Beatriz Helena Monsalve nació en el barrio López de Mesa, en Medellín, el 19 de agosto de 1961, en el seno de una familia que cultivó tempranamente en ella los valores éticos que la distinguieron e inculcaron profunda sensibilidad social, permitiéndole luchar en las comunas de Medellín. Y a sus 16 años fue elegida presidente de la Junta de Acción Comunal del municipio de Bello – Antioquia. Afirman quienes conocieron a Beatriz que en el ambiente familiar se reflejaba respeto a la justicia, a la honradez, a la honestidad, a la verdad, el amor al estudio y a la lectura.
Denunció los horrores del injusto sistema político que rigen los destinos de nuestra enlutada nación, con sus ríos llenos de cadáveres, sus valles y sierras llenas de fosas comunes, víctimas de “falsos positivos”: estudiantes, sindicalistas, dirigentes sociales, intelectuales y libre pensadores, secuestrados a la salida de las universidades, desaparecidos de las calles, sacados violentamente de sus casas en horas avanzadas de la noche, y que reposan en las siniestras fosas comunes escavadas por el ejército nacional, la policía y sus escuadrones siniestros de paramilitares.
Viajó muchas veces a Urabá para insistir en la necesidad de forjar un amplio frente cívico, construyendo caminos alternativos para alcanzar justicia social junto a los trabajadores bananeros, cuyas condiciones laborales la marcaron para siempre: niños con desnutrición severa, sin escuela, sin agua potable y sus padres trabajando en condiciones de esclavitud aberrante.
Como socióloga, realizó un trabajo documentado sobre las condiciones deshumanizadas en que viven las familias trabajadoras en las plantaciones bananeras y los desmanes cometidos por el gobierno colombiano contra la indefensa población campesina, contra todos aquellos que piensan que la patria es de todos. Denunció los tratos a estas personas como reflejo del poco aprecio del gobierno por el pueblo. Las acusaciones de maltrato laboral, alimentación deficiente, condiciones higiénicas por debajo de lo aceptable y la ausencia de atención médica adecuada, son realidades objetivas en este país que se acaba, víctima de una clase gobernante que bajo la más extrema impunidad, hace política y criminalmente lo que quiere.
Cierto día, en el decurso de estas reuniones, fue asediada por un fotógrafo. Al finalizar el conversatorio con los dirigentes de Urabá, Beatriz se acercó al fotógrafo para decir que no era personaje importante para ser fotografiada con sospechosa insistencia. El fotógrafo, mostrando su carné del DAS, respondió diciendo: “perra hijueputa, guerrillera, te vamos a matar”.
Los días subsiguientes no fueron mejores; las amenazas de muerte se volvieron recurrentes, a cada momento, a cada hora, de día o de noche sufrió el martirio de la persecución y el terror, incluyendo los insultos, amenazas y coacciones como verdadera máquina de tortura psicológica.
Cuando en 1985 se recrudeció la amenaza de muerte, sus amigos se dieron cuenta de que había llegado el momento de trasladarla a Bogotá para evitarle un desenlace fatal. Hubo en Bogotá un medio propicio para que la joven se reincorporara a las luchas sociales, cuya consolidación contó con su contribución entusiasta y sostenida. El 10 de agosto, víspera de su secuestro y posterior asesinato, declaró ante una conferencia realizada en la Universidad Nacional, asistida por representaciones internacionales de Derechos Humanos, fogosas palabras que la oligarquía jamás tolera. Dijo que nada es tan indigno de una nación como el permitir ser gobernada por una oligarquía corrupta y de bajos instintos ante la total indiferencia de la oposición.
Tres días después de su muerte, el 14 de agosto, alrededor de las 8:00 AM, la familia de Beatriz recibió inesperadamente una llamada telefónica de Bogotá informando que Beatriz había sido asesinada por agentes del gobierno. Después, las autoridades informaron a su familia lo sucedido, fingiendo desconocer la causa de su fallecimiento.
Cuando sus padres arribaron a Bogotá, pidieron inmediatamente ver a su hija. Sus pedidos fueron rechazados por un alto oficial que, intimidándolos, les preguntó si eran los padres de la guerrillera. Su padre – Evelio Monsalve-, obrero jubilado de la industria textil, lejos de sentirse intimidado, respondió: Una cosa es el terrorismo de Estado, y otra cosa es el trabajo creador por la dignidad de nuestro país como lo hizo mi hija.
Se apresuraron hasta el hospital. La madre ni siquiera pudo reconocer el cuerpo de su hija, el cual estaba casi desnudo excepto por un pantalón interior. La cabeza hinchada y deforme, la cara con magulladuras, el abdomen hinchado, múltiples fracturas en las piernas y las manos apretadas. Hasta hoy, sin embargo, este crimen de estado permanece en la impunidad.
Su nombre estará vinculado eternamente a las más significativas y relevantes luchadoras por la emancipación de nuestro país. Algunas de las cuales han dicho: “pueblo indolente, cuan diversa sería vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad. Ved, que aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más. No olvidéis este ejemplo. Pueblo miserable, yo os compadezco, algún día tendréis más dignidad”: Policarpa Salavarrieta.