Los quijotes si existen y hacen congresos de filosofía

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El XVI Congreso de Filosofía en el Colegio de secundaria Santa María Goretti, en Bucaramanga, al cual nos invitó el profesor Mauricio Martínez, nos trajo grandes sorpresas. El Congreso que se realizó el 31 de julio, se trataba en realidad de un semillero juvenil de filósofos; allí querían saber nuestra opinión sobre el papel de los medios en la interpretación del conflicto y el posconflicto en Colombia. Esta fue una iniciativa que se les ocurrió a principios del 2000, agobiados por la terrible crisis social y humanitaria del país, en medio de una protesta, a Luís Antonio Carrillo, Jaime Villamizar, Luís Cuadros y María Isabel Suarez, todos profesores de Bucaramanga.

 

Cuando llegué al auditorio del colegio Goretti me encontré con una mesa llena de profesores y organizadores, entre los que se destacaba la directora del instituto, presentando a los conferencistas y hablando con orgullo del Congreso, que llegaba a su edición No. 16. Varios brazos y manos me invitaban, con afán, a sentarme con ellos. Y cuando me senté vi un auditorio repleto de jóvenes: mujeres y hombres que no sobrepasaban los 16 años de edad, todos y todas con una sonrisa y una energía que no les cabía en el cuerpo. Yo no imaginaba que la filosofía produjera tanta alegría y algarabía entre los adolescentes; por lo menos en mi época no fue así.

No alcancé a estar sentado ni cinco minutos cuando la mesa se desintegró y quedó solo en la tarima el profesor Luís Antonio Carrillo, uno de los artífices de esta obra encantadora. El hombre fungía como maestro de ceremonias, nada acartonado; al contrario, sencillo, se esforzaba por ponerle picante y alegría a la actividad. Entonces invitó a la primera conferencista, la profesora Martha Nubia Bello Albarracín, de la Universidad Nacional de Bogotá, Magister en ciencias políticas de la U. de los Andes y directora del informe ¡Basta ya! Colombia: Memorias de guerra y dignidad. Ella, con gran soltura y sin ningún alarde nos paseó por las principales cifras del conflicto armado en Colombia, pero no eran cifras descontextualizadas sino acompañadas de ejemplos vivenciales, de ella misma, de su trabajo social y de su experiencia como investigadora.

La guerra ha sido costosa hasta para los que se lucraron de ella
Martha nos recordó que desde 1958 hasta 2012 la guerra ha provocado por lo menos 220.000 muertes en Colombia, el 82% de ellas son civiles; desde 1985 son 25 mil los desaparecidos y casi 6 millones son ya los desplazados. Entre 1981 y 2012 se perpetraron 16.340 asesinatos selectivos, de los cuales los paramilitares son responsables de 6.275; la fuerza pública y grupos de ultraderecha aliados con cuerpos de seguridad del Estado asesinaron a 1.657, y la guerrilla a 2.745, los demás fueron asesinados por grupos armados no identificados. En San Carlos, municipio del Oriente Antioqueño, por ejemplo, 20 mil de los 25 mil habitantes que tenía el municipio se desplazaron para evitar la muerte que en la mayoría de los casos fue perpetrada en horrendas masacres por los paramilitares entre 1985 y 2010. Las víctimas, según Nubia Bello, “por sobrevivir, no tuvieron tiempo para la tristeza”. Después de su exposición se vinieron decenas de preguntas inteligentes y espontáneas de los jóvenes, ya impactados por lo que escucharon.

Luego subieron al escenario unos chiquillos de no más de 10 años de edad y le pusieron un poco de alegría al ambiente que había dejado la exposición de la cruda realidad de los hechos. El acordeonero cerraba sus ojos y con pasión hacía llorar el instrumento, y ni qué decir del cantante y el guacharaquero.

