Hay cosas que uno termina de entender con el tiempo. A veces porque una nota o un libro cae en tus manos y te revela un detalle, un dato que antes parecía nimio, una epifanía que recoge las piezas que no encajaban y las llena de sentido. En ese momento podemos reconstruir imágenes y recibir una respuesta que tal vez antes nadie nos dio.

En mi caso, por ejemplo, tardé muchos años en entender por qué los noticieros hablaban de bajas de combate. En casa, mi padre los llamaba “comunicados de guerra” y en mi inocencia le preguntaba si iban a atacar nuestra casa o tendríamos que salir con nuestras cosas a la mitad de la noche. En el colegio cantábamos el himno nacional y nos emocionaba la bandera y la escarapela. Simulábamos los combates de la independencia, el paso de Bolívar por los Andes y con amplio dramatismo decíamos el “general salve usted la patria”. Ahora que soy mayor puedo recordar muchas cosas de manera distinta, en realidad ahora lo comprendo. La mitad del país se mataba desde hacía más de cincuenta años, varios de sus municipios recibían el eufemismo de “zonas rojas” y en ellos los actores armados marchaban campantes ante la falta de Estado.

Los noticieros pasaron de los carros bomba del narcotráfico a las imágenes brutales de las masacres paramilitares. La Rochela y El Naya vinieron a colmar nuestras pesadillas, por otro lado, los policías y militares secuestrados pedían un canje atrás de las alambradas de los campos de prisioneros en la mitad de la selva. Pastrana solo, en una mesa de negociación, era la imagen lacónica de un país desesperado por el horror, pero indiferente ante la tragedia.

La “seguridad democrática” emergió como una doctrina salvadora, como un dogma que reunía al país en torno a un mismo proyecto nacional: acabar de una vez con el enemigo interno. Una de estas estrategias se centró en la creación de una nueva imagen de las fuerzas militares: los héroes en Colombia sí existen. De esta manera el proyecto homogeneizador se expresaba en la creación de una nueva lectura de la historia nacional en clave anti-terrorista. Las fuerzas armadas cumplirán una misión no solo de ejercicio de la fuerza sino simbólico. “La gente espera de la iglesia valores, de la televisión entretenimiento y de su ejército autoridad”.

Y un día, en un país donde el conflicto nos había blindado para aceptar lo peor, las noticias nos mostraron que los horrores pueden multiplicarse en los cuerpos de los inocentes. Jóvenes del municipio de Soacha, colindante con Bogotá, aparecieron muertos en combates con el Ejército. La noticia no era nueva, normalmente los guerrilleros venían de zonas pobres, de pueblos donde la falta de oportunidades o el reclutamiento forzado los hacía parte de la cifra de aquellos que hacían de la guerra su forma de vida. El problema comienza cuando diferentes Organizaciones de Derechos Humanos denunciaron el traslado de civiles bajo engaños, que posteriormente fueron presentados como combatientes abatidos. Los falsos positivos hacían su aparición.

La primera vez que hablé con Gloria se disculpaba de no tener más fotos de Luis, su difunto esposo. Durante más de trece años pensó que la había abandonado con su hijo de apenas dos años y una criatura de cinco meses que venía en camino. Con la aparición de una cédula, guardada por un paramilitar confeso, se reveló que este había sido llevado a las afueras de Bogotá y asesinado para encubrir la fuga de dos guerrilleros.

Sandra por su parte me dice que todos los días habla con su hijo. Siente que la escucha desde los objetos que guardan sus recuerdos. Las fotografías recorriendo Monserrate, las sábanas que algún día conservaron su calor, algunos juguetes. Diego la escucha y la acompaña en su lucha por la verdad. Murió hace doce años en Cúcuta, Norte de Santander a manos de un batallón de contraguerrilla. En su caso había partido con la promesa de un trabajo a recoger café.

Raúl Carvajal Pérez, de 63 años, todavía es recordado por exponer el cadáver de su hijo Raúl, de 29 años, en la plaza de Bolívar. Militar de carrera, se había negado a un procedimiento donde se incluía asesinato de civiles. Las insignias con las que alguna vez soñamos de niños ahora cubren el féretro que viaja en un destartalado camión.

Si bien el Fiscal de la nación afirmó en algún momento que esos jóvenes “no fueron a recoger café”, la verdad se hacía patente, escandalosa e incómoda. El filósofo Guillermo Hoyos, una de las glorias del pensamiento colombiano, lo denuncia en unas jornadas académicas en Brasil. Al igual que el jesuita Javier Giraldo que pide a los organismos internacionales presionar al gobierno de Álvaro Uribe Vélez para cesar con los asesinatos de líderes sociales y civiles.
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Y esto es tal vez lo que me llevó a entender lo monstruoso del acto en sí. Estos jóvenes no eran guerrilleros, no eran paramilitares, ni colaboradores, ni simpatizantes, ni líderes estudiantiles o reclamantes de tierras. Muchos de ellos ni siquiera habían registrado su cédula para votar o habían hecho parte de una marcha para exigir algún servicio público. No, solo eran jóvenes que buscaban una oportunidad de trabajar, una manera de colaborar con sus familias que ya en sí vivían una situación precaria en lo económico. Las víctimas podíamos ser todos o cualquiera. Y las estadísticas lo demostraban.

Hoy se sabe que el primer caso de ejecuciones extrajudiales es el de Jeisson Alejandro Sánchez, de 16 años en 1984; que a partir del 2002 obedecieron además a incentivos para los militares que mostraran resultados operativos y que los casos se registraban con más frecuencia en la cercanía de Bases militares estadounidenses. La sociedad civil lo acepta y lo mira como parte del conflicto e incluso políticos ponen de vez en cuando el dedo en la llaga argumentando que los muertos eran un problema para su comunidad y que en muchos casos se agradecía al Ejército.

Mientras miro el Centro de Memoria Histórica en Bogotá, me doy cuenta que estoy muy lejos de armar una historia de la guerra. Los monumentos se han dispersado por el país para crear un pasado glorioso y la apariencia de una nación fuerte y soberana. La verdad es que aquí solo el silencio evoca la memoria de los muertos y nos recuerda que cientos de madres marchan los jueves en la Plaza de Bolívar como testimonio de una verdad negada.

La calidad del roble, de la ceiba roja, el cedro, la tolúa y la melina, principalmente, persuadían a cientos de campesinos pobres, la mayoría liberales desplazados por la violencia bipartidista de los años 50, a adentrarse en las selvas del Sur de Bolívar. Desde Antioquia, Santander y la Costa Caribe llegaban por el río Magdalena para internarse días enteros en la manigua y cortar gigantescos árboles de finas maderas, que posteriormente se llevaban los barcos de vapor hacia otras latitudes. Así levantaban el sustento para ellos y sus familias, y aunque la marañosa montaña se iba convirtiendo en su hábitat natural, de vez en cuando les recordaba el poder de su embrujo, el enigma de sus profundidades y la oscuridad de sus secretos. Perderse en la selva siempre fue un riesgo, aún para los más avezados aserradores, y sobrevivir a cualquier precio incluso matando micos y ahumándolos en la hoguera para no morir de hambre, una opción; las historias, las anécdotas y los azares de los colonos fueron uno solo con la espesura y permanecen estampados para siempre en sus montañas; los hombres se quedaron con Micoahumado, la selva se alejó y se llevó a los micos choibos que muchas veces les sirvieron de alimento.

