Memoria y posconflicto en Guatemala

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Gustavo Meoño Brenner es un hombre maduro, sereno y sabio. Tal vez estos atributos se los deba a décadas de lucha revolucionaria en su natal Guatemala. Nació en una familia de clase media pobre, de un padre conductor de transporte público y una madre que se desempeñaba como secretaria. Desde los 17 años Gustavo se involucró en la lucha social y revolucionaria de su país, que se desarrolló desde 1960 hasta noviembre de 1996, año en el que se firmaron los acuerdos de paz entre la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, URNG, y el gobierno de Álvaro Arzú.

En principio lo hizo con un grupo de jóvenes cristianos, inspirados en el ejemplo del sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo, que para la época acababa de morir en combate como miembro del Ejército de Liberación Nacional. Su grupo político y social, El Cráter, no era muy grande; casi todos eran jóvenes estudiantes de colegios católicos, pero también participaban religiosos, y sacerdotes estadounidenses, que trabajaban en regiones del noroccidente de Guatemala, en lugares de extrema pobreza e injusticia en donde la opresión y discriminación contra los indígenas era terrible. “Yo a esa edad no tenía plena conciencia de esos niveles de injusticia que se vivía en Guatemala y particularmente contra los pueblos indígenas; esta situación tan dolorosa me marcó para toda la vida”, comenta Gustavo.

“La Teología de la Liberación aún no se había inventado –continúa–, sin embargo lo que se movía entre nosotros como grupo y los debates con otras asociaciones estaban muy inspirados en el Concilio Vaticano II, y a la muerte de Juan XXIII, vino Pablo VI y le dio seguimiento a través de una encíclica muy importante: la opción preferencial por los pobres, la injusticia como un pecado y la recuperación del mensaje profundo del evangelio a favor de los pobres; la religión no debía estar al servicio de los ricos y poderosos ni del sistema, eso era un verdadero opio. Entonces las noticias y el conocimiento del mensaje de Camilo Torres generaron un impacto muy fuerte porque reforzaron esos conceptos. En esa época llegó a Guatemala el padre Gustavo Gutiérrez, peruano, a quien se le considera el padre de la Teología de la Liberación”.

“Con esas enseñanzas trabajamos en las comunidades indígenas. Palpar la realidad nos fue formando en una postura radical, que nos llevó a entender que los cambios no se podían dar por la vía de reformas o repartiendo aspirinas. Entonces, como dijo Camilo Torres, ante una realidad de injusticia tan profunda y absoluta, a los cristianos y a los revolucionarios les corresponde hacer la revolución. Fuimos confrontados y denunciados por los militares y los ricos de la localidad; aparecimos en una lista, amenazados y condenados a muerte, nos exigían salir del país. Ya existían los escuadrones de la muerte en Guatemala y dado que había en nuestro grupo sacerdotes y religiosos estadounidenses, intervino el superior de la orden y el cardenal Mario Casadiego, que era un hijo de puta reaccionario, y juntos fueron a hablar con el embajador de Estados Unidos y con el ministro de la defensa de ese momento. Nos dieron 72 horas para salir del país. El compromiso era que en esas 72 horas no nos pasaría nada, pero después del plazo no responderían. Por supuesto negaron cualquier vínculo con los escuadrones de la muerte. Entonces salimos para México”.

El año 1968 fue crucial para los procesos revolucionarios del mundo, especialmente para la juventud. El mayo del 68 tuvo gran impacto en México, pues le dio un gran espaldarazo a los procesos sociales y revolucionarios que impulsaban un cambio de sistema, pero también despertó fuertes reacciones contra todo tipo de manifestaciones, como la ocurrida en Tlatelolco en octubre 2 de 1968, en donde fueron masacrados más de 200 estudiantes y huelguistas por el ejército y los grupos paramilitares, con la complacencia del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Allí, en medio de ese ambiente, estuvieron todos los miembros del grupo de Gustavo Meoño y fueron invitados a la conformación de un nuevo grupo revolucionario armado que disputaría el poder en Guatemala.
“En agosto de 1968, El Cráter, en México, más un grupo de revolucionarios que se entrenó en Cuba y otro de intelectuales, escritores y poetas, formados en Leibniz, Alemania, decidimos fundar una nueva organización armada, El Ejército Guerrillero de los Pobres, EGP, de corte guevarista, en donde milité 25 años ininterrumpidos y llegué a la dirección nacional. Mi trabajo se concentró en lo organizativo social o de masas, con sindicatos, asociaciones, etc. Lamentablemente durante los primeros años, las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias, que habían nacido en 1960), el EGP, el MR13 (Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre) y el ORPA, (Organización del Pueblo en Armas), se mantuvieron divididos y solo fue hasta febrero 7 de 1982 que se dio un proceso de unidad guerrillera y se constituyó la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, URNG, la misma que inició negociaciones y firmó la paz en 1996. Actualmente es un partido político, muy marginal. Esa es la parte triste de la historia”

