
La universidad mercantil que impulsa el capitalismo en el mundo entero es una universidad de la ignorancia, un apelativo que a primera vista puede resultar fuerte e inadecuado para caracterizar a esa institución, pero que describe de maravillas la actual catástrofe educativa. Si el asunto se mira desde esta óptica y no desde nociones burocráticas y vacías –como “sociedad de la información” o “sociedad del conocimiento”– podemos entender por qué hoy las universidades se han convertido en una “fábrica de diplomas”. Producir y consumir diplomas y otras mercancías educativas lleva a despreciar el conocimiento y el esfuerzo que se necesita para elaborarlo.
Sólo en la universidad de la ignorancia pueden decirse sin vergüenza, y con mucha impunidad, estupideces como aquella de un “licenciado en filosofía” de una universidad de los Estados Unidos: “No leo libros […] Acudo a Google, donde puedo absorber información relevante rápidamente. Sentarse a leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la web. Cuando aprendo a ser un ‘cazador experimentado’ en internet, los libros son superfluos”.
En la universidad de la ignorancia el conocimiento no se rige por el criterio de la lentitud, propia de la reflexión y del pensamiento, sino que predomina la razón instrumental de la productividad cuantitativa, que todo lo mide y lo reduce a cifras. De esta manera, se ha impuesto la lógica de las acreditaciones, créditos, revistas indexadas, escalafones en los que se ubican a las instituciones, profesores y estudiantes. No importa si en realidad un estudiante ocupa un primer lugar en un examen por sus méritos, esfuerzos y conocimientos adquiridos, o porque es el campeón del plagio o se ha aprendido las triquiñuelas indispensables para contestar una determinada prueba.
Por eso, los estudiantes de la universidad de la ignorancia han asimilado la “competencia” de darle importancia a sus profesores y cursos de acuerdo con la rentabilidad mercantil, presente o futura que esto les proporcione. En otros términos, de nada sirve ni importa el conocimiento ni el saber, algo que están aprendiendo los estudiantes para quienes lo que cuenta es el valor de cambio de los cursos que les vende la universidad. Esto se expresa en la introducción de los créditos, traídos de las Universidades de Estados Unidos, como criterio de medición mercantil para completar una determinada carrera y obtener un título.
En la universidad de la ignorancia ya no es importante el sabio en el verdadero sentido de la palabra ni el investigador independiente, porque ahora lo que importa es aquél que le genere puntaje e ingresos económicos a una universidad. El profesor ha venido a ser sustituido por el burócrata que llena papeles y formularios y tiene contactos fluidos con el mundo extraacadémico en busca de recursos económicos. Esto se ha convertido en la práctica dominante, al margen del conocimiento, hasta el punto que los profesores que siguen dictando clase figuran en el último escalón de la pirámide universitaria. En la universidad de la ignorancia desaparecen los profesores, es decir, las personas que se preocupaban por enseñar, y en su lugar se erige una casta de burócratas/investigadores –muchos de ellos obligados por la competencia mercantil y por la presión de las autoridades administrativas de las universidades–, cuya preocupación fundamental es la de publicar en revistas indexadas, con la perspectiva de mejorar su salario.
Porque las publicaciones también se desenvuelven en un mercado, en el cual se cotiza a nombre de medir y premiar la productividad aquello que se escribe y se investiga, siempre y cuando esto se haga bajo los parámetros mercantiles establecidos, esto es, en las revistas indexadas y clasificadas. Lo que no se publique allí no existe, como tampoco existen los libros de autor, que en las universidades están en vías de extinción, por aquello de que significan menos puntos que los artículos de revista. En la universidad de la ignorancia cada vez son menos importantes los libros y, por ello, muchos profesores universitarios jamás en su vida han leído uno completo y en su capital cultural nunca figura ni como remoto proyecto construir una biblioteca personal o algo parecido.
En la universidad de la ignorancia se postula que, por los desarrollos tecnológicos, se puede prescindir de la incómoda infraestructura de la educación “tradicional”, en la que se necesitaban aulas, laboratorios, campos deportivos, bibliotecas, salas de conferencias… Como lo dijo uno de los gurúes de la sociedad posindustrial, Peter Drucker, en 1997: “ya hemos empezado a ofrecer más cursos y clases vía satélite y de manera virtual con unos costes muchísimo más reducidos. Hoy en día, los edificios universitarios han dejado de ser útiles y son totalmente innecesarios”. Con esta suposición se justifica el desmantelamiento de las universidades públicas, con el pretexto que las instituciones deben buscar sus propios recursos para garantizar su funcionamiento.
En este ámbito, la manoseada noción de “sociedad del conocimiento” se convierte en un pretexto para obligar a las universidades a modernizar sus redes computacionales, a vender programas a distancia y virtuales y para que se conviertan en empresas del negocio del e-learning, que tantas ganancias les suministra a las multinacionales de la educación superior de los Estados Unidos.
En la universidad de la ignorancia no se puede pensar, porque hacerlo ya es algo subversivo, y en consecuencia prima la represión, el control y la sumisión. No resulta extraño que se persiga, como se hace en los Estados Unidos, a quienes siguen aferrados a la reflexión crítica e independiente y se consolide un orden conservador, en el que adquiere importancia el “pensamiento positivo”, con todos sus prejuicios y mentiras. Pensamiento positivo que nos asegura que los sueños pueden hacerse realidad con un poco de buena voluntad y solamente se requiere esfuerzo personal para alcanzar la riqueza, la prosperidad y, en el caso de los países, dejar atrás la pobreza y el subdesarrollo.
En la universidad de la ignorancia se generaliza la segmentación de clase en la educación y aparece en forma paralela una universidad para las clases dominantes y otra, cada vez más abandonada, para algunos sectores de la clase media. Pero, por igual, en ambas se impone la crasa ignorancia, porque las clases dominantes abandonaron cualquier proyecto de “cultura burguesa” y hoy presumen de sus chabacanerías y vulgaridad Made in USA. Al respecto, se puede constatar el nivel intelectual y la sapiencia de presidentes de la República, ministros y gerentes de grandes empresas, a nivel mundial, como lo testifica el caso de George Bush en los Estados Unidos y en Colombia de Álvaro Uribe Vélez.
En síntesis, en el capitalismo actual cobra fuerza un proyecto antiilustrado que busca convertir a los miembros de la universidad en un rebaño obediente, plegado al consumo mercantil, políticamente conservador y de derecha, que se someta al orden dominante como si en verdad fuera el fin de la historia. Con esto se quiere simplemente despojar a la población del acceso al conocimiento científico, humanístico, social y artístico, para que quede a merced de las viejas y nuevas formas de dominación, opresión y explotación. Con la universidad de la ignorancia se pretende impedir que las nuevas generaciones puedan acceder a diversos puntos de vista culturales y políticos que les permitan participar de una verdadera educación que forme seres críticos y reflexivos. En su lugar se quieren formar borregos que trabajen como bestias, sean obedientes, serviles y sumisos al capitalismo y consumidores compulsivos.