Primero lo colectivo
Eso cuentan las montañas, los ríos de la región, y también don Julio Arboleda y don Isidro Alarcón, descendientes de los viejos colonos que sembraron sus raíces hace más de cinco décadas en la tierra libre de ese corregimiento del Sur de Bolívar, al cual le dieron hasta el nombre que lleva; Micoahumado fue construido palmo a palmo por ellos, y por las pisadas rebeldes de jóvenes guerrilleros que caminaban sus sueños de revolución en los años 60. Algunos, como Fabio Vásquez, uno de los fundadores del ELN, y el “viejo Raúl”, oriundo de la región, gastaron sus botas, dejaron su sudor en esas trochas, y se compenetraron con los primeros habitantes de la región que se congregaban en el nuevo caserío. Hacia el año 1964 entre todos convirtieron a Micoahumado en centro de encuentro, trueque y mercado, en hogar de muchas familias. Primero fue la colectividad y la solidaridad; luego la población y su cultura liberal y revolucionaria. La institucionalidad siempre estuvo ausente, por eso las necesidades desde entonces se resuelven en comunidad.

“Mi papá fue el primer presidente de la junta de acción comunal —comenta Isidro—, vean como es la vida, el Estado nunca hizo presencia, pero cuando vieron que las cosas marchaban bien gracias a la comunidad entonces ahí sí llegaron, pero con la Policía para desalojar a la gente de las fincas y las casas, porque esa zona había sido declarada reserva forestal desde el año 59. Entonces había enfrentamientos directos entre los campesinos y la Policía, por eso tenemos fama de rebeldes y nos estigmatizan como guerrilleros, pero lo que hemos hecho siempre es defender la autonomía y la forma de vida que construimos en el territorio. Aquí desde el principio casi todo fue colectivo; si se mataba un cerdo se repartía, si se cogía buen pescado se distribuía, se intercambiaban productos porque la región tiene tres pisos térmicos y la comida nunca faltó. Igual si una borrasca le tumbaba el techo a una casa, todos íbamos en convite y la reconstruíamos. Somos ricos viviendo aquí, así no tengamos riquezas materiales, pero sí autonomía y autoridad propias”.

De problema en problema
Por allá en 1973, gracias a la pujanza de sus habitantes, Micoahumado fue elevado a corregimiento, y un tío de Isidro fue el primer Inspector; resolver las necesidades de primer orden como los servicios públicos, la salud, la carretera, los profesores, seguía siendo tarea de todos y todas. El primer acueducto fue hecho con el trabajo de la comunidad, y ante la demanda de esta, la tubería fue donada por la institucionalidad. Al mismo tiempo que los valores colectivos construían comunidad, las amenazas afloraban. La bonanza marimbera atentaba contra la cultura laboriosa, el modelo productivo y la solidaridad de la gente de Micoahumado, pero fue sorteada gracias no solo a la solidez del proceso social, sino también a la aparición a mediados de los 80 de otro problema mayor, la siembra de coca, las montañas de dinero y la cultura traqueta.

“La situación se puso muy complicada, porque empezó a entrar mucha gente extraña a la región. La plata “fácil” se enquistó en casi todo, afectando las costumbres y prácticas de la gente. Las guerrillas de las FARC y el ELN tenían visiones diferentes frente al manejo de la coca: mientras el ELN prohibía su siembra, las FARC, recién llegadas al territorio, eran permisivas no solo con la siembra sino con el negocio. La cosa se puso tan difícil que tocó promover un debate: las FARC, la coca, o el ELN? La comunidad decidió que las FARC tenían que irse, y los cultivos de coca sustituirse. Entonces se llegó a un acuerdo con el ELN en la vereda La Guácima: las comunidades se comprometían a sustituir los cultivos, y el ELN a construir las carreteras para que la gente sacara sus productos; las semillas, las cerdas de cría, y otras iniciativas productivas las donaba el ELN, y luego compraba parte de la producción para su propio consumo. La gente cumplió y el ELN construyó todas las carreteras que hoy día comunican a Moralitos con Micoahumado y sus veredas”, relata Isidro.

Llegan los paracos
Detrás de la economía del narcotráfico estaban los grupos paramilitares; el manejo y provisión de los químicos se hacía desde los municipios de Morales y Arenal. La estrategia de penetración que inició con el cultivo de la hoja de coca y su comercialización, ahora se complementaba con la amenaza psicológica y luego con su presencia física en el territorio. Después de incursiones aisladas y amenazas de masacres, cientos de paramilitares entraron a Micoahumado.

“Eso fue terrible —manifiesta don Julio Arboleda—, era el dos de diciembre de 2002 y cerca de 600 paramilitares entraron al pueblo apoyados por las Fuerzas Militares y sus helicópteros. Empezaron a meterse en las casas de la gente y se aprovechaban de todo lo que había. La guerra con el ELN estalló, duraban todo el día dándose plomo. A los líderes les tocó meterse montaña adentro y cuando la cosa mejoraba regresaban; el proceso organizativo evitó el desplazamiento permanente, como ocurrió en otros lugares. El ELN exigía que nos saliéramos del pueblo para poder entrar y sacar a los paramilitares, pero nosotros no estábamos dispuestos a dejar lo que mucho nos había costado. Y más encima los paras acusándonos y amenazándonos por guerrilleros. Estábamos entre la espada y la pared”.

La Asamblea Popular Constituyente
En 2001, el sacerdote Joaquín Mayorga fue a celebrar la eucaristía a Micoahumado. Él había estado en Mogotes, Santander, en el proceso de Constituyente Popular, y le dijo a don Julio que iría en diciembre de 2002 a pasar navidad y que le reuniera gente para trabajar el proceso constituyente también allí. Pero cuando llegó ese diciembre de 2002, ya los paramilitares se habían tomado el pueblo.

“Sin embargo —comenta don Julio—, con Octavio Gil, Andrés Trilloz y con el apoyo de gente y organizaciones de varias regiones, entre ellos Pacho de Roux, la gente de Desarrollo y Paz, y el obispo Gómez Serna, creamos una comisión de diálogos de la comunidad de Micoahumado, para entablar conversaciones con la guerrilla. Se pudo conversar con los comandantes Samuel y Mosquera, y acordar que levantaran varias medidas que perjudicaban a la comunidad, como el bloqueo al ingreso de alimentos, desminar las zonas aledañas al acueducto, y permitirle a la comunidad resolver de manera autónoma la salida de los paramilitares. El ELN accedió. Entonces hablamos con los paras y les tocó también aceptar. Luego los diálogos fluyeron de manera permanente y el 15 de enero del 2003 se fueron del corregimiento los paras”.

El proceso constituyente continuó y el 14 de marzo de 2003, con una Asamblea de unos 80 delegados del corregimiento y sus veredas, se instaló oficialmente la Asamblea Popular Constituyente por la justicia, la vida y la paz; en ese entonces había más de 200 casas, más de mil personas. La Asamblea proyectó colectivamente el corregimiento. Se pusieron unas reglas de juego, unas normas de convivencia y unos principios de respeto a su territorio.

“Lo más importante –continúa don Julio— fue recuperar la memoria de lo que se había hecho en comunidad, la importancia del trabajo colectivo y solidario, la autonomía del proceso y la defensa del territorio. A partir de ese momento mandatamos que la gente no pelearía, ni se mataría, ni se robaría entre sí. No admitiríamos presencia de gente armada ni uniformada, ni ingiriendo licor. Nadie se prestaría para trabajar como informante de ningún grupo armado legal o ilegal. Establecimos un aporte económico de todo mayor de 15 años que trabajara para invertir en las necesidades del corregimiento. Y así muchas cosas para recuperar la convivencia, la autonomía y el amor por nuestro proceso”.