“Yo renuncié a la dirección en 1993, después de 25 años de militancia, justamente por desacuerdos con ciertas posiciones de mi organización y de la URNG. Había un doble discurso en la guerrilla: por un lado en la mesa se discutían reformas, cambios y salidas tibias para la sociedad, y ante la militancia se sostenía un discurso radical, de toma del poder. Las reivindicaciones de las organizaciones de masas no se respetaron, era una negociación cupular. El tema de los refugiados, que eran más de 200 mil en México, se manejó con cálculo político e interés económico, no con sentido humanitario. Y algo muy grave, para mí, fue que en la mesa de negociación se aceptó que los militares se hicieran representar por generales activos y otros de alto rango retirados, o sea los militares no se sometían al poder civil, al ejecutivo, al presidente. Yo me opuse. Las negociaciones, para alcanzar el “acuerdo de paz firme y duradera”, duraron 10 años. Mi renuncia significó un gran dolor, una desgarradura”

Posconflicto en Guatemala
“En 1994 me fui a trabajar con Rigoberta Menchú, con quien tenía una gran amistad y a quien yo había acercado a la propuesta política insurgente. Aún no se había firmado la paz. Durante 11 años dirigí la fundación Rigoberta Menchú y allí fue que me dediqué a trabajar todos estos temas de lucha contra la impunidad, derechos humanos, memoria, etc. En el 94 me tocó liderar el esfuerzo para que las organizaciones sociales fueran escuchadas por la insurgencia. En principio no fue visto con buenos ojos por los integrantes de la mesa de negociación, pero terminaron dándose cuenta que eso les daba mucha legitimidad a ellos y a los acuerdos de paz y aceptaron; ese proceso retardó la firma de los acuerdos por dos años, porque se llevaron a cabo decenas de reuniones de 200 o más personas, en diferentes países amigos. Aunque fue complejo, se buscó una metodología: trabajar a partir de un documento único con demandas y propuestas de las organizaciones, que facilitó e hizo provechoso el ejercicio porque abordó el problema social y no solamente el tema del desarme. Claro está que lo que no se logró en 36 años de guerra no se iba a conseguir en una mesa, pero sí dejaba abierto el camino a nuevas formas organizativas de lucha social. Otra cosa es que eso no se haya alcanzado”.

“Una vez se dio el acuerdo, me dediqué a fortalecer la lucha contra la impunidad. Eso me vinculó a las víctimas y al tema de la Memoria. En el año 2005 se encontró el archivo histórico de la policía. Fue un descubrimiento fortuito, una cosa increíble que en un país como Guatemala se encontrara un archivo de esa magnitud: 80 millones de folios, la historia completa de la policía nacional desde su fundación en el siglo XIX, 115 años, hasta su disolución en el año 1997, para darle paso a la nueva policía nacional civil. Nos presentamos como fundación con otras organizaciones de derechos humanos, en el lugar donde se había encontrado el archivo y nos declaramos en vigilia permanente para proteger el hallazgo y para que nadie fuera a destruirlo. Entonces desde la procuraduría de DH me propusieron hacerme cargo de este proceso porque se necesitaba alguien capaz de resistir lo que se podía venir”.
“Es un archivo administrativo que contiene todo lo que hacía a diario la institución. Ya llevamos 17 millones de folios digitalizados. 12 millones de ellos están en internet con acceso irrestricto, gracias a un convenio con la universidad de Texas y a sus poderosos servidores; con recursos propios hubiera sido imposible. Ya han servido para miles de consultas principalmente de las familias de las víctimas de desaparición forzada y para el ministerio público en su labor de búsqueda para la investigación criminal y la persecución penal en casos de violaciones de derechos humanos en la época del conflicto armado. No hay información sobre masacres rurales porque eso era propio del Ejército. Pero, aunque los documentos no dicen textualmente lo que los policías les hicieron a las víctimas, sí dejan clara la detención, la hora, el lugar, los reportes de inteligencia a los militares, los seguimientos, la captura de una persona que jamás volvió a aparecer; han sido de gran valor para la antropología forense. La tecnología y las técnicas modernas se apoyan y complementan con los archivos encontrados. Luchar por la verdad, la justicia, la reparación y contra la impunidad, sigue siendo hoy, 18 años después, una labor que al Estado no le interesa, por eso está en nuestras manos”.

Guatemala hoy
Del Informe de Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI), se desprende que el saldo al final del conflicto guatemalteco supera la cifra de 200 mil muertos, 45 mil desaparecidos y 100 mil desplazados, la mayoría de ellos en el occidente del país. En Guatemala aún persisten las escuelas del terror; a los sobrevivientes de la guerra les obligaron a formar parte de las patrullas de autodefensa civil; en un país de 8 ó 9 millones de habitantes, más de un millón, casi el 13% de la población, se dedicaron a tareas contrainsurgentes. Todo eso ha desgarrado el tejido social. Guatemala es hoy un país dividido, desarticulado, confrontado, con un poder muy grande de los militares, con un presidente que es un general retirado del ejército y con una izquierda casi inexistente y sin ninguna posibilidad de llegar al poder por la vía institucional.

 

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