Las grandes crisis en el capitalismo, que no son una anomalía del sistema sino de carácter estructural, tienen aparejadas consecuencias teóricas nada desdeñables, como se ha puesto de presente en los últimos quince años. Así como la crisis de la burbuja tecnológica a finales de la década de 1990 produjo la muerte rápida de la llamada “era de la información” (que había sido difundida por Manuel Castells) y el ataque a las torres gemelas del 11 de septiembre de 2001 significó el colapso de la noción de Imperio (diseñado por Toni Negri) y del culto a los relatos microfragmentarios, propios del pensamiento posmoderno, lo que está aconteciendo hoy en los Estados Unidos implica el fin del mito de la globalización.
El mito de la globalización tenía, por lo menos, cuatro componentes principales: el mercado, guiado por la mano invisible, se autorregula y equilibra por sí sólo, sin constricciones externas, produce bienestar y felicidad a los seres humanos. Para que el mercado funcione armoniosamente no se requiere de la intervención del Estado, el que era presentado como un obstáculo innecesario del cual, en teoría, se había prescindido. Como el Estado-nación ya no era necesario, había sido reemplazado por poderosas corporaciones transnacionales (financieras, comerciales y productivas), que supuestamente no tenían base territorial definida y cuyo accionar se desplegaba sin el concurso ni ayuda de ningún ente estatal, llevando confort y felicidad a los seres humanos por todo el planeta. Este sistema armonioso de mercados libres, sin Estado, y de corporaciones transnacionales había encontrado, por fin, la dicha perpetúa, eliminando las crisis periódicas del capitalismo, en la medida en que se le dejara actuar sin restricciones, es decir, sin la acción de fuerzas perversas como las del mismo Estado, los sindicatos o cualquier otro obstáculo antinatural que se le quisiera oponer.
En términos ideológicos y propagandistas, el mito de la globalización se difundía diciendo que ésta era perfecta, que solo si nos conectábamos a los centros globales podríamos ser competitivos y eso traería beneficios a los países y a sus habitantes. El que se quedara desligado del tren de la globalización estaba condenado al fracaso; solo los conectados tendrían éxito y mil pamplinas por el estilo.
Pues bien, en estos momentos todos los componentes de este mito se han desmoronado, como sus cultores nunca lo sospechaban, porque no solamente ha quedado vapuleado el neoliberalismo –entendido como la fase de regulación que sustituyó al keynesianismo- sino la globalización. Porque, en efecto, los cuatro elementos básicos de la retórica de la globalización ya son cosa del pasado, de un pasado que parece muy lejano, por la serie de acontecimientos de las últimas semanas en los Estados Unidos, de donde han irradiado rápidamente a Europa, Japón, China, Corea del Sur, América Latina y otros lugares del orbe. Que el mercado funcionaba sin problemas y que no necesitaba del Estado hoy parece un mal chiste en vista de la intervención salvadora del Estado norteamericano con la inyección de una cifra, por lo demás impresionante, de 700 mil millones de dólares, el monto de intervención estatal más grande en la historia del capitalismo para salvar a un sector económico.
(Esta cifra, que no nos cabe en la cabeza, adquiere algún sentido si recordamos que equivale a dos veces la deuda de los 49 países más pobres del mundo. Con el mismo se podría erradicar la pobreza en el mundo durante dos años –porque las Naciones Unidas considera que harían falta 300 mil millones de dólares para superar la línea de pobreza por encima de un dólar diario- y esa suma equivale al costo de darle un pan diario durante más de tres años a los más de cinco mil millones de pobres que existen hoy en el mundo).
Que el poderío económico de las corporaciones transnacionales era tal que su fuerza económica superaba a los Estados también ha quedado demolido en estos momentos, cuando se sabe que grandes bancos, compañías de seguros, empresas inmobiliarias han sido salvadas por el Estado, mediante un proceso de ayuda y hasta de nacionalización, que algunos han llamado el “socialismo de Wall Street”. Lo mismo ha sucedido en varios países europeos, empezando por la otra cuna del neoliberalismo, Inglaterra. Y lo de un mercado libre de crisis, es una quimera reaccionaria, porque al parecer la mano invisible entró en huelga o se la amputaron al demiurgo de los economistas neoliberales. Tal es la magnitud de la crisis, que es la más grave del sistema capitalista desde la que aconteció en la década de 1970 y podría llegar a ser -es una posibilidad que no puede descartarse- similar a la gran depresión de la década de 1930.
De tal manera que el mito de la globalización ha muerto y con él toda una época histórica, que escasamente duró un cuarto de siglo, tiempo durante el cual se nos anunció que habíamos llegado al fin de la historia y a la consolidación de un mercado mundial intocable, sin límites de ninguna clase, y que traería dicha y prosperidad a toda la humanidad. Durante todo este tiempo los críticos de la globalización fueron presentados como dinosaurios que se oponían a los designios naturales de un proceso irreversible, porque, como dijo alguna vez uno de sus plumíferos mejor pagados, el novelista Mario Vargas Llosa, estar contra la globalización era como ladrarle a la luna.
Esto no quiere decir, desde luego, que el capitalismo vaya a desaparecer en estos momentos. Sencillamente, uno de los mitos que este construyó en las últimas décadas, ya no funcionara más, como había operado desde 1983, momento en que se acuñó el vocablo de globalización en los círculos económicos de los Estados Unidos. Sus objetivos, entre los que se encontraban la expansión mundial del capital, debilitar a los Estados nacionales, poner término a la regulación fordista y al Estado de Bienestar, justificar la eliminación de los derechos y conquistas de los trabajadores (como se ve en China y en todo el planeta), arrasar con los ecosistemas, instaurar tratados de libre (sic) comercio, suprimir cualquier idea de soberanía como inútil (alimenticia, monetaria, productiva)… y muchas cosas más ya no podrán seguir siendo presentados, en forma creíble, con una pretendida globalización irreversible e indiscutible, porque eso ha sido desmentido en los propios Estados Unidos.
Por todo lo anterior, saludemos el fin del mito de la globalización, porque ello brinda una oportunidad teórica y política para recuperar el lenguaje crítico del capitalismo y del imperialismo. Y para emprender en nuestra América procesos de independencia económica y política, con participación de todos los sujetos populares de tipo nacional que han sido pisoteados durante años por todos aquellos que se presentaban como los voceros de la globalización. En concordancia, ¡si la globalización ha muerto, que viva nuevamente el internacionalismo!