Hay personas que quieren ser escritores y no lo consiguen; por más que tallereen, toquen puertas, publiquen, formen cofradía o hagan trampa. Y el buen ensayista y buen poeta es desconocido por quienes, se supone, deberían ser los primeros en reconocerlo. ¿Cuál es la magia de un escritor para ser leído con devoción desde los rincones más ásperos de la furtividad? ¿Dónde está la perla? ¿Dentro o fuera?
Carlos Ossa es una de esas agujas perdidas en el pajar. Nació en Remedios, en 1944, cursó hasta segundo de bachillerato, y está hoy a kilómetros de la universidad. Academia y pensamiento como que se repelen. Academia como que es domesticación, mientras que creación es movimiento y libertad; más aún: es educación.
Vendió helados en el río; laboró en parcela; cultivó pollos; comercializó huevos; revisteó en el puerto y fue bibliotecario de la Casa de la Cultura de Puerto Berrío, entre 1968 y 1972. Nunca ha dejado de leer.
Por el tiempo en que la muerte se ensañó contra los pensadores de Medellín, la aurora lo cogió en su puesto de revistas de Cúcuta con la avenida de Greiff. Pero tomaba como Baco, y si quería ser un escritor reconocido, debía dejar de beber y superar el miedo a ser. O lo uno, o lo otro. La suerte se puso de su lado. Oscar Hernández, poeta, lo sentó un día en un café y le espetó en la cara: “Carlos, tu poesía es muy buena. Incluso tus crónicas. Pero no tienes fe en ti mismo, en tu talento literario. Te estás desaprovechando. Tienes que mermarle al licor, porque de borrachitos estamos llenos, mas no de poetas”. El libro Embriaguez, de donde tomo la cita y que tiene la apariencia de ser un texto de superación personal, es, como todos los de Carlos Ossa, una crítica clasista a las trampas que nos tiende la vida para destruirnos. La borrachera mata la libertad, castra al poeta, anula al luchador. Hasta 1997 Carlos Ossa no pudo vivir en paz, con el diablo de la literatura adentro y el otro pidiéndole alcohol.
Hacer lo que al fin hizo, haber querido ser desde joven un escritor reconocido y lograrlo, a pesar de la pobreza, no es poca cosa. La autenticidad no la regalan; como la libertad, se conquista. Hoy lee lo que le da la gana: sin ebriedad, sin reglas, sin tutor, sin caminos que no sean los propios; solo con su soledad, con el mundo y con su sensibilidad estética, en diálogo con los escritores que han sido ¿qué?.
Cronista y poeta de El Colombiano, editor de cuadernillos tercermundistas, como él los llama, que se venden como pan caliente, con todo y sus falencias editoriales; reseñador de libros en la Revista Universidad de Antioquia, cuando la dirigía Héctor Abad Faciolince; espíritu sin cárcel; salario que no domeña; pensador sin muro; autor en muchas partes.
Ateísmo cotidiano; Dios y el asesino; y Los pobres suben al cielo raso son ensayos hilvanados con inteligencia, originales, audaces, nacidos del corazón, necesarios, urgentes, que todos deberíamos apurar para la superación de nuestras miserias; entre otras: 1) que Colombia es el país más católico de la tierra, el más criminal, el más inculto y el más menesteroso; 2) que el sicario es poder y Colombia es una fábrica de sicarios; y 3) que si los pobres no se organizan, seguirán siendo pobres y jamás conocerán la libertad.
El 1° de Mayo de 2014 se repartió entre un río de gente, por iniciativa de la revista Quitasol, el poema “Apetitosos”, que termina diciéndole a la tribu de pobres lo que son: “Son los animales más apetitosos del planeta. / Y, cumpliendo con la cita misteriosa de los retos, / estarán presentes el día de la tierra”. Él le tiene fe a su poema “Petición de mujer por computadora”. A otros nos gusta: “Esta insolente obscenidad”, “Mis bellas extraviadas”, “Tus sagradas nalgas”. Es cuestión de gustos, en este pajar de la literatura extraviada.
“Sin la música no hubiera podido soportar la realidad. Siempre escucho música una hora en la mañana; por la noche oigo programas de opinión en la radio”. Cada escritor encuentra la manera de acompañar su soledad. “Tenía un televisor, pero lo regalé para evitar caer en tentación”. Televisión y literatura, como academia y libertad, se pelean.
Venido de la exclusión y del desprecio, Carlos Ossa es hoy uno de los mejores. De los más fundamentados, más explayados, más sueltos y más libres escritores de ensayos de Medellín; por encima, incluso, de las revistas universitarias, que ya poco le dicen a la gente. A pulso, a intuición, a hambre, a talento, a inteligencia, a lucha. Si no, ¿para qué sirve la literatura a estas alturas de la vida?
A finales de los 80 instaló su oficina a la intemperie, a los pies del edificio Coltejer. Hace un cuarto de siglo custodia al emblema de Medellín. Comenzó conversando allí con los últimos taurófilos que hay (sin él serlo); luego, se fue ampliando el paisaje literario y político; hasta llegar a hoy, cuando religiosamente, de 10 de la mañana a 5 y 30 de la tarde, en las escalinatas de nuestra pequeña Torre Gemela, está el escritor, el pensador: solo, piropeando muchachas, descifrando nalgas, riendo, sudando la jornada, haciendo florecer el espíritu. No es mentira aquello de que los escritores trabajan como burros incluso cuando están pensando.
Ya se ganó el pan, ya vendió sus libros que han venido a solicitarle los nuevos lectores que van llegando a conocer a este de Rodin de carne y hueso que hallé en el pajar.
Cuando llegué, esta mañana a las diez, ya había escrito, como lo hace todos los días, de 8 a 10, en el Unión; anteriormente lo hacía en el salón Versalles. Mano, cerebro, lapicero y papel, ¿qué más necesita? Un desayuno, un almuerzo y una comida, que se los gana con su literatura. Y una habitación propia, eso que nadie nos da.
Llegan nuevas gentes a las escalas del edificio más custodiado de Medellín. Están furiosos con el gobierno de Santos y con la decisión del Polo de dar vía libre a sus electores para las elecciones del 15. No quieren a Uribe; nadie, ninguno. Carlos me resume por qué sigue allí sentado en las escalinatas, pues cuando llegué, me lo quise robar para mí e irnos a tomar un café: “Es que si me voy no me encuentro con nadie”. A las 5 y 30 se regresa a pie a su pieza de arriendo en El Salvador, siguiendo una conducta monacal. Sólo la lluvia altera su rutina.