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Estados Unidos y Colombia decididos ir a la guerra contra Venezuela

Desde la llegada de la Revolución Bolivariana al poder en 1998 los Estados Unidos han tenido como prioridad, en América Latina, la dominación de Venezuela. En los primeros años de gobierno del comandante Hugo Chávez, este intento de dominación fue por la vía diplomática y política, cosa que hasta 2001 lograron. En esos años, Chávez fue incluso recibido en la Casa Blanca por Bill Clinton, y el acoso por parte de los medios de comunicación fue casi nulo. En el 2001 ocurrió el primer gran quiebre, cuando desde el Gobierno venezolano se decidieron promulgar 49 leyes habilitantes, pues muchas de ellas amenazaban el statu quo de poderosos grupos económicos que dominaban, y aún dominan, la tenencia de la tierra.

A partir de dicho momento Chávez y la revolución bolivariana comenzaron a ser satanizados. Esta satanización se incrementaba conforme el Gobierno bolivariano incluía a los históricamente excluidos, entre ellos millones de colombianos que habían huido de la guerra y la violencia. Chávez era un mal ejemplo, se acercaba a las masas empobrecidas de una forma casi religiosa mientras se alejaba de las élites nacionales y transnacionales.

Aunque no hay pruebas que lo demuestren, es muy factible que Estados Unidos haya asesinado a Hugo Chávez. La inusual intensidad y rapidez del cáncer que lo atacó y la importancia estratégica que tenía para el imperialismo sacar del juego una ficha esencial en el ajedrez, para recomponer fuerzas en una región que amenazaba con salírsele de las manos, da para pensar que el aparato tecnológico-militar actuó de manera letal.

Las relaciones entre Colombia y Venezuela con los gobiernos de Pastrana, Uribe y Santos habían tenido una actitud con muchos altibajos que se podría generalizar como distanciada de Venezuela, donde tal vez el punto más álgido o cercano a la situación actual fue aquella declaración, en agosto de 2012, donde Uribe, a pocos días de haber entregado el poder, dijo ante un nutrido grupo de periodistas que “le había faltado tiempo” para bombardear Venezuela. Chávez, como siempre muy inteligente en su manejo ante las tendenciosas preguntas de los medios y ante las crisis, le respondió al saliente Uribe que lo que le había hecho falta era cojones.

En realidad Uribe no bombardeó territorio venezolano porque las condiciones no estaban dadas: la Revolución Bolivariana contaba con pleno apoyo del grueso de países latinoamericanos; a nivel interno, Chávez tenía un respaldo gigantesco que parecía no desgastarse; y los Estados Unidos, en manos de la administración Obama, aun queriendo derrocarle, no dieron el beneplácito para tal locura, pues sabían de primera mano la convalecencia del líder bolivariano y que, por ello, no era el momento de atacar, y menos por la vía militar.

Para 2019 el escenario geopolítico es totalmente diferente al de hace escasos siete años. La situación económica en Venezuela es muy compleja, las otrora abultadas arcas del tesoro nacional son insuficientes para cubrir las demandas del país, y el apoyo popular a la revolución no es el mismo, pues el desgaste de los años de gobierno, los indiscutibles errores cometidos y la desconexión entre lo que opinan en los medios muchos de los dirigentes y lo que realmente siente el pueblo, ha terminado por desmovilizar a amplios sectores que a pesar de todo continúan siendo revolucionarios o por lo menos no apoyan ni apoyarán un plan de intervención militar.

En el plano internacional, la revolución se encuentra acorralada, la correlación de fuerzas en el continente ha cambiado, el grueso de países que lo apoyaban ya no lo hacen, en unos por golpes de Estado, auspiciados por Estados Unidos, y en otros por errores tácticos como los de Argentina o Ecuador. Los gobiernos que lo apoyan se encuentran de igual forma acosados por Donald Trump y su grupo de halcones (Marco Rubio, Mike Pence, Mike Pompeo), el Grupo de Lima y el Secretario general de la OEA. Mientras todo esto ocurre, la UNASUR (acéfala sin presidente), la CELAC y hasta el ALBA están prácticamente acabados.

Las sanciones económicas de Estados Unidos y otros países, el permanente desangre a la economía a través del contrabando, la dependencia casi total a la inestable renta petrolera, y la violencia auspiciada por las autoridades venezolanas, tienen en jaque no solo las finanzas sino el futuro del país. No obstante, aún con todas estas variables en contra, el término “ayuda humanitaria” resulta ridículo para Venezuela.

La guinda en el pastel la puso la llegada al poder del presidente, para algunos sub-presidente, Iván Duque, quien desde el primer momento ha manifestado querer seguir la agenda guerrerista que traía Uribe, esta vez con el beneplácito y la dirección de los Estados Unidos, quien le está dando el triste papel a Colombia de ser el centro de operaciones de una ofensiva que de seguro le podría convertir en escenario principal del conflicto.

