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Desde que empezó su campaña presidencial, Iván Duque anunció la que sería la gran apuesta económica de su gobierno: disminuir los impuestos a las empresas para que estas generen crecimiento económico y empleen más personas. Antes de cumplir seis meses en el mandato, Duque presentó ante el Congreso la Ley de Financiamiento que tumbó la Corte Constitucional y que el Gobierno quiere revivir antes de que acabe 2019. Esta norma le ha permitido a las empresas bajar sus impuestos en lo referente al IVA, el impuesto de renta, y en sus inversiones en bienes de capital, así mismo, la economía naranja, es decir, las llamadas industrias creativas, tienen una exención de impuestos por siete años.

En total, la Ley de Financiamiento otorga beneficios por más de 20 billones a las empresas. Aquí empieza el primer problema. Colombia necesitaba tapar un hueco de 15 billones en el presupuesto pero entregó beneficios por más de 20. El principal problema es que con la generosa lista de beneficios que el Gobierno le regaló a las empresas, no están produciendo más empleo ni oportunidades. Y como si fuera poco, la economía del país se enreda por cuenta de un dólar caro, un complicado entorno económico global y una reducción en las exportaciones del país. El panorama es oscuro.

Desempleo
El principal problema que tiene el país en materia de crecimiento económico es el desempleo. Según el informe del Departamento Nacional de Estadística (DANE), en agosto se registraron 562.000 empleos menos que en el mismo período de 2018. La cifra de personas ocupadas es de 22,1 millones. La tasa de desempleo que registra el país en este momento es del 10,8%.

Lo anterior constituye un preocupante panorama, teniendo en cuenta que entre 2012 y 2018, el desempleo no registró más del 10%, lo que era motivo de orgullo para el anterior gobierno. Bajo este mandato, en cambio, la tasa de desempleo lleva siete meses con más de dos dígitos.

Según las cifras oficiales, distintos sectores económicos presentaron reducciones. “La disminución de la población ocupada está asociada principalmente al comportamiento del sector de Industria manufacturera al presentar una reducción de la población ocupada de 288 mil personas y contribuir con -1,3 puntos porcentuales a la variación total; seguido de agricultura, pesca, ganadería, caza y silvicultura (-281 mil personas)”, afirmó el DANE.

Petróleo y extractivismo
El aumento del desempleo tiene raíz en algo mucho más estructural que la Ley de Financiamiento. Colombia cayó desde los años 90 en una moda adictiva y destructiva: la exportación de carbón y petróleo. Estos dos bienes encabezan el listado de productos comerciales de Colombia, seguidos del café, el banano, el oro y las flores. La producción de oro, carbón y sobre todo petróleo, destruyen el aparato productivo del país, es decir, el sector industrial, manufacturero, y hasta la agricultura, que son los que más empleo generan. Las cifras del DANE confirman esta idea.

Además, el modelo de dependencia a la renta petrolera y al extractivismo no es sostenible: los precios pueden bajar estruendosamente de un momento para otro, son tarifas reguladas por el mercado internacional y por las grandes potencias (Estados Unidos, China, la OPEP). Aunque pocos lo crean, el país le apostó al mismo modelo económico que causó un descalabro en el continente por cuenta de la violenta caída del precio del barril de petróleo hace pocos años. Los gobiernos de Colombia, que han sido históricamente de derecha, se han vuelto adictos al mismo modelo de dependencia al extractivismo que llevó a la revolución bolivariana de Venezuela al fracaso.

Así lo confirma Mauricio Gómez, profesor de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Antioquia: “En gran medida exportamos productos minero energéticos, petróleo, carbón, níquel, ferroníquel. ¿Qué está pasando con los productos industriales, químicos, farmacéuticos y agropecuarios? Seguimos exportando los mismos bienes primarios”. Según el profesor, impulsar el sector productivo del país es fundamental: “La industria es la que mejores empleos genera, empleos formales, a diferencia de los empleos del sector agropecuario, o del sector de comercio, minorista y hoteles. La producción de la actividad industrial es adecuada porque participan en el PIB, pagan impuestos, se genera más valor agregado a la producción nacional y se crean empleos”.

También lo confirma el último informe de la Escuela Nacional Sindical, titulado Trabajo decente y los Tratados de Libre Comercio: “Los sectores minero y petrolero están entre los que menos empleo generan. De 2011 a 2018 el promedio de personas ocupadas en el subsector de minas y canteras fue de 212.340, menos del 1% de todos los puestos de trabajo del país”.

Lo anterior no quiere decir que la solución al problema sea ofrecerle gabelas a las empresas. La Ley de Financiamiento solo genera acumulación en pocas manos. Las grandes corporaciones de Colombia tendrán que pagar menos al Estado, el dinero extra que les quedará se convertirá en dividendos y ganancias que no pasarán de los dueños y principales inversores; incluso, si el dinero se reinvierte de manera juiciosa para generar una mayor producción, ello no equivale necesariamente a que las empresas generan más empleo y oportunidades para las personas. Además, el sistema tributario sigue igualando a las pequeñas empresas con las grandes y poderosas compañías del país.

La culpa es de los TLC
La dependencia de la economía nacional hacia productos como el petróleo afecta la industria por cuanto desvía más recursos hacia el sector extractivista, y porque para el Estado estas rentas representan una manera fácil y rápida de atraer divisas. Esta situación se ve reforzada con una política de apertura económica que se ha implementado desde 1990 en el país, y que debilitó por completo la producción nacional.

