
Han transcurrido 12 años desde que el 11 de diciembre de 1997 los países industrializados se comprometieran a ejecutar tareas para reducir los gases de efecto invernadero con el tratado de Kyoto. En esa ocasión, la ONU previó el aumento de la temperatura media de la superficie de la tierra entre 1,4 y 5,8º C al llegar el año 2010.
El pronóstico se ha cumpliendo. De igual forma, más de 36 años nos separan de la celebración en Roma – 1974 – de la Conferencia Mundial de la Alimentación, convocada con carácter de urgencia ante las crecientes hambrunas provocada por el declive de las reservas alimentarias. La conferencia predijo que en 1982 el hambre y la subalimentación no serían más que un recuerdo, erradicadas de la faz de la tierra. Hoy es evidente el rotundo fracaso en este propósito. Más de 2600 millones de hambrientos, cifra pavorosa y en acelerado crecimiento, evidencian que la erradicación del hambre para 1982 no fue más que una entre tantas buenas intenciones fallidas, semejante a la que acaba de fracasar en Copenhague.
La XV conferencia internacional sobre el cambio climático minimizó la trágica amenaza que se abate sobre todas las especies vivas que pueblan la tierra. Acordó iniciar en 2030 tareas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero hay momentos en la historia en que la humanidad debe elegir dos premisas: continuar aceptando políticas depredadoras y consumistas del medio ambiente, o elegir la alternativa planteada por el presidente de la República Bolivariana de Venezuela reivindicando el pensamiento de Jesús – libertador de Palestina –, “Lázaro, levántate… no es tiempo de dormir”. La cuestión del clima es demasiado importante para dejarla a los políticos y gobernantes, hábiles mercaderes que trafican con los recursos naturales. Sin dilación, debe exigirse un acuerdo jurídicamente vinculante. Para el 2030, el consumo global de oxígeno será del 300% para la población mundial que se multiplicará con relación a la actual a un ritmo de 80,4 millones por año.
Inminencia de la catástrofe
Cada diez años la temperatura se incrementa 0,3 grados centígrados, a este ritmo, al arribar 2030 el clima aumentará entre 1 y 3 grados centígrados, ocasionando aumento global de la temperatura de 1,9°C a 5,8°C. Como consecuencia, desaparecerán antes de 20 años, en un proceso que ya no es reversible, el 72% de los glaciares y el 60% de los páramos. Los hielos del Ártico y de la Antártica, las cumbres nevadas de los Andes, de los Alpes, Kilimanjaro, Himalaya y Siberia, se derriten a velocidad dramática desabasteciendo el cause de los ríos. Dejarán sin agua a ciudades, industrias y agricultura. Las centrales hidroeléctricas pararán sus operaciones sumiendo a la mayoría de países en la oscuridad. Las especies migrarán hacia pisos más altos, pero no lo harán aquellas especies que habitan los páramos, dado que un piso más alto carece de oxígeno suficiente y de hábitat adecuado. Esta es una catástrofe que podría evitarse si los poderosos del mundo valoraran los daños que están causando a la humanidad y a todas las especies con su indiferencia.
Las concentraciones de dióxido de carbono, según asegura el Instituto GODDAR de la NASA, se incrementarán a ritmo de 2 partículas por millón – ppm – cada año. Según el estimativo, al arribar 2030 las concentraciones de dióxido de carbono y de otros gases que provocan el efecto de invernadero, en la atmósfera, habrá alcanzado 430 – ppm – de CO2, por cuanto la cifra hoy sobrepasa las 390 ppm. Estos niveles causarán enfermedades de las vías respiratorias y deficiencia en el proceso de fotosíntesis de las plantas. Se estima que la masa total de oxígeno atmosférico es de 1.200 billones de toneladas, la cual tiene más de 8,7 billones de toneladas de dióxido de carbono como contaminante; es decir, para el 2030, cuando los gobernantes autoproclamados del mundo decidan actuar según lo acordado en Copenhague, tendremos un promedio de 34,8 billones de toneladas sólo de dióxido de carbono.
Cada día un adulto medio inhala unos 13,5 Kg. de aire. Esto significa un promedio de 200 toneladas de aire que circulan por nuestros pulmones a lo largo de toda nuestra vida. Con esta cifra en mente, no es difícil entender la necesidad de respirar aire puro y promover una ofensiva sin tregua para que el modelo capitalista pare la destrucción del planeta ya. Si no se logra esto, toda acción emprendida para salvar la tierra no será más que una ilusión.
Última oportunidad
Pero el tiempo se acaba, los próximos 5 años serán decisivos: la última oportunidad para hacer frente al calentamiento global de la atmósfera que empezará a estar fuera de control; para la recuperación de la capa de ozono; para salvar los bosques tropicales que aún quedan, para detener el avance de los desiertos y para emprender la lucha contra la miseria de los más pobres del mundo.
El cambio climático se constituirá en la gran barrera para combatir la hambruna, y las enfermedades que creímos extinguidas volverán a emerger. Para entonces, los bosques que suministraban las propiedades medicinales estarán extinguidos. A la vez que los más importantes productores de oxigeno: bosques y algas marinas, van siendo destruidos por la deforestación y contaminación de las aguas oceánicas.
Más de 600 millones de hectáreas de bosques tropicales se destruyen cada año, esta inquietante locura de destrucción equivale a perder 2,5 campos de fútbol cada segundos, o 15 Km. de bosques cada minuto, extinguiendo la fauna y la flora. El 58 % de los humedales de nuestro planeta se han destruido con fines comerciales o para dedicarlos a extensas plantaciones con fines a la obtención del agro combustible, método que acelera la extinción del ecosistema más útil, necesario y esencial de la vida terrestre.
