Edición 98 - Agosto 2014

Crónica de los oficios dignos

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oficios

“Vamos mujer, partamos a la ciudad, todo será distinto no hay que dudar-no hay que dudar, confía ya vas a ver, porque en Iquique todos van a entender” (Cantata de Santa María de Iquique).

 

Doña Omaira recoge los bártulos de los campos de Cañasgordas y con Nazario se dirige a Medellín. Pasan los años, tienen tres hijos y se los entregan a la fiera, la ciudad con sus garras los desgarra y hiere. Doña Omaira hace oficios en casas, con su drama y con sus manos, para un hogar que mantener. No le va bien, el trabajo no es continuo y la necesidad mucha. Tiene la paciencia de los años y tres heridas en el corazón.

Una casa donde trabaja es la de Blanca, en Belén por la 76. Blanca, mujer valiente, da un paso más: le ofrece a doña Omaira treinta y cinco mil pesos para que venga a hacer aseo en mi casa; Blanca, la que le da picos a las mejillas de doña Omaira, nos quiere ayudar a los dos. Pero todavía no conozco a doña Omaira.

Si fuera un albedrío, vale; pero no es así. Hay un rezago de servilismo en ese oficio cuando el trabajo es obligado, mal remunerado y el trato seco. La explotación de personas asfixia. Blanca no la explota, Blanca le ayuda, Blanca la estrecha en sus brazos. Pero todavía no conozco a doña Omaira, Blanca es la que me cuenta.

La que brilla baldosas, cepilla muros, lava sanitarios, barre, trapea, sacude y muchos oficios más en casas ajenas, para ganarse unos pesos que no alcanzan ni para satisfacer las necesidades elementales; del trabajo vive, de la dignificación buscada, del tratar de ser alguien en la vida, de ayudar donde la necesiten. De eso vive doña Omaira. Del amor. Del impulso. De los golpes de la vida. De la vida de la vida diría Edgar Morin. Trabaja mucho cuando la llaman, se da de lleno al oficio, parece hiperactiva. Pero todavía no la conozco, es Blanca quien me cuenta.

El bus la deja una cuadra arriba y la veo. Rostro aindiado, deteriorado por el acné, vestido morado desleído, de florecitas, tacones torcidos y huellas de sufrimiento en el alma, esas que nunca se borran. El alma, su alma es la que veo subir las escalas. Me presenta su mano tímida, la estrecho con mi mano fuerte. Muy roja es su cara. La playa de barros se extiende por sus mejillas. La observo y me hace sentir humano y real. La injusticia, el retrato de Dorian Gray, la política de los rostros.

El amor, como la tragedia, ingresa a mi casa y se instala para siempre. Doña Omaira vino, hizo el aseo y se fue. Pero me dejó su historia, una esencia que no vende ninguna vitrina. Rumio su historia durante varios meses, me pregunto qué puedo hacer por ella. Si amo a los perros es que amo a los hombres, al contrario del refrán maldito.

Es diciembre, le mando a decir a doña Omaira que venga a mi casa a lavar las escalas: diecisiete mil pesos, medio día de trabajo más los pasajes, en lo que se va el presupuesto del que tiene para montar en bus.
Doña Omaira no recuerda San Juan: la oriento, es la segunda vez que viene.

Vive en Bello Horizonte, uno de los asentamientos de desplazados más grandes de Colombia.

Hace cuatro años Mi Niña, su niña, se suicidó, en el cuarto, con una sábana en una viga, en su tercer intento de suicidio. Mi Niña la llama doña Omaira con lágrimas en el rostro mientras lava la trapeadora, me conversa y yo la escucho de pie tomándome un café. Lupa nos observa, es una visita amiga y lo sabe. El piso de la casa está encharcado. La manguera va de la canilla a las escalas, no hay por donde pasar.

Mi Niña tenía dieciocho años. Mi Niña era tímida. Mi Niña era hermosa. Mi Niña se suicidó por una decepción de amor, y porque no resistió el hacinamiento en su casa de dos piezas, cocina, un baño y sala, y en la sala quedaba la cama donde dormía uno de sus hermanos con su mujer –una estriptisera– y su bebé. Mi Niña no soportó las borracheras de la cuñada, que la emprendía a los golpes contra el hermano, ni los vidrios y espejos quebrados, ni los gritos. Mi Niña no aguantó.

Doña Omaira llora, entre pausas me sigue contando su tragedia. Le digo que no lave más, pero me contesta que cómo se me ocurre.

Pasan dos años después de la muerte de Mi Niña, de su ofrenda a la pobreza, del Dios les pague. Los otros dos hijos de doña Omaira están entre los veinticinco y los treinta. Pobres, hijos de pobres. Trabajan en construcción. Ladrillo, sol, cemento y capataz. Están en el barrio, en el billar de un tío paterno que vive cerca. Unos hombres armados entran al billar y los sacan. Es el horror de la captura, por donde comienza la ejecución. Al día siguiente aparecen muertos los tres, junto al río, por la estación Tricentenario. Con señales de tortura.

