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Mucho gusto mi nombre es Búfalo

 

Qué sorpresa me llevé. Bueno, entre sorpresa, susto y rabia. Estaba esperando en medio de la autopista Medellín – Bogotá a una compañera para que fuéramos a Cocorná a compartir una conversación con los campesinos sobre los planes departamentales de agua (planes para privatizar el agua y entregársela a las empresas privadas) y sobre el terrible daño que le piensan hacer a los municipios del Oriente Antioqueño con la inundación de tierras para generación de energía eléctrica.{jcomments on}

 


Elizabeth, la compañera que estaba esperando, maneja muy bien el tema de los planes departamentales de agua y me iba a apoyar en la parte técnica; como ella vive en una vereda en medio de la autopista, a unos kilómetros del túnel que hay después del primer peaje saliendo de Medellín, yo la esperaría en una tienda que está sobre la calzada, al frente de un caminito que lleva a la vereda; sin embargo, yo iba en una camioneta y no veía muy buen espacio para parquearme; por otra parte, el lugar no me daba mucha confianza, el sitio era muy solitario.
¿Qué hacer? Me puse a llamar por el celular, sin bajarme de la camioneta; con la ventanilla abierta y el brazo sobre la puerta, como perro de rico. Como siempre sucede, nadie me contestaba, insistí una y otra vez a ver quién podía avisarle a Elizabeth para que llegara pronto a la cita, a la que yo había llegado antes de la hora planeada.

De un momento a otro observé que por el carril que conduce de Bogotá a Medellín pasaba un hombre joven de unos 30 años, vestido a la moda y bien plantado; yo me encontraba en el carril opuesto y su presencia la podía seguir cómodamente desde mi posición. Pero como su aspecto no era “peligroso”, entonces me relajé y seguí hablando por celular, tratando de cuadrar mi cita.

De pronto sentí que las cosas no estaban muy bien; observé que el hombre llegó hasta la altura de la camioneta en que yo estaba, esperó a que estuviera libre el paso y empezó a caminar directo a mí, sin dejar de mirarme. Una vez estuvo justo frente a mi cara, me dijo: ¿usted con quien está hablando por celular? Yo no sabía qué decirle; en principio me provocó decirle “a usted qué le importa”, pero en fracción de segundos deduje que no era normal que alguien preguntara eso y dude la forma en que debía responder sin mostrarle miedo. “Pues a unos amigos”, dije. ¿Por qué, es que no puedo?

En ese momento habíamos trenzado una confrontación con la mirada y jugábamos a quien miraba más serio. “No señor, no puede”, dijo el otro, y sin dejarme seguir hablando continuó: “Además, ¿quién es usted? No ve que por aquí vienen extorsionando mucho y yo soy el encargado de esta zona y si por aquí secuestran o extorsionan a mi es al que joden”. Y prosiguió “… y usted tiene las características de quien viene a joder por aquí, está en una camioneta, en lugar apartado y hablando por celular ¿Con quién viene, quien lo está apoyando?

No cabía duda a quien me estaba enfrentando, pero yo debía seguir un libreto que no dejara notar mi miedo, que, a esas alturas, era casi incontrolable. “Pues yo no estoy extorsionando a nadie, sólo estoy esperando a una amiga y no tengo donde más parquear. Yo soy periodista y voy hacia Cocorná a trabajar”. Después contraataqué: “Además, ¿quién es usted y porque es el encargado de esta zona? ¿quién le paga? Si la policía está a menos de dos kilómetros, ¿por qué no son ellos los que cuidan la zona? Entonces él me interrumpió y me dijo: “Bueno, al menos usted ha sido respetuoso y no se azaró y me respondió. Porque es que algunos se ponen de groseros y entonces toca proceder… Mucho gusto, mi nombre es Búfalo, yo soy el encargado de esta zona”.

Me sentí dueño de la situación y reforcé mi carácter y la cierta autoridad que había ganado, cuando lo hice, él complementó su presentación: “…y estos son mis hombres”. “¿Cuáles?”, pregunté yo, teniendo en cuenta que en ese momento sólo estábamos él y yo. Entonces miré atrás de mi y vi a un hombre negro muy grande que estaba al lado de la otra puerta; había otro más, atrás de la camioneta. Los miré y me sonrieron sarcásticamente, como asintiendo ser subalternos de Bufalo. Entonces yo pensé: “…mierda, a qué hora llegaron estos manes…”. Decidí, entonces, sumarme, por lo menos de manera temporal, a los que aprueban el trabajo de gente como Búfalo y sus hombres. Les dije: “¿qué es lo que pasa en este país? ¿Luego la seguridad democrática no había acabado con esto? ¿Cómo es posible que estén extorsionando?”, y repetí todo el discurso de Uribe como para que no quedara duda de mi aceptación de lo que había pasado. De remate le dije a Búfalo: “…oiga hermano, usted debía darme una entrevista sobre todo esto”.

Búfalo, ya tocado en su ego, me dijo: “Pues no sé…, pero de todas maneras búsqueme y hablamos. Yo tengo unos hombres y una oficina en la bomba de gasolina de Zamora. A cualquiera que usted le pregunte allá por mí, lo llevan a la oficina”. Después de despedirse, avanzaron hasta un taxi, que tampoco había visto hasta ese momento; al parecer los estaba esperando con el conductor dentro. Tuve la impresión de que siempre había estado allí, como a unos 100 metros de mi camioneta. Los tres hombres se subieron al taxi y desparecieron carretera arriba. Yo me sentí como una güeva.

 

Modificado por última vez el 16/06/2012

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Acerca del Autor

Olimpo Cárdenas Delgado