La escalada violenta contra Venezuela ha llegado a un punto en el que, contra toda lógica constitucional, han reconocido a un gobierno imaginario y de facto, con un presidente autoproclamado que se basa en unos artículos de la Constitución venezolana que fijan para este 23 de febrero el plazo para convocar a elecciones (suponiendo que en realidad hubiese un “vacío de poder” como él lo asegura). Pero además de eso, desde la Casa de Nariño se está a un paso de, no solo apoyar, sino iniciar una invasión militar a Venezuela.

Pero fue precisamente el 23 de febrero el día en que se pretendió violar la soberanía territorial de Venezuela. Para ello se prestaron los medios de comunicación, que pretendieron justificar la intervención militar. Las redes sociales de personajes macabros como Mike Pence o Marco Rubio dan cuenta de ello, y el usurpador Juan Guaidó decía un par de días antes, sin siquiera inmutarse, que los muertos que podrían haber “no eran un costo sino una inversión”.

La “ayuda humanitaria”, no reconocida como tal por la propia Cruz Roja Internacional y la ONU, se pretendía ingresar por Curacao, Brasil y Colombia. Los dos primeros fueron, dentro de lo que cabe, respetuosos. Curacao manifestó que no permitiría el envío de la “ayuda” sin la autorización expresa del Gobierno legítimamente electo. Brasil evitó tratar de traspasar la frontera con Venezuela. Pero Colombia no solo se dio al atrevimiento de traspasar la frontera, sino que se prestó para que desde Estados Unidos se movilizaran tropas que se apostaron, de manera amenazante, en plena línea territorial. Duque no se conformó con esto, sino que de manera descarada promovió, con el apoyo de los medios, la deserción de militares venezolanos.

A pesar de todo ese grosero y penoso papel, de perro de la guerra, que viene jugando la administración Duque, el Gobierno venezolano fue lo suficiente inteligente como para no caer en el juego. Venezuela tiene a esta hora más que motivos suficientes para haber respondido militarmente a Colombia. ¿Se imaginan a Francia haciendo semejante provocación contra España en apoyo a Cataluña, o a Egipto azuzando a los Palestinos en contra de Israel? ¿Cuál habría sido la respuesta de estos dos países?

Sin embargo, los revolucionarios sabemos que un conflicto bélico entre Colombia y Venezuela sería catastrófico, el subpresidente Duque envalentonado por el apoyo de Trump no ha medido las consecuencias de ello. Poblaciones como Cúcuta, Bucaramanga y Arauca serían lugares de combate. La Fuerza Armada Bolivariana tiene equipos y armamento que el Ejército de Colombia no tiene, la aviación venezolana supera, en por lo menos 10 veces, la aviación colombiana. Diosdado Cabello ha mencionado que una fuerza invasora entrará fácilmente a territorio venezolano, pero muy difícilmente podrá salir. Los muertos se contarían en miles sin importar la nacionalidad. Ambos pueblos quedaríamos arrasados, desolados y con heridas muy profundas que costaría muchos años sanar. Latinoamérica se convertiría en un hervidero.

A pesar del rotundo fracaso del desolado concierto Venezuela Aid Live y de no haber podido sacar del poder al presidente Maduro, los halcones de la guerra de Trump seguirán buscando la ruta que le garantice apropiarse de las enormes riquezas minerales y acuíferas, (solo en petróleo, diamantes, oro, gas y coltán Venezuela posee reservas valoradas en 58,8 billones de dólares, es decir, tres veces el PIB de los Estados Unidos), y sentar un precedente para todo aquel que en la región ose “portarse mal”. Duque continuará siguiendo las órdenes de Washington, y para ello permitirá la instalación, adiestramiento y preparación del ejército mercenario que creen que invadirá Venezuela.

Guaidó, ahora radicado en Colombia, manifestó la misma tarde del 23 de febrero, en un papel radicalmente rastrero pocas veces visto en el mundo, que pedirá la intervención militar para su propio país, porque sabe que ha venido perdiendo apoyo popular, lo que amenaza con desinflarlo en unas pocas semanas. No es casual que la Cancillería rusa haya denunciado el envío de armamento de combate, proveniente de Polonia, de parte de EEUU para Colombia.

Los medios de comunicación, los dirigentes políticos y hasta los jefes de Estado, están fomentando la división dentro de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. El 23 de febrero se observó por los medios el recibimiento como “héroes” de los militares desertores, sin embargo, los resultados fueron escasos: se cree que no más de 25 efectivos, aunque en Colombia hablan de 60, entre policías y militares, la mayoría jóvenes soldados que cayeron en la trampa y se asustaron de lo que parecía una inminente invasión. Es tal el desespero que el propio Trump ha manifestado que deportará a los familiares de miembros de la Fuerza Armada Venezolana que vivan en los Estados Unidos.

Nos corresponde a los pueblos hermanos de Colombia y Venezuela mantenernos alertas, movilizados en las calles. La urgencia de la situación reclama la participación activa y la solidaridad de los movimientos populares colombianos, para evitar que desde allí se siga labrando el camino que convierta la frontera entre Norte de Santander y Táchira en un nuevo Alepo sirio o un nuevo Bengasí libio.

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Acerca del Autor

Oscar Javier Forero