IPC.

Ya son cerca de las cinco de la mañana. Tengo exactamente una hora y quince minutos para estar en mi trabajo. Mientras pasan los minutos velozmente, y mamá prepara mi coca con el almuerzo, pienso en lo que está por llegar: miles y miles de ciudadanos periféricos embutidos, pisados, manoseados y hasta robados, pagando 2300 pesos por ese coctel desagradable.

Mientras me despido de mamá, como ya es casi un ritual, empiezo a imaginar la forma en la que pueda de alguna manera –claramente imposible– minimizar los inconvenientes con los que inevitablemente me encontraré: esos pisones, empujones y malos olores que ya se han vuelto parte de mi cotidianidad. De camino a la parada del alimentador que me llevará al portal de Las Américas, saludo a Cristian. Un desganado y fastidiado “¿todo bien?” sale de sus labios; el saludo es seco y es normal, no es agradable iniciar todos los días engullidos en un bus minúsculo, en el cual circulan todas las fragancias y los humores existentes.

Hace un tiempo renuncié a empujar o, de ser posible, tener contacto físico con mis compañeros de desgracia mientras abordo un alimentador o un bus. En eso tratamos de subir al alimentador, y Cristian me grita desde la puerta del medio: “acá hay menos gente”, a lo que respondo con un gesto de compasión, sé que esta igual de lleno, solo que él quiere irse en la mitad del bus para ver a la vecina del conjunto que acaba de ser embutida en ese lugar. Después de un recorrido de 30 minutos llegamos al portal. Valga aclarar que no es muy lejos, pero las calles están atestadas de carros particulares, que por lo general no tienen más de un ocupante.

5:15 a.m. Una fila de más de treinta personas se agolpa en la taquilla en la que nos ha escupido el alimentador; la cara de las personas es casi igual que la de Cristian. Parece que a todos nos hubiesen golpeado antes de salir de la casa, y sí, Peñalosa y su nefasto sistema de trasporte nos golpean todos los días los bolsillos y la dignidad. Luego de diez minutos de fila, encuentro en la taquilla un letrero que anuncia el incremento del pasaje de Transmilenio; en letras grandes y blancas reza: a partir del 15 de enero de 2018 el pasaje de Transmilenio es de 2300 pesos. Qué desgracia.

Recargo la tarjeta con 5000 pesos, que ahora solo suponen dos tristes viajes en el sistema. “Nos pillamos, hablamos más rato”, me dice tímidamente Cristian, a quien la cara de fastidio se le acentúa. Mientras me despido, advierto un detalle particularmente divertido: parece que los bogotanos que usan diariamente Transmilenio optaron por no limpiar sus zapatos y planchar la ropa. No es necesario hacer la explicación. Entonces Peñalosa y las quince familias que se hacen con el 90% de las ganancias de Transmilenio no solo nos robaron la dignidad, parece que también nos expropiaron la posibilidad de vernos limpios.

Y ahora al pogo: es el pensamiento que se me viene a la mente cuando me ubico en la fila –que de fila no tiene nada– para abordar el articulado. Estos buses están diseñados para transportar 160 personas, y en el remedo de fila hay cerca de 500. Dos largos minutos… se aproxima lentamente el bus rojo con su letrero amarillo D-50 PORTAL 80 (este es uno de los servicios expresos). Entre gritos, madrazos y muchos empujones, los primeros en el bulto humano pueden abordar el transmi, no sin la tierna y solidaria complicidad de las personas que cierran las puertas al mejor estilo de acomodadores del metro de Hong Kong.

5:35 a.m. Ya estoy próximo a la entrada del Transmilenio. Siento algo de tranquilidad, no por llegar temprano a mi trabajo, pues ya renuncié a esa posibilidad, sino por no tener que escuchar más los desagradables anuncios que retumban por los parlantes del portal: “Servicios retrasados por accidentes en las vías”. Todos los bogotanos sabemos que esa es una de las mentiras que usan a diario los funcionarios del sistema para justificar su evidente colapso.

Por fin, luego de muchos empujones, golpes y bastantes madrazos, estoy adentro del bus. Son las 5:45 a.m., y a esta hora ya debería estar por lo menos en la mitad del trayecto. Conclusión: otra vez llegué tarde. Cuando las personas suben al bus y se “acomodan” cual tetris, aparecen los celulares y los audífonos; creo que es la mejor forma para huir a la incómoda presencia tan próxima de muchos desconocidos. Mientras tanto, los afortunados que van sentados duermen con el estilo del juego popular colombiano que se conoce como Rana o Sapo.

