Reconocer la historia revolucionaria y emancipatoria de las mujeres en América Latina implica reconocer que la sumisión no es una condición exclusiva de las mujeres y que ellas históricamente han resistido y se han enfrentado a los poderes más violentos. Hacer memoria feminista en el Bicentenario es recuperar la historicidad negada a las mujeres que han hecho parte de la resistencia a la dominación, el saqueo, la explotación, el racismo y el colonialismo. La publicación de esta breve reseña de la vida y la lucha de Juana Azurduy considerada una mujer excepcional o heroína de la Independencia de Suramérica es un acto de memoria para reivindicar a las mujeres indias, negras y mestizas que se han adelantado a su tiempo negándose a cumplir con el modelo de feminidad que les imponía la dominación patriarcal en razón de su triple opresión: la raza, el género y la clase.
Juana Azurduy, apodada Santa Juana de América, así como La Flor del Alto Perú, y reconocida históricamente como una de los combatientes indispensables para la lucha de independencia suramericana, hizo de su mestizaje un elemento político contracolonial. Utilizó su condición de mestiza no para separarse de lo indio sometido, sino del español opresor, vinculándose, a través del origen mixto de su familia, con el pueblo aymara con el que peleó la liberación del Alto Perú y América.
Nació de una familia mestiza en Chuquisaca, Alto Perú, hoy Bolivia, en 1780. Al quedar huérfana muy joven, hablaba castellano, quechua y aymara. Se casó con el general Manuel Ascensio Padilla. El 25 de mayo de 1809, justo un año antes del alzamiento de Buenos Aires, se sublevó el pueblo de Chuquisaca, revolucionando el Virreinato del Río de la Plata desde el Alto Perú. Se destituyó al virrey, nombrando gobernador a Juan Antonio Álvarez de Arenales. Juana Azurduy dejó entonces a sus cuatro hijos para acompañar a su esposo, ambos comprometidos en la causa indoamericana, al campo de batalla.
Entre los dos organizaron una tropa de 6 000 indios que constituían la insurgencia indígena para derrotar a la Corona y defender sus tierras. Apoyaron a las expediciones que enviaba Buenos Aires al Alto Perú. La primera, al mando de Antonio Balcarce y la segunda a cargo de Manuel Belgrano. Las crónicas de la época cuentan que cuando Belgrano la vio pelear en el cerro de la Plata, donde se adueñó de la bandera realista, le entregó su espada en reconocimiento a su bravura y lealtad a la causa.
Posteriormente, el gobierno de Buenos Aires, al mando de Pueyrredón, le concedió en 1816 el grado de Teniente Coronel del ejército argentino. En ese entonces todavía parecía más conveniente conquistar Perú por la vía altoperuana, es decir, por el Norte. Sin embargo, cuando San Martín se hizo cargo del Ejército cambió de estrategia y, abandonando esa ruta, eligió una más segura e innovadora: llegar a Lima por el Pacífico, después de cruzar los Andes hacia Chile.
Este cambio de estrategia dejó a la tropa de Padilla y Azurduy sin sustento económico y fundamentalmente abandonada a su propio destino. Así, Juana vio morir a sus cuatro hijos y combatió embarazada de su quinta hija. Cuando quedó viuda y con su única hija, asumió la comandancia de las guerrillas en el territorio que luego conformaría la denominada Republiqueta de La Laguna e intentó reorganizar la tropa sin recursos. Decidió dirigirse a Salta a combatir junto a las tropas de Güemes, con quien estuvo tres años hasta ser sorprendida por la muerte de éste, en 1821. En 1825 se declaró la independencia de Bolivia, el mariscal Sucre fue nombrado presidente vitalicio y le otorgó una pensión, que le fue quitada en 1857 por el gobierno de José María Linares.
La tradición oral, confirmada por la carta que le enviaría la coronela Manuela Sáenz desde Charcas, recoge que corría el año de 1825 cuando sorpresivamente Simón Bolívar, acompañado de Sucre, se presentó en la polvorienta ciudad de Chuquisaca a buscar el lugar donde vivía en precarias condiciones la teniente coronel Juana Azurduy de Padilla. Están allí ellos y su estado mayor, para rendirle homenaje, diciéndole: “La joven República de Bolivia no debió llevar ese nombre sino el de Juana Azurduy”.
El 25 de mayo de 1862, próxima a cumplir 82 años, en el más absoluto ostracismo y miseria, murió Juana de América, la guerrillera de la libertad. Se le enterró en una fosa común, con su ataúd llevado a mano por cuatro indios aymaras que nunca la dejaron, sin los honores ni las glorias que eran de esperarse a la máxima heroína de la libertad del Alto Perú. Sus restos fueron exhumados 100 años después, para ser guardados en un mausoleo que se construyó en su homenaje.
Grave situación en derechos humanos de las mujeres
En la ciudad de Medellín se relizó el pasado 8 de Marzo, conmemorando el Día Internacional por los Derechos Humanos de las Mujeres, un tribunal en la plazoleta de las esculturas para denunciar diferentes casos de violación a los derecho humanos de las mujeres, con una posterior manifestación por algunas calles céntricas de la ciudad teniendo punto de llegada el Parque de las Luces, al frente del Centro Administrativo La Alpujarra.
Muchos casos que se presentaron el año pasado con relación a esta problemática continúan evidenciando que en una sociedad como la nuestra falta mucho trecho para superar este tipo de dificultades.
102 mujeres fueron asesinadas en Medellín en enero a octubre de 2009.
567 mujeres menores de 14 años fueron abusadas en el 2009.
En este mismo periodos se registraron 3.479 denuncias por violencia intrafamiliar, de ellas 2.608 fueron interpuestas por mujeres. Por mencionar apenas algunas de estas violaciones.
Por lo anterior, queremos reivindicar la siguiente frase que se le dio al tribunal:
“Mujer tu voz y tus pasos hacen falta Sin la voz de las mujeres la verdad no está completa” .