A finales de agosto el huracán Harvey originó una de las peores inundaciones en la historia de Estados Unidos. A su paso por el Estado de Texas produjo medio centenar de muertos, destrozó unas 150 mil viviendas y destruyó cerca de un millón de automóviles, dejó sin luz eléctrica a 300 mil personas y afectó en forma directa a otras 13 millones. Se calcula que el costo total de su impacto equivale a unos 150 mil millones de dólares.

La inundación fue resultado de una lluvia sin precedentes, hasta el punto que algunos meteorólogos informan que una de ese tipo se produce cada mil años. En efecto, cayó sobre el Estado de Texas tanta agua en un día, como el equivalente a la que pueda caer en un año, y con dicha cantidad se podrían llenar 35 mil edificios como el Empire State, que tiene 102 pisos.

Los medios de desinformación muestran las escenas de destrucción como si fueran accidentales e inexplicables. En ese contexto, nadie habla del cambio climático como la razón básica que explica lo sucedido en Texas, el primer Estado petrolero de los Estados Unidos, y en Houston, considerada la capital petrolera del mundo. ¿Por qué este huracán fue tan destructivo? ¿Qué explica que Houston y otras ciudades hayan recibido un nivel de lluvias nunca antes visto y se hayan inundado?

Para empezar, el Estado de Texas es una tierra de los republicanos que niegan el cambio climático y han convertido la construcción en un próspero negocio, completamente desregulado y sin ningún control gubernamental. Esto explica que se hayan destruido la mayor parte de humedales que existían en las afueras de la ciudad, el 70% en el período 1992 y 2010. Esos lugares ahora están pavimentados, con lo que se ha perdido una fuente natural de control de aguas y se han construido edificaciones, principalmente para pobres, en zonas fácilmente inundables.

Al mismo tiempo, la fuerza del huracán y las intensas lluvias son un resultado del aumento de la temperatura en las aguas del Golfo de México, que hoy son dos grados más calientes que en 1980. Y este incremento en el calor de las aguas oceánicas es la fuerza que alimenta los huracanes que se han hecho más frecuentes y destructivos en los últimos años por el calentamiento mundial, por la sencilla razón que el aumento de la temperatura calienta los mares y lanza más agua evaporada a la atmósfera.  Y ese calentamiento es producto del uso de combustibles fósiles, cuyo campeón indiscutible es Estados Unidos y su emblema el Estado de Texas. Visto así el asunto, tenemos que el cambio climático se ha sentido en forma directa en una región donde se encuentran los principales responsables de esa brusca modificación del clima. Y eso se ha producido en el mismo momento en que el Gobierno del millonario Donald Trump niega que exista el cambio climático.

Que Harvey, como fue bautizado el huracán que llegó hasta Texas, se hubiera presentado en la primera potencia mundial, indica que el cambio climático, uno de los eventos más dramáticos de nuestro tiempo, no va a discriminar entre ricos y pobres, aunque desde luego estos últimos sean siempre los primeros y más afectados. Eso mismo sucede en los Estados Unidos, puesto que los muertos y damnificados por el impacto de Harvey son los pobres y los negros, que no tienen dinero ni recursos para huir fuera del Estado o viven en los lugares más desprotegidos y en las viviendas construidas en zonas inundables y con materiales de mala calidad.

Lo sucedido con Harvey pone de presente que en Estados Unidos, en virtud del individualismo y egoísmo dominantes, sus habitantes no están preparados ni han sido educados para afrontar este tipo de catástrofes, que se creía solamente iban a azotar a los países más pobres de la cuenca del Caribe. Como no existen planes de prevención, la solución que se adapta como se ha visto también en La Florida con el huracán Irma, es de lo más tragicómica: huir en carro de los huracanes y las tormentas, formando interminables trancones de miles de kilómetros y quemando millones de galones de gasolina, lo cual acelera el cambio climático y le suministra combustible a los huracanes, para que sean más frecuentes y destructivos. Ese es el costo de la ignorancia ambiental y de la arrogancia que supone que puede huirse en forma impune de los problemas que genera un modelo irracional de vida y de sociedad.

En lugar de considerar los efectos negativos de este modo de vida (o mejor de muerte) sobre el clima mundial, siendo los datos científicos cada vez más contundentes,  no podían faltar las “explicaciones” religiosas de los pastores protestantes, para quienes las inundaciones de Texas no son resultado de ningún cambio climático, puesto que ellos niegan que exista, sino que son un castigo de Dios porque en ese lugar y en todos los Estados Unidos se acepta la homosexualidad. Por ejemplo, el pastor evangélico Kevin Swanson aseguró que no era coincidencia que las inundaciones hubieran sucedido en Houston, donde “hubo una muy activa alcaldesa pro-homosexual hasta mayo del 2016”, porque “Jesús envía el mensaje a casa, a menos que los estadounidenses se arrepientan, a menos que Houston se arrepienta, todos ellos también perecerán”.