Pasados 45 minutos, por fin mi destino. La estación de la Calle 26 está a reventar, un grupo de tres policías miran impávidos a un joven que corre como atleta por la Avenida Caracas en dirección al norte, luego de robar el celular de una joven que esperaba un servicio en el tercer vagón.

Salgo de la estación. Ya estoy cansado y hasta ahora va iniciar el día; solo pienso en que el responsable de esta “aventura” diaria es Enrique Peñalosa y sus amigos empresarios, que pisotean a los bogotanos con su sistema de trasporte viejo e ineficiente. Y ahora, más caro que antes, quizá el más caro y pésimo servicio de transporte masivo de Latinoamérica.

Y bueno, a trabajar, hasta ahora es lunes y los bogotanos –en el mejor de los casos– tenemos por delante nueve travesías más por el peor castigo para los habitantes de esta ciudad: Transmilenio.

De regreso a Marinilla estaba perdida por la gritería de la muchedumbre. “Desalojen, desalojen”, decían los bomberos con las caras salpicadas de pantano.

–Soy Claudia la dueña de esa casa que se le está entrando el agua.

Minutos después me estrujaron hacia la salida. Encima tenía la maleta negra en la cual cargaba los papeles personales, los papeles judiciales del barrio, los accesorios, además del sueño de la comunidad “La Quebradita” que esperaba el juicio final de la Gobernación.

El reloj suizo vibró por primera vez a las cinco de la mañana con la intención de levantar a Claudia de las cobijas rigurosas que utilizan los marinillos. Se paró de su cama en forma de marcha, se estiró como un resorte, se persignó como lo hacía todos los días y se dirigió a la tina del baño.

Se duchó cantando los vallenatos del Binomio de Oro, según dice es la única forma de desestresarse.  Se secó, se enjuagó los dientes postizos y se dirigió a la pieza para retocarse la cara. Claudia -cuarentona jodida, sonrisa resplandeciente, pelo rojizo como la sangre, seduciendo como de costumbre a sus vecinos por su forma particular de arreglarse- tenía como fin protestar frente a los encopetados y lujosos edificios de La Alpujarra.

Salió de Marinilla a las siete de la mañana. A las 8 y 30 ya estaba en el centro de Medellín por su ímpetu de gloria. Cuando se bajó del bus de Sotramar, estiró la mano derecha y se la puso a un Renault amarillo vivo de los años 80.

–Señor me lleva a la Gobernación por favor.

–Sí mi amor-, le respondió con voz morbosa el taxista.
–¿Cuánto cuesta?
–Para usted mi amor, solo 5000 pesitos y le abro la puerta gratis como se lo merece.

Vio los edificios magníficos de la Gobernación y le preguntó a un peatón la dirección que tenía en la libreta. Por fin llegó al despacho de la Secretaria de Gobernación y diligenció la correspondiente cita. El gobernador la estaba esperando a las diez de la mañana. Tocó la puerta tres veces.

–Señor gobernador mucho gusto. Mi nombre es Claudia del municipio de Marinilla y vengo para cuadrar los papeles del proyecto La Quebradita–, dijo segura de sí misma.

–Listo señorita, bien pueda entre a mi despacho y conversemos acerca del tema.

Pasaron dos horas y salió la señora con una emoción en su brazo, como si se hubiera ganado la lotería. Le pregunté el motivo de semejante felicidad y no tardó en decirme que los papeles habían cumplido con todos los requisitos y aproximadamente en un mes comenzarían con la remodelación del barrio y la quebradita.

Cuando se bajó del bus de Sotramar miró hacia el fondo de la calle donde quedaba su digno hogar. Desde la distancia observó una multitud acompañada de los carros del cuerpo de bomberos y pensó que algo malo estaba pasando.

De repente aceleró las pisadas hasta llegar a la zona acordonada por unas cintas rojas y negras que advertían “lugar de peligro, por favor no pasar”. Claudia vio su casa entre el lodo y la inundación. Del desespero se le olvidó la advertencia de la cinta. Se agachó unos cuantos centímetros, caminó por la acera cinco metros con el bolso terciado. Abrió la puerta verde de la casa. “¡Uyyy mami!”, le respondieron los hijos encima de los colchones y los ratones flotadores.

-Tranquilos mijitos, voy a decirle a la comunidad que el gobernador nos va a solucionar el problema con el cauce de la quebradita. Todo comienza el mes entrante.

*Este artículo es resultado del taller de Prensa Escrita durante el proceso de Comunicadores Comunitarios del Movimiento social por la vida y la defensa del territorio, MOVETE.

