Saúl Franco

Saúl Franco

Saturday, 29 April 2017 19:00

El salvador de sombrillas

Luis Carlos Holguín nació el siete de noviembre de 1952, en Amagá Antioquia, tierra de café y minas. A los siete años se fue de la casa, pero desde mucho antes ayudaba a su mamá ya que era el mayor y porque su padre ausente, que era de familia acomodada, no respondió por los hijos.  De su infancia recuerda una época de sufrimiento y lucha al lado de su madre, quien murió en 1965 arroyada por el tren, en Puente Venecia en Antioquia, cuando él tenía 13 años. –Los vecinos me contaron que ella entró al túnel y no se percató de que el tren venía y la arroyó, la volvió pedazos. Cuando me contaron que había muerto yo estaba en Angelópolis en una finca, y unos conocidos me dieron la mala noticia. Yo no les creía, y sí, era cierto–, dice con tristeza.

En ese momento en el que su madre murió, Luis empezó a perder el vínculo con sus parientes, con su tierra y hoy dice que no tiene hermanos aunque a veces los recuerda, pero son pensamientos que no habitan su corazón y no llaman su alma. Por ejemplo hace más de diez años no sabe de su hermano Miguel Ángel Holguín, y teme que haya sido afectado por la avalancha en Mocoa.

Luis, un hombre bajito, de cabello canoso ondulado y bigote que pasa el labio inferior, pero que no llega a la barbilla, empezó a trabajar con un arriero, de él  aprendió a cuidar a los animales, a tratarlos, a sembrar la caña, a cortarla y a sacar la panela. Estuvo en las máquinas de molienda y conoció todo el proceso. Los dos hombres iban desde Angelópolis hasta Titiribí, bajaban por Amagá e iban a Armenia Mantequilla. También conoció el Tolima, allí aprendió a cocinar y a hacer la chicha de cabeza de arracacha.

El hombre de rostro redondo, frente amplia y nariz achatada, habla rápido y con seguridad sobre sus múltiples trabajos, entre esos el de ordeñador profesional, el cual desempeñó en varias fincas ubicadas entre La Ceja y Rionegro, en Antioquia. Él asegura que ha llegado a ordeñar a mano hasta 78 reses desde las cuatro de la mañana hasta las nueve. Luis Carlos fue una suerte de errante por Antioquia, y mientras inició a contarnos cómo empezó su trabajo reparando sombrillas, nos dice que las cosas que pasan en la vida son parte del proceso, y que no siempre regresar a los mismos sitios y con la misma gente es una buena opción.

Mientras busca una varilla de aluminio entre cientos, en un cajón, recuerda que  muchas veces se ha sentido más en familia con aquellos que no llevan su sangre. –Yo he tenido hasta siete hijos adoptivos, que me han correspondido como hijos, me visitan, y preguntan por mí–, dice. Las dificultades económicas lo han hecho trabajar como celador nocturno en Amagá, y también como cotero, desde ese oficio conoció a una mujer, y en 1998 el amor lo llevó hasta Medellín, donde experimentó un cambio de vida que él define como muy bravo por su ignorancia.

–Yo estudie hasta primero de primaria, por mi desempeño me pasaron a segundo grado, y en Angelópolis a tercero. Yo he sido bueno para el estudio pero lo dejé porque necesitaba trabajar.

Yo aprendo con mucha facilidad–, dice mientras esboza una leve sonrisa debajo de su bigote blanco, estilo inglés.  

Él se define como un matemático y nos habla de los números naturales, fraccionarios, y los racionales, cosa que pocos bachilleres saben distinguir ahora. Luis Carlos, quien colecciona piedras raras que se encuentra, continuó sus estudios después de los 40 años, pero solo llegó a quinto grado, según dice, porque tiene un problema de bipolaridad.  

Cuando llegó a Medellín no sabía hacer nada. Bueno, solo sabía cargar bultos, ordeñar vacas, sembrar la caña, hacer panela, además sabía vender, cargar y vigilar. Por eso, cuenta cómo empezó a vivir de este oficio:
“Yo vendía mazamorra por acá en el Centro de Medellín y un día una señora llegó con una sombrilla mala y yo traté de arreglarla. Lo único que hice fue organizarle un alambrito. Yo no tenía ni idea de eso, ni herramienta. Después un amigo que trabajaba acá en el pasaje comercial de San Antonio me dijo que me iba a enseñar a arreglar paraguas, pero lo hacía como a medias, y yo quería entender mejor, entonces al tiempo cogí y le desbarate una sombrilla y él me dijo: ¡Hombre como me desbarata toda la sombrilla! ¡Eso no se hace así! Y le hice armar eso de nuevo, completica, y así aprendí de una vez por todas”.

En la entrada sur del pasaje comercial, al frente de locales cerrados por moras en el pago, está el local, atiborrado de cajas con repuestos de sombrillas de diversos estilos y formas, que él distingue: las elegantes de hombre ejecutivo, conocidas como clásicas con bastón, las automáticas, las compactas o plegables, las burbujas, las infantiles, las de diseñador o de alta costura y las rompe vientos, además tiene parasoles, sombrillas gigantes que casi le doblan en tamaño al hombre.

Luis Carlos consigue los repuestos con los habitantes de la calle, ellos llevan lo que encuentran y les da 500 pesos por cada paraguas. Esa es la única manera, según él, de tener repuestos,  porque comprar repuestos a China es imposible, ya que se le tiene que comprar por millones, y los repuestos en Colombia no los hacen. Entre los repuestos más difíciles de conseguir están los mangos o cabos, porque es la parte que más rápido se dañan.

El reparador de sombrillas asegura que ha generado un método de velocidad.
–Yo generé un sistema de velocidad para reparar la sombrilla, ¿sabe por qué? Porque yo soy ambidiestro, los ordeñadores necesitan ser ambidiestros y eso me ayuda a ser rápido y arreglo la sombrilla en minutos. Esta forma de trabajar ha hecho que no se le queden sombrillas.

Mientras pone un clavo pequeño para unir dos varillas dice:
“Yo le pongo una varilla o dos al paraguas por el mismo precio, por una razón muy elemental y es que para poner una o dos debo hacer el mismo proceso, es decir desarmar el objeto. Reparo una sombrilla desde 2000 pesos. Y para mí, sea la sombrilla que sea, es desechable, excepto los parasoles, los cuales reparo en un día y puedo cobrar por lo menos 30 mil pesos”.

Entre las herramientas que tiene en su cajón de madera, lleno de partes de sombrillas, hay agujas, hilos encerados, alicates, pinzas, alambres, clavos pequeños y a un lado una suerte de yunque delgado y pequeño donde apoya la sombrilla para remachar. Luis señala que de las cosas buenas que tiene su trabajo es que diario hay plata, siempre alguien necesita reparar su paraguas y no importa si es en invierno o en verano.

Luis Carlos, con su baja estatura ha rodado por diversas ciudades, como las sombrillas que él arregla, y de tantos oficios y trabajos ha sabido sacar lo mejor para su vida, así como aprovecha cada parte de las maltrechas piezas, y evita que hagan parte de las toneladas de basura que arroja la ciudad.

Guillermo Saldarriaga es el presidente del Sindicato Único de Vigilantes de Colombia, SINUVICOL, y nació en Santa Elena, corregimiento de Medellín. Él empezó a trabajar en la Hidroeléctrica de San Rafael con Seguridad Atempi. Participó de las reuniones del sindicato que se hacían clandestinamente para que los patrones no los sabotearan. Primero fue antisindical porque en el ejército los habían adoctrinado. Empezó sin interés, de “bacán”, pero poco a poco se fue metiendo más de lleno; por un problema con los jefes lo trasladaron a Medellín, se resintió con la empresa y se animó a unirse al sindicato; sus compañeros le dieron un cargo, lo comprometieron y el asumió el reto. Su familia no entendía qué significaba ser sindicalista, pero ahora todos reconocen su labor. Guillermo trabajaba en la noche y en el día iba al sindicato, en cualquier espacio que tenían.

