Secos y sin pescado en el sur del Cesar

En Puerto Oculto la vida se conjuga en pasado. “Ese viejo hijueputa se tiró la región”, me dice Alfonso mientras vemos un potrero que el ojo no logra saber dónde termina. Esa inmensidad que hace 10 años era una ciénaga toda, zarandea la nostalgia. El Sur del Cesar era algo que ya no es.

Puerto Oculto, corregimiento de San Martín, Cesar, era el puerto pesquero más importante del departamento. Los campesinos que ahora hacen rebufar sus motocicletas por caminos polvorientos, se movilizaban en remo y con canalete por el extinto playón del Sapo y el playón La Culebra. El pescado abundaba. El pescador podía escogerlo, y hasta botarlo, en un par de horas pescaba más de 10 arrobas y en un día podía recibir 200.000 pesos. “Estás tierras eran una bendición. Había coroncoro, vizcaína. Ahorita lo único que se ve es la mojarrita; manatís, sábalo, ya no los hay”, se lamenta Carmen Carrascal, una mayora de Puerto Oculto.

Para destruir los playones del complejo cenagoso ubicado en la margen derecha del río Magdalena, primero desviaron sus afluentes. El Magdalena dejó de tributar sus aguas a la ciénaga mediante el método de inundación, y empezó a entrar de forma directa, a secarlo con su sedimento. “La ciénaga se mantenía porque no le entraba el río directo por la cabecera”, me explica Arrieta, otro viejo pez humano del corregimiento.

Pero con esto no les bastó. Los pudientes hermanos Tellez, los hermanos Navarro, y Alirio Díaz, jefe de finanzas del grupo paramilitar 'Héctor Julio Peinado Becerra' de las Autodefensas Unidas de Colombia, comandadas por Juan Francisco Prada Márquez, alias 'Juancho Prada', levantaron jarillones –que en la región son conocidos como murallas– para represar el agua y a la vez terminar de cortar su flujo natural. Para secar la ciénaga por completo, la inundaron de búfalos, animal desterrado de África por su tracción destructora y odiado en el sur del Cesar porque le encanta defecar en el agua y tragarse toda la vegetación que encuentre a su paso. “Hoy en día podemos ver que del 100% de nuestras ciénagas, el 90% ya no existen”, dice Liceth Camargo Carrascal, lideresa social de Puerto Oculto.

Después de secar la ciénaga, los terratenientes Navarro, Téllez, y Díaz cercaron el peladero, consiguieron falsos derechos de propiedad sobre un bien natural que no es vendible ni comprable, y luego sembraron sus monocultivos de arroz y palma de aceite. Según Teófilo Acuña, líder social del Coordinador Nacional Agrario y el Congreso de los Pueblos, el ecocidio ambiental inició en los años noventa, “pero se ha acelerado los últimos 10 años. Ya no son 500 hectáreas, sino 2.000 hectáreas mecanizadas”.

Al matar la ciénaga, muere toda manifestación de vida –humana o animal– que le habita. Tal crimen ambiental es una tecnificada modalidad de despojo, el germen del acaparamiento maniaco. Teófilo sospecha que los terratenientes, secundados por las autoridades que deberían investigarlos, están preparando el terreno para poner en marcha la extracción de hidrocarburos y los pilotos de fracking que el gobierno quiere implementar en San Martín y Puerto Wilches, Santander, que a pesar de pertenecer a distintos departamentos, son un solo corredor biológico y cultural. “Es una estrategia para sacar el ultimo pescador, el ultimo campesino. Cuando la tierra está en manos de Alirio Díaz, Álvaro Escobar, los Tellez y los Navarro, es más fácil negociar con ellos, que con más de 100 personas (…) La política agraria en este país no está diseñada para el campesino. Está diseñada para los intereses de las multinacionales, de los terratenientes. Y para hacer cumplir esa política, implementan todos los medios: masacres, asesinatos, desplazamiento. Es una política de la muerte, basada en la economía extractiva, y que va en contra de este modelo de la vida, basado en la economía propia, que va de la mano con el tema ambiental”.

Un campesino sin tierra es como un pez sin agua. El ciclón paramilitar que arrasó con el Cesar a finales de los 90's y principios de siglo, dejó más de 5.000 víctimas y miles de campesinos sin tierras. El terraje y las haciendas de más de 2.000 hectáreas se volvieron el común denominador en el departamento. Esas tierras arrebatas a sangre y fuego son las que desde hace 7 años están intentando recuperar los campesinos de Puerto Oculto y de otras zonas del departamento. El hambre, la negligencia gubernamental, y el lento avance de los más de 400 procesos de restitución de tierras, obligaron al campesinado a ocupar y “sembrar vida” en las tierras que fueron suyas; “porque el campesino produce vida cuando produce los alimentos”, dice Teófilo.