Aquí, en el municipio de Granada, Antioquia, una mañana, mientras Elizabeth Castro abría su almacén –que es una rutina diaria- para atender a su clientela, Romelia Quintero entraba a mi apartamento para hacer el aseo y ganarse treinta mil pesos, como lo hace otras dos o tres veces por semana en diferentes casas de familia. Claro, a esta última, el día que no la llaman de alguna parte “para hacerles el oficio” –como cuenta ella-, saca una pequeña mesa, al lado pone una freidora y enseguida la pipeta de gas, y con eso se instala en la esquina de la ferretería de la señora Elizabeth y se pone a hacer empanadas.

Las señoras, Elizabeth y Romelia, son las madres de Miguel Ángel Hoyos Castro y Elizabeth Castaño Quintero, respectivamente. Dos ciclistas que a sus quince años de vida ya adornan sus casas de medallas, trofeos y reconocimientos obtenidos por sus hazañas deportivas. Entre ellas, las dos de oro, una de plata y una de bronce logradas en los II Juegos Suramericanos de la Juventud en Santiago de Chile, celebrados del 29 de septiembre al 8 de octubre del presente año.

Doña Elizabeth
La progenitora de Miguel Ángel me recibió en su almacén y para poder conversar conmigo le pidió a su empelada que atendiera a la clientela. “Él tiene trofeos hasta en la escuela de ciclismo, de aquí del municipio, donde lo entrenan y lo apoyan, porque si no fuera por esa institución, mi hijo no estuviera donde está. Mi esposo y yo solos no seríamos capaces. Uno es con las uñas. Afortunadamente Guillermo, mi esposo, fue ciclista, conoce mucho de bicicletas y es prácticamente el mecánico de mi hijo”, afirma la madre de este joven campeón. Y continúa: “Él monta en una bicicleta que al papá le pudo haber costado seis o siete millones de pesos, pero así mismo cuestan los repuestos y accesorios. Y más que él se estiró mucho -creció- y es una lucha porque ha habido que acondicionarle la bicicleta, o vender la viejita para ajustar y comprarle otra. Este deporte es muy costoso”.

Continúa: “Y no solo es el sacrificio económico. También en la alimentación hay que mantenerle una dieta acorde a sus exigencias deportivas. Así él sea consciente qué debe comer y qué no, a uno le toca, que si a los demás hijos se les frita, a Miguel tiene que ser el pollo o la carne asada. A la vez que se le apoya en todo, como por ejemplo cuando va a entrenar y hay una salida, en pos de él nos quedamos en la casa. Son pequeños sacrificios que Miguel va viendo dentro de su formación, que para mí tiene que ser integral.

Uno como madre se preocupa hasta por una gripa. Mire que un día casi no podía ir a correr porque estaba enfermo y le dimos analgésicos. Y al fin le dijo al papá: Ya me siento bien. Bueno, vaya pues corra, lo animó mi esposo. Ganó, fue campeón nacional infantil, pero en la noche me despertaron los gritos de Guillermo porque mi hijo estaba convulsionando. Usted no sabe lo que se siente, mi marido y yo con él cargado para el hospital pensando que mi hijo se me iba a morir. Ese es el peor susto que nos ha pasado, aparte de los aporreones porque a veces llega con las nalgas en carne viva, y así le duela, apreto los dientes y le hago las curaciones”.

La señora Elizabeth me enumeró varias circunstancias que rodean a su hijo y que lo han ayudado tanto en su crecimiento deportivo como en lo personal, pues como dice ella: “tiene trofeos y condecoraciones exhibidas hasta en el Club de ciclismo”, de un sinnúmero de competencias ganadas, pero hasta ahora los logros más grandes para él, han sido los conseguidos en Santiago Chile.

“Con la primera medalla –él se ganó dos de oro y una de plata en dichos juegos-, cuando me la colgaban del cuello, yo sentía que mi corazón se me iba a explotar. Y después que uno se voltea hacia la bandera ¡y empieza a sonar el himno de Colombia!, a mí se me puso la piel como de gallina. Pero en medio de ese sentimiento inexplicable, a la vez era la intriga de saber quiénes serían los próximos contrincantes y cómo me iría a sentir en las demás pruebas que seguían”, comenta Miguel Ángel con un ánimo como si todavía no hubiera salido de esa emoción.

