
Otro mundo es posible…si y solo si desde nuestras pequeñas cuevas, en donde muchos actúan orientados más por las sombras que por la realidad, revolucionamos la forma de ver y analizar el mundo virtual y real que el capitalismo nos ha insertado en nuestras mentes como un hecho natural. El cambio se debe iniciar en nuestras neuronas, pues la guerra de cuarta generación -la de los medios de comunicación- ha hecho del hombre del siglo XXI un zombie consumista, un ser que se mueve entre las cuerdas de los códigos del consumo que son las mismas fibras de la ignorancia política.
La comodidad, todo un señor invitado a nuestra casa
No todo tiempo pasado fue mejor, es cierto, pero si recordáramos algunas prácticas de consumo sano, seguramente reflexionaríamos y exigiríamos un cambio sustancial en la oferta actual de bienes y, por ende, en la forma de producirlos. Por ejemplo, antes se daba prioridad a las bebidas preparadas en casa, ahora son bebidas que se adquieren en las grandes superficies o en la tienda de la esquina, y casi todas ellas tienen la etiqueta light, esto es, no dañina para nuestra salud por el bajo contenido de calorías, y de ello da fe el inefable Invima, o sea el organismo estatal que dice qué puede y no puede consumirse. ¿Y alguien se ha detenido en la lectura de la etiqueta que viene pegada -pues lo obliga la ley- al envase que contiene nuestro alimento?
Pues bien, si miramos esa etiqueta del extracto que reemplazó a la nutriente agua de panela, o a la refrescante limonada hecha en casa, nos encontramos con una terminología que casi nadie entiende, salvo los químicos o los técnicos de los alimentos. Veamos el ejemplo de una de las bebidas más consumidas actualmente en la ciudad y en el país: Ingredientes: agua, cristales de aloe vera, fructosa, miel, ácido cítrico, citrato de sodio, vitamina C, goma gellan, etc.
El petróleo, un invasor en nuestras vidas
Las grandes superficies exigen que un producto tenga un tiempo de vida en la estantería cercano a un año por aquello de los costos logísticos y por mil temas más del mercadeo capitalista. Para cumplir ello, los productores de bebidas adicionan el citrato de sodio, que es un producto derivado del petróleo, pues recordemos que el oro negro no se utiliza solo para transformarlo en combustible, sino que con él se elabora más del 50% de los productos que nos ponemos -como la ropa-, comemos, consumimos (incluidos los vehículos, televisores y casi todos los utensilios de las casas que habitamos, por aquello de los polímeros sintéticos). También con sus derivados se desarrollan armas, partes de aviones, cosméticos, etc. Es decir, el petróleo es la base del actual desarrollo capitalista y si lo entendemos damos un paso importante para comprender, además, la razón de las actuales guerras en el Medio Oriente y la multiplicidad de enfermedades que padecemos los hijos de la química orgánica.
Si pensamos un poco, podemos concluir que ningún alimento natural dura, después de alcanzar la maduración, más de una o dos semanas, pero estos otros alimentos pasan una temporada alta en las estanterías. ¿Desde el principio de precaución, ustedes valorarían esto como un gran aporte para nuestra salud? Volvamos a los componentes: Eso que llaman dizque ácido cítrico o vitamina C, es realmente ácido ascórbico, otro derivado del petróleo que jamás cumplirá la función de la verdadera vitamina C.
¿Por qué entonces nos engañan? Porque los protocolos del cuidado de la salud en el sistema capitalista casi son inexistentes, y ello se ve reflejado en la laxitud de los controles y en la poca defensa del consumidor final. No olvidemos que la regla de oro del capitalismo es la acumulación de capital a partir de tasas de ganancia elevadas, y para ello, si lo requiere, masacra pueblos enteros como ahora en el este de Ucrania, pues esas regiones están ahítas de energía y ya hay acuerdos con las petroleras occidentales para iniciar la explotación del gas de esquisto después de que las desocupen de esos “insoportables” pueblos obreros.
Desde las pequeñas cosas hacia la revolución
Así como estos productos invadieron nuestros alimentos “rápidos”, también lo hicieron con la agricultura. La revolución verde iniciada después de la segunda guerra mundial dio paso a la expansión de la gran producción agrícola con derivados del petróleo. Los agroquímicos vendidos a todo el planeta (en Colombia se consumen cientos de miles de toneladas anualmente) para la agricultura extensiva se convirtieron en la gran amenaza para los suelos y para la supervivencia humana. A ello se enfrentan millones de familias campesinas asociadas a Vía Campesina, un movimiento internacional de agricultores, y un país, Cuba, con la agroecología, que es simplemente el sistema implementado en la agricultura con métodos naturales ecosistémicos, percibiendo la naturaleza como la socia natural de nuestro alimento y desarrollo, y no como un banco de extracción de recursos.
La utilización de ingentes masas de petróleo en la ejecución de esa agricultura extensiva es una de las principales causantes del efecto invernadero y por tanto del cambio climático. Le sigue en su orden la producción exagerada de vehículos consumidores de combustibles fósiles, los cuales no son propiamente para el transporte colectivo sino para el inadecuado transporte individual.
Si hiciéramos el mismo ejercicio con casi todos los bienes y servicios engendrados en el capitalismo, concluiríamos que en el trasfondo de todo hay un agujero negro que succiona toda la potencialidad humana para un solo objetivo: la reproducción del sistema. Revisando la producción de bienes de consumo mundiales, podemos asegurar que con el desarrollo de las fuerzas productivas actuales podríamos vestir o calzar a 5 o 6 planetas, y darles un vehículo a todos los habitantes sin problema alguno. De ahí que la propaganda nos venda la idea de consumir calzado, sexo, vestido, educación, vivienda, comida en exceso, porque de lo contrario el paro sería mundial por el crecimiento terrible de los inventarios de producción. Todo ello se alimenta, en últimas, de la explotación innecesaria e inmisericorde de la naturaleza, pues predomina el valor de cambio sobre el valor de uso.
La sociedad mundial, manejada por un racionalismo distinto al capitalista, debe producir para satisfacer necesidades, no para enriquecer a nadie en particular. Esa propaganda inmisericorde que nos atosiga empleando todos los medios visuales, nos vende necesidades sin tenerlas y nosotros, allí, sin conciencia alguna, nos convertimos en consumidores pasivos, en máquinas que ayudan a que esa otra, la enorme, se acreciente con nuestra ignorancia.
Estamos pues ante una crisis ecológica generada por la racionalidad capitalista que pretende emerger de las cenizas de su crisis como el ave fénix que de nuevo nos salvará, a sabiendas que si no logramos ese socialismo humanista, productor racional de la conciencia del valor de uso, vivificador de la vida, tendremos entonces la barbarie, entendida ésta como la “degradación general de la vida de la especie”. Desde las más sencillas acciones nacidas de la conciencia, saldrá la respuesta al reto que el más ecocida de los sistemas económicos y políticos inventados por el ser humano nos plantea a las mujeres y hombres del siglo XXI.