Según Carmen Tangarife, investigadora de la Escuela Nacional Sindical, “nos vendieron la idea de que íbamos a crecer más, e íbamos a generar más empleo, pero por ejemplo en el tema de crecimiento, si miramos el producto interno bruto antes del TLC con Estados Unidos, nos encontramos con que era del 5% anual, ahora, desde 2012 al 2018, el promedio de crecimiento es del 3.2%”.

“Nos prometieron mayores empleos, pero mientras en el periodo 2005-2011 se generaron 2.971.000 nuevos empleos, en el periodo 2012-2018, es decir, con la vigencia del TLC, se generaron solo 1.761.000 empleos. Cerca de un 1.200.000 nuevos empleos que no se generaron en este último periodo. Sectores como la industria y la agricultura mermaron su participación en la generación de empleo”, complementa.

Deuda externa por las nubes
Además del desempleo, otro problema económico de Colombia es la deuda externa. La deuda actual, calculada por el Banco de la República, es de 134.972 millones de dólares. Solo entre enero y julio de 2019 el país se ha endeudado 803 millones de dólares más. Vale aclarar que el dinero que le debe Colombia a las entidades del exterior no es solo por los préstamos que han hecho los gobiernos (deuda pública), los otros sectores también se endeudan (deuda privada).

Según el emisor, la deuda del sector público es de 73.211 millones de dólares y la del sector privado de 61.761. Por todo ello, Colombia ocupa el deshonroso tercer lugar en el listado de los países del continente que más se han endeudado en los últimos 10 años, después de República Dominicana y Costa Rica (según el Banco Mundial).

Un factor que influye directamente en el aumento de la deuda es la tasa de cambio. Según el Banco de la República, “en nuestro caso se toma como base el dólar porque es la divisa más utilizada en Colombia para las transacciones con el exterior”. Mientras más caro esté el dólar, más difícil será para el Estado y para las empresas pagar sus deudas.

“Se nos encareció la deuda por cuenta de la devaluación. El Gobierno cada año cuando hace el presupuesto, saca una tajada muy grande para pagar los intereses y amortizar la deuda. Si la devaluación es muy grande y tu deuda se encarece, la tajada del presupuesto que tienes que sacar cada año va a ser más grande. Hay un daño en las finanzas del Estado”, afirmó Mauricio Gómez.

Crecimiento económico
El panorama negativo a nivel internacional, el desempleo, el precio del dólar, y la constante desindustrialización del país, contrasta con el positivismo del Gobierno y de algunos sectores económicos. El presidente Iván Duque ha hecho eco de las proyecciones económicas del Fondo Monetario Internacional (FMI), entidad que llevó a Ecuador a un gran estado de represión oficial y cuya responsabilidad en la crisis económica de Argentina es incalculable. El punto es que según este organismo, Colombia será el segundo país que más crecerá en este y en el próximo año, después de Bolivia. El listado elaborado por el FMI pone a Venezuela y a Argentina de últimos en materia de crecimiento, y coloca a Bolivia de primero, con un crecimiento económico de 3,9 para este año y de 3,8 para el próximo; en el caso de Colombia, la proyección es de 3,4 para 2019, y 3,6 para 2020.

Pareciera ser que el país está transitando el mismo camino de privatización y dependencia económica que llevó a Chile a encabezar los listados de crecimiento económico, mientras las clases medias y bajas se empobrecían y vivían un proceso de pérdida constante de sus derechos más básicos. Un crecimiento empujado por una inversión extranjera amante de la explotación irracional de los recursos naturales, la minería a gran escala y la extracción de combustibles fósiles. Es la producción de un modelo económico que pone en el centro la acumulación, la explotación de la tierra, la reducción de los derechos de la sociedad y el deterioro de las clases trabajadoras.

¿Para dónde vamos?
Tienen sentido las propuestas elaboradas recientemente por las centrales obreras del país. Entre otras, defienden el freno a las importaciones, el estímulo al sector de la construcción con un enfoque social, el acompañamiento a las empresas que más generen empleo digno, la creación de un Fondo Nacional para la Generación de Empleo, y la creación de programas especiales de empleo para mujeres cabeza de familia y para jóvenes de hogares pobres.

Hay que repensar y transformar el modelo productivo del país, sin cometer los errores de Venezuela, cuya economía mono-dependiente es hoy un desastre, o de Bolivia, cuyo crecimiento económico está jalonado por la nacionalización de un extractivismo violento; sin cometer tampoco los errores de Argentina, cuyo gasto público irresponsable en el mandato de Cristina sentó las bases de la crisis que Mauricio Macri agudizó y que produjo inimaginables casos de corrupción; valdría la pena también investigar qué tan responsable fue Rafael Correa en el manejo de la deuda de su país. El debate para Colombia apenas comienza. Muchos sectores se han dado cuenta de lo que está mal. Pero hay que ir más allá. Hay que crear un sistema tributario que cumpla los principios de progresividad y equidad prometidos en la Constitución. Y hay que acabar con el modelo extractivista que tanta violencia y destrucción ha causado en las regiones.