Heliberto Sossa es el vicepresidente. La oportunidad de entrar al sindicato la tuvo por mucho tiempo pero no le interesaba, hasta que un problema en los pagos lo llevó a afiliarse al movimiento. Sus patrones le decían que renunciara a la asociación y hasta llegó a escribir la carta, pero nunca la entregó. Tanta insistencia lo inquietó y averiguó por qué a ellos no les gustaba el sindicato.

La oficina del Sindicato, en donde nos reunimos con ellos para realizar la entrevista, está ubicada en el centro de Medellín. En sus paredes cuelgan por lo menos 16 cuadros con poemas, fotografías del Fidel Castro, El Che, Simón Bolívar y algunos personajes, para muchos anónimos, protagonistas del sindicato.

Periferia Prensa: ¿Qué significa ser dirigente Sindical del gremio de los vigilantes?
Guillermo Saldarriaga: Eso significa mucho, porque el sindicalismo en las empresas de seguridad es muy difícil. La mayoría de empresas las fundaron exmilitares que traen algunas mañas contra lo social. Hay que concientizarlos de que los sindicatos son buenos y no malos como les han hecho creer. Esos militares saben muy bien que la seguridad es un negocio muy lucrativo, porque usted desde que hace el contrato sabe cuánto se va a ganar.

PP: ¿Quiénes son los trabajadores de la vigilancia?
GS: Cuando se inició el Sindicato la mayoría eran campesinos, hoy en día no. Ahora hay tecnólogos de diversos campos, secretarias, profesionales de diversas áreas y en formación como abogados que van en cuarto o quinto semestre. Esos son los que están ahora en la seguridad.

Antes entre más analfabeta era el trabajador más servía para la seguridad, porque él no sabía ni qué le estaban pagando y decían que para cargar una escopeta solo necesitaba disparar. El único requisito era que tuviera libreta militar de primera, nada más. Ahora ha cambiado mucho, ya ni la libreta la piden, pero sí tienen que ser al menos bachilleres, que tengan unos cursos de sistemas y deben hacer tres cursos de seguridad en alguna academia. Si es gordo lo discriminan. El usuario exige el perfil y los han pedido con ojos azules, 1.90, jóvenes entre los 25 y los 40 años. Por eso la mayoría que son viejos y barrigones casi no los ponen a trabajar, porque no cumplen el perfil de los usuarios.

PP: ¿Qué tipo de contratos tienen los vigilantes?
Heliberto Sossa: La mayoría tienen contratos basura, porque son de tres o cuatro meses, algunos son contratados para reemplazar vacaciones o para coger globos, a finales de noviembre y en diciembre. Los globeros se mantienen en los techos de grandes almacenes de cadena, empresas o bodegas. Algunos van renovando el contrato y llegan a firmar hasta 16 meses. Si hacen algún reclamo no les renuevan.

PP: ¿En qué año entran las mujeres a trabajar en la seguridad?
GS: En los últimos 10 años es que se ha aumentado. Yo creo que las mujeres han estado vinculadas a este gremio desde su origen; muy poquitas, pero sí había y ahora hasta nos están sobrepasando. Al comienzo era más recepcionistas pero ahora usted las ve por cualquier parte, igual con los hombres. No hay discriminación con ellas, pero sí hay acoso sexual, especialmente para renovar el contrato.

PP: ¿Cuál es su perspectiva frente a la paz en Colombia?
GS: Gremialmente no nos afecta mucho, una vez desmovilizados ahí empieza el proceso de paz, las etapas para iniciar un proceso que nos dé la verdadera paz, donde se estreche la brecha entre ricos y pobres y desaparezca la inequidad. Hace falta que los de las zonas urbanas reconozcamos a la gente del campo y que los necesitamos.
HS: Yo agrego que nosotros como sindicalistas del sector clasista, vemos que puede haber perspectivas con los acuerdos pero necesitamos que el pueblo los haga cumplir movilizándose. Que no nos sigan asesinando con pretextos de que los sindicatos clasistas son guerrilleros. Ahora que no habrá guerrilleros no se bajo qué argumentos nos van a seguir asesinando.

PP: ¿Algunos ex-guerrilleros podrían trabajar en las empresas de seguridad?
GS: Lo veo difícil por los empresarios de la seguridad, ya que muchos de ellos eran militares… y es evidente porque yo diría que la mayoría de los empresarios de la seguridad privada estaban en contra del sí, y no se ha visto ninguna declaración sobre el acuerdo de paz. De pronto los únicos que pueden entrar ahí serían los escoltas del nuevo partido. Por exigencia de ellos, ya que no deben poner a cualquiera a que los cuide. Pero de resto para trabajar en otras partes está duro.

 

PERFIL DEL SINDICATO

Operadores de seguridad con sueldo de celadores
El Sindicato Único de Vigilantes de Colombia, SINUVICOL, cuenta ahora con 250 afiliados. Es un sindicato de gremio que reúne a trabajadores de empresas de la vigilancia y fue fundado por Manuel Sossa y Carlos Lazo en 1977 en Bogotá. En 1981 se fundó la seccional de Medellín y empezó articulada a la Federación de trabajadores de Antioquia (FEDETA), con Atempi.

Trabajar por 12 horas y recibir el pago de 8, la discriminación e injusticias, y las malas condiciones de trabajo abonaron el nacimiento del Sindicato. Como organización casi desaparecen entre los años 1991 y 1992 cuando empezaron a salir los pactos colectivos impuestos a raíz de la ley 50 del 90. El laboratorio fue Atempi, Simesa y Sofasa. El pacto consistía en darle las mismas garantías de los afiliados a los no sindicalizados, además de un aporte económico. Con eso se salieron de la seccional 480 trabajadores y después 320.

Una de las particularidades de este sindicato es que tiene en diferentes empresas a todos los sindicalizados por eso les toca buscarlos uno por uno, sin que el empresario se entere, porque los echan y eso hace más difícil el proceso. En la actualidad hay siete empresas de seguridad con afiliados, donde las condiciones de trabajo han cambiado igual que la relación con los patrones. Afortunadamente los trabajadores tienen quien defienda sus derechos laborales.

 

Sunday, 19 February 2017 19:00

La batuta de los sueños

A sus 20 años Janis Buitrago todavía no se rinde en la búsqueda de la realización de sus sueños, aunque a veces siente desfallecer. La joven de baja estatura y aspiraciones grandes nos espera en su casa ubicada en el barrio Belén Altavista, en el sector parte baja.

En Medellín, a pesar de las becas y programas de educación, solo el 72% de los jóvenes van a las universidades, y según el informe de indicadores de objetivos de Medellín cómo vamos en educación, publicada por Medellín Cómo Vamos el 8 de julio de 2016, la cobertura en el Área Metropolitana del Valle de Aburrá para los jóvenes en pregrado es solo del 54,2%. A esta miope oferta de estudio hay que sumarle que en la ciudad se han priorizado algunas carreras como la administración, en todos sus niveles –desde técnica auxiliar hasta el pregrado–, por encima de otras como las artes, que han quedado para un grupo selecto.

Pero Janis, una joven seria desde su mirada, no ha dejado que el entorno social se consuma sus sueños. Pese a su condición económica y a las dificultades familiares, ha mantenido viva la idea de ser directora de orquesta.

—A los cinco años estaba viendo un concierto de una orquesta en la televisión, y ahí descubrí qué quería ser.

Desde esa edad sus padres la apoyaron, destinaron un porcentaje de sus ingresos para pagarle a la señora Ernestina López, para que fuera su tutora, aunque solo pudieron pagar por sus servicios un año, pero ese tiempo fue suficiente para que la chispa y el amor por la música se fortaleciera. Sus padres, que le patrocinaron este deseo, siempre buscaron la manera de continuar la formación musical y por fortuna en sus años de educación primaria recibió clases de flauta dulce y cuando pasó al bachillerato la matricularon en el INEM del Poblado para entrar a un grupo de música.

Ella se define como una persona de pocos amigos. La han tildado de creída y de “rara” y ciertamente Janis tiene un aire muy peculiar. Podría decir a primera vista que es fría y distante, pero con una leve sonrisa que endulza el trato. Cuando camina pareciera que no se sintiera de ese lugar que habita, aunque habla con cariño de su barrio; lugar que también le alimentó su deseo de ser directora de orquesta, porque cerca, en la Biblioteca de Belén Las Playas pudo seguir estudiando música, y allí aprendió a tocar el violonchelo.

