Sin solución a la vista, y con la incertidumbre encima, pasan las horas para las personas que abandonaron sus hogares en Puerto Valdivia, por culpa de las fallas del proyecto hidroeléctrico Hidroituango de EPM. Las comunidades de los municipios afectados, movimientos sociales como Ríos Vivos, y expertos nacionales e internacionales llevan oponiéndose a este más de 10 años.
“¡Vaya por el perrito!”
Cuando María Isabel y su esposo abandonaron su hogar, el motivo de su llanto no fue su casa ni las cosas que dejaban atrás. Fue un perrito. Eran las cuatro de la tarde cuando notaron el río más caudaloso. Cuando llegó la noche, ya se había puesto agresivo. “Ese río bajaba muy feo, olía a lodo y a gasolina. Eso zumbaba. Uno veía hasta neveras bajando por ese río, bombas, tarros, marranos, canecas, unos palos grandísimos, y escombros. Fue cuando se llevó el puente colgante y se llevó una casa”, cuanta María Isabel.
En la casa estaban ella, su esposo, y el menor de sus ocho hijos. Salieron corriendo, dejaron las puertas abiertas y todo tirado. Pero justo cuando se acercaron a un lugar más alto, María Isabel escuchó el llanto del perrito. El perro, un cachorro criollo, había llegado milagrosamente flotando sobre un tronco hasta la orilla del río. “El perrito se orilló mucho, ahí en una playita, entonces yo le dije a él: corra, corra”. Su esposo, a quien llaman “el zarco”, se negó a bajar por el perro. “Las güevas, pa’ que el río me arrastre”, dijo. Pero después lo hizo. Se puso las botas, bajó corriendo, y jaló al perrito cuando se acercó a la orilla, enredado en un matorral. El perrito estaba empantanado, chillaba, temblaba, y tenía pequeñas heridas en las patas y la cabeza.
En el albergue de Valdivia, al que llegaron en una camioneta de los organismos de socorro, ya completan casi una semana. Allí, a pesar del esfuerzo que hacen el ejército y los organismos por atenderlos, en varias ocasiones las cosas se han salido de control, y muchos de los afectados, como el zarco, se enfermaron en ese lugar.
“Ayer se hizo una huelga acá porque la comida estaba llegando vinagre. Yo tengo todo el cuerpo
brotado, además tengo fiebre, diarrea, he estado pero mal. Como que lo que sobraba del día anterior, lo mandaban por la mañana”. Ahora, desde la carpa en la que duermen con el nuevo integrante de la familia, solo esperan el momento de regresar a sus casas y retomar sus vidas.
“Dense por bien servidos”
Cuando el río llegó a llevarse todo, Jaiber estaba jornaliando. Jennifer, su esposa, salió corriendo bajo la lluvia con sus cuatro hijos, incluyendo a Escarlet, su bebé de dos meses. Fue cuando sonaron las alarmas que hicieron enloquecer a todo Puerto Valdivia. Ese día, en cuestión de horas, el corregimiento quedó casi vacío. Era una carrera contra reloj cuyo objetivo era trasladar a los habitantes de la ribera del río hasta el casco urbano de Valdivia, el poblado más alto y cercano. A Jennifer y sus hijos la llevaron sus hermanos en moto hasta el albergue. Cuando llegó, el pueblo ya era un completo caos, no había dónde ubicarlos. Fue por eso que los enviaron a una escuelita a unos kilómetros de ahí Jaiber llegó luego en busca de su esposa y sus niños, y se convirtió en el representante de los damnificados de la escuelita, donde vivió una mala experiencia.
“Ayer llegó un funcionario de EPM a la escuela. Le dijo a mi esposa y a todos los que estaban que nos iban a dar un millón de pesos para que nos fuéramos este mes, para pagar un arriendo y comprar comida mientras esto pasa. “El que no firmó, no firmó”, nos decía. Le dijimos que lo que queríamos era volver a nuestras casas, poder trabajar, que el dinero se nos acababa y quedamos en las mismas, y sin poder reclamar. El funcionario solo respondió: “antes dense por bien servidos”. Qué descaro que vengan a decirnos esto, después de que nos tocó abandonar nuestras casas por culpa de ellos”.
No me sacaron las balas…
Mi nombre es Liliana Tapias Areiza, tengo 18 años, y un bebé de 15 meses. Se llama Brayan David. El día que el río se creció estaba en Yarumal. Regresé en la tarde cuando las alarmas sonaron. El marido mío empezó a empacar las cositas más importantes. Se alzó la neverita y se la llevó pa’l monte. Nosotros vivimos en una montaña. Cuando yo menos pensé el río se había metido a la casa, solo me dio tiempo de sacar a mi niño. El agua me mojó el colchón, la ropa, el mercado. Lo único que sacamos fue la ropita y los papeles de él. Yo salí con la ropa y con el niño. Cuando mi marido bajó, el río ya había tapado la casa. Mi casita es de tablita, y no tiene más que la neverita, el chifonier y la cama. El agua se entró por las hendijas, por eso quedó vuelta nada. Como estaban sacando a la gente, mi marido me dijo que mejor me fuera con el niño. Él se quedó allá abajo. Donde yo vivo ninguno quiso venirse. Yo llegué al coliseo de noche, con el niño en los brazos, y nos tocó aguantar frío, hasta que un soldado me dio una colchonetica a las 12 de la noche.
Ha sido muy duro estar acá. Mi marido no me puede mandar plata porque no está trabajando. Él es agricultor, cultiva papa, plátano, yuca, y es cocalero también, pa qué lo voy a negar. Pero a mí que me den siquiera un colchón, porque si regreso a mi casa no tengo dónde dormir. La verdad a mí no me parece lo del millón porque le dan a uno esa plata y como uno dio la firma, lo emboban y hasta ahí. Se la gasta uno, y sigue por ahí desplazado, sin casa, sin ropa, sin dónde dormir. Si ven que estamos en peligro que nos den así sea un ranchito para levantar nuestros hijos.
Y vea que donde yo vivo ha habido enfrentamientos. Los paramilitares y el ejército se enfrentan con los elenos. Cuando hubo el paro del ELN fue terrible, horroroso: los unos arriba de la casa y los otros al frente. Recuerdo las noches con el helicóptero rafagando. Tocaba tirarse al piso, tirar los niños, poner el colchón al frente para cubrirse y acuéstese hasta que pasen las cosas. Pero vea cómo es la vida, no me sacaron las balas, pa’ venirme a sacar el río…