Al sur el río San Juan, al occidente las plantas que proveen el alimento y sanan las dolencias, al este la educación de los niños, niñas y jóvenes, y al norte la titulación colectiva de un territorio de comunidad negra que ha sido la casa de cuatro generaciones en la vereda Villa del Río. Aunque esta rosa de los vientos no indica la complejidad de una comunidad que habita la vereda desde los años 60, cuando Rosendo Rúa y Romelia Iles llegaron desde Barbacoas a Putumayo para construir un mejor futuro para ellos y para María, su primera hija, sí representa las columnas vertebrales de una comunidad que tiene un vínculo con la naturaleza, que se preocupa por el bienestar de las generaciones futuras y por la defensa del territorio que se ha convertido en el espacio para ser sujeto colectivo negro.

María, la pequeña hija de los Rua Iles, es la sabedora que conoce este cuento al derecho y al revés, y es quien relata que se ha construido comunidad en el río San Juan, en el bosque frondoso que lo rodea, y las generaciones seguirán poblando de vida un territorio adentrado en Putumayo, donde no solo habitan comunidades indígenas y campesinas, sino también comunidades negras cuyas historias resistieron y se continúan escribiendo hasta en la espesura de la Amazonía.

Del territorio y otros espacios de lucha
Hay 30 minutos en lancha desde Puerto Caicedo hasta la vereda Villa del Río. Minutos suficientes para sentirse resguardado en la vegetación que posee la entrada a este territorio. A la orilla del río, Nandy, Luis y Sandra están bañándose y jugando con una canoa que ya no sirve como transporte ni para pescar (no con todas las de la ley), pero que se ha convertido en el medio para ir al punto hondo del río y lanzarse en clavado, costado o “como caiga”.

Salen del río empapados en risas y caminan unos 10 minutos por trocha hasta llegar a la escuela primaria de la vereda. Detrás de la escuela, se encuentra el salón principal del Consejo Comunitario Villa del Río: la sede principal de la fiesta de blancos y negros, de las novenas, de la navidad y de las fiestas del agua. Allí mismo, 32 familias que conforman la comunidad realizaron su primera asamblea en la que decidieron constituirse como un consejo comunitario que exigiría la titulación de su territorio, para conservar y fortalecer sus formas de vivir como pueblo negro.

La comunidad de Villa del Río se dedica a la agricultura, la pesca y la caza. María recuerda que “antes había muchos cultivos de maíz, arroz, plátano, copoazú, chontaduro, cacao; criaban marranos y cacería de gurre, venado, cerillo, hasta tigre, pero mucho de esto se ha perdido porque no hay a quien venderle”. Actualmente, la mayor parte de cultivos colectivos son el maíz, la caña y el arroz, y la pesca es otra de sus actividades productivas. Todas ellas deben ser potenciadas para el buen vivir de la comunidad, según Marta Rua, presidenta del Consejo Comunitario.
Además, en las huertas de las casas se siembran frutas, palmas y pancogeres, así lo hacer también José Aníbal Barrientos, el médico tradicional de la comunidad, quien riega la semilla para recoger la planta que sana al paciente de alguna enfermedad. Porque si hay alguien en Villa del Río que sabe la cura para muchos males del cuerpo es José Aníbal. Con voz enérgica, José explica que solo se debe hervir en agua una planta de hierrita de la virgen para el corazón, cocinar el cristal de la sábila para el dolor en las amígdalas, o yerbabuena para el útero, entre otros secretos que esconden las plantas que han sido revelados a él, porque ha construido, igual que su mamá, un puente espiritual con la naturaleza.

“Nos organizamos para defendernos”
Así como el caso del Consejo Comunitario Villa del Río, que presentó en el 2013 su solicitud de titulación sobre 550 hectáreas aproximadamente, hay otras 271 solicitudes de comunidades negras en el país que no han recibido respuesta de la Agencia Nacional de Tierras (ANT), entidad encargada de otorgar el título colectivo. Por tal razón, en el 2018 nació el proyecto de Titulación Colectiva de Territorios Ancestrales Afrodescendientes en Colombia como un convenio liderado por el Proceso de Comunidades Negras en Colombia (PCN) y la Agencia Nacional de Tierras, asistido por el Observatorio de Territorios Étnicos (OTEC) y con el apoyo financiero del Fondo de Tenencia (TF), con el objetivo es agilizar las acciones para la seguridad jurídica de los territorios de las comunidades negras, tal como lo explica Astolfo Aramburo, coordinador del proyecto.

Villa del Río es uno de los 50 consejos comunitarios que se espera sean titulados en el marco del proyecto, y cada vez está más cerca de que el Estado le reconozca su territorio como ancestral y colectivo. De acuerdo a la Ley 70 de 1993, se debe realizar la visita técnica en la que se verifica la información jurídica, social, histórica, ambiental y topográfica del Consejo Comunitario.

Por esta razón, y con el objetivo de precisar la información descrita en la solicitud, 10 personas del equipo técnico de PCN y OTEC, acompañados por la ANT, recorrieron el territorio del 4 al 10 de octubre del presente año. El equipo técnico del convenio entregará un informe con los requerimientos técnicos que exige la normatividad, el cual relatará la información verificada en la visita y será evaluado por la Comisión técnica de la Ley 70. Tal como avanza el proceso, se espera que en febrero del 2020 la comunidad tenga una respuesta definitiva de su solicitud de titulación.