Su abuelo materno, un hombre al que admira pese a no haberlo conocido, dejó al morir la propiedad donde vivían sin repartir y sin legalizar. Los problemas de sucesión agrietaron la relación familiar. Los padres de Janis ahorraron por años para hacer las escrituras de la propiedad pero cuando ella tenía 16 años, su padre las abandonó, y con él se llevó los esfuerzos y la posibilidad de solucionar ese viejo problema, por el cual fueron desplazadas de su casa ella y su madre, Cecilia Hernández, quien sin importar nada, asumió la crianza, la formación y la búsqueda de ese sueño que antes había alimentado con su esposo.

Los días de Janis fueron especialmente ocupados por la música y su estudio. Ella la pasaba entre instrumentos musicales y pentagramas, más que entre sus amigos, juegos y calles de su barrio. Con el abandono de su padre, la realidad económica desbordó por primera vez sus aspiraciones de convertirse en directora de orquesta, y consiguió trabajo a los 16 años haciendo decoraciones con icopor, y desde esa fecha y aún sin graduarse siguió trabajando en otros oficios como la estampación.

Janis ahora vive en la casa que les arrendó una amiga de la familia, y allí recuerda que en diciembre de 2016 tuvo su peor experiencia como trabajadora. “Un sábado de diciembre me fui a trabajar vendiendo ropa en el centro de Medellín y desde el momento en que llegué sentí ganas de regresar a mi casa, pero al final aguanté el día”. A la joven no le gustó ese trabajo pero pensó quedarse y seguir hasta el otro sábado, porque necesitaba cubrir algunos gastos, pero ese día coincidió con su ceremonia de grados de una carrera técnica, y después de avisar el motivo de su ausencia, no regresó a ese oficio.

Tuvo que pasar, junto a su madre, numerosas dificultades económicas, sin embargo, ellas no dejaron apagar la llama, ni desistieron en su lucha. Janis se presentó a la licenciatura en música de la Universidad de Antioquia… y no pasó la prueba del instrumento; meses más tarde se postuló a la beca ANDI en la universidad EAFIT, pero para su sorpresa, un punto en una materia en las pruebas del ICFES le negó una vez más la oportunidad de estudiar formalmente la carrera de Música con el énfasis de Dirección.

Parece que el azar se ensañara en hacer imposible la consecución de sus metas a estas dos mujeres previsoras y tenaces, que por su desgracia han quedado lejos de todo beneficio, por un número que las clasifica y las ubica como personas sin necesidades económicas, igual que a 17 millones de colombianos más de la clase media.

Por ahora Janis y su mamá no abandonan los sueños, pese al olvido del Gobierno, de su familia y de su padre. Ellas buscan cualquier resquicio para lograr dignamente sus metas, se aferran a cualquier oportunidad, sin pasar por encima de nadie, y esperan que prosperen sus demandas legales y les devuelvan lo que les han quitado: la batuta de sus sueños.

Wednesday, 25 January 2017 19:00

El purgatorio de los perros

Pasadas las 10 de la noche llegué a la vereda Mochuelo Bajo, en la localidad de Ciudad Bolívar, Bogotá. Basado en algunos artículos de El Tiempo y Pulzo, esperaría una zona infestada de ratas, moscas y olores nauseabundos, y según algunas búsquedas previas en internet esperaría grupos de delincuentes armados en medio del silencio y la oscuridad, pero lo primero que se ve por la calle principal es un montón de perros, de todos los tamaños, razas y colores deambulando, jugando entre ellos. Miro a las panaderías, a la peluquería, a la tienda, a la carnicería y también veo grupos de por lo menos tres perros a la espera de que salga un comprador y les comparta algo de comida.

Un señor que sale de la panadería les arroja un pedazo de pan y al instante queda rodeado de perros. Este señor camina con ellos por unas calles destapadas mientras saltan y ladran a su alrededor. La imagen es una bola de perros que se rompe por los saltos y ladridos que claman comida.

En Mochuelo bajo al suroccidente de Bogotá, cerca al relleno de Doña Juana, se han acostumbrado a vivir entre los perros condenados a morir lentamente de la sed, del hambre, y de la sarna que se come su piel por partes ante la mirada cómplice de niños, jóvenes y adultos; no importa que la indiferencia los afecte a ellos en la salud, la seguridad y la tranquilidad.

—Acá si un perro le ladra usted no se le puede enfrentar porque ahí mismo llegan los otros encima a gruñirle–, afirma un habitante mientras arroja agua desde el andén de su casa a un solitario perro.

Hay noches que los perros no cesan de ladrar a los movimientos extraños en las cercanías de los tejares, que son muy comunes en este y en los barrios aledaños. Los extraños movimientos se deben a ladrones que merodean esas fábricas para robarlas, o a personas que abandonan en las madrugadas algunos perros, e incluso gatos que viven de techo en techo y que poco tocan tierra porque siempre hay un grupo de perros que al verlos sacan energías de dónde no hay para atraparlos y matarlos.

En los tejares que aportan gran cantidad de empleos para Mochuelo bajo y los barrios aledaños han adoptado algunos perros, especialmente a los más grandes que en las épocas de invierno buscan refugio cerca al calor de los hornos y en la cálida tierra naranja del barro.

—Los tejares se llenan de perros que en épocas de lluvias buscan refugio. Esos animales son muy inquietos. Una vez estaban organizando la energía de la fábrica, dejaron los cables pelados en el suelo y como es que llega un perro y se pone a jugar con ellos y se electrocuta. El animalito quedó achicharronado–, asegura Jesús, un obrero de los tejares.

Gracias a su cercanía con los tejares, las casas de la zona son de adobe, y no de cartón o madera como muchos barrios populares de Colombia, ya que pueden comprar el adobe con facilidad y a mejor precio que los demás. Pero según algunos habitantes eso es lo único barato que se consigue por en esta zona.

En el día se ven más perros en la calle que en la noche, en cuatro cuadras es posible contar 50 canes; en algunas esquinas se posan hasta siete, echados en los andenes o desparpajados como si la calle destapada y empolvada les perteneciera. Allí las viejas volquetas y carros particulares que sirven de transporte público deben pedir permiso a los canes para transitar. Cuando el pito rompe el sueño, el animal se levanta con tanta pasmosidad y lentitud que provoca la ira de los habitantes, y pese al peligro los niños son los que reaccionan contra los canes, según testimonio de los vecinos.


—Usted ve tantos perros aporreados es porque los niños los maltratan, les hacen maldades, les dan patadas, les tiran agua caliente y piedra–, afirma una vecina de Cedritos.

Con tanto perro en la calle se esperaría ver las calles sucias, bolsas rotas y la basura regada, pero Mochuelo bajo lucía más limpio que muchos sectores centrales de Bogotá.

Cuando la perrera municipal va a recoger los perros, la mayoría de los habitantes se oponen a que se los lleven y muchos hasta los entran a sus casas, pero cuando se van, los sueltan de nuevo. Un perro pequeño que dormía bajo el sol del mediodía en un andén fue despertado por una cocada de agua fría.

—Tuvo suerte de que no fue agua caliente o aceite –, asegura una vecina.

Esta situación, se parece a la de nosotros en este país, maltratados por los dirigentes que nos usan para robar y hacerse más ricos y nosotros seguimos ahí, a la espera de un pedazo de comida, atravesados por el hambre y pegados de la esperanza, para que se les conmueva el corazón, e igual que en Mochuelo bajo parece que esto está lejos de pasar.


En este lugar de condena canina cuando se camina en contra viento, llega el olor a perro abandonado y los pelos no se ven pero parecen entrar por las fosas nasales y ahogarnos.

En este purgatorio de perros medio destrozados que se tumban en cualquier sitio de la calle, exhaustos, sedientos y hambrientos, con la piel y la esperanza reseca por la indiferencia humana que solo atina a arrojarle agua para espantarlos, en lugar de ofrecérsela para tomar, existen perros encerrados, apartados de la chusma, perros con todas las comidas y cuidados, pero esa suerte no es para siempre.