A la impunidad ambiental que caracteriza a los dueños de Texas, los grandes petroleros, junto con su analfabetismo climático, debe agregársele, para configurar un explosivo coctel, la ignorancia del fanatismo religioso, con su sarta de embustes y estupideces. Que esa mezcla se produzca en los Estados Unidos, la primera potencia mundial y epicentro de los mayores desarrollos científicos y tecnológicos, indica que la estupidez no tiene patria y es de las pocas cosas que verdaderamente se han globalizado, hasta alcanzar unas cotas de cretinismo que abruman por su falta de sentido. En esta perspectiva, en Estados Unidos aparte de los huracanes producidos por el cambio climático, hay que agregar los huracanes del odio, la ignorancia y la mentira.

El 20 de julio, día de la independencia de Colombia, como cruel paradoja de fondo, el director de la Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), el ultraderechista Mike Pompero, reveló, durante un foro sobre seguridad realizado en el Instituto Aspen de Colorado, Estados Unidos, que había realizado viajes a Bogotá y Ciudad de México a comienzos del mes de julio en donde habló con el alto Gobierno de estos dos países sobre Venezuela.

En concreto, afirmó que ''cada vez que tienes un país tan grande, y con la capacidad económica de un país como Venezuela, Estados Unidos tiene profundo interés en garantizar que el país esté tan estable y democrático como sea posible”. Una confesión  que indica que el interés de los Estados Unidos en Venezuela, encubierto con una retórica falsamente democrática, es el petróleo de ese país, y para apropiarse plenamente de esa riqueza van a intervenir cuando les venga en gana, como en efecto lo están haciendo en forma descarada.

Agregó el terrorista en jefe de la CIA que “estamos trabajando muy duro para hacer eso” (es decir, desestabilizar al Gobierno legítimo y constitucional de Venezuela). Argumentó además que  “yo siempre tengo cuidado cuando hablamos de Sur y Centroamérica y la CIA. Hay muchas historias. Así que quiero tener cuidado con lo que digo (cuidado para anunciar que está en marcha un golpe de Estado contra Venezuela,


debe entenderse), pero basta señalar que estamos
muy optimistas de que puede haber una transición en Venezuela, y nosotros –vale decir la CIA– está haciendo lo mejor de sí para entender la dinámica allá, para que podamos comunicársela a nuestro Departamento de Estado y otros, los colombianos. Acabo de estar en Ciudad de México (el viaje de la primera semana de julio, junto con el general Kelly), en Bogotá, la semana antepasada, hablando sobre este tema precisamente, intentando ayudarles a entender las cosas que podrían hacer para lograr un mejor resultado para su rincón del mundo y nuestro rincón del mundo''.

El jefe de la principal agencia terrorista de los Estados Unidos está diciendo, sin tapujos, que les ha ordenado a los gobiernos vasallos de México y Colombia que incrementen su participación en el proceso terrorista en marcha en Venezuela, cuyo fin estriba en derrocar al Gobierno de Nicolás Maduro. Cuando el dueño del circo habla, en este caso el Director de la CIA, hay que creerle, máxime cuando esas palabras se ven rubricadas por los hechos: el Gobierno de Donald Trump, cual amo imperial de otros tiempos, impuso sanciones a miembros del Gobierno venezolano, entre ellas a funcionarios que se encuentran al frente del proceso constituyente, y dio la orden de retirar a su personal diplomático de Caracas; al mismo tiempo, arreció por medio de su “Ministerio de Colonias”, la Organización de Estados Americanos (OEA), su intento de legitimar una intervención en la República Bolivariana de Venezuela, aunque nuevamente esta maniobra le falló.

De inmediato, los payasos del circo, representados por el Secretario de Relaciones Exteriores de México y la Ministra de Relaciones Exteriores de Colombia, salieron a decir que el Gobierno de Venezuela estaba malinterpretando las palabras del amo imperial, que no querían decir lo que dijo, cuando estuvo en estos países dando órdenes.  