La comunidad recuperadora insiste en que no son invasores y que quiere desalambrar las enormes parcelas para recuperar metros de la economía propia que hasta hace unos años sustentaba su vida. “Entendemos que uno de los propósitos que se ha querido lograr con la violencia en el campo, es hacer que el campesinado dependa de si el gobierno garantiza o no ese mínimo vital que es la alimentación (…) Antes no había plata debajo de la almohada, pero había mucha comida. Esa era una de las grandes riquezas que no nos enseñaron a medir”, asegura Jorge Tafur, vocero de la Comisión de Interlocución del sur de Bolívar, sur del Cesar y sur de los santanderes, una confluencia política, reivindicativa, de denuncia y de apuesta por la permanencia digna en el territorio.

Limitar el derecho a trabajar la tierra, implica limitar el derecho al alimento. A medida que las recuperaciones avanzan, se diversifican los cultivos. Donde antes solo había arroz, ganadería, o potrero solo, ahora se siembra patilla, papaya, melón, maíz. La yuca y el plátano que hasta hace unos años llegaban desde Arauca, San Alberto o Bucaramanga, ahora brotan en los patios de las parcelas recuperadas. “El campesino lo que dice es: nosotros lo único que queremos es que nos devuelvan la tierra. El campesino teniendo la tierra, puede producir. Esa es la discusión que tenemos con el gobierno. Cuando nos dicen tenemos tales proyectos, nosotros le preguntamos qué hacemos con esos proyectos si no tenemos la tierra para eso. Qué hacemos con esos proyectos si no tenemos garantías para estar en el territorio”, asegura Teófilo Acuña.

 

La disputa en el sur del Cesar es por el alimento y por la conservación de lo “poquito que queda”. “Si decimos que el gobierno va salvar el planeta es una mentira. Porque con estos macroproyectos esto va ser un desierto. Donde quedarían las entidades locales y regionales que les corresponde el tema de lo ambiental. Si no somos las comunidades quienes hacemos algo, no esperemos que alguien más va venir a ayudarnos”, asegura Nelson Martínez, vocero y coordinador de la guardia campesina de la Comisión de Interlocución, compuesta por más de 40 procesos sociales y cuyo quehacer también incluye al nordeste y bajo cauca antioqueño.

La calamidad no solo es ambiental. El panorama de derechos humanos no es nada alentador. La fuerza pública, dicen los campesinos, está al servicio de los terratenientes, el paramilitarismo persiste en el territorio como babillas camufladas en el lecho del río, y las instituciones estatales son fortines de los victimarios, en el caso de San Martín, los familiares de 'Juancho Prada' están al frente de la Unidad de Victimas, la Personería, la Inspectoría de Policía, entre otras entidades.

El desamparo en el que se encuentra la región impresiona. “Es como si nadie viviera en este pueblo (…) Nosotros somos como un camello, entre más carga nos echan como que es mejor para nosotros”, asegura un campesino de Barranca de Lebrija, corregimiento de calles polvorientas y socioeconómicamente dependiente del río Lebrija.

La presidenta de la Junta de Acción Comunal dice que en Barranca de Lebrija la gente sobrevive con una sola comida al día. En éste corregimiento de Aguachica no hay alcantarillado ni servicios médicos. Y en los últimos diez años, un puñado de terratenientes desvió el río y desembarcaron un ejército de 9.000 búfalos. “Los búfalos están acabando todo. Nosotros dependemos de la pesca, y si nos quedamos sin pesca de qué va vivir la comunidad (…) Nosotros no tenemos futuro. Aquí no hay nada”, sentencia la presidenta.

“Yo tengo problema con los búfalos porque se me han comido la cosecha. Un día estaba sacando las reses para que no me dañaran los cultivos y de pronto me llegaron dos tipos armados a amenazarme, que me iban a matar porque estaba sacando el ganado. Me dijeron que tenía que cercar, y uno cerca el pedazo de tierra, y le dan machete a los alambres y le tiran el cerco al piso. Los manes venían a matarme, pero yo tenía una escopeta y ahí nos apuntamos. Me amenazaron, que la próxima vez que me encontraran me iban a matar. Qué hace uno ahí, toca andar con una escopeta al hombro y asustado porque no sabe cuándo lo van a matar. Los ganaderos de la vereda Bijagual tienen 400 reses y el playón es para ellos. Usted no puede tirar una cerca porque tiene que dejar que el ganado paste. Ellos si tienen su parcela donde siembran frijol y uno no puede sembrar nada”, se queja otro campesino del caserío.