¿Por qué me los volvieron así?, doña Omaira revienta de angustia con el trapero en la mano y la canilla abierta. El sonido del agua no apaga su voz. Llora y habla más alto, muy entrecortada, para que yo la pueda oír. Hay diálogo, hay conversación, hay escucha, hay silencio, hay tensión. Los arrastraron por el piso, amarrados de un carro. Los desfiguraron. Se ensañaron con ellos. Los dejaron como no eran.

¿Por qué los mataron, doña Omaira? Porque el cuñado no fiaba y mis hijos estaban en el billar cuando llegaron esos hombres. ¿Por qué me los volvieron así?, repite en llanto suelto. No es sólo el dolor por la muerte de sus hijos, es la indignación por la tortura que sufrieron, por el ensañamiento, por su larga agonía, por la humillación, por ser la madre de unos hijos llevados por la vida a los niveles bajos de la infamia. Una noticia más en Q´hubo para vender: “Hallan tres cadáveres en el Tricentenario. Los abandonaron en una manga cerca del río. Tenían señales de tortura”. Y Mi Niña colgada de la sábana. Tres hijos tuvo doña Omaira, crió los tres y los tres tuvieron muerte violenta.

Nazario no hace nada en especial desde que una dolencia cervical –producto de su trabajo en la construcción– lo redujo al reposo y le sirve de excusa para no volver a trabajar, pues ya ni recoge café –ya que iba con sus hijos, ahora muertos. Le mataron a sus tres frutos de la vida y a su hermano. Le mataron su sangre. No levanta cabeza. La vida lo apabulla. La derrota es total. Doña Omaira lo mantiene.

Doña Omaira vela por Juan Diego, su nieto de tres años, el hijo del hijo martirizado y de la estriptisera, que sigue en su borrachera continua. Se lo dio en custodia Bienestar Familiar. En Buen Comienzo permanece Juan Diego gran parte del día. Es la alegría de doña Omaira. Si no fuera por Juan Diego doña Omaira ya se habría matado, me dice Blanca.

Contacto a doña Omaira con defensores de derechos humanos para que la orienten a reclamar una indemnización por un caso de asesinato colectivo en un barrio de control paramilitar, en lo que ella está empeñada. Lleva en su cartera negra deteriorada por los años una bolsa con papeles. Me los enseña: la fotocopia de Q´hubo donde aparece la reseña de los tres cadáveres en la planicie del río; fotocopias de las cédulas de los hijos y del cuñado; denuncias ante organismos oficiales; respuestas de los organismos oficiales de Bogotá y Medellín anunciándole que no es víctima del conflicto y que no puede recibir ayuda del Estado por tratarse de un caso de violencia particular. Se trató de un asesinato colectivo, en una zona de control estatal; o paraestatal, es lo mismo. Los asesinatos sin sigla valen menos. Y la diligencia con los derechos humanos la hundió el olvido.

Nadie tiene tiempo para su destino. Es una analfabeta, una impotente, una insignificante. Con lo mucho que le ayuda a la sociedad. Trabajo que pocos valoran, miseria que pocos ayudan, dolor que aplasta. Valiente campesina. Nadie en Medellín tiene la conciencia para valorar a las personas que hacen los trabajos más difíciles y sin las cuales, y sus oportunos servicios, muchos vivirían una pequeña tragedia día a día.

Lo de lavar las escalas fue verdad, pero también señuelo. En realidad quería regalarle un aguinaldo a doña Omaira. No olvidaba su historia, desde la vez primera que vino. Se merecía una alegría. Me agradeció feliz los cincuenta mil pesos, y quiso ponerse a trabajar más para pagármelos. Se lo tuve que impedir. El resto de la mañana nos la pasamos conversando, preparando el desayuno, tomando la mediamañana, haciendo el almuerzo. Antes de irse le pregunto que si vota y me contesta que sí, sonriendo: Por el rojo siempre, por los liberales.

Del recuerdo de doña Omaira están pobladas las paredes de mi casa, el lavadero, el baño, las escalas, mi cama vieja debajo de la cama nueva que al fin no se llevó porque no cabía en su casa.

Salgo al balcón, miro a la calle, tropiezo con los ojos de una mujer que desde la acera me ofrece tres pares de medias por cinco mil; otra, a los minutos, mira arriba, cruza los ojos conmigo y me ofrece bolsas de la basura, doce por mil. Un tercero pasa, mira al balcón y me pide plata.

Me entro. Ingresan conmigo esos rostros de sudor y miseria. Se sientan a mi computador. Hay gente que se acostumbra al paisaje, sellan un pacto con la mala conciencia, la miseria no los despoja de su tranquilidad de espíritu. Esto no es vida, es un rebusque maldito. Por ellos y para ellas, este teclear de hoy.

Fernando Lombana Martínez: un indomable dirigente agrario

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