Desde hace unos años, la comunidad ha luchado por organizarse colectivamente y vivir en armonía con su territorio. En palabras de Noralba Barrientos, agricultora, el Consejo Comunitario ha sido olvidado por el Estado y es tiempo de que sus actividades productivas sean impulsadas y que su historia como pueblo no se muera.
Las comunidades negras tienen derecho a que se les reconozca la autonomía y la seguridad de las tierras que han habitado y cuidado ancestralmente. Para José, María, Noralba, Marta, Nandy, Sandra, Luis y toda la comunidad, el territorio no es el suelo por donde caminan, sino que es la casa donde seguirán construyéndose como pueblo, porque como dice la insignia del proyecto de titulación, el territorio es vida y la vida no se vende, se ama y se defiende.

La casa sin sosiego es una antología de poemas que, sin necesidad de mencionar actores armados y escenas explícitas del conflicto colombiano, logra desentrañar el significado del dolor, de la experiencia de quienes vivieron el conflicto en carne viva y de muchos otros que lo sufrieron de lejos. Para Juan Manuel Roca, poeta y compilador de la antología, “el poeta es un traductor de sí mismo, y cuando logra traducirse a sí mismo, a lo mejor también logra traducir a los demás”.

Este poeta tiene una trayectoria apreciable: fue director y coordinador del Magazín Dominical de El Espectador y ha escrito más de 20 libros de poesía en los que ha logrado una representación lírica de la realidad. Representación que ha consumado desde múltiples estructuras poéticas y diferentes perspectivas de la vida misma. En una de las aristas de su obra se encuentra la búsqueda por una reflexión crítica frente a la violencia y el conflicto armado colombiano, reflejada en libros como País secreto o Temporada de estatuas, entre otros.

En el ensayo introductorio de La casa sin sosiego, titulado La poesía colombiana frente al letargo, Juan Manuel desarrolla una reflexión sobre la forma en que se ha materializado la expresión poética de la violencia en Colombia desde la época de la Independencia. De la misma forma, en la antología podemos encontrar poemas que representan desde las guerras civiles de finales del siglo XIX, pasando por la violencia bipartidista, hasta el conflicto guerrillero, paramilitar y urbano de la última mitad del siglo XX y de lo que va del siglo XXI. A partir de este libro se planteó la conversación que tuvimos con Juan Manuel Roca.

Periferia: Aunque los versos sobre la violencia representen hechos atroces, no dejan de ser bellos o de tener un carácter estético. ¿Por qué la violencia engendra belleza y cuáles son los peligros de una poesía que embellece la violencia?
Juan Manuel Roca: La poesía está sucia de realidad, pero no es realista. No le interesa el inventario de cadáveres que hace la sociología, el historicismo o el cine, le importa ese carácter lírico que necesariamente está sucio de la realidad que nos ha tocado vivir, que es una realidad profundamente violenta.

Yo creo que si se logra ese carácter elusivo, del no decir diciendo, se logra una eficacia mayor que en lo otro que roza el panfleto, y a veces la exaltación o el elogio de la violencia. La narrativa de la Violencia –bipartidista– ha estado muy estudiada, hay muchos libros seculares sobre el tema de la Violencia: cuentistas, narradores. Generalmente tienen un toque realista que, de alguna manera, a mí particularmente me incomoda. Me incomoda porque para eso está la sociología, a la que también escamotea con un lenguaje tecnicista.

P: En el ensayo explicas, como metáfora, que vivimos en una comunidad de ciegos que no pueden ver el reflejo de su culpa ante el espejo. ¿La poesía podría ser ese espejo que refleja la culpa de una sociedad que permitió el conflicto?
JMR: Yo creo que, en el sentido en que es una forma de pensar, un intento de entendimiento, la poesía inevitablemente se pregunta por las circunstancias sociales, políticas, creando un registro distinto al que hacen las ciencias sociales. Hay poetas de un lirismo exacerbado, que no tocan para nada la realidad, ¿en el fondo cómo les parecerá de repugnante que no la quieren ni tocar? O sea que hasta en el fondo hay una actitud por la negación.

La frase de Cocteau me parece muy bella: “los espejos harían bien en reflexionar antes de devolver las imágenes”. Lo mismo ocurre con la poesía, debe reflexionar muy bien antes de reproducir como un espejo la realidad.

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Antes, las artes realizaban apologías a las guerras; es de resaltar la Iliada, la Odisea y la Eneida. Esta alabanza bélica fue predominante durante la Edad Media y comenzó a deteriorarse con la llegada de la Ilustración y pensadores como Voltaire, Montaigne y Kant que reprochaban las confrontaciones militares. En adelante, con la pululación de relatos de las guerras mundiales, en especial con los testimonios de las víctimas del Holocausto, las artes saltaron al reproche total de las guerras.

En Colombia, en la época de la Independencia, fuera de los escritos a favor y en contra de la separación de España, se encuentran versos claramente incendiarios escritos en contra de Bolívar, que sugerían descuartizarlo para lograr la paz, como es el caso de Luis Vargas Tejada en una de sus improvisaciones ante las juntas previas a la Conspiración Septembrina. Por otro lado, tenemos el caso de las Sixtinas escritas por indígenas paeces en las que se exalta la figura del libertador y se registra la violencia española.
Sobre la Guerra de los Mil Días, todavía con un estilo muy testimonial, Aurelio Arturo escribió la Balada de la Guerra Civil. En el poema describe el desfile de campesinos que se enlistan en las filas de uno de los bandos, y la soledad de las mujeres que se quedan en las aldeas mientras los hombres luchan en los campos. La violencia no se retrató con tanto énfasis hasta la siguiente gran confrontación bélica a mitad del siglo XX.

