Jaime Gomez: Nostalgia, recuerdos y futuro
Desde la década de los sesenta y setenta afloraron en el país una diversidad de organizaciones, movimientos sociales, partidos y expresiones de izquierda. Uno lee sobre esa historia y a veces corre el riesgo de perderse en un mar de nombres y razones para divisiones y escisiones. Mi padre, como muchos militantes de izquierda, no era entonces parte de la intelectualidad, ni de los estudiantes; a “El Bacan” le tocó irse a trabajar desde muy joven y experimentar el rigor de la división de clases, las vivencias del patrón y la expropiación de su mano de obra. Trabajó en una empresa de Chocolates y en los negocios familiares arreglando instrumentos de música. Nos contaba de experiencias en esa fábrica y brotaba casi que de su piel indignación por los tratos que se daban en ella. Rápido se vinculó a la Empresa de Teléfonos de Bogotá y de allí saltó al Sindicato.
Mi abuelo era militante del Partido Comunista, pero mi papi decidió poner sus pies y su cabeza en otro proyecto distinto y entró a militar en el MOIR. No sé si como parte de su forma de ser, razonamientos políticos, herencia de la cotidianidad de izquierda o ausencia de respuestas, o todas al tiempo, estuvo cerca a otros tantos procesos de izquierda por los años de la década del ochenta. Le dedicó su vida al sindicalismo, trabajó de la mano con otros dirigentes de los servicios públicos y se gozó la vida. A finales de los ochenta contribuyó a la formación de la CUT.
Conoció a mi mami cuando ella estaba en Telecom, ¡toda una dirigente sindical, hermosa, inteligente! Yo nací meses después del Paro de 1977, y puedo decir que estuve allí, mientras estaba en el vientre. A ella casi la golpean unos policías, mientras que a Jaime, mi papi, lo retuvieron por varias horas en la Plaza de Toros. Yo crecí en medio de una cultura cotidiana de izquierda mezclada con la vivencia de mi familia extensa de línea materna (católicos, apostólicos y romanos!). También crecí en un país de guerra. No me es difícil recordar episodios violentos para los años ochenta y menos para los noventa. Alguna vez se me advirtió que debía tener cuidado, andar atenta, dar “menos papaya”. Yo apenas tenía 8 o 9 años, y quizás no lo entendí en toda su dimensión, pero me timbró tanto que hoy lo recuerdo.
Con mi padre compartía, compartíamos cosas agradables: música, teatro, cine, paseos. Le debo una educación mucho más amplia que la que dan en un colegio público, más universal, más crítica. Pero de igual manera hubo vacíos, distancias, que yo entiendo por todas sus ocupaciones pero que suscitan preguntas. Como ya casi nadie puede, mi papá se pensionó muy joven. Entró a la Universidad y rápido comprendí que él no quería los dogmatismos, que quería ponerse al compás de lo que sucedía en el mundo, de lo que pasaba en Colombia, de los debates del marxismo y la izquierda mundial. Hace poco me encontré con uno de sus profesores y me dijo lo rico que era discutir con él sobre la izquierda. Me maravilla pensar que eso lo hacia él, ¡tener un ojo crítico para lo que era su vida! Fue candidato al Concejo y, pese al incumplimiento de los acuerdos por parte de un “compañero” de izquierda, ejerció por un corto periodo.
En la apertura de nuevos puntos de vista siempre pensó que las alianzas eran posibles, claro, ¡no con cualquiera ni a cualquier precio! Comenzó a trabajar con algunos liberales, e hizo parte del equipo de Piedad Córdoba. Es paradójico que aquí, trabajando de manera cercana a las toldas liberales encontrara la muerte. Entonces yo me topé de frente con la violencia y ese “ten cuidado” comenzó a tener más sentido y a ser más real en mi vida.
Hay cierto tono de heroísmo y de mártires en la izquierda, o en general, en la historia política colombiana. Muchos le apostaron a este proyecto sabiendo que podían ser asesinados o desaparecidos, o torturados o exiliados. Muchos ya no están. Yo me pregunto qué queda, qué queda en sus familias, en sus hijos, de qué valió todo eso si se siguen repitiendo las mismas historias, si la izquierda parece atragantada con su propia lógica, si la negociación del conflicto tiene tantos oponentes, si estamos de espalda a la realidad, si no prima el bien común, si se acentúa la dictadura y la guerra se degrada a grados inconcebibles.
Esta nota es para recordar a mi padre, que termina siendo uno más que luchó y mataron, uno más sobre el cual se violan todos los derechos humanos y el cual no recibe trato justo ni vivo ni muerto. No hay verdad, no hay justicia. Nada vale si la izquierda, si los movimientos sociales, si los que hablan en nombre del pueblo, no le ponen cerebro, sentido, amor, ganas, alternativas a este infierno. Nada vale si allí, al frente nuestro, a nuestro lado, las mayorías analfabetas de realidad y cómplices silenciosas del oprobio que vivimos no abren los ojos y exigen cambio, exigen algo, exigen paz, negociación, alternativas. ¡No claudico, sólo pregunto, sólo interrogo, sólo me miro a mi misma y pienso cómo contribuir en medio de tanto embrollo!
Alzo la copa por ti, padre.
Jaime Gómez (1950), desaparecido 21 de marzo de 2006 – aparecieron sus restos 23 de abril de 2006