La huelga inició el siete de enero de 1948. Tras muchos intentos de negociación y promesas incumplidas por parte de la empresa, trabajadores de la Tropical Oil Company, afiliados a la Unión Sindical Obrera –USO–, decretaron jornadas de paro y movilización por tiempo indefinido. Aunque los antecedentes inmediatos se remiten a los despidos masivos y al incumplimiento en la modificación del escalafón, en el centro de la discusión se ubicó la política petrolera colombiana.

El objetivo de la USO, entonces, se convirtió en la nacionalización de la extracción del petróleo en Colombia, que hasta el momento estaba en manos de esta empresa norteamericana, hija de la poderosa Standard Oil Company, perteneciente al grupo Rockefeller. Así mismo lo narra César Julio Carrillo, antiguo dirigente sindical de la USO y quien, aunque no vivió estos sucesos, los conoce y recuerda como parte de esa memoria colectiva que enorgullece al sindicato y le obliga, hoy, a mantener firmes sus reivindicaciones.

La disputa política de la USO
La Troco, como era conocida la empresa, por medio de acciones ilegales adquirió desde 1916 la concesión que años atrás le había otorgado el Estado al colombiano Roberto de Mares, en la zona del Magdalena Medio. Sus operaciones iniciaron en 1921, por lo que logró que el Estado extendiera la concesión hasta 1951. Las precarias condiciones de trabajo y de vida en este enclave petrolero dieron nacimiento, en 1923, a la Unión Obrera. “La USO nació al poco tiempo de que iniciara la industria petrolera en Colombia, entonces comenzaron a desarrollar sus luchas por las cuestiones más mínimas. En el Catatumbo los trabajadores hicieron una huelga muy famosa, que se llamó la huelga del arroz, por el derecho de los trabajadores a comer arroz. En Barrancabermeja fundamentalmente por el derecho a las cosas mínimas, de alimentación, de mejores condiciones de trabajo, de vivienda, etc., y poco a poco fueron ganando espacios que les permitía ascender en sus exigencias”, explica Carrillo.

Según se relata en la investigación Petróleo y Protesta Obrera –realizada por Renán Vega, Ángela Núñez y Alexander Pereira, y publicada en 2009 por la USO–, desde 1946, año en que legalmente la Troco debía revertir al Estado la Concesión de Mares, la empresa inició una campaña para desacreditar las explotaciones, y “afirmaba que la concesión se había convertido en un mal negocio, por cuanto los yacimientos estaban agotándose y no se justificaban nuevas inversiones […]. Actuando en consecuencia, y violando los convenios laborales, en diciembre de 1947 la empresa despidió a 107 obreros, que laboraban en áreas de exploración, limpieza y perforación de pozos, es decir, en sectores cruciales para mantener la rentabilidad de las explotaciones cuando la compañía revirtiera al Estado”.

La Troco, según se explica en este mismo documento, buscaba que la USO se lanzara a una huelga como una forma de presionar al Gobierno a prorrogar la Concesión, pues reintegrar a los trabajadores solo era posible si esto último ocurría. Lo que no se esperaba la compañía es que la huelga se lanzara con un profundo discurso antiimperialista y en defensa de la soberanía nacional. La huelga duró 49 días, y allí participaron aproximadamente 5000 trabajadores de la industria. Sus exigencias fueron, no solo el reintegro del personal despedido, la garantía de estabilidad y derecho a ascensos estipulados en el escalafón, sino que la Nación recibiera la Concesión De Mares, argumentando que esta sí estaba en capacidad de hacerse cargo de los diferentes procesos de la explotación petrolífera.

El Gobierno, por su parte, esperaba que la huelga se agotara en los enfrentamientos entre trabajadores y Fuerzas Militares. Pero contrario a producir un debilitamiento, a nivel nacional se emprendieron acciones de respaldo por parte del movimiento obrero. El clima nacionalista estaba en auge, y el gaitanismo presente en instancias del Gobierno fue decisivo para que el 24 de febrero del año 48 el presidente Ospina Pérez convocara a un tribunal de arbitramento, a través del cual la USO, según se explica en dicha investigación, “consiguió un fallo que además de obligar al reintegro del personal a sus anteriores puestos, presionaba a la compañía a seguir con las labores de mantenimiento y exploración de pozos hasta el último día del contrato”.

Así, la reversión tomó fuerza, y se despejó el camino para la nacionalización de la Concesión. El 27 de diciembre de 1948, el Gobierno profirió la Ley 165, por medio de la cual se autorizaba a la creación de la Empresa Colombiana de Petróleos, que entraría en funcionamiento a partir del 25 de agosto de 1951, día exacto de la reversión. Por ahora, el Sindicato había ganado esta batalla.

Defensa de Ecopetrol y alternativas al extractivismo
Con el nacimiento de Ecopetrol, los retos que se impusieron a la Unión Sindical Obrera fueron mayores. El primero de ellos, no desaparecer. Esto no solo por la imposición de sindicatos patronales desde el momento mismo de la reversión, sino por la oleada de represión, criminalización y exterminio que vivió el movimiento sindical. El segundo reto era, evidentemente, la defensa de Ecopetrol como empresa estatal. “Eso sí tenían claro los trabajadores, constituimos esta empresa, nos costó sacrificio, pero ahora hay que defenderla. Cuando muchos entramos a trabajar a Ecopetrol, ya existía la disputa por el peligro que representaban las multinacionales, al querer adueñarse de esta empresa”, relata Carrillo. Pese a estas luchas, desde el 2006 en el gobierno de Álvaro Uribe, y hasta el momento, se ha venido materializando la privatización de la estatal, con la venta de sus acciones al capital privado.

Un tercer desafío, mucho más grande y más actual, tiene qué ver con el debate nacional en torno a la política minero-energética del país, del cual la Unión Sindical Obrera no es ajena. En ese sentido, la apuesta es “pensar en la Ecopetrol del futuro... si esta debe apostar por seguir en el extractivismo de un recurso que poco a poco se va agotando, o pensar en la consolidación de una empresa productora de energías limpias, que sea fuerte, eficaz, nacional, que no despida ni un trabajador, sino por el contrario, que sea una fuente de empleo”, explica Carrillo.

Es por esto que la Unión Sindical Obrera, como conclusión de la 2da Asamblea Nacional por la Paz que impulsó en 2015, hoy integra la Mesa Social Minero-energética y Ambiental, donde reunidos con sectores ambientalistas, obreros, sociales y políticos discuten la necesidad de trascender la política de despojo y degradación ambiental y social, para construir una que se piense los derechos de la naturaleza, y en su caso, la transición paulatina hacia energías limpias. Carrillo quien también participa de esta iniciativa, cuenta que “este sindicato tiene unas cosas claras ya, por ejemplo, no cambia agua por petróleo. Este sindicato, por ejemplo, no permite que a pocos metros de un río se vaya a perforar un pozo petrolero... eso está claro. Lo que pasa es que no es de un día para otro que cambien las cosas, es un proceso. Son desafíos no solamente del sindicato, sino de la sociedad”.

Luz Perla Cardozo se levanta temprano en medio del canto del gallo y el revolotear de sus aves. Con juicio y dedicación comienza el día poniendo a secar los forrajes que son la base sustancial de su producción de gallina criolla. Una vez pone las hojas a deshidratar, alimenta sus gallinas que son parte fundamental de su vida, una forma de defender el territorio y de reivindicar la memoria de su esposo.

