Medios para el Fascismo

Entre el martes 30 de septiembre y el domingo 5 de octubre, los medios masivos de comunicación, especialmente la televisión, pretendieron paralizar al país por el secuestro y posterior asesinato del niño Luís Santiago a manos de su propio padre. Aunque el hecho es ciertamente atroz, conociendo el carácter manipulador de estos medios y la indiferencia con que habitualmente han tratado los salvajes asesinatos de muchos niños a manos de la propia fuerza pública y los paramilitares es obligada la pregunta: ¿Acaso hubo un despertar súbito y general de la sensibilidad de los medios por la situación de los niños en Colombia? ¿O en su afán manipulador están invocando la sensiblería de la gente con otros propósitos más viles? Todo parece indicar que esta última es la posibilidad más real.

Justo 15 días antes del caso de Luís Santiago, catalogado por los medios masivos como una tragedia nacional, se cumplían 8 años de la vil masacre de Pueblo Rico, en donde el ejército nacional disparó indiscriminadamente durante más de cuarenta minutos contra un grupo de niños de escuela, entre seis y diez años, que realizaban un paseo ecológico. En este hecho fueron asesinados seis infantes (cuatro niños y dos niñas) e hirieron a dos niñas y dos niños más. En su momento, los medios de comunicación no solo no intentaron sensibilizar al país, sino que encubrieron el hecho resaltando solo la versión de los oficiales asesinos, quienes aseguraban haber respondido a un ataque guerrillero.

Tampoco intentaron los medios promover la sensibilidad de los colombianos ante la masacre cometida por los paramilitares y el ejército nacional el 21 de febrero de 2005 en San José de Apartadó, en donde, junto a cinco adultos, fueron asesinados tres niños, uno de ellos de solo 18 meses. Los otros dos, una niña de cinco años y su hermano de seis, fueron picados a machete delante de sus padres, supuestamente para impedir que se volvieran guerrilleros en el futuro. Pero a pesar de la crueldad de los hechos, a juicio de los grandes medios no eran tan importantes como para generar una conmoción nacional. De hecho, más bien se dedicaron a difundir las versiones de los oficiales del ejército, e incluso las temerarias declaraciones del presidente Álvaro Uribe en las que de alguna manera justificaba la masacre señalando a la comunidad de paz como un refugio de guerrilleros.

A estos, que son apenas dos ejemplos entre muchos, tendríamos que agregar lo que sucede hoy en la comuna trece de Medellín, donde los niños son arrancados de las faldas de sus madres por las bandas paramilitares, antes incluso de cumplir los 9 años. Los convierten en asesinos y drogadictos con la complicidad y el apoyo de la fuerza pública, formando así una cadena de descomposición y muerte en los barrios más pobres de la ciudad. Y a pesar de que esta es una práctica ya sistemática, no ha logrado conmover a los dueños de la gran prensa, tan preocupada de golpe por los derechos de los niños.

¿Qué es lo que buscan entonces los medios masivos con este nuevo espectáculo? A nuestro juicio hay dos propósitos fundamentales, ambos encaminados a afianzar un gobierno y una práctica de poder fascista en el país, proyectada en el mediano plazo. Por un lado, quieren los medios acallar, con el ruido espectacular en torno al asesinato de Luís Santiago, una serie de denuncias sobre prácticas que vienen desarrollando el gobierno y la ultraderecha para afianzar un régimen autoritario y fascista.

Entre ellas podemos mencionar el informe que esa misma semana presentaba el Observatorio de la Coordinación Colombia Europa en el que mostraba un incremento alarmante de las Ejecuciones Extrajudiciales en lo que va del gobierno de Álvaro Uribe, 1.112 casos registrados entre el 2002 y el 2007. Y como para corroborar esta realidad, se empezaba a conocer el caso de un grupo de jóvenes desaparecidos en Soacha, Cundinamarca, y luego encontrados en fosas comunes en Ocaña, a muchísimos kilómetros de distancia, donde fueron presentados por las autoridades como muertos en combate al día siguiente de su desaparición. Esto deja ver como el actual gobierno ha asumido definitivamente la práctica de las ejecuciones extra judiciales como una de las estrategias privilegiadas en su lucha por desarticular las organizaciones sociales, disfrazada de lucha contrainsurgente. La situación es tan grave que la misma fiscalía tuvo que reconocer que los casos similares ocurridos este año son más de 100.

A este horror  habría que sumarle la estrategia de “limpieza social” que está desplegando la fuerza pública en las grandes ciudades, al mejor estilo fascista: desapareciendo los indigentes de las calles, que luego aparecen en cualquier fosa común reportados por las autoridades como muertos en combate. Algunas denuncias aseguran que la estrategia contempla compensaciones para los soldados entre las que destacan una licencia por cada cinco asesinatos de este tipo por mes. Sin embargo, estos hechos pasaron casi inadvertidos en los medios precisamente porque todas sus cámaras y pantallas estaban ocupadas con el espectáculo de Luis Santiago.

Pero lo peor no es siquiera lo que pretenden ocultar los medios sino lo que quieren promover: a través de este espectáculo los medios masivos han querido crear la atmósfera de simpatía pública para que se instaure en Colombia la cadena perpetua o pena de muerte, que de hecho ya está establecida por el propio estado en las ejecuciones extrajudiciales. Los periodistas sobre todo se veían muy insistentes preguntándole a la gente del común cuál era la pena que merecía el asesino del niño, como si fuera esta la forma más expedita para reformar el código penal. La respuesta tenía que ser obvia después de toda la campaña mediática que se ha hecho por legitimar la iniciativa promovida por cierta élite capitalina, con la recolección de firmas para promover un referendo a favor de la cadena perpetua, a raíz del incremento de violaciones a menores.

Lo de los niños es en realidad una disculpa que queda ilustrada con el silencio, la indiferencia e incluso la complicidad de los mismos medios masivos frente a los actos de crueldad y barbarie cometidos contra los niños por el propio estado a través de sus fuerzas legales e ilegales. Así que el propósito real es la promoción de la cadena perpetua – y si se puede la pena de muerte- a secas. Y la idea es irla extendiendo hacia  otras prácticas delictivas sobre las que se pueda incentivar igual sensiblería. Ya el mismo Fiscal General ha propuesto que tal castigo se extienda a los secuestradores. Y no es difícil advertir que con los mismos argumentos empezará a legitimarse su aplicación contra todos aquellos actos que el estado considere “terroristas” y poco a poco se convertirá en el arma privilegiada para combatir la oposición política.

El caso no ilustra solo la doble moral de la élite colombiana. Lo más preocupante es la forma de legislar que empieza a ponerse de moda, al servicio de la élite gobernante. Hoy en Colombia, apelando a la fórmula del fascismo desplegada magistralmente por Musolini y Hitler, la legislación desecha el escenario del debate público en el Senado y apela al sentimiento directo del pueblo, manipulado previamente por los medios de comunicación a favor de los intereses particulares de la élite y sus gobernantes. Esta es la columna vertebral de una dictadura populista, que pretende traslapar la voluntad del gobierno bajo el manto de voluntad del pueblo. Precisamente sobre esta columna se acaba de instaurar, de la forma más burda y descarada, un Estado de Conmoción Interior para darle facultades extraordinarias al gobierno en el manejo del orden público. Aunque la medida tiene como única disculpa un paro de la rama judicial, fue con antelación promovida, casi exigida por los medios masivos en el mismo cubrimiento que hicieron del paro.. Y es que con la propaganda de los medios masivos servida, la racionalidad no es necesaria, cualquier cosa es disculpa para acabar de darle forma a este régimen autoritario y fascista.

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