Edición 114 Febrero - Marzo 2016

El oficio de reparar los pasos

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Dicen que ante los ojos de Dios y ante la ley todos los hombres y mujeres somos iguales, aunque esto en la práctica no sea cierto, porque, solo por poner un ejemplo, a las mujeres todavía no se les reconocen los mismos derechos. Sin embargo, algunos hombres y mujeres por igual se han esforzado por vivir en paz, por levantar familias enteras en medio de las adversidades y aportar a su comunidad con su trabajo digno y su esfuerzo.

Hay oficios que no son fácilmente reemplazables, como los que realizan muchas personas de la periferia. Oficios clásicos que las máquinas y el capitalismo tienden a desaparecer, pero que son ejemplares porque se convierten en una forma de resistir la envestida del consumismo y de la tecnología, mitigan la destrucción ambiental y favorecen el bolsillo de su comunidad.

Tato, un artista del calzado
Cuando Gildardo Moreno, también conocido como Tato, tenía apenas tres años, su familia decidió desplazarse desde Anzá hasta Medellín en busca de mejores oportunidades, porque no encontraban qué hacer en este pueblo. Vivieron en diferentes barrios, como San Javier y Santo Domingo, en una época donde era más fácil y rentable unirse a las milicias y al narcotráfico. Tato fue creciendo y se mantuvo lejos de esa vida; decidió trabajar para poder ayudarle económicamente a su familia. Antes de los 17 años ya estaba vendiendo solteritas en los barrios Villa del Socorro, Aranjuez y Santa Cruz, hasta que un día habló con un amigo que trabajaba en una zapatería del centro, a ver si podía ayudarlo a conseguir algo.

— ¡Ah sí! Allá hay un señor que necesita un ayudante, si quiere mañana lo llevo –le respondió.
Entonces se fueron los dos por el sector del huevo en Medellín. Llegaron a una casa de madera vieja de dos pisos, y cuando se presentó el zapatero le dijo que le ofrecía 40 pesos, y además de trabajar le tocaba quedarse a cuidar la casa; poca plata para la época pero le servía a Tato para ayudar a la familia, porque su madre estaba postrada en la cama y su papá no alcanzaba a cubrir todos los gastos.

Sus primeros trabajos eran limpiar los zapatos, empacarlos, organizar el almacén, y apoyar en la soladura, es decir, pegar la capellada a la suela. Al año ya ganaba como zapatero, cuenta Tato mientras pone hilo a la aguja capotera, pero su especialidad era la de solador. Cuando era aprendiz no tuvo accidentes, solo recuerda alguno después de viejo. Gildardo dice esto mientras deja a un lado la chancla y se sube el pantalón estrecho para enseñarnos las piernas y la rodilla.

—Actualmente me duele esta rodilla y antes se mantenía negra del golpe de la horma del zapato, porque antes apoyaba mucho el zapato y lo golpeaba sobre la pierna.
Tato baja su pantalón y una mujer lo llama a la reja para preguntarle que si tiene recargas o minutos. Al regresar recuesta levemente su cuerpo en una estantería llena de zapatos, en su mayoría de mujer, zapatos que no han reclamado y que pronto se alista a botar pues llevan más de 12 meses esperando a que los reclamen.

—Hay días que no cae un peso, no gano ni para el pasaje, pero mantengo trabajo constante y uno espera que llegue la platica. Si no es hoy, es mañana.
Otra experiencia, fue intentar montar un taller de zapatería en Turbo, pero no habían facilidades para conseguir los materiales ni la tecnología, y además no hicieron clientes entonces se regresó y se fue a prestar el servicio militar porque lo cogieron en la calle.

Para Tato es mucha la gente que bota los zapatos, porque según él, por la prisa y la vanidad, mucha gente desecha sus zapatos por daños menores; además, por la oferta de zapatos chinos, que son bonitos y más baratos, pero muy malos en calidad, la gente encuentra fácil comprar y tirar.

—Esos zapatos chinos están hechos con pegas que se sueltan con el mero calor y no se dejan limpiar porque daña la lija y la pega sigue ahí. Por eso no se pueden arreglar –, dice don Gildardo mientras arrima sus lentes a los ojos y toma unos zapatos de dama. Al soltarlos voltea y muestra en una mesa dos discos con unas lijas acabadas y añade:

—Los chinos se acomodaron para que el zapato dure dos meses y comprar otros; los materiales se dañan rápido, se pelan y pierden la textura. Lo peor es que acá en Colombia y en Brasil ya los estamos imitando.
Tato camina hacia afuera entre estanterías llenas de zapatos, cuchillos acabados totalmente, martillos, cueros, lonas, pegantes, tinturas, hormas y un horno artesanal hecho por él mismo, que está contiguo a una sala de internet, usada por sus vecinos para hacer tareas o chatear.
De otra estantería donde pone los trabajos pendientes toma unos tacones y nos muestra que la suela es vacía y la capellada se pela fácilmente y al pintarla pierde la textura:
—Los zapatos de mala calidad se guardan y al sacarlos a los días pueden tener raspones y peladuras ocasionadas hasta por la humedad y el contacto leve de otros zapatos.

Gildardo toma unos zapatos y nos muestra la labor más sencilla: poner una hebilla. Coge una horma para
mostrarnos que él es capaz hasta a hacer un zapato por completo. A pesar de sus capacidades, su dominio total del oficio de la zapatería y de estar en un lugar

donde la gente cuida su bolsillo y puede pagar la reparación, este oficio no le da para cubrir todos los gastos, por eso debe recurrir a otras actividades económicas.

Los zapateros, como la mayoría de quienes tienen oficios de la periferia, terminan haciendo muchos trabajos que se pierden porque no los reclaman y tampoco los pagan; lidian con los sobrecostos en las materias primas y no suben sus tarifas por su servicio a la comunidad; se las ingenian para conocer y reparar los objetos hechos con nuevas tecnologías que ellos no tienen, y soportan las vacunas de las BACRIM, situación latente en los barrios, pero que hasta se ha normalizado.

A pesar de todo esto, don Gildardo Moreno es feliz en su trabajo, y su pasión nos recuerda que estos oficios más que labores románticas son tareas necesarias y urgentes para el mundo.

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