— ¿Ese perro es tuyo? –, pregunté a un niño de 10 años.
—No, ya no–, responde él, parado con las manos en la cabeza y mirándolo seriamente, como si habláramos de un juguete.
— ¿Ya no lo quieres? Se nota que él sí te quiere mucho–, añadí.
—Es que ya no es de nosotros, lo regalamos a un amigo y él tampoco lo quiere ya.
— ¿Por qué lo regalo?
—Es que ya está viejo y feo –, asegura el niño mientras entra por agua para arrojarle ante la mirada incomprensiva y triste del perro.

En Medellín hay muchos artesanos, pero pocos organizados para participar del desarrollo de su gremio y escasos son los conscientes de su papel en la sociedad que a veces los ve como personas de “segunda clase” y sin aspiraciones.

SIMEARTE es el Sindicato Metropolitano de Artesanos que agremia a cerca de 35 artesanos, quienes en su mayoría están ubicados en el Boulevard del Artesano en el parque de San Antonio, en el centro de Medellín. Según Aníbal Tres Palacios Villa, un artesano autodidacta en cuero, “el auge de los hippies en los años 70 sirvió para que salieran muchos artesanos de la miseria de los talleres domiciliarios y del anonimato”. Los hippies empezaron a vender sus productos y los artesanos se les unieron creando un mercado informal y vespertino en la calle Junín entre Maracaibo y la Playa, en el centro de Medellín.

En esa década empezó a crecer el mercado artesanal y crearon una dinámica social de intercambio de estilos, técnicas e ideas al aire libre. Al mismo tiempo crecía la represión del Gobierno y la élite local. Las autoridades, el Club Unión y los comerciantes del sector arremetían contra los artesanos, para hacerlos salir de donde estuvieron por años. Por ejemplo, la Escuela Popular de Arte se acabó cuando los desalojaron para construir los Casinos Royal y Caribe con la ayuda de Luis Alfredo Ramos, el entonces alcalde en 1992.

De allí los pasaron a unos locales incomodos y mal diseñados en el segundo y tercer piso del Centro Comercial del Libro en el pasaje La Bastilla. Muchos de los artesanos quebraron, perdieron sus capitales y hasta a sus hijos que fueron reclutados por el narcotráfico y la delincuencia común que les daba más dinero y comodidades. En 1998 al borde de la quiebra unos artesanos sacaron sus trabajos al pasaje La Bastilla; hecho que aprovecho el ex alcalde de Medellín Juan Gómez Martínez para desalojarlos definitivamente del pasaje y reubicarlos en el Parque de San Antonio.

Elkin Usquiano, un hombre enérgico y locuaz pero con una que otra tartamudez, es el presidente del Sindicato SIMEARTE, en medio de su local lleno de ropa colgada y tinturada con la técnica tie-dye o nudos de la India, cuenta que recién llegaron al parque San Antonio les iba bien pero que los anteriores alcaldes han dejado deteriorar el sector para luego comprar sacar fácilmente a los artesanos y a los comerciantes vecinos pagando a precios muy bajos los locales.

La lucha de los artesanos ha sido con los comerciantes formales, los gobernantes, los grupos delincuenciales, y también con la intolerancia de algunos afrodescendientes que frecuentan el parque, porque como lo manifiestan algunos “no consienten ni un reclamo”. En muchas ocasiones han tenido problemas porque se les pide espacio para que la gente pueda pasar y ver las artesanías, o porque se orinan en el parque y botan la basura al suelo, y son los artesanos los que tienen que organizar la zona norte del parque.

La inseguridad ha terminado por alejar a los turistas y a los transeúntes que en muchos casos prefieren buscar otros caminos o pasar lo más rápido posible, sin detenerse a “loliar” o a “vitriniar” para antojarse de algo. Por ese motivo es que muchos de los artesanos están atrasados en pagos de arrendamiento del local y quebrados.

Un desalojo más
Doña Luz Marina Trujillo es una artesana y suele acostarse a las diez de la noche, pero el 26 de octubre a las dos de la madrugada aún daba vueltas en la cama. El estrés y la preocupación le habían quitado el sueño y el hambre.

En su habitación, Luz no paraba de pensar en el desalojo del que se había librado ese día, pero que ya le había sentenciado una jueza por incumplimiento del pago del arrendamiento del local 40.
A las seis de la mañana, una hora antes de lo usual, la artesana ya se había levantado y se preparaba para una cita que no deseaba cumplir.
—Siéntese y no se vaya a poner a llorar. Le dijo su amigo que le ayuda ocasionalmente en el puesto y le entregó la notificación del desalojo.

La tristeza y los nervios inundaron a Luz, quien de inmediato se fue para donde Elkin, y este puso en conocimiento de los sindicalizados el caso para ver una posible solución.

El día del desalojo en el Boulevard tres policías que hablaban de vez en cuando por el radio rondaban el local que estaba cerrado. La hija de Luz les preguntó que a quién buscaban. Ellos contestaron que a la dueña del local 40, y la joven llamó a su madre quien acudió rápidamente y les mostró los documentos que probaban los abonos hechos a la deuda.

—No sé por qué me va a sacar las cosas porque yo estoy abonando. Yo no estoy negando la deuda. Dijo Luz mientras sus ojos se encharcaban.

El policía después de mirar los documentos y corroborar lo dicho por la mujer le dijo que estaban para acompañar y velar por la seguridad en el proceso. Uno de los policías se fue y más tarde llegaron unos funcionarios de espacio público, entre ellos un hombre que vestía una gorra gris crema, camisa blanca, jean azul, botas negras y chaleco gris donde decía: “Medellín cuenta con vos”. El hombre esbozaba una sonrisa cínica mientras empuñaba una barra de hierro en sus manos, con la que había intimidado a los artesanos.

— ¡A ver! ¿Qué es lo que hay que abrir­? Dijo el hombre, mientras golpeó el suelo con la barra.

Ante el hecho uno de los policías intervino, según los testigos. Tres funcionarios se dispusieron a ejecutar el desalojo, mientras otros cuatro esperaban pasmados a un costado. Luz Marina resignada a entregar su local estaba abriendo el puesto. En ese momento llegaron cerca de siete artesanos y lo impidieron. La impotencia se apoderó de ellos y Elkin Usquiano con papeles en mano exigía claridad en el proceso, mientras que sus compañeros reclamaban sus derechos a la misma vez.

El funcionario llevándose la mano al pecho pedía calma. Y uno de los artesanos le contesto:

— ¿Cómo se va a calmar si ella vive de esto?

Luz Marina por su lado lloraba en el hombro de su hija quien también dejaba ver en sus ojos la angustia y el desconsuelo. De un momento a otro una mujer mayor de 50 años pasó al lado de Luz y le dio un abrazo de valentía y esperanza porque la artesana inmediatamente puso de nuevo el candado.

— ¡Hoy no era el día del proceso! ¡Se confundieron de fecha! Era el miércoles 26 de octubre y hoy es jueves 27. Se impuso la voz de Elkin visiblemente molesto. En la puerta del local ya se habían plantado cuatro mujeres y se pasaron una cadena mediana mientras que las palabras de Luz se ahogaban en el llanto.

Impotente ante el hecho el funcionario cruzó los brazos y su compañera visiblemente irritada por la acción sugirió el aplazamiento de la diligencia. Los artesanos seguían hablando todos a la vez.

Al final de mucho discutir y por la presencia de la cámara y la grabadora de la prensa, los funcionarios dieron la orden de retirarse. Luz se quedó entre sollozos y abrazos de sus compañeros, y después se fue a terminar de organizar su caso y a seguir trabajando en lo que le apasiona: el mundo de las artesanías.

A la fecha, Luz Marina trabaja “tranquila” bajo la amenaza de los ladrones y el desalojo masivo, y con mucho esfuerzo para tratar de pagar las deudas atrasadas. Si no hubiera sido por el apoyo de sus compañeros que se han organizado en SIMEARTE no estaría trabajando.

Wednesday, 02 November 2016 19:00

Jairo: más allá de la grasa y los tornillos

Jhon Jairo Grisales es mecánico, pero como muchos de ellos es también una suerte de médico e ingeniero de carros, pues los conoce al derecho y al revés. El hombre delgado, de estatura media,  piel trigueña y corte de cabello al ras, lleva cerca de 35 años recomponiendo los daños de todo tipo de automotores, entre tornillos, aceites y latas.

