Edición 96 - Junio 2014

Memoria de una década de furia en Apartadó

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masacre

Uno de los curiosos efectos colaterales de la guerra colombiana es que me ha enseñado geografía. Por ella aprendí que hay un municipio que se llama El Salado, que queda al sur del mismo departamento cuya capital es Cartagena y que vivía del cultivo de tabaco antes de que ocurriera una masacre que los paramilitares amenizaron con gaitas. Por la guerra también supe que existe una región llamada Urabá en la que la expansión de un enclave bananero estuvo acompañada en los años noventa de una ola de violencia que el ACNUR cuantificó en 449 muertes causadas en 65 masacres.

 

Ese fue el primer pensamiento que tuve cuando Jovanys Mena, un boxeador retirado que hospedó en su casa de Envigado al hombre que asesinó a su hermano, me invitó a un evento de conmemoración a las víctimas del conflicto en Apartadó. Acepté emocionado por la idea de confrontar mis referencias geográficas adquiridas a distancia con los testimonios de quienes las habitan. Viajé en avión hasta Medellín y allí tomé un bus que tardó nueve horas en superar los 302 kilómetros y los ocho municipios que la separan de Apartadó.

Había leído previamente en Internet que el viaje duraría seis horas por una vía de ensueño y debo reconocer que por lo menos no fue de pesadilla. Mientras estuvo de día pude ver que la economía cafetera ocupa las laderas de las montañas y a medida que se desciende el banano va inundando las tierras a ambos lados de la carretera. También vi concesionarios y bodegas industriales, almacenes de cadena y de garaje que a las ocho y media de la noche ya se encontraban cerrados. Ese hecho, y las dos veces que la Policía requisó el bus, es lo único que hace dudar de la aparente calma que se respira en el Urabá.
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Al otro día se realizó la conmemoración del día de las víctimas. El evento, organizado por Jovanys Mena, consistió en recorrer en bicicleta los cuatro lugares del casco urbano del municipio en los que ocurrieron hechos violentos. La ruta comenzó a las 9 de la mañana en el barrio obrero de Apartadó con un sol implacable que no tardó en poner a sudar a los participantes –en su mayoría ruidosos estudiantes de colegio- y afectando sobre todo a los que llegamos de otros lugares. En este barrio, construido a partir de la invasión de la Finca La Chinita por parte de obreros bananeros y desmovilizados del EPL, sucedió hace poco más de 20 años una de las masacres más horrendas en la historia de Colombia. Así nos la cuenta una de sus sobrevivientes:

“Mi nombre es Digna Ayín Gutiérrez, tengo 39 años y soy sobreviviente de la masacre del domingo 23 de enero de 1994 en el barrio La Chinita, el peor episodio de mi vida. El sábado mi mamá organizó una fiesta para financiar nuestros estudios. Nosotros no conocíamos el conflicto que había en ese momento entre las FARC, el EPL y las bananeras, porque mi mamá trabajaba en Maderas del Darién. De donde nosotros veníamos no conocíamos la violencia.

Por eso hicimos la fiesta inocentemente y con la proyección de que tuviera un gran impacto en el barrio. Entonces pensamos en “el Gran Juancho”, un picó de la región muy famoso y también pensamos en tener mucha silletería. Ambientamos el espacio para que llegaran muchas personas. El DJ y el congelador estaban dentro de la casa, nos tomamos la calle para ubicar las sillas y en el solar del lado hicimos una tarima de baile con una madera que mi hermana tenía para hacer su rancho.

El picó llegó a las cinco de la tarde y a las siete de la noche empezó el estruendo porque somos de mucho ruido acá en la zona de Urabá. A las nueve había harta gente y empezó a fluir la bebida. Mi mamá delegó funciones. Yo estaba en la ventana de mi casa vendiendo las cervezas, otros hermanos míos estaban atendiendo a la gente y todo lo hacíamos en armonía para tener un dinero para las matrículas. A las doce de la noche ya había gente embriagada pidiendo que repitieran las canciones y todo marchaba chévere.

Recuerdo que a la una y treinta de la mañana la gente que estaba en la calle empezó a retroceder en un flujo muy rápido, me preguntaba qué pasaba, mi hermana menor estaba afuera y luego contó que vio que desde la esquina venían unos hombres armados, pintados, atacando con unas pistolas. La gente empezó a correr apresuradamente, el ruido de la música no había dejado escuchar los disparos hasta que de pronto el equipo quedó en silencio porque mucha gente se metió en la casa y tumbó todo.

En la puerta se paró uno de ellos, miró hacia adentro y no sé por qué no disparó ni cómo se cerró la puerta. De repente escuchamos que uno de ellos dijo que prendieran la casa, entonces con palabras soeces otro le contestó que cómo iban a prender la casa si se escuchaban niños llorar. En cambio incendiaron el picó con gasolina de una moto que más adelante también hicieron estallar. Esa detonación hizo que muchas personas salieran corriendo por detrás de la casa. A algunos los acribillaron, otros lograron meterse a los pozos de agua porque en ese tiempo no había agua potable.

