Edición 77 - Septiembre 2012

¡Los nordacas!

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En la historia del capitalismo, desde su misma conformación, se han presentado migraciones internacionales y transcontinentales, más acentuadas en ciertos momentos que en otros, dependiendo de diversos factores económicos y políticos. En general, la movilidad poblacional ha sido una característica del sistema-mundo en los últimos cinco siglos. En gran medida, esos movimientos poblacionales se han dado del Norte hacia el Sur, como se ejemplificó en el proceso conquistador y colonizador europeo desde finales del siglo XV.{jcomments on}

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Tras la conquista sangrienta de América, castellanos, portugueses, ingleses y franceses se volcaron fuera de sus fronteras para incorporar nuevos territorios y someter a los habitantes originarios de América y de África. En ese proceso, muchos de los europeos emigraron hacia los nuevos dominios imperiales de ultramar, donde se radicaron permanentemente y de esa forma se alteró el poblamiento de América, territorio donde se generó un mosaico cultural y racial muy diverso.

Las migraciones del Norte hacia el Sur se acentuaron en el siglo XIX, impulsados por los renovados bríos colonizadores y neocolonizadores del imperialismo europeo –principalmente espoleados por Francia e Inglaterra-, con la finalidad de trasladar hacia los territorios recién conquistados (Australia, Argelia, India y gran parte de África) y hacia algunos países de América (Argentina es el ejemplo emblemático) una porción significativa de la población del viejo continente. De esta forma, se solucionaban varios problemas que enfrentaba Europa: relativa superpoblación, miseria, desempleo, inconformidad social, cárceles atestadas, organización de los trabajadores y protestas de colores variopintos.

Esta segunda oleada migratoria del Norte hacia el Sur modificó en términos demográficos a los Estados Unidos, Argentina y Australia, entre los casos más destacados y se mantuvo durante todo el siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Durante ese siglo, las sucesivas catástrofes sociales ocasionadas por la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la Gran Depresión (1929-1939), y, sobre todo, por las dictaduras fascistas (en Alemania, Italia, España y Portugal) y la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), impulsaron nuevos desplazamientos de europeos, entre ellos de españoles, a América Latina. La huida de los Republicanos, tras el triunfo del franquismo, nutrió la cultura de nuestro continente, porque llegaron científicos, investigadores, artistas, poetas, escritores, militantes políticos que se instalaron en México, Colombia, Argentina y otros países de la región, donde aportaron lo mejor de sí para enriquecer a los habitantes de los territorios en los que fueron acogidos.

También, desde luego, emigraron de España muchos pobres, que de diversas formas –incluyendo el uso de embarcaciones “ilegales” (como las pateras de hoy)- huían de la miseria, el desempleo y la represión del franquismo. Para que este último aspecto no parezca una invención contrafactual sin sentido, es bueno recordar que en 1949 llegó a las costas de Venezuela La Elvira, un barco casi fantasmal, procedente de las islas Canarias, con 106 personas a bordo, entre mujeres, hombres y niños. La travesía por el Atlántico hacia el Sur duró 36 días y durante ese tiempo sus tripulantes comieron garbanzos duros y patatas podridas y bebían en forma racionada un trago de agua lluvia. Muchos de los migrantes se instalaron en Venezuela, donde se ganaban la vida limpiando automóviles y trabajando en diversas actividades. Esta no fue la única embarcación de este tipo que venía de España hacia América Latina, ya que entre 1948 y 1950 salieron 94 embarcaciones, que llevaban en total a unos 12 mil habitantes de las canarias, pobres, analfabetos y desesperados.

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Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, y luego de la reconstrucción europea, cambió el sentido de las migraciones, cuya orientación más conocida –más no la única- y a la que más publicidad se le ha dado, es la del Sur hacia el Norte. Esa tendencia es la que se ha mantenido en el último medio siglo, hasta el momento actual; su objetivo ha sido incorporar fuerza de trabajo barata para mantener los niveles de productividad de la economía de Europa occidental, entre otras razones por los bajos costos y el envejecimiento de la población de la Unión Europea.

Concretamente, con relación a España, sus habitantes eran migrantes transfronterizos hasta hace unas cuatro décadas, pero después del fin del franquismo y cuando se inició la efímera prosperidad –que se ha terminado abrupta e inesperadamente en estos momentos- que llevó a España a ser considerara como una potencia del primer mundo, también empezaron a llegar gran cantidad de “extranjeros” a ese país. Entre esos inmigrantes se encontraban los refugiados políticos que, en las décadas de 1970 y 1980, huían de las terribles dictaduras de seguridad nacional, que se establecieron en el centro y sur de América. La llegada de refugiados políticos primero y luego de gente pobre y de la clase media de países de nuestro continente, ha generado sentimientos racistas y discriminatorios entre algunos sectores de la población española, lo cual se expresó en la invención del calificativo peyorativo de SUDACAS.

Como la vida da tantas vueltas y las crisis capitalistas trastocan el orden imperante, la burbuja artificial que sostenía a España y que le dio aires de prosperidad y de bienestar económico y social –motivo fundamental que impulsaba la migración hacia el territorio peninsular- se ha desinflado como el globo de una piñata. Esto ha vuelto a colocar a España en un nivel similar al que tuvo hasta antes de la “borrachera europea”, de regreso a la dura realidad de la “resaca tercermundista”.

En términos concretos, la población de ese país está soportando un terrible plan de ajuste neoliberal, con todo su cortejo de miserias y ruina, que se manifiesta en un nivel de desempleo reconocido del 25% de la población económicamente activa, en el desahucio de sus viviendas de medio millón de familias, en la disminución de salarios y la elevación de impuestos, IVA incluido. Todo para pagarle a los bancos y mantener la prosperidad de las clases dominantes, entre las cuales se encuentran los sectores parasitarios ligados a la familia real.

Como consecuencia, una porción de los españoles ha empezado a huir de su país y a emigrar hacia otros destinos, como Alemania, pero también hacia América Latina. En los últimos dos años, y en la medida en que la crisis se hace más aguda, sectores de la clase media, profesores y otros profesionales han empezado a llegar a Argentina, Brasil y México. Entre los inmigrantes se encuentran los jóvenes, el sector generacional más afectado por el desempleo: un 48% de personas entre los 17 y 25 años no tiene trabajo.

Hacia ciertos países de nuestro continente vienen los ciudadanos españoles, en gran medida por las similitudes lingüísticas y culturales. Aunque no se sabe con exactitud su cantidad, según cálculos provisionales desde el 2008 han llegado a algún lugar de América Latina unos 100 mil españoles, a los que, por aquellas paradojas del capitalismo, les ha tocado convertirse –parafraseando ese asqueroso término que los latinoamericanos pobres que hemos estado alguna vez en España, hemos escuchado de manera directa o indirecta- en los SUDACAS del Norte, es decir, en NORDACAS.

La diferencia estriba, y eso está muy bien, en que acá no se han manifestado brotes de racismo ni discriminación contra los nuevos migrantes del norte, porque acá no sólo se les aprecia porque sean futbolistas o limpia-brisas y, seguramente, no tendrán que revalidar sus títulos profesionales, si los tuvieran.
A pesar de la pobreza y el desempleo que existe en nuestra América, como hace quinientos años se vuelve a acoger a los nuevos visitantes que vienen de la Península Ibérica, de los cuales sólo se espera que no sean la avanzada de una nueva oleada colonizadora.

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