El hombre, oriundo del barrio Belén, ha trabajado en Medellín y ha vivido en diversos lugares de la ciudad y hace 13 años reside y trabaja en el barrio Alfonso López. Jairo tiene su taller en toda una esquina, cerca de una quebrada rodeada de grandes árboles que dan sombra y tranquilidad al sector. Es una especie de ramada que parece estar al aire libre por el frente y un costado, lado que él cierra fácilmente con solo correr dos rejas; así de forma práctica y sencilla hace las cosas, tal como es su forma de ser.

—Yo estudié Mecánica Automotriz en el Sena, porque perdí un año por jugar fútbol. Mi papá me dijo “en la casa el que no estudia, trabaja. ¿Quiere seguir estudiando o quiere seguir trabajando?” No papi yo quiero seguir estudiando. Le conteste.  

Mientras se toma un café en su taller, sentado en una silla metálica, recuerda que le tocó madrugar por tres años y que el futbol, su pasión, lo llevó por ese camino que le ha permitido levantar a su familia compuesta por dos hijos, hombre y mujer, y su esposa, una persona organizada y una de las mejores estilistas para él.

Jairo, hombre de espíritu conciliador, muestra admiración por las artes marciales, la lectura y la psicología; busca entender el alma y comprender a las personas como también las dinámicas sociales y el ejercicio del poder. A ratos se olvida del mundo pensando en diversos temas que normalmente la gente pensaría que un mecánico no contemplaría. Por ejemplo el sistema económico, educativo y político.

Jairo ha venido actualizándose porque la tecnología automotriz ha cambiado vertiginosamente y él le sigue el paso; en esta época es capaz de reparar un camión último modelo, taxis, buses, busetas o volquetas, tan bien como un Renault  4. Entre las actualizaciones más notables en este oficio, el mecánico señala la inyección electrónica, los sistemas de frenos ABS, los carros blindados, el sistema de transmisión de cambios, los carburadores, y la forma de encender los motores.

—Uno montaba un niño al carro y eso era un problema ni el hijuemadre porque el pelaito comenzaba a pisar el acelerador y cada pisada era una inyectada de gasolina y cuando uno iba a darle “estarte” al carro, el carro estaba inundado en los cilindros.

Ahora, dice Jairo, las compañías de automotores le apuestan al ahorro de combustible, de espacio y de materiales, pero ese ahorro no es para el usuario porque los repuestos duran menos, son más caros y ordinarios. Antes, recuerda, las bombas de gasolina se podían destapar y reparar, pero ahora se queman si se trabaja con poco combustible.

Jairo nunca ha dejado su trabajo, pero ha alternado la grasa con la lectura, ha investigado los temas sociopolíticos además de los psicológicos, es un fiel lector y llama a todos los expresidentes y al actual como: los tristemente célebres presidentes de la República de Colombia.

—Yo siempre voto, pero por el menos malo, siempre mirando las posiciones de cada persona. Pero en la historia local no ha habido ningún presidente que sirva para nada, dice con voz pausada y con cierto énfasis.

Sobre la educación profesional en el mundo piensa que las universidades son como fábricas que solo sacan tecnólogos, financieros, abogados y gerentes, dejando a un lado la parte humana, el pensamiento crítico y la comprensión del comportamiento humano, de la inequidad, el desorden y el desbalance que hay en el país.

 —Uno ve en los barrios exclusivos viejos bien organizados, son críticos, saben de qué hablan. En cambio por los barrios populares uno ve a los viejos arrastrados, acabados, luchando por un pedazo de pan, abandonados por el gobierno.

Jairo conoce bien a Medellín y los municipios aledaños. A él le han llevado carros de todas las marcas, modelos y estilos desde diferentes lugares de la ciudad, como San Antonio de Prado, Santo Domingo, Manrique y El Poblado, solo por nombrar algunos, y ninguno le ha quedado grande, como tampoco los aprendizajes y retos que se ha puesto.

—En la vida hay que aprender de todo, a bailar, a conducir y hasta a pelear porque uno nunca sabe cuándo le vaya a servir lo que aprendió.

—Una vez trabaje con un muchacho que era empírico y él decía que los libros no servían, que la tecnología no era útil. ¿Cómo no le  va a servir a uno un computador o un escáner?, eso es ayuda electrónica para el trabajo que uno ejerce. Muchos empíricos dicen que estudiar no sirve pero eso son solo excusas.

Jairo sabe que mantenerse actualizado es importante para estar vigente en el gremio. Reconoce que la tecnología necesita de la mente humana como de la experticia para interpretarlos, y recuerda que cuando empezaron a llegar los encendidos eléctricos, si lavaban un carro era muy difícil encenderlo de nuevo y tenían que destaparlo para desconectar cada conexión y secarlos; pero ahora vienen recubiertos, protegidos contra el agua.

Entre el ruido de los autos que corren por la vía y  ahogan su voz  cada tanto, habla de las tendencias en los carros que además del ahorro de consumo en combustibles y la incorporación de nuevas energías como el gas y la electricidad, ha implementado la computarización de los sistemas de los automóviles.

A Jairo le han quedado debiendo plata de muchos trabajos. Tiene dos carros en el parqueadero que desde hace dos años no los han reclamado. Entre los personajes que le han quedado debiendo destaca a un policía; un hombre mayor, maduro como se dice coloquialmente, que no le quiso pagar y hasta bala le ofreció.

—Yo siempre he sido serio con mi trabajo, no he repartido volantes ni ningún otro tipo de publicidad. La misma gente es la que habla de uno, lo referencia y lo hace conocer.

A él le coqueteó el narcotráfico, el hampa le ofreció dinero para desaparecer o desvalijar carros que algunas personas se auto robaban para cobrar los seguros, o que robaban a otros, pero él nunca cedió. No por falta de valor sino por el contrario, por tener agallas y coraje les decía y les dice que no; porque él sabe que eso no lleva a nada bueno y que la revolución en la sociedad se hace desde esos gestos honrados que son los que generan y lo mantienen en paz.  

Tal vez llegue un momento en el que Jairo no podrá trabajar más, él mismo lo sabe porque a quienes viven del trabajo físico les llega “la fecha de vencimiento”, un tiempo en el que ya no podrán ejercer su trabajo por falta de fuerzas o capacidades, pero él sabe que nunca hizo daño con su trabajo y que por el contrario ha conservado vidas, las vidas de sus clientes que a ciegas entregan su seguridad, vida e integridad en las manos del hombre que mientras repara, piensa más allá de la grasa y la tornillería; piensa en un país equitativo, en marcha y en paz donde él, cuándo este viejo, pueda seguir siendo persona útil y no lo abandonen como a los carros que aunque reparados y funcionando, la sociedad ha vuelto obsoletos.

Sunday, 21 August 2016 19:00

Aldemar y Bernardo los fontaneros

En la parte más alta de la comuna 3, Manrique, al oriente de Medellín – donde los techos de lámina de zinc bordean la montaña como queriendo contenerla de su posible deslizamiento; donde se llega desde la ciudad al corregimiento Santa Elena, con unos minutos de trocha por la pendiente ladera, que en momentos parece lanzarnos a la caótica y bullosa ciudad –, cuatro fontaneros, entre ellos una mujer, se encargan de administrar el agua para más de 3.500 habitantes del barrio La Honda.

Según cuenta Aldemar Antonio Betancur, oriundo de Aquitania en San Francisco - Antioquia, hace años, cuando apenas el barrio se empezaba a formar y no tenían acueducto ni agua potable, la gente de la zona fue a buscarla hasta los tanques de Bello Oriente, uno de los sectores aledaños:
—Fuimos hasta allá, pero nada. La vimos muy horrible traer el agua desde allá, entonces nos fuimos por esa cuchilla. Fuimos nueve personas. Les mostré a lo lejos la laguna y un nacimiento, y por allá nos resbalamos a la represa para ver de dónde era más fácil traer el agua –, dice don Aldemar mientras sostiene un lazo enrollado en su hombro izquierdo, con el que minutos antes amarró la nevera que subió por las empinadas y estrechas escaleras, donde solo cabe el pie completo de un niño.

