Edición 73 - Mayo 2012

El Coco se llama Antonio Jesús de la Santísima Trinidad Manrique Bustamante

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Viendo tu camino tan olvidado,

Chocó querido,

Lo que tú has sufrido

Sin tu destino poder cambiar,

Tu inmenso quebranto me

Hiere tanto que en mi penar,

Agobiado el pecho, triste

Y desecho quiero llorar.

Hansel Camacho.

 

 

Yo siempre he sido un cobarde, de los que tiran la piedra y esconde la mano, según decía mi mamá; la primera novia que tuve me tocó levantármela a punta de poemitas plagiados, tiemblo cuando me toca montar en bus en hora pico, le tengo pavor a los ratones y a las palomas, me inventé una enfermedad venérea para no prestar servicio militar, tiemblo con los abismos de las carreteras, no puedo ver las agujas y menos odontólogos, las alturas nunca han sido lo mío, he llorado en días de apagón, cuando veo un payaso en la calle cruzo de acera, soy incapaz de hablar en público,  soy un bulto de miedos, tengo los ojos muy abiertos todo el tiempo, mis manos son liquidas, pero al Coco nunca le tuve miedo.

Lo llaman el Coco, nació en Bojayá, Chocó colombiano, a finales de los setenta, su madre se vino a Bogotá como interna de una casa de familia, alejándose lo que más pudiera de la violencia y el abandono. El coco medía como uno con ochenta cuando cumplió los quince años, y tenía las manos más grandes que he visto en mi vida, se pasaba las tardes enteras en la esquina del barrio obrero, donde crecí contando palomas y buscando niños distraídos para robarles lo que se pudiera. Me llevaba cuatro años, era un afrodescendiente puro, con la nariz ancha y el pelo churco, las vecinas asustaban a los más pequeños con su presencia. – Si te portas mal te mando con el Coco. Se llamaba Antonio Jesús de la Santísima Trinidad Manrique Bustamante, fue mi primer amigo.

El Coco me bautizó el Flaco. Corrimos juntos montaña abajo por la misma bola de trapos que hacía las veces de balón. Una tarde de agosto me regaló la última página de un periódico amarillista donde salía una rubia con los senos al aire; hasta llegó a darme clases teóricas de masturbación. El Coco me llevó a vender latas de cerveza y me enseñó a robar huevos de la panadería de la esquina. Fue el primero que le rompió la cara en mi nombre a otro barón, fue el que me paladió la primera borrachera con vino; una tarde me llevó a romperle vidrios a la iglesia del barrio, porque, según él decía, esos curitas pendejos nunca han hecho nada por nosotros. El Coco era bravo como ninguno, o por lo menos eso creíamos.

– Usted no tiene que tenerle miedo a nada parcero, pal frente con todo, no hay que comerle a nadie – me decía el Coco.

Cuando corría el 99 y todo mundo andaba convencido, como ahora, que el mundo se iba a acabar, el Coco andaba deshaciéndolo. Yo ya casi no lo veía, por andar estudiando para “ser alguien”. Igual el hombre me respetaba, hasta me decía que siguiera así, y me regalaba plata para las copias.

– No se vaya torcer como este negro, parcero. Que esto es muy bravero, siga en su estudio que usted nació fue para eso.

La gente decía que era el duro de un parche que se metía a apartamentos de gente bien, que vendían vicio; hasta llegaron a decir que era un sapo de los grupos armados que por esos días tenían el barrio lleno. Yo no lo negaba, pero no me importaba.

– Pilas mijo con el negro, que anda como torcido. No vaya sea que por pecadores paguen justos – me decía mi viejita.

Y yo le decía por fuera que fresca, y por dentro me decía que yo era un cobarde pero no un mal amigo.

El 2 de mayo de 2002, como a las diez de la noche llegó el negro a mi casa y lanzo la piedra en mi habitación. Ese fue el timbre oficial toda mi vida. Tenía la cara blanca, si es que eso se podía, temblaba y lloraba como un niño. No sé cuántas cosas pasaron por mi cabeza mientras bajé y le abrí la puerta, pensé que había matado a alguien, que su vieja estaba enferma, que un negocio serio se le había caído, tantas cosas. Pasó sin decir nada, con una botella de aguardiente en la mano y un peche en la boca. Yo no sabía qué decirle, mientras se sentaba en mi cama y lo veía llorar desconsolado. El hombre más duro que he conocido en la vida lloraba como el niño más frágil, pero ¿qué decirle al barón?

Él, sin decirme nada, prendió la televisión de veinticuatro pulgadas que tenía en mi cuarto, tele que por cierto él mismo me había regalado la navidad anterior. A las 10:45 minutos la muerte disfrazada de pipeta explosiva bajó por el techo de la iglesia de su pueblo natal, matando a más de 80 personas, y dejando a más de 90 heridos; eran niños y niñas, abuelitas, madres, obreros, Cocos que se habían refugiado en la casa del señor que nos trajeron los españoles, para huir de las balas. Dante se convertía en un inocente aprendiz de la brutalidad de la guerra en Colombia, y yo aprendía de un solo golpe en la cara que el miedo tiene cara de desarraigo y se vuelve fuerte cuando nos falta la memoria.

 

“¿Cómo viviremos y en dónde?”

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