El diente de doña Rosa

Dentista

Entendía que si llegaba antes de la hora para la cual me habían dado la cita odontológica, era posible que me atendieran rápidamente; pero no sucedió, lo que asumí con tranquilidad porque sabía a qué atenerme. Una vez registrado en recepción, esperé, pero pasaron diez minutos después de la hora establecida y nada - llevaba allí cuarenta minutos ya-. Veinte minutos más y nada que escuchaba mi nombre. Esa situación me exasperaba. Con todo, no había reclamado aún, pues estaba inmerso escuchando el relato de una situación más delicada que la mía.

Estaba allí esperando una limpieza dental, la cual tenían que hacerme antes de atender una caries que me descubrieron un mes antes. A mi lado se hallaba una señora, si mal no recuerdo, se llama Rosa, con su esposo que la acompañaba. Su problema había comenzado quince días antes, durante un fin de semana, cuando se le inflamó la encía y el dolor se hizo insoportable. Fue donde un odontólogo del barrio, que la atendió para desinflamársela y aminorar el dolor. Pero le recomendó que pidiera lo más pronto posible una cita odontológica a la EPS (o sea, a la Nueva EPS, y deduzco que la IPS es CEMEV, las mismas donde estoy afiliado). La cita se la dieron para cuatro días después, a la que ella asistió cumplidamente; el odontólogo que la revisó le afirmó que tenía que hacerle un tratamiento, y sin realizar ningún procedimiento (y sin más explicaciones) le dio una nueva cita para atenderla quince días más tarde.

Tres días después de estos avatares, la señora tuvo que regresar al consultorio esperando que quienes “saben” del tema, o sea, los “profesionales” de la salud oral, le pudieran resolver su problema, que había empeorado o tal vez se había resuelto, eso depende del punto de vista de quien lo analice. En sus manos, dentro de un pequeño pañuelo, traía su diente; se le cayó mientras se lavaba la boca.

Por fin escuché que me llamaron para ingresar al consultorio, media hora después de la hora establecida. De no haber reclamado a las señoras de recepción, pudo ser mucho más el tiempo de espera, todo por el hecho que la odontóloga que debía atenderme no tenía dentro de su registro mi nombre, lo cual excusaron fácilmente con la manida frase: "problemas del sistema". Una vez salí del consultorio, no había ni rastro de doña Rosa y su esposo.

Para muchos esta es una situación cotidiana y por lo tanto “normal". Nos acostumbramos a los vejámenes que esta sociedad produce por millones cada día y por ello los aceptamos como hechos “normales”. Pero no podemos acostumbrarnos a nuestras desgracias, pues las desgracias de pocos son las mismas de las mayorías. No podemos caer en las redes del viejo refrán: “mal de muchos, consuelo de tontos”. Debemos, tenemos que trascender, pero hay que hacerlo juntos, no de manera individual, pues de lo contrario nunca podremos superar las causas que generan tan denigrantes “normalidades”.

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Jorge Álvarez

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