Una mañana como hoy

Hace 23 años, un treinta de septiembre, un comando integrado por jóvenes pertenecientes al M-19 cayó asesinado por los agentes del Estado, en un operativo donde recuperó un carro de leche y otro de víveres para repartir estos productos entre los habitantes de los barrios Malvinas y San Martín de Loba en el sur oriente de Bogotá. Hoy, tantos años después, cuando asistimos a una época donde todavía el hambre azota a los sectores populares que no splo son pobres, desempleados, desplazados y perseguidos, sino que son amenazados con la noticia de que 920.000.000 de personas en el mundo sufren hambre y que esta cifra crecerá, bien vale la pena recordar los nombres de estos luchadores caídos y hacer memoria de sus vidas. Son ellos y ellas:

 

1. Francisca Irene Rodríguez Mendoza
2. Alberto Aguirre Gutiérrez
3. Yolanda Guzmán Ortiz
4. Jesús Fernando Fajardo Cifuentes
5. Isabel Cristina Muñoz
6. Arturo Ribón Gavilán
7. Javier Bejarano
8. Luis Antonio Huertas Puerto
9. Jesús Hernando Cruz Herrera
10. José Alfonso Porras Gil
11. Martín Quintero Santana

Debemos hacer conciencia de que es posible un mundo sin este flagelo y que este mundo se construye con nuestro trabajo, con el compromiso de todos y todas.

Ese lunes amaneció oscuro y frío. La noche había sido atravesada por llantos de niño. Mal presagio según los supersticiosos. La última instrucción había terminado pasada la medianoche y la mirada de Sara, hecha interrogante, quedaría, para siempre, rondando en aquel ambiente. Serían quince participando en la acción, pero no dormirían más de tres ó cuatro por rancho. Una pareja caminó, con la espalda coloreada por los primeros rayos, desde la cafetería de la loma que conduce a las Malvinas desde Guacamayas, para confirmar la ruta del camión, y se deslizó, caminando rápido, casi disparada, por entre las casas que dan hacia la calle que baja, al otro lado, mirando hacia la montaña, donde algunos malvinenses amanecían con un tinto.

Otra pareja había tomado ya el control de la cabina, del conductor y el ayudante, y aquellos ocuparon la carrocería formada por un gran cajón metálico. El contenido: 5.000 bolsas de leche, según detalles entregados por el conductor para el proceso por hurto calificado. Los corazones latían a ritmo desacostumbrado para ser un lunes tan temprano. El camión resbaló por lo menos diez metros y se frenó con estruendo en una nata de barro; las puertas del cajón trasero, de par en par, dejaron apreciar a los madrugadores, a dos sujetos saltando, amenazados de cerca por 50 cajas repletas de bolsas despedidas con violencia; es posible que sus armas cortas y sus pañoletas de colores llamaran la atención, pero era indiferente, las lluvias de la noche habían determinado que todo ocurriría allí.

Dos hombres, la primera pareja, corrieron como locos, avisando en todas las esquinas que había que moverse por lo menos medio barrio y regresaron exhaustos cuando todo había comenzado y era un solo correr rugiente de ríos de familias avanzando por el piso de tierra, con sus gritos, por lo suyo: ¡ El M-19 está repartiendo leche!, se invitaba a voz en cuello, en aquel fragor, algo primitivo, bastante primitivo, muy cercano a lo humano, mucho de emoción y de alegría y algo de reclamo por la demora, desde la última ocasión…Aquellos llegaron con el camión hasta la explanada de las Malvinas que une el segundo y el tercer sector; mejor lugar no se había podido encontrar, desde allí se veía media ciudad y hacia allí podía ver, también, media ciudad. Dos hombres multiplicaban sus manos, dentro del camión, para entregarlo todo a quienes seguían llegando a este rito insurgente de justicia social, enmarcado en medio de gritos, empujones y reclamos.

Fue cuando sonaron los primeros disparos. Un hombre, con un brazalete de colores, se arrodillaba como defendiendo el camión y todo lo que allí sucedía, frente a dos agentes de la policía que, con dificultad, recostaron sus motos contra las paredes del callejón a media cuadra de distancia. Los siguientes 20 minutos se hundieron en un manto de silencio, tal vez real, por el vacío de los disparos que crearon una nueva situación; tal vez irreal, por el ansia de desocupar aquel camión hasta la última gota, ansia colectiva que los hizo sordos de oídos y de miedo. El tiempo volaba y la orden no se hizo esperar para reunirse y evaluar el presente y el destino. Estamos rodeados, no cabe duda, es el resumen de la reunión. Miraron hacia abajo a decenas de hombres con radios, que conversaban, caminaban y los miraban, con sus cuellos doblados hacia arriba, como viendo algo curioso.

Aquel encuentro del grupo, el último, pudo durar un siglo y atravesar las paredes de la memoria hasta encontrarse con momentos culminantes de la vida y de los sueños, del miedo y de la voluntad, acaecidos mucho antes; o pudo durar un segundo, y estamos confundidos; un segundo para sentirse cerca o, apenas, lo suficiente para mirarse y presentir que algo trascendente estaba por suceder. Todos estaban allí. Y juntaron el sudor y la tensión, el cansancio y la incertidumbre, las ganas, sin saberlo plenamente, por última vez, si es verdad que vida no hay sino una; otra vez más, si pensamos que la vida puede suceder como ese camino que vamos hilando hacia algo que no sabemos con certeza qué pueda ser. En todo caso, tendríamos que afirmar, que allí, en ese momento, se fundieron quince corazones, valientes y decididos, en sus expectativas, en su juventud cercana a la niñez, en sus intenciones de pelear por mejorar la vida; corazones ultimados minutos después, como símbolo crudo del escarmiento mayor.

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Jorge Garcia

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