A las cinco de la mañana abrimos la puerta y miramos al frente de nuestra casa. No se me quita el recuerdo de que los canales por donde corría el agua ya no tenían agua sino sangre. Yo no me atrevía a mirar porque era consciente de que los muertos estaban ahí. En ese estado nosotros no podíamos ni comer, no quedó una cama donde recostarnos para pasar el cansancio porque todo lo destruyó la cantidad de gente que había refugiándose.

Todavía tengo las imágenes de esas personas ahí y cómo llegó ese carrito a recogerlos y a montarlos uno encima del otro. En total fueron 36 muertos. Eso fue muy traumático porque no mirábamos que habíamos sido víctimas de esto sino que empezamos a culparnos. Todavía en este momento se siente uno con el dolor de que si no se hubiera organizado la fiesta la masacre no habría pasado. ¡Eh, pero si nosotros no hubiéramos hecho esa fiesta estaría toda esa gente tranquila!”.

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Mientras escuchaba a Digna no me percaté de que los estudiantes estaban más entusiasmados con la idea de andar en bicicleta por el municipio un viernes en horas de clase que en recordar el conflicto y a sus víctimas. Me pregunté lo siguiente: ¿Mientras a mí la guerra me enseña geografía, cómo los afectará a ellos? Decidí abandonar la reflexión porque la caravana avanzaba rápido y estábamos llegando al billar El Golazo, en el barrio Policarpa, donde el 6 de abril de 1996 a las siete y media de la noche seis paramilitares abrieron fuego contra los clientes y asesinaron a nueve, entre ellos dos niños.

Jesús Aníbal Hinestroza estaba descansando en ese momento en su casa, a una cuadra del billar. Había llegado al Urabá en el año 1974 con su partida de bautizo y las esperanzas puestas en las promesas del banano. Encontró trabajo en una finca y se mantuvo como empleado de la industria hasta junio de 1996, cuando le tocó huir hacia su Chocó natal, luego de que los paramilitares lo despojaron de una tierra que había invadido cinco años antes junto con otras 99 familias.

La década del 90 empezó con varios episodios de tomas de tierras protagonizados por los desmovilizados del EPL que habían fundado un movimiento político llamado Esperanza, Paz y Libertad. Aníbal Hinestroza dice que por iniciativa de unos compañeros que hacían parte de ese grupo se tomaron una finca llamada El Congo, negociaron con el administrador y obtuvieron parcelas de cinco hectáreas por familia. Hinestroza siempre había querido tener una tierra donde laborar y dignificar a su familia, de tal modo que no dependiera solamente de un salario.

Durante los siguientes cinco años Aníbal Hinestroza vivió en una casa de tablas en el barrio Policarpa, trabajó de lunes a jueves en la finca bananera y de viernes a domingo en su predio de El Congo. “yo cogía plata de aquí para meter allá, para que cuando no tuviera aquí pudiera echar mano de allá. No quería llegar a esta edad sin plata y desprotegido”. En esas estaba cuando empezó 1996.

Hinestroza lo recuerda como un año especialmente violento. Dice que hasta ese momento vivió tranquilamente porque aunque el corredor, así dice, era dominado por la guerrilla, los milicianos nunca se metían con los trabajadores de las fincas. “Pasaban, saludaban y seguían. Es que cuando hay un solo actor armado uno como campesino se somete a las reglas de ellos y sabe quiénes son”. Pero la cosa se puso dura cuando llegaron las autodefensas.

En esa época, el barrio Policarpa era habitado en su mayoría por militantes de la Unión Patriótica y de Esperanza, Paz y Libertad. Por eso empezó a ser hostigado por los paramilitares que estaban en una cruzada antisubversiva en toda la región del Urabá. Como parte de esa ofensiva ocurrió la masacre en el Billar El Golazo. Ese sábado de abril Aníbal Hinestroza decidió no ir a El Congo y se quedó en su casa del Policarpa. Cerró las puertas porque había rumores de guerra y se acostó temprano a descansar.

Desde su cama escuchó la balacera y el miedo lo llevó a esconderse debajo de ella cuando cesó el estruendo. Se quedó en silencio hasta que estuvo seguro de que los asesinos se habían ido y salió de su casa el día siguiente. Recuerda que la desolación era total, la leche y los yogures estaban mezclados con la sangre, las personas estaban boca abajo, boca abajo estaban el vecino y el amigo y el niño que vendía chance en el barrio. No supo qué hacer, no sabía para dónde coger.

Tuvo que irse del barrio porque después de la masacre siguieron los asesinatos selectivos, mataban a la gente dentro de las casas y a plena luz del día; el miedo convirtió al Policarpa en un barrio fantasma. Aníbal Hinestroza se fue a vivir a El Congo. Hasta allá llegaron los paramilitares el 18 de junio para avisarles que debían desocupar de inmediato. “Como usted sabe que la vida es inalienable, uno tiene que escapar la vida, y allá todo se quedó. Desde ahí la vida para nosotros ha sido una odisea”.