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P: En cuanto a la Violencia bipartidista, ¿cómo dio cuenta la poesía de este periodo?
JMR: Digamos que el expediente de ese inventario de cadáveres, lo que se decía de las novelas de la Violencia partidista, es un expediente que me resulta pobre. Por otro lado, Espuma y nada más es un cuento de Hernando Téllez que es un ejemplo de excelentísima literatura. Hay una pulsión en ese libro, porque es una violencia que ya pasó, o de una que va a pasar, no de una que está pasando.

Entonces, lo que yo creo es que la poesía sí acude a eso, inclusive poetas que nunca tuvieron una participación política, más bien evasivos de esa concepción de la poesía como un arma política, como Fernando Charry Lara, un poeta de la generación de los Cuadernícolas y el mito que escribió el poema Llanura de Tuluá. En él logra una cosa tremenda, y es que en ese espacio pequeño de la vida y la muerte alguien maneja una especie de 'necrómetro', y les cuenta las horas a las personas para ser asesinadas, que es más terrorífico que decir que los liberales mataron a los conservadores o que los conservadores mataron a los liberales.

P: Luego, en la década del 60, durante el crecimiento de las guerrillas de izquierda, así como la efervescencia política por la Guerra Fría, ¿qué desarrollo tuvo la poesía?
JMR: El registro dominante en los años 60, cuando mi generación creía, o creíamos, en una vía por la lucha armada, era a favor de esta. Recién producida la Revolución Cubana había un espíritu transgresor a partir de la lucha armada, sin embargo, es una poesía que no corresponde, en general es muy pobre, porque una verdad mal dicha se vuelve mentira.

Yo puedo leer a Benedetti, que me parece uno de los peores poetas de la humanidad y sus alrededores, y estoy de acuerdo con muchas de las cosas que dice, pero no como lo dice. Y ahí sí, en el qué decir, el cómo hacerlo puede influir mucho. Es que yo creo que en general esas verdades, además de ser compartibles, pueden tener un rango estético que haga que eso se pueda llamar poesía, se pueda llamar arte.

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Pasando de época, entramos en Colombia al conflicto armado interno que, con intentos de clausura como el reciente Proceso de Paz con las FARC, aún no termina. Este enfrentamiento ha mutado, añadiendo actores como los paramilitares y al narcotráfico como financiador.

Su recrudecimiento, así como la concentración de su violencia en la población civil, dio paso a que las víctimas llegarán a la poesía, para denunciar y exorcizar su dolor. De esta violencia emergen libros de poesía como El Canto de las moscas, de María Mercedes Carranza, donde la poeta se refiere a 24 masacres con versos cortos, y El vuelo del fénix, del grupo de mujeres víctimas del conflicto Ave Fénix, donde usan la escritura como catarsis.

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P: Con la degradación del conflicto armado, ¿cómo ha mutado la poesía con él?
JMR: Yo creo que hay muchos matices de la confrontación de poema con la realidad, y en el grado que tenemos todos los colombianos de disfuncionalidad con la realidad. Porque como dice Nabokov, siempre que se use la palabra realidad debe ir entre comillas, de qué realidades estamos hablando en un país donde la realidad es tan surreal.

Entonces, yo creo que se han adoptado nuevos registros, que no son puramente de denuncia, sino que hay otro grado de sutileza en muchos de los poemas. Donde, además, aparecen todas las violencias: la violencia sicarial, la violencia partidista, la violencia estatal, que es la peor, la guerrillera... Todas esas violencias aparecen en ese registro, y es lo que hace que la poesía colombiana no sea esa coral cantando la misma tonada, hay mucha diversidad de registro.

P: A raíz de esta violencia, muchas víctimas empezaron a denunciarla y hacer catarsis, ¿existe alguna licencia de quienes sufrieron para escribir sobre su dolor?
JMR: Yo creo que tanto un poeta como una víctima. Por la frase de Rimbaud de “Yo es otro”, a mí me pasan cosas como al otro y a los demás. Los que pertenecemos a un conglomerado social no nos movemos en un mundo abstracto. Muchas veces cuando yo estoy hablando de la violencia, sin que la haya sufrido directamente, logro expresar lo que otras víctimas no y viceversa. No es un problema de que haya autorización o patente de corso para escribir sobre la violencia, el que lo siente y lo necesite que lo haga. Pero la verdad nosotros sabemos mucho más por Homero y otros autores de las guerras que por los que las padecieron, siendo víctimas o victimarios.

Esa es la belleza de este asunto, porque el poeta es un traductor de sí mismo, y cuando logra traducirse a lo mejor logra traducir a los demás. La poesía meramente autorreferencial, a partir de sentimientos y de vivencias, realmente ha sido una poesía muy efímera.

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La violencia urbana en Colombia llegó a su punto más sanguinario con los carteles de narcotráfico y la presencia de actores guerrilleros o paramilitares en la ciudad. En el poema Los que tienen por oficio lavar las calles, de José Manuel Arango, se expresa lo simple y terrorífico que puede ser tal actividad cuando lo que se limpia de las calles son regueros de sangre.

