Edición 77 - Septiembre 2012

La máquina de hacer pájaros

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“He muerto muchas veces acribillado en la ciudad
pero es mejor ser muerto que un numero que viene y va…”
Charly García{jcomments on}

Esa mañana desperté pensando que si el sueño de una generación es irse de su país algo muy malo nos estaba pasando. Hay días que te despiertas casi derrotado por la lobotomía de la desesperanza instaurada por los medios de comunicación en tu pensamiento, días opacos en que no encuentras la salida. Días en que la página en blanco puede ser la única escapatoria.

Hace algunos años el viejo Yezzo, amigo de mil batallas, en una de las tantas tertulias me contó que Charly García en plena dictadura militar se negó a irse de Argentina. Su lema era: si me voy, quién le dará la bienvenida a mis hermanos cuando puedan regresar. Al día de hoy, aunque he leído bastante sobre el maestro del bigote blanco y negro y no me he perdido documental sobre su alocada vida, tengo una imagen suya lanzándose del noveno piso de un hotel en mi mesa de noche, y aun con mi pasión, no he podido constatar el dato. La verdad no importa mucho, desde esa lejana noche un respeto por su obra se apoderó de mi. De Yezzo hoy no sé mucho, creo que trabaja en una tesis hace un par de años, pero la universidad no lo quiere dejar graduar. Por mi parte, mis días pasan de abandono en abandono, de despedida en despedida, de la memoria que me sacude hasta el corazón de marrano que tengo, de miedo a la luz solar, a las pesadillas nocturnas. Mis días pasan y qué más da.

-En Colombia todo está mal, hermanito – me dice mi hermana.
-Esta es una patria sin futuro – me dice mi chica otoño.
-Esta patria es una mala mamá -me escribió Juan, antes de resolver volarse con un revólver.
-Aquí todo el mundo roba, menos uno – escribió Pablito Estrada.
-Este país es una gran fosa común, donde lo más común es ser un número que llena cifras estatales – me dijo Mauro una noche de whisky barato.
-“Que el ultimo apague la luz” – dice en una pared del centro de Bogotá.
-“Se tramitan visados para EEUU, España y Gran Bretaña” -dice un volante que me dan mientras camino por Chapinero.
-Si puedes, corre bien lejos de acá – me murmura mi madre, viendo una noticia de dos niños que mataron a un joven por un celular.

La ley de la papaya, la ley del monte, la ley de la sierra, la ley del miedo, la ley del dios dinero, la ley pa´ los de ruana, la ley es una vieja ciega, la ley por la galleta, la ley del plomo, la ley de los sapos, la ley pa´ jodernos -dice Aníbal, un amigo que hace mandados a un abogado.

-Esa mala patria de Colombia ya no es la mía -dice el viejo Vallejo desde su casa en México.

“Esta patria loca, esta patria zafada de los cabellos”, pienso y me busco un vino para pasar este trago amargo. Descanso. Creo que tienen razón, o por lo menos sus razones. ¿Qué les puedo decir? Enumerar acaso sus bellezas naturales servirá para que cambien de idea, o decirles que no todos roban, no todos matan, no todos desplazan, no todos estamos condenados; serviría acaso decirles que el problema es el Estado y sus desgraciados dirigentes, o que es problema de los narcos, de la guerrilla, de los paracos, del crimen organizado, del crimen desorganizado, de la fuerza bruta y pública, ¡NO! Tal vez debería decirles que es culpa del clero y sus curitas pederastas, o de RCN Y CARACOL, decirles que es culpa de las pirámides y de algún Dios egipcio. Tal vez estaría bien decirles que es culpa de la clase burguesa – quedaría como un rey con los pocos rojos que aun sobreviven – o decirles que es culpa de la pereza de la clase popular – quedaría como un rey con los azulitos y los que montan U – ¡NO, tengo argumentos!

Podría decirles que es culpa de Chávez o del imperialismo, bueno, también podría decirles que estamos como estamos por la envidia que nos tiene, o que la cosa se remonta a la “conquista”, podría también decirles que es culpa de los apátridas como Vallejo, o que la culpa es de Jotamario y la Negra Candela. Pienso que les podría decir que es culpa de MacDonals y las multinacionales, también podría animarlos, tal vez hablando de la fauna y flora que nos queda, o de nuestras tradiciones, hablarles de Juanes y Shakira y sus buenos corazones, jajajaja, o de nuestra gastronomía, o de todos los climas, podría hablarles de deportes como el patinaje pero nunca del futbol, mejor les hablaría del boxeo, pa´ eso si que somos buenos, pa´ rompernos la cara y el alma para no morir de hambre en San Basilio o en la esquina de mi casa. Bueno, podría decirles que según las estadísticas somos el segundo país más feliz del mundo, jajajaja, bueno, podría hablarles de cien años de soledad que son en verdad quinientos, podría también darles ánimo diciendo que por lo menos acá hay dos mares y que nuestros hermanos bolivianos no tiene ni uno. Eso puede ser bueno, porque el colombiano es experto en alegrarse por la desgracia ajena – lo escribí o lo pensé – ¿Cómo hago para que no se me vayan? No todos, por favor.

Mis días se me pasan buscando trabajando, buscando una razón para seguir estudiando, tomando, caminando, pero en especial con el corazón de marrano roto. “Tanguito era fuerte porque fue de abandono en abandono” – decía Cabral, Tanguito se le lanzó a un tren y a Cabral lo mataron las balas. Yo no soy fuerte ni quiero serlo, no entiendo a los que creen que la felicidad es poner una foto en facebook en algún lugar lejos de su país, estoy cansado de llenar la lista de los que se van, amigos y amores, camaradas y soñadores. Todos se quieren ir, y no los culpo, ni quiero decirles por qué deberían quedarse. Sólo son estas ganas de gritar las que me llevan a este lugar sin brújula.

Algunos creen que la etapa más dura de la vida es la vejez, etapa en la que empiezas a hacer lista de tus muertos, en que la memoria es lejana y te conviertes en un estorbo. Yo creo que para mi generación es diferente, nuestra etapa es ahora antes de los treinta, es ahora que todos se quieren ir, para Argentina, Canadá, España, EEUU, México, Gran Bretaña, para donde se mire parece que hay más futuro que acá, hay salud, hay educación, hay posibilidades de llenar tu plato, hay hasta derecho a morir dignamente; algo debe estar muy jodido como para que todos se quieran ir. ¿Y qué hago yo que no quiero irme, no por romanticismos, ni por patriotismos, ni por apuestas nihilistas? Básicamente no me quiero ir por güevón, porque para mi la primera prisión es uno mismo, o sea, por güevón, porque me gustan los atardeceres del Chocó y de Bogotá, porque mi patria son mis amigos y acá están la mayoría, aunque sé que tarde o temprano me darán senda patada en el culo, porque no quiero ser parte de la máquina de pájaros, porque prefiero ser un muerto a un sobreviviente que viene y va.

A diez años de la operación Orión, la trece defiende su memoria

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