Doña Romelia
A las 6:15 de la tarde me recibió los treinta mil pesos que se ganó por el día de trabajo, y con ellos en la mano dijo: “voy a ir a comprarle unas fruticas a mi niña –a Elizabeth, su hija- porque don Camilo –Martínez, el entrenador del Club de ciclismo- me la recatea mucho que porque está muy subidita de peso”.

Romelia es otra madre que lucha para que su hija triunfe en el ciclismo. Ella me recibió en su casa y desde la entrada no dejaba de sentirse orgullosa al pasearme por la sala, las piezas y un pequeño corredor diciéndome: “Vea, esas son las medallas que ella se ha ganado, los trofeos, cosas de menciones de honor. Por aquí están las que se ganó en Chile, las que se ganó en Cali esta semana en los juegos de Supérate, que ganó tres: dos de plata y una de oro. Ella corre pista y ruta. Estos son los letreros que le pintan los amigos y amigas, que hasta yo le digo que ya no hay dónde poner más, que pegue también en la pieza de atrás”.

Mientras recorríamos su casa íbamos hablando. Y cuando le pregunté por el costo de la bicicleta donde entrenaba su hija, dijo: “Beeeendito, a ella le provoca tener una bicicleta, pero no hay forma. Con los diez o quince mil pesos que me quedan de la venta de empanadas y de dos o tres días a la semana que me llaman para trabajar en casas, ¡de dónde por Dios voy a sacar para una bicicleta, si no más la que le prestan en el Club de ciclismo vale como dos millones de pesos! Si no fuera por ellos, mi hija no podría entrenar ni ganarse todas esas… –y mostraba de nuevo las medallas y trofeos-. Allá solo le dejan traer la bicicleta pa'la casa pa' lavarla”, acentúa la señora Romelia.

Luego nos sentamos en un modesto mueble de la sala donde, ya con más confianza, me empezó a narrar la corta historia de su pequeña Elizabeth:

“Ella estaba haciendo cuarto de escuela y como había olimpiadas escolares, entonces la profesora la puso a competir y el director del Club de ciclismo la vio cómo corría ella y me dijo que él le veía 'buena mecha a la niña'; que por qué no se la llevaba así sea viernes y sábado, para entrenar. Que se le veía muy buen potencial. Y ya, la seguí llevando.

Algo difícil es lo de la comida. Yo le doy lo elemental porque para la dieta uno tiene que tener muy buena plata y don Camilo siempre me ha dicho que la necesita más tallaita. Pero lo más duro es para las salidas, yo le doy lo que haya, si diez hay, pues diez le doy. A veces solo tengo cinco mil pesos y me los recibe calladita. Solo me contesta que mi Dios me lo pague.

Ella un día intentó con el papá –porque hace nueve años que no vive con nosotros- y le dijo que le diera para el uniforme que valía por ahí doscientos mil pesos, y él le contestó que ¡qué va a valer tanto una mecha de uniforme y unos tenis! Después le dijo que le diera veinte mil, o cincuenta mil -no recuerdo cuánto-, para una salida a una competencia y él le dijo que iba a mirar. Y como no apareció con ni un peso, ella no le volvió a decir nada. Sí hay gente que nos ayuda, como los de la colonia de Cali que son muy formales. A uno le da es hasta pena de la manera que lo atienden.

Aparte de los otros trabajos, a veces también cuido niños y ayudo por ahí a hacer almuerzos. Yo sé que con eso nunca voy a poder comprar una bicicleta. Con lo que la apoye el Club de ciclismo, hasta ahí. No sé cómo mi diosito me multiplica esos diez o quince mil pesos de las empanaditas o los treinta mil del aseo en las casas, porque no sé de donde me sale tanta plata. El ciclismo es un deporte muy costoso”.

Y así terminó de narrar la señora Romelia parte de lo que le toca batallar para llevar a su hija a ser la campeona en diferentes competencias y conseguir la medalla de bronce en los Segundos Juegos Suramericanos de la juventud en Santiago Chile. Pero lo dijo sin ningún ánimo de generar lástima y menos quejarse de la vida, porque lo último que salió de su boca fue: “Gracias a Dios en esta casa no nos hace falta nada para vivir”.

El pueblo granadino se agolpó en las calles, puertas y ventanas de las casas para ver entrar y recibir a estos dos deportistas. En el colegio suspendieron algunas de las clases para ir a las calles a seguir la multitud que los escoltaba. “Es primera vez que se ve eso aquí en Granada tan histórico”, dijo Elizabeth. “Yo sí sabía que iba a asistir el colegio, pero nunca pensé que nos iban a llevar en camioneta a recorrer todo el pueblo con toda esa caravana detrás pitando. Eso fue muy vacano”, dijo Miguel Ángel con emoción.

