Periferia

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La noche del 3 de junio transcurría como una más de tantas, todo era tranquilidad en esta Manizales del alma, donde nunca pasa nada, que se da el lujo de ser, de acuerdo al cirirí de sus gobernantes y de los medios de comunicación, un territorio del “postconflicto”. Pero la realidad, terca como es y tozuda como ella sola, de vez en cuando nos asalta para recordarnos que los hechos hablan por sí mismos. Esa noche dos impactos de bala quedaron registrados contra una de las ventanas de la  sede del Sindicato de trabajadores de la Energía de Colombia (SINTRAELECOL) seccional Caldas.

 

Los artículos editoriales de las más recientes ediciones de Periferia las hemos dedicado a la discusión sobre las posibilidades de una paz real en Colombia. No porque hayamos caído en la moda o en la coyuntura mediática, sino precisamente porque insistimos en que los movimientos sociales y populares no pueden caer en este embeleco mediático; sobre todo porque hoy el tema de la paz es más complicado de lo que fue nunca. Hoy el asunto está atravesado por una escisión de la derecha colombiana que puede avanzar, como lo hemos advertido en estas páginas, incluso hacia un golpe de Estado. Lo que se construye desde la élite política no es un escenario de paz, sino el recrudecimiento de la guerra y la agudización de la represión al movimiento social y popular.{jcomments on}

Friday, 25 May 2012 14:57

Editorial 73. La paz es otra cosa

La posición y actitud del presidente Santos frente a la decisión de su homóloga de Argentina de nacionalizar las acciones que la multinacional española Repsol tenía en la petrolera estatal YPF, lo retratan de cuerpo entero no sólo a él sino a toda la oligarquía colombiana que representa. Si algo ha caracterizado a esta oligarquía es su diligencia arrodillada para entregar las riquezas del territorio colombiano -incluida su fuerza de trabajo- a las multinacionales y a los Estados poderosos.

Friday, 13 April 2012 16:14

Edición 72 Abril 2012

El conflicto armado en Colombia no existe porque a un grupo de campesinos forajidos se les haya ocurrido, de buenas a primeras, organizarse y armarse para atacar al Estado. Eso es lo que quiere hacernos creer la élite económica y política, reproduciéndolo cada vez de forma más impúdica en sus cajas de resonancia: los medios masivos de comunicación. A lo que le apuestan definitivamente es al embotamiento de la memoria. Por eso una obligación, de los medios de comunicación popular y de todos los escenarios políticos construidos por los sectores populares, es la preservación de esta memoria. De ello depende la paz del futuro.

 

“Una señora sacó del brasier, la vi con mis propios ojos, 80 mil pesos. Y les dijo a los delegados de la Procuraduría: vea, a mí me dieron esa platica para que votara por ellos. Los delegados recibieron la denuncia y hasta con la plata se quedaron… y eso sigue quieto”. Anécdotas como la que cuenta Pedro* pululan en Liborina, y todas apuntan a lo mismo: la corrupción institucional se pasea campante en los tres poderes del Estado.

 

 

Daniel Samper Ospina, en su estilo irreverente, puede burlarse abiertamente de las locuras del doctor Ternura, que casi desde la clandestinidad convoca a sus compinches a una oposición al gobierno. Al fin de cuentas, lo que haya de serio en esta apuesta poco le afectará a su familia de delfines, acostumbrada a ver los vaivenes de la política nacional desde las alturas. La gente de la periferia, de los sectores populares, en cambio, no podemos darnos esos lujos, pues cada vaivén de la política, cada confrontación entre los diversos sectores de la clase dominante nos afecta en el alma y la pagamos con sangre y muchas vidas. Por tanto, tenemos la obligación de mirar con lupa lo que se agita en esta confrontación entre la supuestamente moderada política social del gobierno Santos y la recalcitrante ultraderecha uribista que auspició y se benefició con el despojo realizado a campesinos, indígenas y comunidades negras a manos de los ejércitos paramilitares.

 

Las élites de Panamá y Colombia se parecen cada vez más: son sumisas a los Estados Unidos de América, tienen gobernantes devotos, multimillonarios que amparan los empresarios y las transnacionales, albergan en su suelo a criminales extranjeros, destrozan el medio ambiente con políticas mineras y energéticas y asesinan a su propio pueblo en resistencia. En lo que va corrido del año Panamá ha estado al borde varias veces de insurrecciones populares por cuenta de la indignación de las organizaciones sociales, sindicales y grupos étnicos unidos en el Frente Nacional por la Defensa de los Derechos Económicos y Sociales, Frenadeso.

 

 

En su columna del 13 de noviembre de 2011, en El Espectador, a propósito de la muerte del comandante de las Farc Alfonso Cano, Alfredo Molano asegura que a los militares como gremio no les conviene la paz, con lo cual no hace más que expresar una verdad de Perogrullo. Pero se equivoca Molano al creer que a Santos, por el contrario, sí la persigue como una forma de pasar a la gloria en la historia de Colombia. Por principio, la oligarquía capitalista, de Colombia y de cualquier lugar del mundo, vive en función de la guerra: la guerra es el motor que alienta permanentemente el régimen de acumulación de capital y conjura sus crisis recurrentes. O para decirlo de forma contundente: la guerra en el capitalismo no es un estado de excepción sino la norma.

 

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