Después de buscar la mejor alternativa se decidieron por tomar el agua de la represa:
—Un señor que ya tenía el agua para el sector de la cancha nos dio media pulgada para tener la toma de la represa, pero eso era muy poquita agua para tanta gente.
El asentamiento fue creciendo y con esto la demanda del agua, generando problemas entre los mismos vecinos. Incluso al mismo Aldemar lo amenazaron una vez con “darle machete” sino solucionaba los problemas del agua.

En 2007, para acceder al servicio, cada casa pagaba la matrícula y cada ocho días Aldemar iba de casa en casa cobrando mil pesos. De los mismos aportes, él compraba los materiales para hacer los arreglos; así fue por cuatro años hasta que crearon un comité, pero la gente se cansó a los dos años y lo dejaron otra vez solo.

El caserío de La Honda seguía creciendo. Desplazados del departamento y de otros barrios de Medellín llegaron buscado un pedazo de tierra para volver a empezar o cambiar de vida. Para mejorar el servicio recogieron 30 mil pesos por cada casa y buscaron el agua de Las Empresas Públicas.
—De Bello Oriente nos vendieron la pega para traer el agua; con 7 u 8 millones que recogimos, compramos los materiales y empezamos a tirar el agua.
Dele, dele, dele trabajando mucho hasta que trajimos el agua.

Sin ser ingenieros, Aldemar y sus compañeros tuvieron que hacer cálculos para que la pendiente y la presión garantizaran el buen flujo del agua a todas las casas. Pero con el nombramiento de un nuevo presidente de la Junta de Acción Comunal, cambió la dinámica del reparto del agua a la comunidad.

—El año pasado el nuevo coordinador tenia nuevas ideas. Le daba 15 minutos a una casa y 15 a la otra. Yo no le quería comer de esos cuentos y me sacó. Eso así no da porque la gente es corriendo para recoger el agüita.

Don Aldemar recibía 300 mil pesos cada mes por su trabajo de día y de noche, y ahora él se gana algunos pesos con trabajos ocasionales.

Por su lado Bernardo Polo, un afrodescendiente de estatura media, piel sin arrugas visibles en la cara a sus 46 años, lampiño y cejas pobladas, oriundo de San Juan de Urabá y con ocho hermanos, es uno de los actuales fontaneros en el barrio La Honda; al igual que don Aldemar, su trabajo es de día y de noche. Hasta la una de la mañana va su labor, que es mucho más que abrir y cerrar llaves.

Bernardo lleva 14 meses en este trabajo que le ha permitido conocer su barrio cuadra a cuadra, al igual que las necesidades de sus vecinos sobre el líquido vital que ahora tienen solo día por medio; aunque ocho meses atrás tenían que esperar hasta cuatro días para ver agua en sus canillas.

Ser fontanero en un barrio en formación exige mucho cuidado, supervisión y acciones inmediatas, especialmente cuando hay daños.

—Por este sector abro la llave desde la 1 de la madrugada hasta las 7 de la mañana y la gente se levanta a recoger o pone las lavadoras –, asegura don Bernardo mientras sube rengueando por las empinadas escalas de 70 centímetros de ancho aproximadamente que se pierden cuesta arriba entre el cielo y la montaña. El hombre abre la llave, señala un tubo que pasa por encima de un techo y explica cuál es el destino que tendrá el líquido.

—Don Bernardo, mi papá le mando a decir que por allá arriba hay un daño y que ya cerramos la llave –, le dice un niño que se nos acercó, mientras nos ubicábamos con dificultad y cuidado en las escalas. El fontanero se devolvió por sus herramientas. Al voltear, ya se observaban las millones de luces de la gran ciudad que crece constantemente, y que lo empujó a lo más alto en busca de una tierra para tener un techo.

Por trochas llenas de polvo, barro, monte o cemento, él recorre su barrio que en otrora no era más que montañas, árboles y hierba. Mientras trepa la ladera apoyado de un tubo de media pulgada, recuerda su trabajo en Turbo con un contratista que servía a Unión de Bananeros de Urabá - UNIBAN-.

—Yo trabajaba haciendo mantenimiento a unas fincas bananeras y en el 2005 estaba cruzando un puente de madera, cuando me caí y me golpeé por las costillas y me fracturé la pierna. Allá me la iban a cortar pero yo puse una demanda y me mandaron a hacerme el tratamiento acá en Medellín –. A don Bernardo le decían que tenía cáncer en un hueso de la pierna; a veces dice que es un tumor benigno que se agravó; el caso es que su pierna se encogió, se chupó, y él mantenía acostado sin poder hacer nada por su familia ni por él mismo, a la espera de un donante para operarlo.

Avanzamos entre los ladridos de los perros que azaran la noche y la música estridente de las discotecas al fondo, mientras él pregunta cada tanto en algunas casas que si tienen agua. Nos internamos en el monte buscando el tubo dañado. Una vez descubierto el daño, el hombre sube alumbrando con una linterna por una trocha cerca de 10 minutos y cierra la llave. La bajada es con más facilidad y rápida, como si no tuviera su pierna lastimada.

De su mochila saca una segueta, una tarro de gaseosa con pegante, un trapo, un cuchillo, y un puñal que reemplaza el machete que le estorba más, y se alista a reparar el tubo quebrado por algún incauto que probablemente bajaba palos por ahí.

Bernardo arregló el tubo bajo la luz de la luna. La linterna apretada entre el cuello y el mentón. A su espalda la ciudad que imagina que los fontaneros ya no existen, y que todos los habitantes en Medellín tienen agua a cualquier hora, porque tenemos la afamada Empresas Públicas de Medellín. Lo cierto es que si no fuera por estos hombres, más de un barrio no existiría.

Medellín es una ciudad de exageraciones, contrastes, de ricos y pobres, muy pobres, que a veces se topan cara a cara, pero esquivan las miradas temerosas e indiferentes; almas que habitan la ciudad separadas por estratos sociales, segregadas por clases, apellidos, marcas, calles y hábitos, pero sobre todo, por la capacidad económica, por lo que llevan en los bolsillos y lo que pueden llevar a su boca.

En la ciudad de Medellín, entre bares, verduras y cantinas en el sector de Tejelo en la Comuna 10, el Centro de Medellín, hay varias mujeres en un restaurante que desde las 7 de la mañana están cocinando y lavando para preparar platos sencillos de buen sabor y económicos. Su ganancia en pesos es poca para las seis personas que trabajan allí, pero la satisfacción es grande.

Amanda Marín Carvajal, una mujer de estatura media, tez blanca, reservada en la conversa, oriunda de Arboleda, Caldas, es cocinera – aprendió cuando apenas tenía 12 años, su casa fue la escuela y desde los 16 empezó a trabajar en restaurantes e instituciones -, y con su sazón ha levantado 8 hijos. Mientras revuelve una ollada de espaguetis que sazona con salsa de tomate y una pizca de amor, cuenta que a pesar de su esfuerzo y disciplina no ha logrado conseguir una casa propia. Su salario no le permite ahorrar ni darse lujos, pero sí mantenerse y cubrir sus necesidades básicas.

—Estoy aquí porque me gusta preparar la comida, y me parece justo que la gente más pobre pueda pagarse una comida decente y coman bien. Al menos una vez al día –, dice Amanda mientras cambia de mesa la olla grande llena de pastas que emana un vapor y se riega por toda la cocina aumentando la temperatura que a las 9:30 de la mañana ya tiene a todas las cocineras con gotas de sudor en la frente.

Su uniforme verde limón con gorro blanco que les cubre el cabello, las acompaña todo el día, y Amanda solo se quita a las 8 de la noche cuando regresa a su casa, en el barrio Popular dos, donde llega y se pone a ver telenovelas que la arrullan, y al rato la dejan dormida; claro, después de ayudar a sus dos hijos con las tareas.

A pesar de lo temprano, ya se ven varias personas que se sientan en algunas de las 30 butaquitas de plástico de colores puestas alrededor de las mesas metálicas de acero inoxidable.


