Edición 45 - Octubre 2009

Cuentos de Fútbol

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En el marco de la fiesta del libro que se realizó el mes pasado en el Jardín Botánico de la ciudad de Medellín, se presentó el libro con los escritos ganadores y seleccionados del concurso “Con la Pelota en La cabeza” que organiza la barra futbolera “Los del Sur”. Los jurados resaltaron de forma especial la cantidad de escritos (más de 600) recibidos y sobre todo su calidad, lo cual deja en evidencia una estrecha relación viviente entre el fútbol y el arte, en este caso, la literatura. Con la autorización de los organizadores del concurso, nos proponemos publicar aquí en las sucesivas ediciones algunos de los cuentos seleccionados por los jurados. En esta edición traemos el cuento ganador.

 

Tumbaítos – Por: Hernando González Rodríguez. 1er puesto Categoría B. (Mayores)

Parecía querer beberse la vida en el pique con que entraba a la cancha. Llevaba adentro el motor: El tumbaíto del piano de Ricardo Ray en Sonido bestial. La cancha lo centripetaba en un impulso de alegría y de anhelo. Era distinto a los viernes de taberna, a ese ambiente calentón que la salsa torea, a la pared en que se recostaba a beber unas cervezas, al baile solo, sin hembra, sin amigos, a pesar de que el antro reventaba de gente. Su pasión se repartía entre esos dos mundos, la salsa y el fútbol, el resto consistía en su anónima semana de obrero. Pero los días volaban en el ansia del partido de los domingos, de ese sprint que lo llevaba de un costado al otro del campo en andas de una felicidad indescriptible. Las mágicas teclas de Ricardo resonaban en su interior, se imbricaban con sus músculos y sus sensaciones. Entonces sentía la ciudad como un sueño placentero que se desovillara perezosamente. Sentía que era posible hallar la dicha en el momento en que la pelota se adaptaba a sus pies y abría riberas a la fantasía y era seguro que la jugada acababa en gol, en triunfo, en celebración. Eran momentos especiales. Sentía que todo se conjugaba, el arte con el balón, el embrujo del piano, la visión de Medellín como una ciudad bonita. Qué disfrute jugar fútbol. Una corriente sensual lo ligaba al entorno. Subía desde la arenilla a sus pies, la sentía como agua represada en el pulso de la multitud en la tribuna, se elevaba hasta la flecha plateada de un avión que cruzaba el azul. Todo era azul en ese instante. Pero era un azul muy distinto al que veía desde el edificio en construcción, arriesgando la vida a treinta metros de altura, el cuerpo molido por la suma de fatigas superpuestas, esperando la hora del almuerzo para engullir la desabrida y menguada coca. La salsa sonando en su radiecito inseparable sazonaba la rebeldía y amortiguaba el hambre.

II
En la entrada de la taberna, cerveza en mano, recostado a la pared, se movía al son de La última rumba, de Henry Fiol, uno de sus temas preferidos, trompeta celestial, y evocaba ese golazo del domingo. Fue en la cancha de grama de la Unidad Deportiva de Belén, en una mañana fresca y clara como una cascada de música. Como un colibrí atolondrado de miel, el balón quedó picando a un paso. Goloso, se le fue con todo y sacó un zurdazo. Entre el impacto del guayo y el zarandeo de la red, el balón describió una curva a lo Falcao en Brasil-Italia en el 82. El arquero la vio pasar, impotente. Lo cantó con una efusión de apoteosis, mientras era cubierto por la avalancha de los compañeros, que se agolparon a felicitarlo. Sintió que podía ir por la vida, ajeno a las trampas del mundo, pertrechado con el recuerdo de un gol. Sólo con eso. El sonido de las bestias rugió en la esquina. La noche parpadeó y en ese instante de suspenso se percibió el cambio de velocidades de la moto. En la máquina de la muerte los sicarios eran como un centauro bicéfalo. ¡Bang, bang, bang! ¡Bang, bang, bang! Era el sonido de las bestias, no las de Ricardo, sino las que llenaban a Medellín de tumbaítos frioleros, tumbaítos que resbalaban en el piso como sordos fardos de hielo, tumbaítos sin posibilidad de levantarse, aunque en el momento de la caída les ataque unas ganas briosas de vivir. Tendido en la acera, embotado, en una realidad sin tiempo, escuchó que decían: “Ah, lo tumbaron. Pa la tumba”. En el ahogo de lo irremediable, se aferró al recuerdo más hermoso, al gol de zurda. Vio otra vez a los amigos corriendo hacia él, rodeándolo, estrechándolo, amparándolo contra el espanto del aire que le faltaba, del aire que se le iba, se iba, se iba… a la red.

 

Rotundo éxito del Encuentro Departamental de Servicios Públicos y Pobreza

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