Todos los días, mientras las alimenta, Luz Perla trata de responder las preguntas que retumban en su cabeza. ¿Por qué razón cometieron el indignante crimen? Aunque los autores materiales respondieron algunas preguntas ante Justicia y Paz, aún quedan interrogantes sin resolver. ¿Y los actores intelectuales…? Aquellos que señalaron, aquellos que ordenaron. ¿Dónde está la verdad? Hoy, lamentablemente, la única respuesta de Luz Perla es la impunidad.
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Al asomar los primeros rayos de sol inclemente que baña el Sur del Tolima, el lunes 25 de marzo del 2002, sobre las cinco de la mañana, la angustia levantó a Luz Perla, a su esposo Baudelino y a sus hijos. Luz Perla le recordó a su esposo que desde el sábado hombres pertenecientes al Bloque Tolima de las autodefensas habían ido a su finca a buscarlo.

La primera vez llegaron en un taxi amarillo hasta la entrada ubicada a escasos 30 metros de la carretera que comunica el municipio de Natagaima con el corregimiento de Castilla, situado en el municipio de Coyaima. La fisonomía y el acento delataba que los hombres no eran de estas tierras ancestrales. Una vez entraron en la finca Altagracia, preguntaron por Baudelino. Al ver que no estaba decidieron hablar con Luz Perla. Le exigieron que contribuyera con las necesidades del grupo armado entregándoles dos reses del resguardo Palma Alta cual era gobernador Baudelino. Al siguiente día —el domingo 24 de marzo— volvieron a buscar al Gobernador, pero no lograron encontrarlo. Esta vez entraron con el vehículo hasta la puerta de la casa, y avisaron que al siguiente día volverían.

Tras conocer la situación, Baudelino decidió reunirse con los integrantes del resguardo quienes le aconsejaron entregar las dos reses para que no molestaran más a sus familias. Además, la comunidad insistió que el Gobernador, y los compañeros más visibles en los escenarios de movilización y organización indígena, debían salir de la región o tomar medidas frente al inminente riesgo.

Luz Perla, en la misma sintonía de aquel clamor comunitario, le pidió a su esposo que se fuera del territorio, pues lo peor estaba por venir. Él, con coraje y dignidad, le dijo: “No lo haré, no debo nada y no tengo porque irme”. Ella sintió escalofrío al escuchar su respuesta. Y deseó no tener miedo, doblegar la angustia de perder a su amado compañero, al padre de sus hijos, al apoyo del hogar y de la comunidad.
La mañana del lunes 25, Baudelino abrazó a Perla quien organizaba una ropa para ir a lavarla en la quebrada Guaguarco. Él le manifestó su deseo de acompañarla y estar a su lado para brindarle algo de tranquilidad en esos momentos donde tanto necesitaban el uno del otro. Ella, entusiasmada, alistó todo en una carretilla y salieron rumbo a la quebrada. Cuando avanzaron un poco vieron que se acercaba aquel taxi amarillo. Ambos sintieron temor. Baudelino pensó que esa era la posibilidad para solucionar el problema, mientras que Luz Perla sintió un escalofrío.

Del auto se bajaron cinco hombres y preguntaron por Baudelino. Él se presentó con el ahínco característico del indígena pijao. Baudelino les dijo que tenía listas las reses que pidieron y que con gusto les diría cómo podían llegar hasta ellas. Los hombres le pidieron que los acompañara a recogerlas. “No hay necesidad que yo vaya, pueden ir ustedes mismos a recogerlas, les daré la indicación de cómo llegar”, respondió Baudelino. Los criminales le ordenaron que debía ir con ellos porque su jefe deseaba conversar con él. Baudelino, temiendo por su familia, les dijo que lo esperaran, que rápidamente se arreglaría.

Luz Perla, con la angustia de quien se encuentra rodeado por el verdugo, corrió detrás de él. Al entrar en la casa, mientras se colocaba sus botas, Baudelino bajó la mirada. Sin voltear la cara se quitó su argolla de matrimonio. De repente miró a sus hijos y luego, observándola fijamente, le entregó la argolla a su esposa y salió del hogar para ponerse a disposición de los paramilitares.

Los hombres subieron a Baudelino al carro. Iba en medio de los captores en la parte trasera del taxi. El Vicegobernador, que se encontraba afuera de la casa de Perla y Baudelino, dijo que si se llevan al Gobernador debían llevárselo también a él. Los hombres respondieron que eran cinco y con Baudelino llevaban sobrecupo. Desobediente, el hombre abrió la cajuela del taxi y se metió en ella. La suerte estaba echada.

Luz Perla y sus hijos miraron con angustia cómo el carro abandonaba el predio. El carro tomó carretera y pasó por un retén de la Policía que no le prestó atención al sobrecupo del automotor. El auto se detuvo en una estación de gasolina, al parecer su dueña estaba vinculada con los paramilitares. Allí bajaron al Vicegobernador y le ordenaron que se fuera. A pesar de su insistencia los captores siguieron su camino sin él.

A las 10:30 de la mañana, el carro llegó hasta el cruce de La Molana, una vereda del municipio de Natagaima, de allí tomaron rumbo hacia el río Magdalena. Sin haber avanzado mucho el carro se atascó por lo deteriorado del camino. En ese momento se bajaron los tripulantes y de forma fría y cobarde, aproximadamente a las 10:55 a.m., asesinaron a Baudelino.

Luz Perla pasó horas de angustia, desespero y dolor. Esa misma tarde, a eso de las dos de la tarde, llegó en una moto uno de los hombres que se había llevado a su esposo. Alterado le dijo: “Vieja hijueputa, entrégueme las armas”. El verdugo entró por la fuerza, revolcó la casa, y solo encontró una vieja escopeta de fisto, herramienta muy común entre los pobladores de la zona. Perla, desconsolada, le preguntó por Baudelino, a lo que el hombre simplemente respondió que en un rato llegaría, que estaba en una de las fincas cercanas.

Sobre las cinco de la tarde, cansada de esperar, Luz Perla, acompañada por el Vicegobernador, fue hasta el corregimiento de Castilla a preguntar por su esposo. Aunque allí era frecuente la presencia permanente de paramilitares, no encontraron rastro de los criminales.

Al otro día, el martes 26, Baudelino tampoco regresó. Luz Perla agarró su bicicleta y partió hacia el pueblo. Allí, un allegado de la familia le dijo que había un muerto sobre La Molana, que fuera a ver si podía identificarlo. El conocido sabía que era Baudelino, pero no tuvo el valor de darle la noticia. Ella también presintió que era su esposo, y en ese momento sintió que moría una parte de su vida.

A los tres meses del asesinato, los hombres de la muerte volvieron. Encerraron en el baño a Perla y a sus hijas, y destruyeron la casa. Después del suceso Perla decidió irse de su finca Altagracia. Se internó en los predios de la comunidad, y gracias a la ayuda de los miembros del resguardo logró levantar una casa.

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El crimen no solo transformó la vida de Luz Perla, también el espíritu de la comunidad. El resguardo Palma Alta hace parte de la Asociación de Cabildos Indígenas del Tolima (ACIT). Esta organización vivió de manera macabra e impune el accionar de los paramilitares. Según el informe número 1 “De los grupos percusores al bloque Tolima (AUC)”, elaborado en el 2015 por el Centro Nacional de Memoria Histórica, sobre la ACIT se cometieron el 60% de los homicidios, el 88% de las desapariciones forzadas y el 80% de las masacres perpetradas por este grupo paramilitar en el Sur del Tolima. Todos estos crímenes no son simples datos. Son muestra del atropello y la intención de desaparecer una organización política de la región. Familias enteras aún lloran con dolor al recordar esos años siniestros.

