Les hablo a todos mis hermanos, pero miro hacia Cuba,
No sé de otra manera mejor para abarcar la América Latina.
Comprendo a Cuba como sólo se comprende al ser amado,
los gestos, las distancias y tantas diferencias,
las cóleras, los gritos: por encima está el sol, la libertad.
Policrítica en la hora de los chacales
Pensar en literatura latinoamericana de la segunda mitad del siglo veinte, remite a pensar en cambios, en rupturas y en revoluciones y trasformaciones artísticas con efectos en el ámbito cultural, el social y el político; y en consecuencia, en autores como Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz, Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, o César Vallejo.
En este marco, Julio Cortázar aparece rompiendo todo tipo de esquemas literarios, desde la forma misma como se sugieren en sus obras las líneas de temporalidad hasta la profundidad y desarrollo psicológico de cada uno de los personajes. Elementos como los anteriores le darán al surrealismo, movimiento del que Cortázar fuera uno de los exponentes más representativos, no sólo una dimensión artística novedosa, sino también política y revolucionaria en la forma de concebir al individuo que transita por su obra.
En 1951, Julio Cortázar se estableció en París, cuando el final de la segunda guerra mundial ponía sobre la mesa temas como el ejercicio y defensa de los Derechos Humanos (a través de las reflexiones generadas con el fin de la Segunda Guerra Mundial y la Declaración Universal de los Derechos Humanos adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas) y la propuesta, en 1950, de estructurar la integración europea con el fin de construir un continente supuestamente más justo en el que las relaciones entre Estados se tramitaran de forma distinta. Esto, sumado a la labor diplomática de su padre, condujo a éste escritor viajero y escéptico a que se preguntara por su rol y postura política.
Este proceso reflexivo se dio con más fuerza después de su visita a Cuba en el año 1963, y ya para 1967 manifestó en una carta a su amigo Francisco Porrúa: “El amor de Cuba por el Che me hizo sentir extrañamente argentino el 2 de enero, cuando el saludo de Fidel en la plaza de la Revolución al comandante Guevara, allí donde esté, desató en 300.000 hombres una ovación que duró diez minutos”.
En el 71 estas reflexiones se materializan de manera más contundente en Policrítica en la hora de los chacales:
Entonces no, mejor ser lo que se es,
Decir eso que quema la lengua y el estómago, siempre habrá
Quien entienda
Este lenguaje que del fondo viene
Como del fondo brotan el semen, la leche, las espigas.
Y el que espera otra cosa, la defensa o la fina explicación,
La reincidencia o el escape, nada más fácil que comprar el diario
Made in USA
Y leer los comentarios a este texto, las versiones de Reuter o
De la UPI
Donde los chacales sabihondos le darán la versión satisfactoria,
Donde editorialistas mexicanos o brasileños o argentinos
Traducirán para él, con tanta generosidad,
Las instrucciones del chacal con sede en Washintong,
Las pondrán en correcto castellano, mezcladas con saliva
nacional
Con mierda autóctona, fácil de tragar.
No me excuso de nada, y sobre todo
No excuso este lenguaje,
Es la hora del Chacal, de los chacales y de sus obedientes:
Los mando a todos a la reputa madre que los parió,
Y digo lo que vivo y lo que siento y lo que sufro y lo que
Espero.
Así inicia toda una etapa en la que la situación política latinoamericana se convierte para Cortázar en el foco de sus preocupaciones y producciones que dieron como fruto el premio Médicis Étranger en el año de 1974 con su obra Libro de Manuel, que se convirtió en una propuesta revolucionaria tanto para la literatura como para el movimiento político de finales del siglo XX. Es innegable, entonces, que la transformación social se hace también desde el arte y Cortázar evidencia la dimensión política de la literatura, de las letras. Cualquier frase, párrafo o idea que se escribe, tienen, por supuesto, algún nivel de influencia en el lector y es a eso a lo que hay que apuntar. ¿Para qué y por qué escribimos lo que escribimos?