Edición 117 Mayo - Junio 2016

El oficio de María: Luchar por los derechos de las trabajadoras domésticas

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María Roa Borja es una mujer afrocolombiana, de estatura media, cabello corto y pañoleta café; café como sus ojos de mirada inquieta; inquieta como su alma formada en un ambiente familiar libre y natural.

Entre la congestión y el bochorno de Medellín que arde a 32 grados, ella mira al otro lado de la avenida a sus citadores, que esta ocasión no eran ni Bluradio, Televida, ni la Revista Semana, sino Periferia, y aunque no nos conocía salió en el descanso de un evento a recibirnos, en plena calle Colombia, donde nos propuso el encuentro.

Su vestimenta ausente de lujos, pero sí con algunos detalles nos muestra que es una mujer de equipaje ligero, carga solo lo necesario, es planificadora y estratega, pese a que solo ha terminado su bachillerato; parece una mujer sola, de pocos amigos, pero detrás de María, en Medellín hay 127 mujeres y un hombre del servicio doméstico afiliados a la Unión de Trabajadores del Servicio Doméstico, UTRASD, del cual es presidenta.

Mientras buscábamos algún lugar para sentarnos a conversar, nos contó que tuvo una infancia tranquila en una finca bananera con sus cinco hermanos y sus padres, hasta que en 1996 una de sus hermanas mayores fue asesinada. Ese día cambió su vida; de su amado Apartadó que le dio todo, salió con unos familiares y muy pocas cosas, con muy pocas esperanzas, porque estar allá le hacía sentir que su vida se marchitaba de la tristeza o que sería arrasada por la misma mano que arrancó a su hermana.

Sus padres se quedaron con la fe en que las cosas se arreglarían, pero más tarde también se vinieron a la gran ciudad que todo lo tenía pero que nada regalaba, y que a personas nobles con poca formación solo les ofrecía como trabajo, si era hombre, la construcción, ser cura, o plomo detrás del arma; y si era mujer, ser monja, o trabajadora del servicio doméstico en dos variantes: con penosa remuneración, y una cama pequeña casi siempre en el último rincón de la casa, más allá de la casa de las mascotas, pero más acá del cuarto de los chécheres. O la segunda variante, gratis, en su propia casa.

A María le tocó su primera experiencia como trabajadora doméstica a los 18 años. Se levantaba a las 4 de la mañana a oír el sonido de los carros, en lugar de los pájaros, y a ver la oscuridad en lugar de ver el alba del día y oler la frescura de los platanales. No fue lo más placentero para María, pero era su única salvación por la época.

María cierra un poco sus ojos como tratando de enfocar y dice con voz pausada:
—Una se imagina que va a trabajar en lugares donde hay muchas incomodidades para una, pero qué tristeza que le separen el plato, el vaso y la cuchara de los demás. Mientras que una está acostumbrada a compartir.

Entre los siete hogares que trabajó no niega que encontró algunas personas más conscientes de que la trabajadora doméstica no es una máquina más de la casa y que por ello le daban un trato fraterno, aunque las condiciones laborales seguían siendo pobres. Y entre esos siete hogares también le quedaron debiendo pagos y liquidaciones. Al ver que nadie proponía cambios reales, en el 2005, cansada de vivir encerrada y lejos de sus hijos decidió renunciar, porque pidió permiso para descansar sábado y domingo, y entrar los lunes en la mañana, pero su patrona no la autorizó. A ella le dio igual y fue el lunes.

—Yo quería dormir una noche más con mis hijos, ellos me necesitaban, estaban creciendo y yo solo tenía un día y una noche con ellos.

Cuando regresó encontró a su patrona enojada. María no lo pensó mucho y le pidió la liquidación ¿con qué seguiría viviendo con sus hijos? Eso no le importó mucho pues ya había atravesado pruebas más fuertes, pero ninguna tan amarga como dedicar su vida, a la vida de otros a cambio de dinero. Su nuevo oficio sería de intermediaria en litografía a terceros, pero no se olvidó de sus compañeras y puso manos a la obra en compañía de la organización afro Carabantú, quienes la conocieron como líder del barrio La Torre, y con el apoyo de La Escuela Nacional Sindical. Entonces le ofrecieron liderar la lucha por los derechos de las trabajadoras domésticas.

María vive en Aranjuez, vivió en Manrique y en La Torre, cerca de Villatina, pero su mundo no termina ahí; su mirada inquieta terminó yendo hasta Boston, pero no en el centro de Medellín sino en Hardvard, al Instituto Tecnológico de Massachusetts, también a Ciudad de México, Cali, Bogotá, entre otros sitios que le han abierto las puertas para que comparta lo que ha sido la lucha de las trabajadoras domésticas y la incidencia política para lograr sus derechos.

María desde que dejó el trabajo doméstico se levanta a las 6:00 de la mañana, les deja el almuerzo hecho a sus hijos y se va a las 8:30 de la mañana. Sale ya sea para la Escuela Nacional Sindical; a llevar algún trabajó de litografía; hacia la terminal de buses o para el aeropuerto, pues viajar ya hace parte de sus actividades frecuentes. A sus hijos no les gusta mucho que esté tan ocupada pero la apoyan porque conocen sus motivaciones, y en algunas ocasiones le ayudan en lo que puedan.

Acostarse temprano ahora es posible, pero su lucha de 24 horas no siempre se lo permite, pues mantener que sus representadas tengan el pago del mínimo con prestaciones, que laboren 8 y no 16 horas y que tengan el derecho a cajas de compensación, es su obsesión. Ahora lo que se le viene encima es la lucha por el pago de la prima de servicios, normalizar la jornada de las trabajadoras internas a 8 horas, de lunes a viernes; y llevar su causa a Urabá, Cartagena y Bucaramanga.

María asumió este reto plenamente y lo hace porque no quiere que ninguna mujer se sienta encerrada y discriminada por tener necesidades económicas, que no se vuelva presa fácil de la explotación, o una esclava moderna que deja a sus hijos sin madre para reemplazar a otra en las tareas de la casa; ella no quiere que se sientan un mueble más de la casa donde le pagan. Sus viajes que han ido desde Cali, hasta Estados Unidos, la han convencido aún más de la importancia de su lucha y de lo atrasado que está el país en materia del derecho laboral de las empleadas domésticas. Desde eso ha querido estudiar derecho pero el sistema educativo del país no solo es excluyente sino discriminatorio, con la edad especialmente.

Después de nuestro encuentro, María seguirá buscando el reconocimiento de los derechos de sus colegas, que en su mayoría son mujeres afrodecendientes que ignoran y no se atreven a exigir calidad y dignidad en sus trabajos.

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