A pesar de las dificultades, el dolor, el abandono estatal y la impunidad, Luz Perla ha logrado salir adelante con valentía y heroísmo. Luego de estos hechos, apoyada por un líder comunitario y concejal llamado Alberto Márquez, el cual también fue asesinado, Perla recibió apoyo psicológico y jurídico. “Entendí que no soy la única víctima. Son cientos de mujeres y familias que tristemente hemos pasado esta situación y que hemos exigido siempre al Estado verdad, justicia, reparación y sobre todo protección para que nunca más esto vuelva a ocurrir. Es que es muy verraco pasar por todo esto y al final no saber a ciencia cierta quiénes y por qué razones cometieron estos crímenes”, señala Luz Perla quien actualmente se desempeña como defensora de derechos humanos.

Los políticos locales que la comunidad señala como precursores y aliados de los paramilitares nunca han respondido por los hechos. Los policías que jugaban fútbol con los criminales en las narices de la población tampoco responden. Las familias que impulsaban, financiaban y rodeaban el Bloque Tolima de las AUC mucho menos.

A pesar de la impunidad, poco a poco Luz Perla logró emprender un camino en el cual descubrió la producción agroecológica de gallinas criollas. Su propuesta productiva, con la cual defiende el territorio del que ha jurado nunca salir, parte de estos animales a los que cuida y alimenta con dedicación. Luz Perla ha decidido extender los aprendizajes a otras mujeres y familias víctimas de todo el accionar paramilitar, para que, al igual que ella, puedan sacar adelante la vida de sus seres queridos. “Las gallinas en la finca son la alegría, son una excusa para luchar, son una motivación para vivir. Una finca sin gallinas es fría y vacía, es casi como una casa sin niños”, asegura emocionada Luz Perla.

Luz Perla es una heroína, una mujer luchadora que provoca enorme admiración. Ha sido gobernadora del resguardo Palma Alta y es una líder que ejemplifica la defensa del territorio, de las víctimas, las mujeres, la cultura, y la biodiversidad.

Aún nos duele el Salado, Mapiripan, El Aro, Frías y todos los actos de barbarie cometidos por los paramilitares en todo el país. Aún nos da rabia recordar los compañeros de la ACIT cobardemente perseguidos y asesinados. Aún no hay perdón ni mucho menos olvido.

Desde la periferia Luz Perla nos invita a resistir. Con sus gallinas nos invita a tejer siempre propuestas dignas para luchar. Con su corazón nos contagia de dignidad y nos da razones para mirar el sur de Baudelino, Alberto, Efrén y todos los compañeros asesinados por los paramilitares. Nos recuerda que por ellos ni un minuto de silencio, porque en nuestros corazones siguen vivos.

–Mamá, mamita, dejáme descansar. Agarrá esa polla que no aguanto caminar más–, decía la señora María aquella tarde en que, siendo una niña, llegó a la vereda con su papá, su mamá y un novillo al que ponían a cargar los pocos corotos que poseían. Venían de lejos, las quejas de María lo mostraban. Buscaban una tierrita para sembrar y para vivir, y llegaron a Piedras de Moler, una vereda del corregimiento de San Pablo, Teorama, en Norte de Santander. Años antes, en 1945, aquellas montañas habían sido fundadas por don Luis Carrascal y su hermano, quienes al tiempo crearon la Junta a través del Comité de Cafeteros.

–Mire al frente–, dijo María esperando que mi mirada se dirigiera hacia donde apuntaba su mano. –Cuando eso, San Pablo pa' arriba era solo montaña. No había casa. No había nada, solo montaña. Subíamos por esa trocha. Recuerdo que mamá me dijo que descansara, que dejara a esa polla a un lado y me acostara. Recostada en el pasto vi las sombras de todos, eran distintas con tanto coroto y olla encima. Ellos también dejaron la carga a la orilla y se acostaron a descansar. Mientras papá amarraba el novillo a un palo, bajó Francisco Acosta, buen hombre él, que terminó siendo compadre nuestro.

–¿Pa' dónde la llevan? –, preguntó Francisco.
–Más arriba. Luis Angarita me va a vender un pedazo de tierra que tiene por ahí–; respondió don Jeremías, el papá de María. –¡Ay! Pero vamos tan retrasados y esta niña no nos aguantó más, no quiere caminar más–, comentó.

–No, por eso no tenga pena, yo le ayudo a llevar la niña hasta la casa mía–, respondió el hombre. María corrió hacia él y de un solo salto se subió a la espalda de Francisco, quien la cargó por los siguientes veinte minutos. La familia de la niña se puso en pie y siguieron al hombre que cargaba a la pequeña en la espalda, la polla en la mano izquierda y la machetilla en la derecha para cortar la maleza que nunca faltaba en el camino. María no dudó un segundo en quitarle el sombrero a Francisco para protegerse del sol abrazador.

–Solo había dos ranchos, este en el que estamos y el que se ve allá, pero de palma–, me dijo María. –Con palos parados y palmas se construían los ranchos. Nuestras camas eran esteras que mamá hacía con palma y extendía en el piso o sobre palos amontonaditos–, agregó la mujer.

Cuando llegaron a la casa de Francisco Acosta, la pequeña María supo que su descanso terminaría. –Ay mamita, tiene que volver a caminar, de aquí pa' arriba no hay quien la lleve–, le confirmó su mamá. María le devolvió el sombrero al hombre que le había permitido unos minutos de descanso. Volvió al camino, llorando y con la polla en sus manos. Quince minutos después llegaron donde Wicho, el hombre que les vendió las tierras, cuarenta hectáreas por trescientos mil pesos. El papá de María le pagó con trabajo, pues sabía que la mula le ayudaría a traer la yuca y el plátano. En ese animal estaba el único sustento de la familia.

Un año más tarde, mientras la familia trataba de adaptarse a su nuevo hogar, por medio de la Junta de Acción Comunal llegó la nueva maestra a la escuela. Sin embargo, la ilusión de recibir clases duraría poco, el papá de María insistía en que las mujeres no debían estudiar.

–Eso es pa' que después empiecen a escribirle carta a los novios. Es mejor no darles estudio–, decía el hombre a la mamá de las niñas, quien le suplicaba al ver que sus hijas querían ir a estudiar. –Que las hembras se van muy rápido–, argumentaba don Jeremías al verse rodeado de súplicas en el comedor, el corral, la siembra y el camino a casa.

Aunque las hermanas mayores no fueron a la escuela, el paso de los años hizo cambiar de parecer el viejo Jeremías, quien, luego de la insistencia de su esposa, dejó que las niñas pequeñas aprendieran a leer y a escribir. No haber estudiado es algo que María ahora, con cincuenta y siete años, se reprocha. –Papá no pensaba en que estudiáramos o no, finalmente nos íbamos a enamorar y nos iríamos de la casa–, señala María, levantando sus hombros. Hoy recibe clases con un programa de alfabetización en el Colegio de San Pablo. –Mi deseo siempre ha sido aprender, quiero aprender para ser concejal–, dice con la frente en alto.