La flora marina, especialmente las algas, están contaminadas. La historia registra que dos días después de las pruebas termonucleares en el atolón de las Bikini, sitio donde USA detonó más de 20 bombas de hidrógeno y atómicas entre 1946 y 1958, la radiactividad de la capa superficial del agua llegó a ser 4.6 millones de veces superior a la normal. Cuatro meses más tarde, la radiación del agua a 800 Km de distancia era 9 veces superior a la normal. En 13 meses el agua contaminada había cubierto una superficie de más de 2 millones de Km2, destruyendo toda la vida subacuática y creando una contaminación radiactiva expansiva. La política antiambiental y exterminacionista de USA siempre ha despreciado los principios éticos fundamentales de las relaciones con los pueblos y con todos los seres vivientes, incluso, con los no nacidos.
Los experimentos médicos científicos llamados proyecto 4.1, después de 60 años, han descubierto en muchas especies de peces, entre ellos tiburones, en el Pacífico norte, en el océano Atlántico, Mediterráneo, el Ártico y en el Antártico, presencia de estroncio- 90, que genera mutaciones en los seres vivos.
Si los países ricos siguen lanzando emisiones como hasta ahora y no replantean su nefasto plan para la obtención de agrocombustibles, más dañino que los combustibles fósiles, las concentraciones alcanzarán 545 ppm. Niveles que alterarán gravemente la vida y los medios de supervivencia y causarán movimientos de poblaciones en gran escala, guerras y conflictos inevitables a escala mundial.
Cada año el nivel del mar aumenta 3 mm. Para el año 2030 las aguas del mar subirán 20 cm. Algunas partes de la superficie de la tierra quedarán sumergidas bajo el nivel del mar, otras se volverán desiertos y las inundaciones y sequías garantizarán el hambre y las enfermedades. Las regiones áridas se calentarán tres veces más al ritmo del resto de la tierra, dando la impresión de un planeta sin vida.
El aumento del nivel del mar extinguirá la tercera parte de los arrecifes de coral, lugar de reproducción, crecimiento y protección de peces en su etapa de desarrollo. Más de 3.000 millones de seres humanos ya no tendrán acceso a estas proteínas y muchos de ellos, junto con otras especies, para siempre perderán su hábitat. El cambio climático producirá mayor escasez de agua y afectará más de 3200 millones de seres humanos, muchos de ellos morirán junto a otras especies.
Inmoralidad del acuerdo
La conferencia de Copenhague fue un fracaso, no hubo acuerdo, fue un engaño a la opinión pública mundial. Acabaron el Protocolo de Kyoto, que jamás quisieron firmar en 1997 por ser un instrumento internacional con rangos de ley, es decir, tiene que acatarse por los Estados y, se cambió el modelo de la conferencia programada, para transformarla en una cumbre excedida en demagogia. No fue más que una declaración de principios.
Los países de la Alianza Bolivariana para las América – ALBA – y otros países, entre ellos, Sudan, señalaron que es un acuerdo vil e inaceptable que 25 países que se creen dueños del mundo encabezados por USA, el país de mayor responsabilidad por la destrucción del medio ambiente, hallan subestimado el calentamiento global. Fue inmoral que 25 naciones cerraran un acuerdo que excluye a la mayoría de 192 naciones presentes en las discusiones.
Quedó explicito, según afirmó el presidente de la República Bolivariana de Venezuela – Hugo Chávez -, “el modelo capitalista basado en la lógica del egoísmo, el lucro rápido y personal, el consumismo irracional, la destrucción del patrimonio común, y quienes defienden este modelo económico, les importa poco la destrucción del mundo, al igual que a Obama, ganador de un inmerecido reconocimiento y sus soberbios socios que han sido derrotados y despreciados por la humanidad. Lo que resulta inaceptable en esta cumbre es la indiferencia y la actitud negligente frente a lo que está sucediendo. Esta indiferencia es la expresión de un sistema capitalista en descomposición que los gobiernos deberían comprender que la naturaleza no debe entregarse a las transnacionales”.
El último día de la Cumbre, el gobierno de Dinamarca suspendió las reuniones para entregar la sala principal de la conferencia al presidente Obama, reservándole el derecho antidemocrático y exclusivo de hablar explayadamente ignorando las demás delegaciones y organismos de Naciones Unidas. Adueñado de la conferencia, impidió que muchas delegaciones plantearan sus opiniones, prohibiendo a los demás representantes hacer uso de la palabra. Sólo Hugo Chávez, presidente de la República Bolivariana de Venezuela, y Evo Morales de Bolivia, pudieron hablar, porque el presidente de la cumbre se sintió acorralado ante la presión enérgica de la mayoría de los países que asistieron a la cumbre y por la fuerza exigente de las multitudes que llenaban las calles de la capital de Dinamarca exigiendo el derecho a escuchar la voz de los presidentes venezolano y boliviano que llevaron un mensaje a todos los pueblos del mundo de estar haciendo todo lo posible por dejar a las futuras generaciones un mundo mejor.
Barack Obama, sin haber escuchado a nadie antes de su intervención, pronunció un discurso ambiguo de tono demagógico y difuso para no comprometerse, ignoró el convenio Marco de Kyoto y abandonó el plenario sin dignarse escuchar a nadie. Una bofetada grosera para todos quienes siguen pensando que el planeta tierra, aún en estado de crisis, sigue siendo ideal.