Edición 98 - Agosto 2014

Fernando Lombana Martínez: un indomable dirigente agrario

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Ese día llegaron convencidos de que iban a cambiar la historia de la región. Y lo lograron. El 18 de febrero de 1995, cientos de campesinos de diferentes veredas de la región norte del Tolima habían decidido terminar, de una vez por todas, con el régimen de injusticias impuesto por la Federación Nacional de Cafeteros, el Ministerio de Agricultura y los politiqueros que a sus anchas se robaban el presupuesto municipal. Estaban los campesinos ahogados por la usura de los créditos, las plagas del café y el olvido de las administraciones.

 

Meses antes se habían reunido en la vereda La Honda para planear, con utensilios de cocina y vituallas, el asalto al parque municipal del Líbano. Habían construido un pliego de peticiones respaldado por dos cosas: justicia y dignidad. Las fuerzas militares, que ya estaban enteradas del terremoto social que se avecinaba, militarizaron las entradas y salidas del pueblo con el ánimo de disuadir la determinación resuelta de los campesinos. De todos los que participaron en esa gesta, uno fue el que sobresalió por su decisión y valentía. Germán Bedoya, líder agrario de la región, narra con fervor ese conmovedor momento: “Estaban militarizadas las tres o cuatro cuadras que distan del parque principal y antes de llegar allí había un camión atravesado y estaba el Ejército. Un militar advirtió: “el que se atreva a pasar por aquí lo matamos”. Entonces un muchacho aguerrido y con vos fuerte dijo: “!si alguien ha de morir y yo soy el primero, pues lo seré!”. El hombre traspasó el cerco y después de él todos hicimos exactamente lo mismo; llegamos al parque y en cuestión de dos o tres minutos lo habíamos inundado de gente que se había metido en los almacenes, en los restaurantes, en los cafés. El parque fue tomado por completo y de una vez exigimos Cabildo Abierto. El hombre que marcó ese momento de historia y rompió ese cerco y se atrevió a desafiar a la fuerza pública, fue Fernando Lombana Martínez”.

Para ponerlo en un parangón histórico-literario, ese mismo acto de valentía que nos narra Germán lo realizó José Arcadio Segundo en la obra de García Márquez, Cien Años de Soledad. En esa ocasión el militar al mando de la tropa y azuzado por la United Fruit Company, le dio un plazo de cinco minutos a la multitud para que se retirara de la plaza, y faltando unos instantes, y sin que nadie se moviera, José Arcadio les gritó: “!cabrones les regalamos el minuto que falta!” 14 nidos de ametralladoras asesinaron en un relámpago de fuego a miles de campesinos en lo que posteriormente se conocería como la “masacre de las bananeras”. Pero en el norte del Tolima, esa masacre la planificaron dos años después del grito que les lanzó Fernando. Miles igualmente murieron masacrados en todo el territorio en solo cinco años. Esta vez los asesinos estaban instigados por politiqueros, empresarios, narcotraficantes y militares.

Después de ese acontecimiento ocurrido en el Líbano, episodio que generó la creación de la Asociación de Pequeños y Medianos Agricultores del Norte del Tolima (ASOPEMA), los campesinos cafeteros se tomaron el Parque Murillo Toro en Ibagué y enviaron unas delegaciones para buscar solidaridad regional y nacional. Fernando Lombana intentó viajar a Bogotá para dar a conocer al país la tragedia en que se hallaban sumidos los campesinos nortolimenses.

Una tanqueta le cerró el paso a la marcha de solidaridad en donde iba Lombana. Sabían a quién iban a asesinar. Imagino que un esbirro que estaba dentro de la tanqueta señalaría: “ese fue el que brincó el cerco”, y, acobardados dentro de la mole de hierro, le dispararon directo al pecho. La bala que lo mató no lo tendió en el piso, lo propulsó a la inmortalidad. Un año después de su asesinato, el 14 de agosto de 1996, miles de campesinos se reunieron para conmemorar el día. Pero fueron reprimidos y señalados por los militares y la prensa de estar “auxiliados por terroristas”.

Esta infamia causó indignación en el campesinado y lo impulsó, por simple dignidad, a crear un movimiento más fuerte y más grande, de carácter nacional. Nació así el Coordinador Nacional Agrario. La muerte de Fernando Lombana originó un proceso organizativo que hasta el día hoy no para de crecer y movilizarse, retumba en las veredas del Chocó, el Catatumbo, sur de Bolívar, Cauca y demás regiones del país que piden justicia y claman igualdad.

Fernando había nacido en la época en que los frutos dan toda su dulzura, un 30 de mayo, en la vereda La Uribe, ubicada entre los municipios de Líbano y Villahermosa. Y murió en la primavera de su vida, cuando solo tenía 30 años. A 19 años de su vil asesinato, en la región recuerdan, como si fuera ayer, su ejemplar comportamiento, su entrega a las causas más justas y, además, su indoblegable tenacidad para conseguir lo que se proponía. Con razón los campesinos de la región, en la conmemoración del primer año de su asesinato, exclamaron en un comunicado: “Como a Fernando no le dieron tiempo de hacer lo que quería, ¡entonces lo vamos a hacer nosotros!” Y, efectivamente, la región, después de ese homicidio, comprendió que con conciencia, persistencia y tenacidad se puede conseguir cualquier objetivo, y, entre ellos, el más anhelado de todos: una nueva sociedad.

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