Frente a una violencia sin fin se ha generado una poesía de emergencia, que llega a partir del mandato individual o colectivo con que el poeta se siente obligado a expresar las atrocidades que ocurren ante sus ojos y le indignan.

En muchos de estos casos no media el reposo o una reflexión constructiva al respecto. El ánimo de denuncia desde la poesía en medio de situaciones de conflicto, cuando se elabora sin una meditación adecuada, termina por opacar el carácter estético y poético de una obra.

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P: ¿Cómo lograr una obra espontánea que aborde temas como el conflicto armado sin caer en una mercantilización de este?
JMR: Eso tiene un problema, hay una cosa que dice Kafka en Carta al padre, si lo recuerdo más o menos sin tergiversarlo es: “un leopardo aparece en un templo y eso es un milagro, pero si eso se empieza a controlar deja de ser milagro para ser rito, ritual”. Lo mismo pasa con la producción artística, estética. Es tan maravillosa y milagrosa la aparición de una obra de arte que es como un leopardo que aparece en el templo, pero eso se puede controlar, y al controlarlo se puede volver pragmático, utilitarista, de hecho, pasa con muchos artistas plásticos, pasa con la novela, pasa con el cine. La exhibición de la llaga también da dinero.

Los carriles por los que se mueve la poesía son otros. Hay quien se vive quejando de que no se lee, siempre ha sido así. Una vez me decía un muchacho: “yo voy a ser poeta, ¿qué me aconseja?”, “lo primero es que elija el desierto en que va a predicar, porque si está esperando el aplauso, dedíquese a otra cosa”.

P: Para finalizar, ¿cómo se puede producir una obra reflexiva sobre la violencia, si no hay un descanso de ella?
JMR: Eso es una cosa muy compleja. Hay un cuento de João Guimarães Rosa que se llama La tercera orilla del río. Los ríos no tienen sino dos orillas, lo mismo pasa con esto, existe la orilla de la creación y la orilla de la realidad inmediata. Hay que crear otra orilla. Qué hacer con una realidad tan cruda, tan burda, tan terrible, en un país donde la guerra viene después de la posguerra, aquí no ha habido tregua. No es fácil, pero yo creo que hay que intentar por lo menos, de la manera más honesta posible, aunque la honestidad no es una categoría estética, conjugar esos dos climas, el de la creación y el de nuestra infame, barata, sórdida realidad.

Hacia las tres de la tarde, Bessie Popkin comenzó a prepararse para salir a la calle.
Isaac Bashevis Singer. Un amigo de Kafka (cuento La llave).

 

Los afueras
Lo correcto sería decir el afuera, pero no hay un afuera sino muchos afueras, nos rodeamos de afueras, y en este círculo o cuadrado o triángulo, en el que somos el centro, aparece el concepto de periferia y de contenido de certidumbre (espacio donde sabemos lo que pasa). Y si bien la periferia se define como lo que cerca un cuerpo (lo que le da límites), en la realidad no es la cubierta de algo, sino lo que establece su perímetro. Y el perímetro es lo que rodea un centro con radios (como una rueda de bicicleta), siendo esto (los radios desde el centro) lo que permite que el objeto ruede o no pueda hacerlo. Hasta aquí la teoría.

Don José Ortega y Gasset (filósofo español), dice que somos un yo y sus circunstancias, definiendo muy bien que yo logro entender qué me pasa de acuerdo a las circunstancias políticas, económicas, sociales, culturales y científicas que me rodean. Y que soy yo en la medida en que entro en contacto con estas circunstancias, entendiéndolas para tenerlas en cuenta, debatirlas, cambiarlas o no aceptarlas. Vista así la cosa: somos la periferia que tenemos.

Para los urbanistas, la periferia son los límites de una ciudad, lo suburbano, el contacto con la ruralidad; para los agricultores y ganaderos, los mojones de sus terrenos determinan hasta dónde llega su tarea. Los medios de comunicación establecen su periferia en los puntos más lejanos a los que llegan sus informaciones y opiniones, y la política, en los límites de dominio de un país: sus fronteras. De esta manera establecemos hasta dónde llegan nuestras afueras, siendo esta la realidad más cercana, el punto de referencia para entender lo demás y entrar en contacto con los de otras periferias.

Aristóteles decía que el infinito no existe para el análisis. En lo infinito terminamos perdiéndonos y creando fantasías. No así en lo finito (en lo que tiene límites), que permite tener un espacio preciso para analizar lo que contiene y, al saberlo, deja ampliarse un poco para continuar en la búsqueda. La educación, por ejemplo, es un espacio preciso y este se amplía en la medida que usamos lo que sabemos para ampliar ese espacio que nos permite aprender más. ¿Y qué es lo que nos da la limitación? La periferia, los límites conocidos, las afueras entendidas.