—Un desayuno con pastas por favor –, dice un hombre con un uniforme verde de una bebida energizante que se vende en los semáforos de la ciudad, a la vez que frota sus manos. Él sabe que lo que realmente le da energía para todo el día es un buen desayuno.

Doña Luz Riaza Amaya, una mujer de 60 años, que nació en el barrio el Picacho en la comuna 7- Robledo, es cocinera curtida y recorrida por diversos restaurantes y negocios de la ciudad. Mientras revuelve los frijoles en una olla que le llega a la altura del cuello y con ojos sonrientes nos dice:

—Yo tengo una hoja de vida hermosa, gracias a Dios, aquí en la calle.
Luz se ha enfrentado a la crudeza de la pobreza, a esos trabajos cuyas condiciones parecen castigos; pero ella los supo aprovechar y uno de los primeros trabajos que recuerda es el de cuidar cerdos en el barrio Antioquia, también vendió chiclets, lavó ropa, vendió tomates y cebollas con sus hermanos en carretas. Hasta fue mecánica en el barrio Manrique.

—Yo he trabajado en muchas cosas por amor a mis hijas. El padre de ellas era drogadicto y se fue para la calle y por allá lo mataron, entonces me toco a mi sola la lucha.
Sus hijas están bien, han estudiado y han creado algunas empresas, solo una le salió descabezada como el papá, dice doña Luz mientras sus compañeras que oyen el relato se ríen. Ella regresa a revolver la olla. Por momentos le pido que me hable más duro porque los extractores de aire llenan de un ruido sutil la cocina. La mujer de contextura gruesa y piel canela se muestra activa constantemente; está pendiente de las sopas que le toca hacer para el menú, que es el mismo todos los días pero que los comensales pueden combinar.

Activa y pendiente también dice estar y haber estado de sus 16 nietos, 3 bisnietos, 6 hijas y su hijo.
—Yo tengo un combo más grande que este que hay aquí –, dice mientras retira rápidamente el cucharón de la olla y me mira seriamente.
—Yo he hecho de todo para levantar a mis hijos, me tocó hasta pedir de puerta en puerta y hacer lo que nunca pensé ni deseé hacer, con tal de que no les faltara nada.

Doña Luz, que muestra conocimientos de servicio al cliente y mercadeo, siempre se ha sentido acompañada y querida por sus hijos, así como bien recompensada por su trabajo, porque según ella su patrona nunca la deja sin plata.

El restaurante fue establecido en un lugar por donde trabaja gente pobre que lucha para conseguirse el día a día. Ellas cuentan que hay personas que no tienen los $3.600 entonces se comen la sopa sola, o en otras ocasiones, que llegan sin un peso porque no hicieron nada. Ante esas circunstancias, se miran entre ellas hasta que alguna decide asumir el costo del plato.

—Yo un día tuve hambre, me tocó pedir limosna. ¿Entonces cómo no voy a sentir yo en el corazón el hambre de los demás? –, dice mientras su voz se quiebra, su frente suda y las ollas hierben, cerca de conseguir el punto de cocción perfecta. En su juventud y años de más vitalidad soportó la ley del silencio en el barrio el Picacho, donde fue presidenta de la Junta de Acción Comunal y trabajó con Empresas Públicas poniendo el alcantarillado. Con Luz se puede hablar de todos los temas, incluido la política; está actualizada del acontecer nacional. Seguro que ahora podría tener más comodidades en el complejo mundo político, pero ella eligió al igual que sus compañeras la vida sencilla y plena de ayudar a otros, de ofrecer buena comida a poco costo y alimentos de primera mano. Esa es su vocación, cocinar desde muy temprano para saciar el hambre de muchos.

Tuesday, 21 June 2016 19:00

La casa retumba

8,2 kilómetros es lo que la concesión Túnel Aburrá-Oriente debe romper de la montaña para unir el Valle de San Nicolás con el Valle de Aburrá, solo para que los viajeros ahorren entre 18 y 20 minutos. Pero estos minutos parecen ser más importantes que los cientos de árboles que serían talados, y el riesgo que correría la fauna y la flora, con especies únicas y escasas, según explica la Corporación Penca de Sábila. Encima de todo, el agua de la que bebe y vive el corregimiento de Santa Elena se puede ir literalmente por el Túnel, dejando a los habitantes secos y amenazando la principal actividad del corregimiento: la floricultura.

Sobre el daño ambiental provocado por los trabajos que se han realizado se ha escrito bastante, pero realmente se ha contado poco sobre el daño que está generando a los habitantes cercanos. Para la comunidad vecina al Túnel de Oriente y para las organizaciones ambientalistas este proyecto no es necesario, pues ya existen cinco vías para ir desde Medellín hasta el aeropuerto José María Córdova de Rionegro, vías que al parecer son ineficientes en el diseño y en el mantenimiento, porque de lo contrario no necesitarían otro acceso para poder unir los dos Valles.

Una de esas vías es la de Santa Elena que conecta el corregimiento desde la carrera 48 Ayacucho en el centro de Medellín, una carretera estrecha y con curvas parecidas a las que salen en los video juegos de carreras automovilísticas; a sus costados hay casas sencillas, y una que otra finca con familias que se han levantado en la tranquilidad que les da el campo y la facilidad que les da la cercanía a la ciudad. Sus únicas preocupaciones por algunos años era la guerra que había entre las bandas delincuenciales del barrio 8 de Marzo y los de La Sierra, que en ocasiones se iban por la vía para meterse al barrio vecino.

Pero desde hace algunos años eso quedó en el pasado, vivían tranquilos; las balaceras que solían oír a algunos kilómetros, los petardos y el ladrido de los perros en la noche quedaron atrás; hasta que la Concesión Túnel de Oriente empezó a escavar la montaña, a reventarla con explosiones de dinamita, que los despierta a cualquier hora de la madrugada.

–Eso lo pueden detonar a las 10 de la noche, o a las 3 de la mañana, no hay hora fija–, asegura Rodrigo Tabares habitante de la zona quien nació y se crió cerca a la vereda Media Luna y levantó a sus hijos. El hombre de altura media y barba rasurada muestra cómo el techo de su casa, donde también queda su tienda, le ha ido abriendo paso a la luz y a la lluvia con cada explosión que hacen a menos de un kilómetro. Don Rodrigo, al igual que los otros vecinos, ha hablado con representantes de la concesión pero sus respuestas son evasivas y mentirosas, según cuenta.

—Ellos dicen que las tejas se han corrido porque los carros que pasan por la vía van moviendo la tierra y así van sacudiendo los muros y el techo se corre, y que por ese mismo motivo se han generado las grietas en los muros­–. Dice mientras pone algunas papas rellenas a calentar para un cliente y saca unos refrescos de la nevera. Él sabe que en más de 30 años que ha estado en esa casa los daños por deterioro del tiempo no se presentaban así de un momento a otro y menos en el techo.

Aunque su rostro muestra a un hombre tranquilo y paciente, cuando habla sobre la actitud de los ingenieros de la concesión sobre los reclamos de la comunidad su ceño fruncido delata la molestia y el enojo por la situación. –Para ellos todos los daños en las casas, la contaminación del agua y la muerte de algunos animales son culpa de otros. Del tránsito en la vía, de la sequía, de los dueños, pero no de ellos–. Asegura sentado en una banca de madera a unos metros de la vía, y justo al frente de una calle que permite la integración de las volquetas que salen de la obra para la carretera de Santa Elena, vehículos que por su peso y tamaño tienen prohibido circular por esa zona.

Más abajo yendo al centro de Medellín, una familia que cría conejos ha perdido más de 10 camadas con las detonaciones, pues los conejos se estresan por el ruido y abortan. Los gazapos o crías de conejos que logra nacer, son aturdidos por las explosiones.

Juan David Ramírez vive hace dos años en la zona y es quien está más pendiente de los conejos. Mientras nos muestra las jaulas grandes de los conejos nos dice:
–El 25 de abril nos levantamos y encontramos varios conejos muertos, hasta los grandes han muerto. No hay razón porque ellos tienen comida, agua, los habíamos inyectado y todo. Y esa noche habían hecho explosiones–.