María piensa que la vida no la ha tratado muy bien. Se casó muy joven, dejó a sus nueve hermanos y a su madre para ir a vivir con el papá de sus hijos, a quien matarían quince años después. Con siete niños pequeños, comenzó a sortear sola los caminos de la vida. Al paso de los años, sus hijos comenzaron a crecer y a desear valerse por sí solos. –Pues si les toca ya salir a jornalear, vayan por allá a hacer contratos y a trabajar pa' que compren aunque sea la ropita–, les respondía a sus hijos cada vez que conseguían trabajo en las fincas aledañas, sin pensar que al poco tiempo también matarían a su hijo mayor. Cuando lo recordó, un silencio profundo se apoderó del espacio. María tocó su cuello con la mano derecha, dejando ver el peso de los años que dibujaban las líneas de expresión, y las quemaduras del sol en una mano que años atrás recogió tierra para lanzar sobre los ataúdes de madera de su hijo y su esposo.

Una tarde, mientras terminaba de arreglar las yucas para la comida, sintió que perdería un hijo más. –Me habían cogido al pelao del Filo me lo trajeron como el que trae a un animal de aquí, clavado–, decía María mientras, con su mano derecha, sujetaba la parte de atrás de su cuello y caminaba dos pasos hacia adelante. –¿Y sabe por qué? Porque él salió con una blusita negra–, respondió inmediatamente.

–Este perro tiene que ser algo. Este perro lo matamos porque lo matamos–, decían los uniformados con sus fusiles, sintiendo el poder desde el calibre del arma. Juan, el ajusticiado y reprimido hijo de María, no guardó silencio. –Si me van a matar, háganlo en la casa de mi mamá, no aquí–, les habló el joven de quince años a los armados. No querían creerle que tenía mamá y que vivía en esa remota vereda de San Pablo con ella y sus otros hermanos. Cuando María escuchó los alaridos en el patio, dejó caer la yuca y el cuchillo y salió a ver lo que ocurría. En el patio de su casa estaba Juan, con los brazos amarrados, arrodillado y rodeado de uniformados.

–Uy, y eso usted por qué trae al hijo mío así, por qué me lo trae amarrado y aporreado–, les cuestionó María rápidamente. –Porque este perro trabaja con la guerrilla–, respondió el superior, sin medir sus palabras. –¿Y cómo es que lo aseguran ustedes?, ¿le encontraron un arma o qué?–, preguntaba iracunda aquella madre. –Hágame el favor y me suelta a ese niño ya, porque él es hijo mío y usted no tiene por qué traérmelo así, o dígame por qué lo hicieron–, les gritaba la mujer. –¿Es que no se fija en su manera de vestir?. Mírelo, con una blusa negra, como los insurgentes–, insistía el hombre, quien parecía sentir que con aquel acto rescataba lo más ejemplar de la justicia colombiana. –Entonces, si ahora el hijo mío se enamora de una blusita tiene que pedirles permiso a ustedes. No. ¿Sabe qué es lo que usted merece?, que yo vaya a buscar a su mando y lo acuse. Usted es el del delito, porque ellos no lo mandaron. Lo voy a acusar pa' que usted aprenda que los hijos valen, no es nada más que cogerlos y matarlos en el camino como están ustedes enseñados–, dijo María, en defensa de su hijo y con el más puro amor de madre.

El nuevo milenio comenzó para el corregimiento de San Pablo con la arremetida paramilitar. No había pasado mucho tiempo desde que María había juntado unos pesitos para comprar la casa en el pueblito, pero la llegada de tanto hombre armado hizo correr a todos. Días antes había puesto a sus hijos mayores a hacer el bachillerato, ella siempre procuró enseñarles cuán importante era el estudio. En la madrugada, María despertó a sus hijos y les dio el dinero que tenía ahorrado para que escaparan a un lugar seguro, porque si de algo estaba segura era de que no quería enterrar a otro hijo. Luego de despedir a todos, María preparó a Susana, su niña pequeña, y tomó el bus de las 5:30 a.m. camino a Ocaña, La Provincia. Cuatro meses duró lavando y planchando para poder ganar cinco mil pesos, dinero que tenía que dividir entre el arriendo, la comida y el colegio de la niña.

–Sabe usted, creo que mi marido tenía razón cuando decía que nuestra vida debía ser escrita en una novela, ¿no le parece?–, dijo María riéndose, mientras la llamaba su hija desde la puerta. –Yo creo que cada experiencia suya merece ser contada–, le respondí.

Es plena década de los setenta y huele a renacer; llegan a Cocorná Estación, en el municipio de Puerto Triunfo, de la mano de un curita, que se comporta como alguien del común, un nuevo estilo de formar Iglesia y organización comunitaria.

 

Estación Cocorná es un caserío en torno a una parada de la línea férrea que recorría el Magdalena medio antioqueño; es un corregimiento de Puerto Triunfo, cuenta con extensos valles, con abundantes ríos y con tierras muy fértiles que en su mayoría son utilizadas para la ganadería extensiva.

En esos parajes, a orillas de los ríos Cocorná y Ríoclaro, se encontraban desde los años cincuenta ocho familias numerosas que habitaban en confortables casas de cancel (madera). Era un vecindario que había construido una hermandad; tenían una escuela, a la que asistían cerca de cuarenta niños, y una inmensa cancha de futbol que quedaba más arriba a unos diez minutos, donde se reunían todas las tardes a jugar y a compartir, ambas construidas a punta de convites. Este territorio constituye una vereda llamada Santa Rita.

Por allí, en el punto exacto donde confluyen aquellos ríos, estaba la finca de los Buitrago Ramírez, campesinos oriundos de una vereda del municipio de San Luis, que después del nacimiento de Gustavo, su primer hijo, se fueron a abrir montaña. Para esa época ya tenían once hijos, de los cuales uno murió de un ataque de parásitos todavía siendo bebé, y otro a los ocho años de edad en un accidente en la finca. Su casa estaba ubicada a la mitad de la cuesta cerca del río Cocorná, a diez minutos de travesía a la escuela y a veinte minutos de la cancha. Desde la casa hasta la desembocadura del Ríoclaro, donde estaban los cultivos y el campamento para guardar las cosechas, hay media hora.

La familia Buitrago Ramírez recibió en su corazón la semilla del hombre y la mujer nuevos. Además de las sendas veredales, comenzaron a recorrer nuevos caminos: los de la utopía de una nueva sociedad donde la dignidad humana, la paz con justicia social y la vida plena no sean solo un anhelo de la inmensa mayoría del pueblo, sino una realidad que se sienta en cada corazón.

Herlinda Ramírez, madre, asumió el compromiso en toda su dimensión, entregándose al trabajo comunitario, y a las comunidades cristianas. Manuel, por su parte, se vinculó de la misma forma a las actividades que implica ser un líder, asumir verdaderamente el compromiso cristiano; cambió las cantinas por las actividades de las organización comunitaria, los convites, la cooperativa, las jornadas de solidaridad; los muchachos Gustavo, Carlos, Alirio y además los parientes de los esposos Buitrago Ramírez ya no eran jóvenes; además de crecer físicamente, crecían en el aspecto espiritual y político, asumieron tareas de organización comunitaria, se batían día a día por un mejor vivir.

“En las noches me decían: 'bueno papá, ¿qué vamos a hacer mañana?' y nos sentábamos y hacíamos el plan de trabajo para el otro día; algunas veces combinando el trabajo en la finca con tareas de comunidad, solidaridad para las comunidades más alejadas… mis hijos nunca me dejaron solo trabajando la finca… se vive un ambiente de mucho entusiasmo. ¡Ah que veredita tan buena! A parte del trabajo comunitario, el padre Bernardo López Arroyave nos animó a conformar una cooperativa, ya teníamos un johnson en el que traíamos la mercancía de Puerto Boyacá, y vendíamos más barato que en el pueblo quizá…”, cuenta Manuel mientras descansa de hacer labores que aún realiza a sus ochenta y siete años, cumplidos el pasado primero de noviembre.