La periferia de una región
Toda región o territorio parte de un centro. Pero no crece solo desde el centro sino desde la periferia, que, al ser debidamente pensada, produce un crecimiento hacia adentro. Así, un país depende de la periferia, de los puertos que tenga y del desarrollo de sus fronteras, que son la entrada y salida de lo que producen. Ejemplos de esto son Estados Unidos, Rusia, China y Japón, países que se han preocupado por tener una buena periferia con el fin de crecer hacia el interior. Ahora, por el contrario, países como Colombia no han sufrido de este crecimiento (de la periferia hacia adentro) debido a que no se ha pensado en las afueras sino en una centralidad que se agota a sí misma, precarizando lo que le rodea, dado que todos vienen hacia el centro a buscar oportunidades que, de haber tenido una periferia desarrollada, no habrían buscado en el centro sino en la periferia misma. De esa manera se evitaría la acromegalia (desarrollo desordenado) de la capital, convertida ahora en una megalópolis con problemas de sobrepoblación, problemas viales y de servicios públicos, contaminación ambiental y desorden social en las partes más deprimidas.

Lo peor es que esta migración hacia el centro deja abandonadas grandes extensiones de tierra que se usan para monocultivos y potrerización extensiva, minería planificada para una economía de extracción (la peor, porque deja la región sin materias primas para usos futuros) y pocas cotas crecientes de empleo debido al modelo que se usa, en el que pocas personas son necesarias para hacer el trabajo que antes hacían muchas, debido a la diversidad en los cultivos, ganado y oficios que existían cuando la vida social se centraba en poblaciones pequeñas que manejaban comercios tradicionales de artesanías, excedentes de producción y otras maneras de tejido social. Con los migrantes (desplazados, gentes sin empleo, buscadores de mejores condiciones), la periferia se anula como generadora de desarrollo y se va convirtiendo en una bodega de tierras afectadas o dañadas del todo.

La periferia de Antioquia
Antioquia es una región inmensa (en su perímetro cabe tres veces Israel, diez Líbano, dos Bélgica, y tres Eslovenia) que ha centrado su desarrollo en Medellín, dejando a las otras regiones casi en completo abandono. Si quisiéramos definir Medellín, se diría que es una ciudad moderna, que avanza, pero está rodeada de pobreza por todas partes. Y esa pobreza incluye calidad de vida deficiente, pocas posibilidades de educación competitiva y salud defectuosa. Y esto se ha debido a la miopía de los gobernantes, que nunca han visto la periferia más que para ir de paseo o conocer el mar.

Si la periferia de Antioquia hubiera tenido el mismo crecimiento (o parecido) al de Medellín, las gentes del departamento se habían situado en partes diversas y tendrían una mejor calidad de vida. Además, su productividad sería mayor. Pero no, en toda la extensión del territorio apenas hay una sola gran ciudad, unas pocas intermedias que no se desarrollan bien y unos pueblos de frontera o cerca al mar (Sonsón, Apartadó) que, en lugar de llamar migrantes para crecer, más bien los desvía hacia Medellín, que crece, se estrecha, tiene problemas con la contaminación y la cota de agua, encarece los alimentos porque hay que traerlos de más lejos (ya que ha perdido su ruralidad) y se desordena socialmente debido a la falta de oportunidades.

La periferia es la suerte de una región. Es su piel, sus miembros, el poder ver más lejos y tener más contactos. Y, en lo que más importa, la periferia (bien desarrollada) es tener mejores ciudadanos, educación más diversa y mejores condiciones sociales, nacidas de una mejor planeación.
Así como una bicicleta avanza por la calidad de la periferia de sus ruedas, así la región que ve desde su centro la periferia y la conecta a su desarrollo, puede avanzar. Pero si solo nos vemos el ombligo, cualquier cosa del afuera nunca se ve. Irse a la porra, es irse hasta los límites. Y bueno, de esa porra se crece hacia dentro.

En 15 años, más de 600 investigadoras, líderes sociales, defensoras de derechos humanos, profesores, campesinos, feministas, comunicadores populares, senadores, afros, internacionalistas, sabios empíricos, melómanos, cinéfilos, sindicalistas, ambientalistas, y gente del común de todo el país ha publicado en las 155 ediciones de Periferia. Son esos ninguneados por un Estado déspota y bélico nuestra razón de ser. Nos enorgullece saber que, más que un medio, durante estos 15 años Periferia ha sido –y es– una herramienta que les permite a las comunidades y los procesos sociales recuperar su derecho a la comunicación. En nuestras páginas, mes a mes, la Colombia periférica se narra, conoce sus problemáticas, se hace consciente de ellas, y descubre las maneras más dignas e ingeniosas para enfrentarlas.

Periferia es el sueño hecho realidad de un grupo de inconformes con la violencia, las mentiras de los medios de comunicación corporativos, y la perversidad e injusticia del modelo económico que en 2004 lideraba la ultraderecha y cuyo embrujo nos condenó al neoliberalismo que hoy conocemos.

Periferia es una joven que ha enfrentado el patriarcado, los abusos y las desigualdades. Es también la vida descalza y desnuda que reclama servicios públicos en los barrios altos de las ciudades. Es una montaña de mujeres y de hombres luchando por su dignidad en las cárceles que los mata lentamente, salvo si son de apellido Merlano. Periferia tiene la sangre negra e indígena que defiende los territorios y resiste a la discriminación, al abandono y al racismo. Es una obrera peleando por el bienestar de su familia. Es una vendedora de obleas que organiza a los venteros ambulantes, o que vende almuerzos a tres mil pesos para que otros no sufran el hambre que ella padeció en su infancia.