Este Congreso era otra cosa; yo ya había entrado en calor y por eso hablé como cotorra sobre el papel de los medios en la interpretación del conflicto y del posconflicto. Yo estaba ansioso por dejar huella en los muchachos y muchachas, y era difícil hablar pedagógicamente de algo que le carcome a uno el espíritu. Entre muchas cosas les dije que los dueños de los grandes medios tienen todo que ver en la exacerbación de la violencia, lancé mil ejemplos y la invitación a leer y cultivar su derecho a decir y expresar lo que piensan. Por lo demás, el posconflicto no existe, entonces de ello no hablé.

Después, en el otro descanso, llegó un grupo de adolescentes entre 14 y 16 años, estudiantes todas, con una chirimía y nuevamente el auditorio se levantó, igual que cuando lo hicieron los chiquillos del vallenato; el maestro Sergio de Zubiría, casi se sube a la tarima a bailar. ¿Qué estaba pasando? Un Congreso de filosofía con vallenato y chirimía en los intermedios: ¿Qué forma era esa de digerir la dureza de la realidad que los expositores habían desnudado? Pues era lo que durante 16 años habían construido los quijotes con la complicidad de la juventud estudiantil.

El maestro de Zubiría no ocultaba su felicidad y dio inicio a su exposición haciendo énfasis en que era un placer hablar del papel del arte y la cultura para la paz de Colombia. “Esa diversidad musical, cultural y estética de Colombia será definitiva para la paz… lo que está salvando a América Latina, son los indígenas y campesinos de las sierras altas de Ecuador y Bolivia, es la dimensión estética que han cuidado, la tierra, la naturaleza y la cultura. Y a propósito del grupo musical de mujeres que me antecedió. Walter Benjamín, ese gran filósofo de la catástrofe, ese mismo que prefirió suicidarse antes que permitir su captura a manos de las tropas del fascismo en los Pirineos, lo anunció hace bastante tiempo: "”el siglo XXI tendrá que ser el siglo de las mujeres"”, y lo hizo con un magistral diálogo entre una prostituta y un genio”.

Cierre de lujo
Llegó el cierre del Congreso. De entre la multitud surgieron dos mujeres, lindas, jovencitas, una por cada costado del auditorio hilando un discurso en voz alta, sorprendiendo a todos. Como a manera de complemento de las anteriores ponencias que habían resaltado las problemáticas de las mujeres. “Estoy cansada de ser un ama de casa servil y que la sociedad me admire por ser sumisa, buena cocinera y trabajadora en el hogar…Tal vez quisieran que fuera una mujer puritana obediente a su marido y a las leyes de Dios, mejor dicho que hubiese sido criada y recibido leche del propio pecho de la Virgen María”. Y respondió la otra: “Se escandalizan cuando ven una lesbiana que nunca ha conocido un pene o una puta a la que todos los hombres quieren poseer, pero públicamente aborrecen…”. Las dos llegaron hasta la tarima y allí se encontraron con 4 mujeres más, cada una de ellas con un acompañante detrás. El ama de casa, la lesbiana, la puta y la rezandera asolapada interpretaron situaciones cotidianas en cuestión de dos minutos por cada pareja.

La profundidad del discurso y las expresiones de sus cuerpos generaron en el público una emoción tan poderosa, que de la primera fila saltó un hombre de unos 50 años y dijo: “esto es el colmo, yo tengo a mis hijas acá y me avergüenza lo que están diciendo, ya mismo me retiro de este Congreso y jamás volveré”. Yo estaba asombrado por la calidad histriónica del actor, parecía tan real, mucho más que las chicas; pero cuál fue mi sorpresa cuando el hombre salió bufando como un toro y les dio la orden a unas estudiantes para que se retiraran con él. No era un actor, era un profesor de filosofía del colegio del Pilar de Bucaramanga, que antes había sido cura.

Si las chicas habían logrado una síntesis de las posturas críticas de la jornada y nos habían llamado a la reflexión y al cambio, el profesor, inconscientemente, había completado un cuadro. La realidad se nos estrelló en la cara: supimos entonces que en Colombia hay una tensión entre los espíritus emancipadores y revolucionarios, y los alienados, reaccionarios y godos que expían sus culpas en la oscuridad de una cueva, en donde se creen reyes.

Modificado por última vez el 02/09/2014

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