Según las declaraciones vergonzosas de los payasos de México y Colombia deberíamos creer que el jefe de la CIA visita nuestros países para hablar de temas tan “transcendentales” como el divorcio del futbolista James Rodríguez o la eliminación del Tricolor (la selección mexicana de Futbol) de la Copa de Oro y las preocupaciones que le genera que su director técnico, el colombiano Juan Carlos Osorio, haya sido abucheado al llegar al aeropuerto de Ciudad de México y le hayan gritando “vete a tu país”… A hablar de asuntos de “tanta monta” vendría el Director de la CIA a su patio trasero y no habría que malinterpretarlo con suposiciones sobre golpes de Estado y acciones terroristas oficiales de Colombia y México.

Los hechos muestran la manera rastrera como los actuales gobiernos de México y Colombia son cachorros de Estados Unidos en el continente latinoamericano, continuando con una tradición, rubricada en las últimas décadas en el caso del país azteca, y una actitud postrera por parte del Estado colombiano desde  comienzos del siglo XX.

Siguiendo el guión diseñado en los Estados Unidos, que se quitó la careta humanitaria y ha señalado la hora cero para derrocar el Gobierno de Nicolás Maduro, los regímenes de Colombia y México actúan en consonancia con ese guión, que significa el apoyo incondicional a los terroristas de Venezuela, formados y preparados por paramilitares colombianos, alcanzando unos niveles escandalosos de injerencia en los asuntos internos del hermano país. Acá en Colombia, por ejemplo,  se les dan clases de “democracia” a los venezolanos, se aplaude a través  de los medios de desinformación terrorista (Semana, El Espectador, El Tiempo, Caracol, RCN…) las acciones criminales de los mal llamados opositores, se insta a que se sabotee el proceso constituyente en marcha, se pinta como héroes a los criminales y asesinos (como Leopoldo López), se recibe oficialmente a gobernadores opositores (como a Henrique Capriles, del Estado de Miranda), se avala un fraudulento plebiscito y se aceptan como válidos los supuestos siete millones y medio de votos (en el que hasta los muertos votaron y se quemaron las urnas).

Para completar la vergüenza, que en este caso produce el hecho de ser colombiano, el régimen santista junto con Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Costa Rica, EE.UU., Guatemala, Honduras, México, Panamá, Paraguay y Perú presentaron una fallida declaración intervencionista que “exigía” suspender las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente. Esta declaración alcanzaba tal grado de injerencia que hasta el Gobierno de Uruguay se negó a apoyarle y le quitó el respaldo al Secretario General de la OEA, Luis Almagro, otro cachorro del imperio, de nacionalidad uruguaya.

Esta decisión demuestra que no todos son peones del imperialismo ni tienen el grado de abyección y entreguismo que caracteriza a las clases dominantes de Colombia, de las cuales Juan Manuel Santos es uno de sus más conspicuos ejemplares: anti latinoamericanos por excelencia, enemigos de los pueblos del sur del Río Bravo, eslabones de la dominación imperialista, en fin, títeres amaestrados en inglés.  

Existe un país que exhibe los peores indicadores de terrorismo de Estado y de violación de los derechos humanos en Sudamérica. En ese país se han asesinado a 3000 dirigentes sindicales en los últimos 30 años (un promedio de cien por año), y hace pocos días fue asesinado Mauricio Fernando Vélez, vicepresidente del sindicato de trabajadores de la Universidad del Valle. En ese país han sido asesinados unos doscientos dirigentes sociales y populares en los últimos dos años, como es el caso del líder de la población afrodescendiente Bernardo Cuero, asesinado el 7 de junio.

En ese país está en marcha un feminicidio abierto contra las mujeres pobres y trabajadoras, 400 de las cuales han sido asesinadas en el primer semestre del 2017, como expresión del machismo clerical que aquí impera. Uno de esos casos se presentó en diciembre de 2016, cuando un individuo perteneciente a las clases dominantes, de nombre Rafael Uribe Noguera, un “hombre de bien”, como dicen los medios de desinformación, con sevicia secuestró, violó, torturó y asesinó a la niña Yuliana Samboní, hija de una familia de desplazados de una comunidad indígena del Cauca.

En ese país, según denunciaba Amnistía Internacional a finales de abril de 2017, se presenta una “ola de asesinatos de indígenas”. El 19 de abril fue asesinado Gerson Acosta, gobernador del Resguardo Kite Kiwe, en el municipio de Timbío, Cauca, a pesar de contar con medidas de protección del Estado.

En ese país fueron asesinados más de 500 defensores de Derechos Humanos en los últimos 10 años, 80 de ellos en el 2016. En promedio cada cuatro días es asesinado un defensor de derechos humanos. En ese país fueron asesinados 107 ambientalistas en el 2016, algo que no resulta sorprendente si tenemos en cuenta que este mismo país es uno de los más biodiversos del planeta, y sus variadas riquezas naturales están en la mira de grandes empresas transnacionales, que suelen financiar a sicarios y asesinos paramilitares.