Periferia es el niño leyendo la historia de su padre desaparecido, y luego haciéndose hombre para estudiar periodismo y contar las historias de otras víctimas. Es el niño que le lee prensa alternativa a su padre analfabeta, y a la vez se forma ideológicamente. Es la lucha estudiantil contra la corrupción y por la educación pública y gratuita. Es rebeldía con olor a pólvora y sudor. Es un nuevo país donde caben los sueños de los humildes.

Periferia es un periodismo alternativo que se la ha jugado con esfuerzo y amor por la comunicación popular, abriendo puertas y ventanas para que por allí entren las generaciones del cambio y de las transformaciones sociales. Aquellas generaciones que van a disputarle el auditorio a los medios masivos de comunicación, y que reivindicarán la comunicación como una forma de emancipación, autonomía, autoestima y lucha por el derecho que tienen las comunidades a construir su propuesta de vida.

En estos 15 años construimos con otros y otras, porque la comunicación popular no puede estar separada de la vida en comunidad. Por ejemplo, nos juntamos con la barriada en Medellín, y, junto a la Red Juvenil y la Corporación La Aldaba, le dimos vida a una hermosa escuela de formación popular en la que trabajamos áreas como la economía política, arte y resistencia, y comunicación popular. De allí surgieron verdaderos líderes y lideresas que en la actualidad hacen parte de los procesos sociales. También con ellos y ellas recorrimos el Oriente antioqueño, y junto a la Corporación Jurídica Libertad, la Asociación Campesina de Antioquia, la Red Feminista y Antimilitarista, Asoproa, Sintraisa, Sintraisagen, y decenas de jóvenes de diferentes municipios, ayudamos a las comunidades desplazadas de esa región azotada por el paramilitarismo y productora del 30% de energía que consume el país, a reactivar su lucha en contra las altas tarifas de energía y la precariedad de los servicios públicos. Decenas de artículos, crónicas, actividades y movilizaciones generaron nueva vida, dinámica y empoderamiento de esas comunidades con las que emprendimos la defensa de los ríos, creamos el Festival del Agua, y fundamos el Movete, organización que hoy lidera la defensa del territorio en el Oriente antioqueño.

Periferia ayudó a parir nuevos procesos de comunicación popular en el Oriente y el Nororiente colombiano. Estuvimos presentes en la creación de muchos colectivos de comunicación en diversos territorios del país, porque eso que pasa en las regiones es la realidad ignorada por el centro de poder político y económico. También trabajamos arduamente en la incipiente y luego poderosa organización popular que en 2007, de la mano del movimiento indígena, campesino y afro, se apoderó de campos y ciudades con la Minga Social y Comunitaria. Esta iniciativa le dio paso luego al Congreso de los Pueblos y la Marcha Patriótica. Años después a la Cumbre Agraria, Campesina, Étnica y popular, y a los paros agrarios de los años 2013, 2014 y 2016. Allí siempre estuvo Periferia, no solo haciendo registro, sino viviendo las luchas y reportando desde adentro.

También estuvimos presentes en la construcción de la Cumbre Agraria Antioquia en compañía de Ríos Vivos, Agrodescendientes, Marcha Patriótica, el Cinturón Occidental Ambiental, y el Congreso de los Pueblos. A raíz de esa juntanza desarrollamos trabajo campesino y urbano en muchos municipios de Antioquia. Nos movilizamos masivamente y obtuvimos importantes logros para las comunidades a través de la lucha y la negociación con la gobernación de ese departamento.

Periferia es un proceso dentro de las luchas sociales que para sobrevivir ha mantenido su coherencia. La autogestión es el corazón financiero de nuestra apuesta. La creación de un Taller de Artes Gráficas nos permitió no solo imprimir nuestro propio periódico, sino el de otros procesos. Además, impulsamos una propuesta editorial que hoy tiene como resultado la publicación de más de 45 obras de carácter político, educativo y literario, que han producido las organizaciones hermanas que siempre nos han acompañado en estos 15 años.

Hoy las razones que inspiraron la creación de Periferia y la existencia de la comunicación popular, están más vivas y vigentes que nunca. Las guerras de cuarta y quinta generación que libra el capital contra la humanidad, pretenden monopolizar no solo nuestras emociones sino nuestra racionalidad; además de convertirnos en esclavos que siguen las órdenes de los emporios económicos trasnacionales y repiten sus consignas de muerte. El ecosistema mediático y comunicativo exige de la sociedad, las comunidades, sus liderazgos y sus procesos, un compromiso mayor para enfrentar una guerra ideológica en la que se disputan las conciencias y los corazones de una humanidad hecha para el amor, la convivencia, lo comunitario, y la justicia social y ambiental.

La historia no es otra cosa que una batalla por el relato, una batalla entre la verdad y la mentira. Cumplimos 15 años multiplicando las voces y los relatos que necesita silenciar el capital. Seguiremos, por muchos años más, haciendo lo único que sabemos hacer: haciendo y escribiendo la historia desde la periferia.

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Nosotros

Periferia es un grupo de amigos y amigas comprometidos con la transformación de esta sociedad, a través de la comunicación popular y alternativa en todo el territorio colombiano.

 

Por ello comprendemos que la construcción de una sociedad mejor es un proceso que no se agota nunca, y sabemos qué tanto avanzamos en él en la medida en que las comunidades organizadas fluyan como protagonista. Es en este terreno donde cobra siempre importancia la comunicación popular.

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