Juan David asegura que llevó las fotos a los ingenieros y se hicieron los de oídos sordos. Cuando se enteraron que se había deshecho de las crías, lo buscaron para decirle que le enseñara los animales para hacerles un estudio y él les dijo que ya no los tenía y con eso se lavaron las manos.

Juan David también nos enseña los tanques en los que tenían agua y afirma que cuando hay detonaciones se ensucian y huele a pólvora. Ingresamos a la casa, una parte que remodelaron para estar más seguros, pues la casa vieja se convirtió en un peligro para los habitantes, particularmente, para los más pequeños. Los perros también sufren con las explosiones inesperadas, –cuando eso explota los perros se ponen inquietos, con miedo y nos toca levantarnos para que ellos se tranquilicen–, dice Juan David.

Ellos son solo dos familias de las afectadas con este proyecto que para Javier Márquez, funcionario de la corporación Penca de Sábila, es un negocio financiado con dineros públicos para beneficio de los privados; es en suma un proyecto ilegal, realizado en contra de la voluntad de la comunidad, que por cierto tendrá que pagar por él dos veces: una por la valorización de sus propiedades y dos por los peajes que deberán cancelar si quieren transitar por donde antes caminaban libremente. Solo carros particulares circularían, pues hasta el momento no se habla de un sistema de transporte masivo para unir los valles; solo se sabe del Túnel y sus peajes.

Las casas retumbarán tal vez hasta el año 2018, fecha en la que se espera que se entregue la obra. Mientras tanto ellos duermen con la certeza de que su sueño será interrumpido, ya no por los grupos delincuenciales que se peleaban un territorio, sino por las concesiones que se quedaron con la montaña, la privatizaron, la tallaron y la talaron para el
negocio.

María Roa Borja es una mujer afrocolombiana, de estatura media, cabello corto y pañoleta café; café como sus ojos de mirada inquieta; inquieta como su alma formada en un ambiente familiar libre y natural.

Entre la congestión y el bochorno de Medellín que arde a 32 grados, ella mira al otro lado de la avenida a sus citadores, que esta ocasión no eran ni Bluradio, Televida, ni la Revista Semana, sino Periferia, y aunque no nos conocía salió en el descanso de un evento a recibirnos, en plena calle Colombia, donde nos propuso el encuentro.

Su vestimenta ausente de lujos, pero sí con algunos detalles nos muestra que es una mujer de equipaje ligero, carga solo lo necesario, es planificadora y estratega, pese a que solo ha terminado su bachillerato; parece una mujer sola, de pocos amigos, pero detrás de María, en Medellín hay 127 mujeres y un hombre del servicio doméstico afiliados a la Unión de Trabajadores del Servicio Doméstico, UTRASD, del cual es presidenta.

Mientras buscábamos algún lugar para sentarnos a conversar, nos contó que tuvo una infancia tranquila en una finca bananera con sus cinco hermanos y sus padres, hasta que en 1996 una de sus hermanas mayores fue asesinada. Ese día cambió su vida; de su amado Apartadó que le dio todo, salió con unos familiares y muy pocas cosas, con muy pocas esperanzas, porque estar allá le hacía sentir que su vida se marchitaba de la tristeza o que sería arrasada por la misma mano que arrancó a su hermana.

Sus padres se quedaron con la fe en que las cosas se arreglarían, pero más tarde también se vinieron a la gran ciudad que todo lo tenía pero que nada regalaba, y que a personas nobles con poca formación solo les ofrecía como trabajo, si era hombre, la construcción, ser cura, o plomo detrás del arma; y si era mujer, ser monja, o trabajadora del servicio doméstico en dos variantes: con penosa remuneración, y una cama pequeña casi siempre en el último rincón de la casa, más allá de la casa de las mascotas, pero más acá del cuarto de los chécheres. O la segunda variante, gratis, en su propia casa.

A María le tocó su primera experiencia como trabajadora doméstica a los 18 años. Se levantaba a las 4 de la mañana a oír el sonido de los carros, en lugar de los pájaros, y a ver la oscuridad en lugar de ver el alba del día y oler la frescura de los platanales. No fue lo más placentero para María, pero era su única salvación por la época.

María cierra un poco sus ojos como tratando de enfocar y dice con voz pausada:
—Una se imagina que va a trabajar en lugares donde hay muchas incomodidades para una, pero qué tristeza que le separen el plato, el vaso y la cuchara de los demás. Mientras que una está acostumbrada a compartir.

Entre los siete hogares que trabajó no niega que encontró algunas personas más conscientes de que la trabajadora doméstica no es una máquina más de la casa y que por ello le daban un trato fraterno, aunque las condiciones laborales seguían siendo pobres. Y entre esos siete hogares también le quedaron debiendo pagos y liquidaciones. Al ver que nadie proponía cambios reales, en el 2005, cansada de vivir encerrada y lejos de sus hijos decidió renunciar, porque pidió permiso para descansar sábado y domingo, y entrar los lunes en la mañana, pero su patrona no la autorizó. A ella le dio igual y fue el lunes.

—Yo quería dormir una noche más con mis hijos, ellos me necesitaban, estaban creciendo y yo solo tenía un día y una noche con ellos.

Cuando regresó encontró a su patrona enojada. María no lo pensó mucho y le pidió la liquidación ¿con qué seguiría viviendo con sus hijos? Eso no le importó mucho pues ya había atravesado pruebas más fuertes, pero ninguna tan amarga como dedicar su vida, a la vida de otros a cambio de dinero. Su nuevo oficio sería de intermediaria en litografía a terceros, pero no se olvidó de sus compañeras y puso manos a la obra en compañía de la organización afro Carabantú, quienes la conocieron como líder del barrio La Torre, y con el apoyo de La Escuela Nacional Sindical. Entonces le ofrecieron liderar la lucha por los derechos de las trabajadoras domésticas.

María vive en Aranjuez, vivió en Manrique y en La Torre, cerca de Villatina, pero su mundo no termina ahí; su mirada inquieta terminó yendo hasta Boston, pero no en el centro de Medellín sino en Hardvard, al Instituto Tecnológico de Massachusetts, también a Ciudad de México, Cali, Bogotá, entre otros sitios que le han abierto las puertas para que comparta lo que ha sido la lucha de las trabajadoras domésticas y la incidencia política para lograr sus derechos.

María desde que dejó el trabajo doméstico se levanta a las 6:00 de la mañana, les deja el almuerzo hecho a sus hijos y se va a las 8:30 de la mañana. Sale ya sea para la Escuela Nacional Sindical; a llevar algún trabajó de litografía; hacia la terminal de buses o para el aeropuerto, pues viajar ya hace parte de sus actividades frecuentes. A sus hijos no les gusta mucho que esté tan ocupada pero la apoyan porque conocen sus motivaciones, y en algunas ocasiones le ayudan en lo que puedan.

Acostarse temprano ahora es posible, pero su lucha de 24 horas no siempre se lo permite, pues mantener que sus representadas tengan el pago del mínimo con prestaciones, que laboren 8 y no 16 horas y que tengan el derecho a cajas de compensación, es su obsesión. Ahora lo que se le viene encima es la lucha por el pago de la prima de servicios, normalizar la jornada de las trabajadoras internas a 8 horas, de lunes a viernes; y llevar su causa a Urabá, Cartagena y Bucaramanga.

María asumió este reto plenamente y lo hace porque no quiere que ninguna mujer se sienta encerrada y discriminada por tener necesidades económicas, que no se vuelva presa fácil de la explotación, o una esclava moderna que deja a sus hijos sin madre para reemplazar a otra en las tareas de la casa; ella no quiere que se sientan un mueble más de la casa donde le pagan. Sus viajes que han ido desde Cali, hasta Estados Unidos, la han convencido aún más de la importancia de su lucha y de lo atrasado que está el país en materia del derecho laboral de las empleadas domésticas. Desde eso ha querido estudiar derecho pero el sistema educativo del país no solo es excluyente sino discriminatorio, con la edad especialmente.

Después de nuestro encuentro, María seguirá buscando el reconocimiento de los derechos de sus colegas, que en su mayoría son mujeres afrodecendientes que ignoran y no se atreven a exigir calidad y dignidad en sus trabajos.

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