Pero tanta dignidad y altivez cuestan caro, y esta familia pagó un precio muy alto; el 17 de septiembre de 1982, después de un atentado fallido contra Bernardo, dos policías de Estación Cocorná y tres paramilitares irrumpieron en la finca preguntando por Manuel Buitrago, quien se encontraba realizando trabajo comunitario por fuera de la casa. Allí asesinaron a dos de sus hijos, Alirio y Carlos, a Gildardo, hermano de Herlinda, a Marcos Marín, un niño de diez años que se encontraba de visita en la casa, y a Fabián, un sobrino de Manuel, hijo de Horacio Buitrago. Horacio colaboró con los sicarios, y lo siguió haciendo luego del crimen.

Herlinda y dos niños menores escaparon de ser asesinados porque se ocultaron en la zona boscosa. Cuando Manuel regresó, encontró una escena de dolor. Debajo de un árbol yacían sin vida cinco de los más jóvenes de la vereda, sus familiares. Su esposa no estaba en casa; el desespero lo invadió, pero recobró el valor para buscar al resto de su familia, que al cabo de un rato aparecieron.

Los vecinos se reunieron, y a raíz de la negativa de las autoridades civiles de levantar los cadáveres y realizar las necropsias, la comunidad decidió llevarse a sus muchachos y realizar las exequias. La familia Buitrago Ramírez, a causa del inminente riesgo de ser exterminada, no regresó a la finca nunca más.

A pesar de lo que significó este duro golpe para ellos, mantuvieron la esperanza. Herlinda escribió a las Comunidades Cristianas Campesinas: ''Esto es un caso muy doloroso para nosotros, pero mis hijos no murieron. Ellos siguen vivos en el corazón del pueblo y su sangre le da vitalidad a la comunidad”. Más adelante refiere: “Todo el pueblo lloró a mis hijos porque no encontraban delito para haberlos matado tan dolorosamente”. Y luego: “…siguen siendo vivos entre todos nosotros para siempre. Porque el que ama a sus hermanos hasta dar su vida por ellos tendrá la vida eterna”.

Herlinda Ramírez murió, pero sus sencillas palabras aún retumban en el corazón del pueblo que hace viva su esperanza. Porque siempre se repuso y surgió como el ave fénix después de cada golpe, ya que ese no fue el único: esta familia además perdió a otros cuatro de sus hijos violentamente, a manos de paramilitares y funcionarios del Estado.

El Movimiento Social por la Defensa del Agua, la Vida y el Territorio, Movete, es una articulación de organizaciones sociales, juveniles, ambientales y campesinas que nació en el 2013, por la necesidad de trabajar en conjunto para el Oriente de Antioquia. Este ejercicio de resistencia y defensa del territorio tiene un antecesor en el Oriente antioqueño: el Movimiento Cívico.

 

El Movimiento Cívico, una lucha que no culmina
Desde que el Oriente antioqueño, en la segunda mitad del siglo pasado, se colocó como un polo de desarrollo a nivel nacional e internacional con la construcción de la autopista Medellín - Bogotá, el aeropuerto José María Córdova, más la expansión urbanística desde el Valle de Aburrá hacia el Oriente cercano y la llegada de las hidroeléctricas, las comunidades empezaron a verse afectadas. Fueron las altas tarifas de energía para esta región productora de la misma, lo que motivó a la conformación del Movimiento Cívico del Oriente antioqueño, quien desde entonces emprendió un ejercicio de organización y movilización.

Beatriz Gómez, oriunda de La Unión, Antioquia, hizo parte del Movimiento Cívico en el Oriente antioqueño desde 1993. Tratando de recordar cómo inició labores la organización, logra acertar con precisión cuando afirma que “hubo muchas personas 'tesas' y 'berracas' trabajando por las comunidades y la defensa de los territorios y del agua”. Doña Beatriz, algo nerviosa y un poco agitada, tal vez por sus 68 años de edad,  de los cuales dedicó más de 30 a la lucha y al Movimiento Cívico, recalca con orgullo que en el Oriente antioqueño se peleó en primera instancia contra uno de los servicios de energía más costosos del país.

Beatriz expresa con altivez que en ese suceso contra la empresa de energía Grupo Unión, quien suministra actualmente el servicio en el municipio de La Unión, inició en 1998, y que los líderes llevaron a cabo acciones de hecho como quemar llantas para visibilizarse. En esos años de tensión, doña Beatriz cuenta que se hacían reuniones clandestinas por el temor a la amenaza y el sometimiento, pero que aun con ello el amedrentamiento logró dispersar a los miembros del Movimiento Cívico.

Sin embargo, manifiesta con una alegría efusiva en su tono de voz que sus dos hijas han heredado parte de esa motivación, por lo que María*, la mayor de ellas, trabajó en la Gobernación de Antioquia y ahora está en la Alcaldía de Medellín debido a sus iniciativas. La otra hija de doña Beatriz, Luz Dary Valencia, junto a su nieta, Alejandra Valencia, se encuentra apoyando organizaciones sociales que se empeñan en defender el territorio en el Oriente, como la Tulpa Comunitaria y el Movete, las cuales actualmente se esmeran por retomar ese mecanismo de lucha.

"El Movimiento Cívico me dejó algo hermoso. Más que miedos, satisfacciones, y le pude abrir los ojos a muchas personas y muchos jóvenes, y el trabajo con la memoria colectiva ha sido fundamental. Hoy la intención por retomarla con la lucha contra el extractivismo es una forma atrevida pero genial de trabajar por el territorio y reactivar la memoria”. - Beatriz Gómez.


Constitución del Movete y los actuales escenarios de conflicto
La Mesa de Derechos Humanos del Oriente antioqueño presentó en el 2012 un informe alrededor de la crisis humanitaria dada por la creciente presentación de proyectos extractivos en el territorio; mostró 52 pedidos de concesión para micro o macrocentrales e hidroenergéticas para ese período.

Esta fue la primera motivación, pero no la más importante para el surgimiento del Movete, pues según explica Juan Bernal, quien pertenece a Conciudadanía e integra el movimiento, por otro lado el Equipo Departamental de Servicios Públicos y Pobreza (EDSPP) que venía actuando en el Oriente junto a otras organizaciones, visibilizó desde años anteriores las problemáticas con el agua desde esta parte de Antioquia.

En el 2013 se logró juntar la propuesta de la Asamblea Bosques con la planteada por el EDSPP, La primera trataba de identificar las problemáticas adyacentes en los proyectos extractivistas y la segunda proponía el Festival del Agua como mecanismo para unir al Oriente antioqueño, poniendo en claro las actividades mineroenergéticas y las consecuencias que se pretendían en el territorio. De esta manera, y desde el primer Festival, el cual reúne anualmente a unas mil personas, se trabajan cinco líneas: Hidroenergía, la minería, monocultivos, la seguridad y la soberanía alimentaria, y conflicto armado (víctimas y memoria).

Luego de esto se evaluó el Festival del Agua y se consideró crear un actor para tal manifiesto, por lo que se consagró el Movete y nació oficialmente a finales de noviembre del 2013.

A pesar de lo anterior y la adaptación de las luchas hechas por el Movimiento Cívico, Johan Higuita, un estudiante de la Universidad de Antioquia de 24 años de edad y quien lleva dos en el Movete, asegura que las “movidas” de los gobiernos de turno para conceder terrenos a las multinacionales “generaron principalmente avances en las estrategias paramilitares, quienes legitimaban los proyectos en la región frente a la resistencia que venían desarrollando las comunidades”.

