
Los primeros dos meses del gobierno de Mauricio Macri muestran el cambio regresivo que implicó el triunfo de la Alianza Cambiemos en el balotaje del 22 de noviembre de 2015, tras ganar la elección por muy poco –el margen fue de 2,7%-. El nuevo gobierno se lanzó de lleno a la aplicación de medidas con un profundo sentido neoliberal.
En los primeros días bajó los impuestos a las exportaciones agropecuarias y liberó el precio del dólar oficial, que en una sola jornada aumentó casi un 50%. Como consecuencia inmediata, amplió las ganancias de empresas exportadoras y grandes terratenientes y al mismo tiempo aumentó el precio interno de los principales productos de consumo, golpeando el bolsillo de la clase trabajadora.
Pocos días después, el gobierno avanzó de forma ilegal sobre la ley de medios audiovisuales sancionada durante el ‘kirchnerismo’, que recoge la lucha por la democratización de la comunicación impulsada por medios comunitarios, alternativos y populares. Así, Macri impuso por decreto un nuevo ente, desconociendo la ley, y ahora pretende invalidar concursos donde medios populares obtuvieron licencias para transmitir en radio y televisión. Esta ofensiva está impulsada por los principales medios privados del país, en particular por el grupo Clarín, que de acuerdo a las normas antimonopólicas debería desprenderse de gran parte de su conglomerado de medios.
Luego, entre fines de 2015 y los primeros días del año, comenzaron los despidos en los organismos públicos, acompañados también por las firmas privadas. Si bien aún no hay estadísticas certeras, en parte por la desprolijidad del proceso, diversos medios mencionan una cifra superior a 25 mil personas que perdieron su trabajo. Estas cesantías, a su vez, golpean en particular a la fuerza laboral precarizada –empleada bajo contratos “flexibles, casi sin derechos–, parte de la herencia neoliberal de los 90 que no fue tocada por los gobiernos kirchneristas, facilitando ahora los despidos.
La última de las medidas más relevantes fue un aumento de tarifas de luz: el precio del servicio -que se mantiene privatizado- subió entre el 300 y el 700%. Tarifa que además se trasladará rápidamente a los precios de todos los productos; esto significa la pérdida de ingresos para la mayoría de la población.
En simultáneo, se ha endurecido la represión a la movilización popular con episodios de persecución a organizaciones políticas, sindicales y sociales. Un caso es el de la dirigente social Milagro Sala, detenida por liderar un acampe frente a la gobernación de Jujuy.
En el plano internacional, Macri ya se convirtió en un presidente directamente alineado con EEUU. Allí se inscriben los ataques a los procesos de cambio más avanzados del continente, como el de Venezuela; la renegociación con los llamados Fondos “buitres”, reconociendo la deuda externa ilegítima e inmoral a favor de esos acreedores especulativos; y la asistencia al Foro de Davos para negociar los próximos pasos de “apertura” al gran capital norteamericano y europeo.
En ese marco, la canciller argentina Susana Malcorra ya anticipó que “el ALCA no es una mala palabra” y Macri presiona por la rápida firma de un acuerdo de libre comercio entre el Mercosur y la Unión Europea. Incluso, no es descartable que Argentina vire abiertamente hacia la Alianza del Pacífico y con ella hacia el Acuerdo de Asociación TransPacífico (TPP, por sus siglas en inglés). Este proceso se da en el contexto de una búsqueda por debilitar los nuevos mecanismos de integración regional –en particular, Unasur y CELAC-, relegitimando el rol histórico de la OEA como un espacio regulador de la geopolítica continental.
La orientación, a nivel global, está al servicio del libre acceso a territorios y mercados por parte de las corporaciones extranjeras, profundizando el modelo extractivista -de saqueo de bienes comunes-, que ya predominaba en la economía del país.
Mientras todo esto ocurre, los principales medios privados han pasado a realizar una abierta defensa de las políticas de Macri; presentan una visión favorable al gobierno en todos los temas e invisibilizan las protestas en su contra, que se registran prácticamente todos los días desde su asunción como presidente.
El movimiento popular ante el cambio de etapa
Las medidas aplicadas evidencian la magnitud de lo que se jugó en el último proceso electoral en Argentina. A partir del resultado en la primera vuelta del 25 de octubre, el movimiento popular ingresó en un debate en torno a qué hacer en el balotaje que enfrentó a Macri con el candidato del Frente para la Victoria, Daniel Scioli, representante del kirchnerismo. Ante la disyuntiva, una gran cantidad de organizaciones convocó a votar en blanco, planteando el carácter capitalista de ambos candidatos. El movimiento Patria Grande, creado a partir de la confluencia de una decena de organizaciones en 2014, convocó a votar críticamente a Daniel Scioli, bajo el concepto “No da lo mismo”, y consideró que el llamado al voto en blanco favorecía las chances de Macri.
A poco andar, el nuevo gobierno confirmó la última de las hipótesis. Macri representa un bloque político directamente alineado con los centros de poder del capitalismo global, dispuesto a desarrollar una política de shock que favorece a las grandes empresas y perjudica al pueblo trabajador. En el plano regional, tiene el objetivo de romper la alianza entre los gobiernos de izquierda y el bloque neodesarrollista (ALBA + Mercosur), articulándose con los gobiernos neoliberales de la Alianza del Pacífico, en un movimiento de gran importancia para el futuro del continente. Se trata de un cambio que no puede resultar inadvertido para las organizaciones con vocación revolucionaria.
El campo popular argentino, ante la nueva etapa, presenta por un lado una tendencia sostenida a la movilización popular, asentada en pisos de politización y organización mayores que en la etapa neoliberal anterior (1989-2001). Sin embargo reproduce un alto grado de fragmentación, que perjudica el proceso de resistencia a las medidas antipopulares. Las movilizaciones son numerosas, pero dispersas. Y las organizaciones tienen enormes problemas para consolidar procesos de unidad que ofrezcan respuestas a la altura del momento político.
En una cultura organizativa donde aún predominan el divisionismo y la competencia entre fuerzas del mismo campo por sobre la cooperación, y donde los balances autocríticos son bastante escasos, los procesos de unidad orgánica de los movimientos se cuentan con los dedos de una mano. Aún así, existe un amplio proceso de movilización por abajo que continuará dando batalla y presentando nuevos debates.
La gran incógnita, en los próximos meses, es hasta dónde puede avanzar el macrismo con el proceso de transferencia de riqueza de la clase trabajadora hacia la clase propietaria. Es decir, qué capacidad de resistencia efectiva puede desarrollar el movimiento popular en barrios y lugares de trabajo, para oponerse a despidos, aumentos de precios y pérdidas de derechos laborales y sociales en general.
A mediano plazo, el gran desafío sigue siendo la conformación de un proyecto político de alcance masivo, que pueda superar el horizonte capitalista en cualquiera de sus versiones. El escenario implica una nueva prueba de fuego para los movimientos: ¿Cómo pasar de la suma de micro-resistencias fragmentarias a la construcción de un proyecto popular que pueda insurgir como alternativa? ¿Cómo construir la unidad necesaria para que eso sea posible? Discusiones que -más que a una consigna- remiten a la acción política concreta que los movimientos populares deben realizar en el día a día de esta etapa compleja que se abre.
*Periodista e integrante del Movimiento Popular Patria Grande (Argentina)