En ese país se presenta la mayor cantidad de desplazados  internos de todo el mundo, puesto que según informaciones del Consejo Mundial para Refugiados, hasta diciembre de 2016 se habían expulsado a 7,2 millones de personas de sus tierras y lugares de residencia, superando a países como Irak, Siria, Sudan o Libia.

En ese país han sido asesinados ya cuatro miembros de una insurgencia desmovilizada, apenas habían salido de la cárcel (recordemos que el actual presidente de ese país continuamente anunciaba el dilema de “la cárcel o la muerte”, pero ahora parce haberse actualizado el eslogan con el dicho de “primero la cárcel y luego la muerte”), además han sido asesinados ocho familiares de ex guerrilleros, como parte de una campaña de exterminio en marcha.  El primer insurgente asesinado fue Luis Alberto Ortiz Cabezas, en Tumaco; el día donde fue vilmente ultimado en abril de 2017, fue solo quince días después de haber salido de la cárcel.

En ese país, el 10% de la población más rica gana cuatro veces más que el 40% más pobre. En ese país, según el Índice de Theil (que mide la distribución de la renta, o la desigual distribución de la riqueza), pasó de 0,807 en 2000, a 0,831, en 2013.  Tan desigual es este país que el afamado economista Thomas Piketti dejando de lado la diplomacia que caracteriza a cierto tipo de académicos cuando hablan del lugar al que son invitados, sostuvo a comienzos de 2016 que “este país es uno de los más desiguales del mundo”.

En ese país, según  una Comisión de Expertos en tributación nombrada por el propio Gobierno, sus verdaderos dueños, los grandes supermillonarios, evaden anualmente unos 30 billones de pesos, mediante exenciones o deducciones. En ese país, la corrupción del sector público y privado alcanza tal magnitud que en un solo negociado, el de la Refinería de Cartagena, los sobrecostos de su modernización alcanzaron la cifra de 4 mil millones de dólares, una cifra que corresponde a algo así como 1,5 veces el costo de ampliar el canal de Panamá, una de las obras de infraestructura más costosas de América Latina.

En ese país, donde se presume mucho de practicar la libertad de prensa, cinco grandes grupos económicos son propietarios de los principales medios de comunicación (radio, televisión y prensa escrita). En ese país se difunde cada cierto tiempo la noticia -que parece entresacada de los cuentos de hadas-, de que es lugar más feliz del mundo.

El país del que les hablo es Colombia, cuyo presidente ha sido galardonado el año anterior con el Nobel de la Paz, lo cual en verdad debería leerse como el Nobel de la Muerte, lo cual no es raro que ocurra por los nefastos antecedentes de ciertos personajes que han recibido tal premio (Barack Obama, Henry Kissinger, Simon Perez, entre otros notables criminales de guerra).

Pero nada de lo anteriormente mencionado es noticia para los grandes conglomerados mediáticos, ni tampoco parece preocupar a cierta intelectualidad biempensante que ha retomado, para referirse al caso venezolano, la teoría de los dos demonios a la hora de intentar explicar la violencia que allí se ha desatado en las últimas semanas.

Es bueno preguntarse por qué razones ese país, Colombia, no aparece nunca mencionado como el paraíso de la desigualdad, la antidemocracia y la injusticia en el continente y por qué razones no existe una solidaridad con el sufrido pueblo colombiano por parte de intelectuales y vedettes académicos (como Boaventura de Sousa Santos) –algunos de los cuales desde Europa y otros lares nos suelen visitar con relativa frecuencia–. Lo llamativo es que muchos de esos mismos intelectuales –y usamos un término completamente desprestigiado, porque como decía Eduardo Galeano esa noción  separa el corazón de la razón, o el pensamiento del sentir– se pronuncien con tanta beligerancia contra el Gobierno venezolano, pero nunca nombren al régimen criminal y al terrorismo de Estado imperante en Colombia.

Y existe un hecho adicional que hace más preocupante el silencio sobre lo que sucede en Colombia –en donde el terrorismo de Estado no ha dejado de operar, a pesar del discurso sobre la paz–, y es que precisamente este es uno de los países que se han convertido en punta de lanza de esa doble tenaza que amenaza a la revolución bolivariana: la intervención imperialista de los Estados Unidos y la subversión interna de los golpistas abiertos y disfrazados.

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