Antioquia está en un momento álgido, por lo que Movete se activó para organizarse, informar y luchar contra las microcentrales, reforzando las relaciones entre las comunidades y adelantando algunas acciones jurídicas para buscar formas de resistencia a estos proyectos, así como germinando movilizaciones que concienticen a las poblaciones del Oriente antioqueño. Lo que se viene en términos de políticas de Estado es preocupante, pero este tipo de expresiones que heredan otras formas de lucha prometen una apuesta solidaria con el departamento, las comunidades y el medio ambiente.

*El nombre de la mayor de sus hijas fue cambiado por petición de Beatriz.

Corrían aires de rebeldía, coletazos de mayo del 68 en Francia, de los curas rebeldes junto a los tugurianos en las periferias, se agitaba el poder negro y el movimiento LGTBI en el norte. Mientras los jóvenes en el mundo exigían con espíritu antiimperialista el fin de la guerra en Vietnam, en Colombia los estudiantes comenzaban a elevar consignas por el derecho a la educación. Así iniciaba la década de  los años 70.

Luis Fernando Barrientos vivía en Caicedo La Toma, un barrio alargado y de calles apretadas en donde todos se conocen, ubicado en el Oriente de Medellín. A diferencia de sus amigos, Barrientos no era muy hábil con el baloncesto, el fútbol o en las caminatas que realizaban a Santa Elena, sin embargo era un curioso de toda clase de aparatos electrónicos. “Mi recuerdo de Fernando es el de un hombre muy bondadoso, proclive a cierta ingenuidad casi natural, en el sentido de que era muy receptivo y una persona supremamente tranquila, su aspecto coincidía justamente con esto; era regordete, pausado en habla y en la forma de caminar”, rememora Gabriel Murillo, quien fue su amigo y ahora es profesor de la Facultad de Educación en la Universidad de Antioquia.

Su familia estaba conformada por su madre, padre y hermana, a la cual –recuerda Gabriel– quería de manera especial. La situación en su hogar no era fácil, ellos dependían en gran medida de los oficios de limpieza en los que trabajaba su madre en el centro de la ciudad, quien toda su vida había sido obrera y a causa de la quiebra de la fábrica, en la que trabajó durante 17 años,  no tenía nada en sus manos. Sin embargo los esfuerzos de esta madre siempre estuvieron concentrados en sacar adelante a sus hijos, por esto se levantaba a las tres de mañana para preparar las labores del hogar, a las seis los dejaba donde una vecina y salía a trabajar. Luis Fernando era la esperanza de progreso para su hogar, sobre todo al conseguir ser admitido a Ciencias Económicas  en la universidad pública del departamento: la Universidad de Antioquia.  

En aquellos días era sencillo reconocer un estudiante, la principal sospecha recaía sobre su  juventud, la cual  era acompañada por un libro bajo el hombro porque no  eran comunes las copias ni los morrales, y esto era evidencia de que en aquella mente existía la necesidad de movimiento y transformaciones, en un país quieto y con destino confinado a los intereses del agotado Frente Nacional.

Gabriel y Luis Fernando tenían esas inquietudes en su mente, por esto junto con otros vecinos y el zapatero del barrio comenzaron un grupo de estudio en donde leían un poco sobre Lenin y Mao, y las revoluciones que aquellos hombres consiguieron a una distancia incalculable de este barrio poblado por la clase obrera, donde se había proclamado a María Cano como “La Flor del Trabajo” casi 50 años atrás.  

Para 1973 Barrientos ya estudiaba Economía, sin embargo, en sus planes estaba pasarse a Ingeniería Electrónica para darle rienda a las curiosidades que cultivaba. La ciudadela universitaria llevaba apenas cuatro años de inaugurada y era abierta y de libre circulación para la ciudad; algunos  espacios todavía estaban en construcción, por lo cual funcionaban sólo unos bloques, entre ellos  la biblioteca, refugio de muchos estudiantes que hasta tarde permanecían estudiando los libros, que en la mayoría de los casos eran su principal y única fuente de consulta.  

Pero no sólo se dedicaban a estudiar, también había espacio para las revoluciones del espíritu. Durante los intermedios de las lecturas y discusiones sobre los procesos en Rusia y China, el grupo de amigos de Barrientos escuchaba Opera en el tocadiscos del Zapatero, ya que el artesano amigo era un apasionado coleccionista y  conocedor de este género. Luis Fernando para entonces también tenía una relación amorosa en secreto con una vecina mayor que él, y esto generaba en sus amigos un tema para todo tipo de bromas.  Su madre, por su parte, esperaba con ansias tener el diploma que le concedería un título a su hijo y justificaría los esfuerzos cotidianos.

Pronto sobrevino el 8 de junio de 1973
Este día se realizó una asamblea en el Teatro Comandante Camilo Torres para conmemorar el día del estudiante caído y combativo, un homenaje a nombres como Gonzalo Bravo Páez y Uriel Gutiérrez, estudiantes asesinados a manos del Estado colombiano. Además de la conmemoración, la sesión también abordó los incumplimientos de la Universidad en el tema que desde el 71 los estudiantes venían agitando con su programa mínimo: el cogobierno. Esta discusión, recuerda Gabriel, tuvo una participación masiva del estudiantado.

Al salir del teatro el sol golpeaba con fuerza sobre la todavía anónima plaza principal de la universidad. Gabriel, junto a algunos compañeros, fue a almorzar a unas pocas cuadras de la ciudadela, y al regresar lo sorprendió la noticia en la radio que pregonaba el nombre de su amigo. Luis Fernando Barrientos resultó asesinado por un agente infiltrado del DAS, de nombre Maximiliano Zapata,  en la esquina de la avenida Barranquilla con Ferrocarril. Su cuerpo cayó luego de ser disparado un proyectil detrás de una camioneta, mientras se manifestaba a plena luz del día en un mitin y  acompañado de otros estudiantes. Este mitin, considera Gabriel, podría haber sido el primero de Fernando, pero resultó suficiente para que perdiera la vida.

Tendido sobre la calle, el cuerpo de Fernando fue levantando rápidamente por el grupo de estudiantes que pronto se multiplicó y lo cargó  hasta el escritorio del rector de la Universidad, en búsqueda de explicaciones a lo sucedido.  Allí, tal vez a causa de una bomba molotov de alguno de los estudiantes enfurecidos, el fuego se propagó y terminaría por incendiar todo el bloque administrativo. Después de esto el cuerpo de Luis Fernando desapareció. Los que decían ser autoridades intentaron sepultarlo prontamente para disipar lo ocurrido, sin embargo la madre de Luis Fernando, cual Antígona, se mantuvo terca, exigiendo que el cuerpo de su hijo apareciera. Ante su furia, el cuerpo retornó.

Al día siguiente las calles estrechas se colmaron de gentes, en el barrio de Fernando no cabía una persona más, pero tampoco había espacio para más indignación. Cuando el Ejército quiso intervenir la ceremonia en el transcurso de la tarde, fue expulsado por el grupo de estudiantes, amigos y conocidos de Barrientos, quienes con palos y con lo que tenían  a mano se enfrentaron a  la fuerza pública, hasta que esta, temerosa, decretó el toque de queda.
Ese año la universidad cerró temporalmente. Tiempo después aparecieron las cercas delimitando sus márgenes y a la plaza principal de la Universidad los estudiantes la nombraron en honor a  Luis Fernando. Su memoria se volvió una anécdota sin rostro que se cuenta por los pasillos, pero que no consiguió impedir que un hecho como este volviera a suceder.

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