A pesar del adverso contexto, los machetes y azadones del campesinado del Cesar están dispuestos a seguir recuperando. El 1 de abril, más de 10 familias del municipio de Aguas Blancas ocuparon predios de la ciénaga La Gorgona. La policía y el ejército intentaron desalojarlos en varias oportunidades. A pesar de que en el territorio había mujeres y niños, el 11 de abril fueron atacados con gases lacrimógenos, humillados, maltratados, y amenazados. Las autoridades no notificaron la orden de desalojo 10 días antes del operativo tal como lo establece la ley. Ese día fueron capturadas 4 personas que luego serían dejadas en libertad. “La verdad es que no dejo de pensar en mi pedacito de chicharrón. Y no dejo de pensar en la imagen del policía que me decía: esta sabroso este pedazo de chicharrón; y yo muerto de hambre”, cuenta uno de los recuperadores hostigados por la fuerza pública.

La Gorgona era un santuario biológico. Había “nubes de pisingos”, y se pescaba “buena barbona”, dicen los campesinos. La Gorgona abastecía los estómagos de cientos de pescadores y sus familias, no era de nadie porque era de todos. De aquellos años de bonanza solo queda el recuerdo y miles de hectáreas de tierra inutilizada.

La tierra que hoy ocupan y recuperan fue acaparada por Álvaro Escobar, un gamonal con nexos paramilitares que “se cree dueño del mundo”. “Él no quiere ver gente de Aguas Claras, él quisiera comprar Aguas Claras y volverla un saladero”, dice otro campesino recuperador. El método angurrioso de Escobar fue el mismo de los otros terratenientes: aprovechó la estela de desplazamiento, muerte y miedo del paramilitarismo, desvió el río, levantó murallas, pobló el terreno de búfalos, cercó la estepa, y contrató seguridad privada armada para controlar el ingreso a La Gorgona.

“Hace 8, 10 años, llegaba uno y al rato se llevaba el pescadito. Donde caminaba encontraba mata de plátano, yuca. Esto se ha vuelto inhóspito, no puede uno venir a pescar porque tiene su problema, porque dicen que está robando. [Escobar] puso 16 portones para que nadie se meta a la ribera del río –cuenta un campesino recuperador que conocía la ciénaga mejor que la palma de su mano y se movilizaba por ella con la libertad que se mueve por el patio de su casa–. Usted sabe que ahorita tenemos los derechos humanos que nos protegen. Pero el rico no tiene ningún derecho humano para el pobre. Si nos puede fregar, nos friegan, y no nos dejan ni trabajar. ¿Cuál es el monopolio que tenemos nosotros ahorita en el pueblo? Que estamos en una finca y tenemos que trabajar con el chantaje. Que no podemos esto, que nos podemos aquello, porque nos botan. Tenemos que aguantarnos el chantaje porque son los que nos pagan y nos dan el plato de comida para nuestros hijos (…) ¿Qué aspira el gobierno, que nuestros hijos se vuelvan delincuentes? ¿A qué aspiramos nosotros así como están las cosas? ¿Llorar a nuestros hijos en un ataúd, ver a nuestros hijos detrás de rejas? ¿Buscarle trabajo a la policía? (…) Si le dan trabajo a uno y lo viven chantajeando. El día menos pensado lo echan a uno, ni liquidación, ni prima, ni nada. Los derechos de nosotros los pobres se los guardan ellos.

El sudor de nuestro trabajo es beneficio para ellos, y nosotros qué. Pero cuando necesitan cualquier vaina, progreso para el bolsillo de ellos, ahí si estamos nosotros los pobres. Ahí si nos agarran como papa en tenedor, porque nosotros necesitamos la comida (…) La esperanza no hay que perderla. Por eso le dije a los muchachos: sigamos muchachos, metámonos que nosotros no estamos robando, no le estamos quitando nada a nadie, porque eso son playonales, eso no es de ellos (…) Aquí uno conseguía toda clase de animales, ya ni pescado. Esta trocha no era así de grande, esto era un caminito. Esto era un río grande, ahora parece una canal de desagüe. Hoy en día creo que está más limpio el río que el patio de mi casa, porque ni yerba tienen esos terraplenes. ¿Será que con el tiempo nos tocará ponernos a comer corozo como los marranos? Y el gobierno haga plata, y el rico guarde, y el pobre jodase...”.

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Yo no sé cuanta tierra necesita el hombre, pero hay unos cuantos que no saben cuanta tierra les sobra.

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Juan Alejandro Echeverri

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