La guerra y la paz son decisiones humanas

Rigoberta Menchú, indígena guatemalteca, premio nobel de paz en 1992, fue la invitada especial a la celebración de los setenta años de la Universidad del Tolima, en Ibagué, este 12 de marzo. También en una breve y exclusiva entrevista con Periferia reflexionó sobre los acuerdos de paz y el pos acuerdo en Colombia frente a la experiencia en Guatemala.

 

 

Algunos consejos para el proceso colombiano

“La paz que se está discutiendo en la Habana no debe ser ajena a usted, es un asunto de todos, es una agenda en donde está incluida toda la problemática que aqueja a la sociedad. Y debe ser una agenda a largo plazo, porque es posible que lleguen a un acuerdo, pero la agenda global la hacen las políticas públicas, por ejemplo legislación para las minorías, salud y educación gratuita y de calidad para todos y todas…”. Estas fueron las primeras palabras de Rigoberta ante más de 800 personas. 

De su conferencia en general, podemos destacar varios aspectos: uno, la paz no es el silencio de los fusiles, aunque reducir la inversión en armas y lograr cese al fuego entre las partes aporta mucho; dos, es fundamental la participación de la sociedad en la apropiación del proceso de paz y especialmente en sus contenidos; tres, el pueblo debe participar en la construcción de una agenda global con propuestas de cambios estructurales; cuatro, la verdad es esencial para la recuperación de la memoria y la reparación moral y material de las víctimas del conflicto armado; cinco, el sensacionalismo de la prensa no le hace bien a los procesos de paz; seis, el tema de reconciliación tiene matices, hay que buscar casos paradigmáticos, las grandes violaciones que atentan contra el sistema global de derechos humanos no pueden ni deben ser amnistiadas, deben ser bien investigadas, llegar a juicios y penas. 

Frente al tema de reconciliación, Rigoberta es enfática: “Borrón y cuenta nueva no. Porque uno se reconcilia con el que ha tenido una diferencia, una disputa; me reconcilio con mi hermano, se reconcilian entre dos armados, en fin, entre iguales. Pero cuando yo ni siquiera conozco al otro y este otro me causó daño, me asesinó a mi familia, me la quemó, la torturó, yo no tengo nada que reconciliar con él. Las violaciones a derechos humanos no deben ser amnistiables, porque no tienen ninguna justificación. ¿Cómo va a tener justificación que un actor armado viole, asesine con sevicia, queme, torture a otro más débil? La paz es borrón y cuenta nueva solo  para los que no tienen seres queridos desaparecidos, masacrados o familiares en fosas comunes”.

Otro elemento que la premio nobel criticó fue la banalización del perdón: “no se puede cometer el mismo error que se cometió en muchos países, en Salvador, Guatemala, etc. O como hizo el papa Juan Pablo Segundo, que pidió perdón en nombre de la Iglesia por todos sus crímenes históricos. Ahora los victimarios piden perdón en un campo de fútbol, le piden perdón a todos y eso no sirve para nada. Se debe hacer desde una perspectiva más sensible, más directa y con todo el ánimo de reparar, resarcir el daño hecho. La palabra la tiene la verdad legítima de las víctimas”

La guerra y la paz están en nuestras manos

Bajo el mandato de Fernando Romeo Lucas García, el 31 de enero de 1980, el padre de Rigoberta fue quemado vivo junto con 36 personas más dentro de la embajada de España. En otras circunstancias los militares torturaron a su madre, fusilaron a un hermano, quemaron vivo al otro y mataron a uno de sus cuñados. No obstante, considera que el valor de su historia de vida está en que ella hizo no solo una reivindicación como víctima sino que se propuso ser protagonista de una salida colectiva. “… lo que yo hice fue convertir mi lucha en una reivindicación colectiva, acudimos a los tribunales y ganamos juicios, logramos tipificar los delitos de etnocidio, feminicidio, genocidio y ecocidio. Lo más importante es tener un pie en la realidad y uno en los sueños de paz que queremos. Hay ejemplos de resarcimiento en Latinoamérica que no es solo económico, aunque está bien que lo sea. Yo era una niña de 15 años cuando me dejaron sola y no tenía como sobrevivir, entonces me toco aguantar mucho y eso cuesta y se debe pagar”. 

En Guatemala, el acuerdo de paz “firme y duradera” que se firmó en diciembre de 1996, tras 34 años de guerra (1962-1996), y que le costó la vida a cerca de 200 mil personas, la mayoría indígenas y campesinos, aún no  está construida, le falta reconocer la verdad y dársela a las víctimas de manera legítima, para que ellos sientan que se les dignificó la memoria. Las nuevas generaciones que no vivieron el conflicto armado ven el tema como algo lejano y ajeno. 

“La situación social en Guatemala está igual en algunos casos y peor en otros -expresa Rigoberta-. Definitivamente ahora no tenemos el conflicto armado como pretexto, pero sí otras violencias, más de un millón de armas están en manos de supuestos civiles. Hay que decir que por más acuerdos de paz que se hayan dado, en Guatemala la oligarquía no está dispuesta a compartir la rentabilidad de los bienes naturales. La política es perversa, los que manejan el poder político tienen un buen discurso sobre la paz y la integralidad y diversidad de los pueblos, pero en la práctica la situación de pobreza y desigualdad social continúan, los indicadores de desnutrición crónica, pobreza y hambre no han variado, por el contrario aumentan, porque la población se incrementó, ahora somos 14 millones. En los años del conflicto armado éramos menos. Pero la firma de los acuerdos no tiene la culpa de que no haya paz, la tiene el poder real y las manos en las cuales se concentra ese poder”.

“Yo creo - continúa Rigoberta - que nadie se puede autoengañar, o hay voluntad para terminar un conflicto armado o no la hay. Las guerras y los acuerdos de paz, no son decisiones de una máquina, son decisiones de los seres humanos; por eso todos tenemos que involucrarnos, tomar nuestras propias decisiones. Lo que hay es que dar una mejor vida a la población y eso requiere una voluntad política, el sector que debe cambiar su perspectiva de desarrollo es el sector empresarial, los que manejan la economía del país. Para mí la guerra tiene mucho que ver con la parte económica, y la paz también. No soy economista, pero soy consciente de que si no se destina presupuesto, por ejemplo, para hacer una escuela ésta no se va a hacer, y si, en cambio, esa plata se la roban o la usan para otra cosa, esto genera guerra, conflicto, así no sea armado”. 

Según Rigoberta, los empresarios tienen en sus manos la salida, plantear una alternativa de desarrollo que les sirva a ellos y a la sociedad. “El pueblo paga la seguridad de los empresarios, ellos hacen negocios en tiempos de guerra o de paz. Por eso las estructuras de la economía y su enfoque están en manos de quienes toman las decisiones y si eso no cambia va a existir mucha controversia y la paz nunca llegará. Por eso también el pueblo debe decidirse a participar de las transformaciones de su propia realidad”.

Modificado por última vez el 04/06/2015

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