Ya que ningún medio de comunicación regional ni nacional se ocupó de los dos granadinos medallistas de estos juegos, que por lo menos Colombia se entere que detrás de ellos hay unas madres campeonas, luchando toda una vida para que sus hijos consigan estos y muchos otros triunfos. Siempre hay alguien más allá de las medallas.

Por Sara Dávila

Me desperté muy asustada, escuchaba mucho ruido y sentía una gran agitación y brincos. No entendía muy bien lo que las personas decían a mi alrededor, ya que el ruido de las voces se camuflaba con el de disparos y gritos de angustia, no sabía ni comprendía bien lo que sucedía, pero presentía que no era algo bueno. Sentía que me revolvía, estaba totalmente desconcentrada, de un momento a otro esa agitación en la que estaba se detuvo. Ahora las voces las escuchaba más claras, entre 30 y 40 personas estaban allí conmigo, al interior de un bus; algunas hablaban, otras lloraban, sus voces se escuchaban tristes y apagadas y yo aquel 23 de diciembre de 1999 seguía sin entender qué pasaba. Poco a poco me fui quedando dormida.

Cuando me desperté, algo se sentía diferente. Se sentía más ruido de ese que hacen los carros y fue allí cuando me di cuenta que ya no estábamos en nuestra casa en el campo de Concepción - Antioquia y no sabía cuándo volveríamos.

Sentía una voz muy familiar que escuchaba muy a menudo, una voz gruesa que siempre me hablaba con cariño, con un tono tranquilizante que me hacía sentir en paz. De repente sentí muchas voces que nunca había escuchado, pero que hablaban en un tono amable y cariñoso,comencé a sentir cómo me estripaban y luego me soltaban repetidas veces.Poco a poco aquellas voces se sentían más familiares, las escuchaba con mucha frecuencia y se referían a mí con cariño.

El tiempo fue pasando y vi la luz por primera vez, pude ver las personas que emitían aquellas voces tan familiares, el lugar donde vivía, la perra que ladraba y los ruidosos carros, todo era tan maravilloso y tan abrumador que me desconcentraba. Cada día nuevas cosas, nuevos sentimientos se apoderaban de mí, aprendía cosas nuevas y conocía nuevas personas en el municipio de Itagüí – Antioquia.

Dos años después, mientras jugaba con mi muñeca favorita en el apartamento, mi padre estaba en la cocina preparando el almuerzo, cuando se escuchó un ruido muy fuerte como una explosión. Mi padre corrió hasta mí, me tomó en brazos y saltó por el balcón, yo no entendía qué estaba pasando, me sentía muy asustada y no dejaba de pensar que algo no estaba bien.

Nunca había visto a papá tan asustado, y más tarde en una conversación con mi mamá escuché que decía "creí que pasaría de nuevo". Al principio no sabía de qué estaba hablando, pero luego recordé un ruido similar al que me pareció haber escuchado antes; ese horrible ruido del 23 de diciembre del 1999.

Dieciséis años después decidimos ir a visitar el lugar que antes había sido nuestro. De camino mamá me contaba lo que había sido ese lugar, una hermosa y grande casa donde vivían muchas personas que mi padre ayudaba gracias a su trabajo, con amplios prados, ganado, hermosos caballos y grandes cultivos. Me contaba también que había crecido cerca de ese lugar en la molienda que pertenece a mis abuelos. Se le iluminaban los ojos al recordar aquellas cosas.

Al llegar comenzamos a subir lo que parecía ser un camino viejo y ya cubierto por la hierba. Pude ver a lo lejos el techo de una casa y supe que ya estábamos llegando, me di cuenta que esto no se parecía en nada a lo que mi madre me había descrito.

La casa ahora era solamente paredes con grandes huecos, sin puertas ni ventanas, cables partidos, tuberías dañadas y el techo a medio caer. De los muebles y lindas alfombras que mencionó mi madre ya no había rastro, pues adentro no había más que escombros y suciedad. De los prados y grandes cultivos ya no había nada; la hierba había crecido libremente por todos lados y no sabía ni qué pisaba al caminar.

Mi madre miraba todo con mucha melancolía y no pudo contener las lágrimas en sus ojos. Aún no olvido lo que me dijo ese día: "Qué lástima que no pudieras ver y disfrutar de lo hermoso que era esto, ni pudiste conocer a tu prima, a tu tío, ni a mi tía con la que viví más joven para poder estudiar”.

*Estudiante del grado 11° de un colegio oficial en el municipio de Itagüí.

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