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A las once y media unas nubes rebeldes se le atravesaron al sol e hicieron amainar el calor, aunque no la humedad. Para ese momento la caravana ya había dejado atrás las casas de madera y las calles estrechas y destapadas del barrio Policarpa. Ahora se acercaba por la vía principal hacia el centro de Apartadó, más exactamente a la calle del comercio, en donde el jueves 27 de febrero de 1997 explotó una volqueta cargada con cien kilos de dinamita.

Don Jaime Sierra es un hombre de 69 años que nació en Jardín, en el suroeste de Antioquia. Llegó a Apartadó el 7 de abril de 1968 como empleado de la sucursal del Banco de Colombia en ese municipio. Don Jaime recuerda que en esa época nadie quería ir a Urabá porque era tenido como una selva que contagiaba a la gente de paludismo y malaria. Él sí se arriesgó porque le gustaba el calor, estaba soltero y era un lugar perfecto para la pesca, una afición que heredó de sus abuelos.

Don Jaime presenció el crecimiento de Apartadó, por el tiempo en que llegaban diariamente cinco buses escalera repletos de brazos para las fincas bananeras y detrás de ellos los comerciantes dispuestos a satisfacer todas las necesidades de un mercado en expansión. Apartadó era para don Jaime Sierra un remanso de paz y prosperidad al que las prostitutas llegaban el viernes en la primera escalera y se devolvían el lunes en avión.

Apartadó, y en general la región del Urabá, se configuró como una zona de colonización en la que confluyeron personas de distintos orígenes, muchas de ellas procedentes de zonas de conflicto. Esta circunstancia, sumada a la bonanza económica de la industria bananera, no tardó en convertirlo en una fuente de conflictos laborales, sindicales y políticos que, ante la ausencia del Estado, fue asumida por los grupos guerrilleros que se encontraban en etapa de crecimiento.

Lo que sigue ya es una historia más conocida. Los paramilitares entraron a la escena a desafiar el poder de las guerrillas y el escalamiento del conflicto entre estos grupos desembocó para don Jaime Sierra en el atentado que destruyó la miscelánea que había comprado con los ahorros de su trabajo en el banco. La volqueta, que había sido robada por guerrilleros del ELN a un empleado de la empresa de aseo, fue parqueada justo al frente de su negocio llamado “El Pescador”.

Pero la bomba estaba dirigida contra el comando de policía que queda justo al frente de “El Pescador”. Los guerrilleros habían tratado de poner la volqueta al lado del comando, pero el policía de guardia la hizo mover. Ellos dieron una vuelta y la pusieron al frente. El policía los hizo volver a mover y es probable que la bomba ya estuviera accionada cuando la parquearon al frente del negocio de don Jaime Sierra, porque los guerrilleros la dejaron y salieron corriendo.

Cuando los comerciantes salieron a mirar qué estaba pasando explotó la bomba y mató al instante a trece personas, cuatro de ellas empleadas de lo que se llamó hasta ese momento “El Pescador”. En el lugar donde estaba la volqueta quedó un cráter de metro y medio de profundidad. El techo del comando de policía desapareció, así como el negocio de mensajería de un señor Francisco Sánchez, los locales de unos señores Valoyes, una sastrería de un señor don Jairo y la papelería de una señora Martínez.

Hasta el día de hoy don Jaime solo ha recibido 517 mil pesos de compensación por los daños que sufrió en el atentado. La reconstrucción de su local la hizo con préstamos bancarios y con la venta anticipada del dinero que espera recibir del Estado hace 17 años. El abogado que lleva su caso le dijo que le iban a salir cien millones y debido a la premura Don Jaime le ofreció a un amigo esa parte por la mitad del valor. Todavía es la hora en que el amigo lo llama para preguntarle cuándo va a recibir su indemnización.

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Con un sol renovado, en pleno medio día, el acto de conmemoración de las víctimas de Apartadó está llegando a su fin. Por un tema logístico, que puede tener que ver con la apatía de los estudiantes, la caravana no va a pasar por La Barra Cervecera, una discoteca ubicada en el barrio Ortiz en la que explotó un maletín con cinco kilos de Anfo, que habían dejado en la pista de baile unos gerrirlleros de las Farc. Nueve personas murieron y otras 85 quedaron heridas. Sin embargo, su dueño va a tener la posibilidad de contar su historia en el acto de cierre del evento en el parque de Bomberos, lugar de triste recordación por las torturas y los asesinatos selectivos que se ejecutaron allí.

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Antes de que Luis Fernando Largo acabara su discurso ya se habían ido casi todos los jóvenes que componían el grueso de los asistentes a la conmemoración. Yo tenía que volver ese mismo día a Medellín y mientras el bus hacía su recorrido pensé en lo complejo que es un país en el que un habitante de la ciudad capital conoce su país a través del itinerario de la guerra en los campos. Luego pensé en lo complejo que es construir memoria en un país en el que las relaciones sociales se encuentran fragmentadas por la violencia, en donde cada cosa puede tener miles de significados distintos y en el que sus habitantes no se reconocen como parte de un mismo relato.

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