
Las heridas que tenía eran mortales. Se encontraba débil y demacrado, y en su rostro se leía la pérdida de sangre y el hambre que sufrió durante el tiempo que estuvo en manos de sus captores. Yacía en una modesta cama, recuperándose de las lesiones de puñal su cuello y estómago. En él se dibujaba una anemia aguda que lo hacía ver cadavérico. De aquel hombre de metro setenta y seis de alto, tez trigueña, mirada cansina y perpleja, y cuerpo atlético modelado por el ejercicio y las largas caminatas, sólo quedaba un despojo de piel descolorida y miserable que le sostenían sus huesos para que no se salieran.
Sus heridas internas eran incurables; en cambio, las otras, las físicas, podrían repararse con el tiempo. Sin embargo, la afectación cervical que lo aquejaba se agravó con el paso del tiempo e hizo que saliera del escenario del combate.
Ya no portaría más el uniforme verde olivo, las insignias y el arma de combatiente que lo identificaron durante los años que estuvo en las montañas. Atrás quedaban los campamentos de la “Nueva Colombia”. Allí se formó su disciplina y carácter. Llegó a la manigüa siendo un adolescente de dieciséis años y ahora se marchaba de ella hecho un hombre de veintiséis años. La nostalgia lo embargaba porque dejaba compañeros de lucha, hombres y mujeres con los cuales pasó enfermedades, fríos de interminables inviernos, agonías de hambre, el dolor de la muerte después de un combate y el cansancio de una retirada. También en la selva quedaba parte de su vida, porque los compañeros que cayeron en el fragor de las hostilidades y sepultados en ella, se llevaron un poco de él. A cambio, se quedó con una sonrisa, un abrazo fraternal, una mirada triste y un “nos volveremos a ver”. También su primer y único amor quedaba bajo tierra.
Cargó con el peso de los recuerdos, pero con la convicción de que los ideales que lo llevaron a alzarse en armas eran nobles y justos.
Estaba acostumbrado a enfrentar la muerte en cada expedición que realizó y sobrevivió a múltiples ocasiones que la tuvo en frente. El riesgo al cual se enfrentaba en su nueva vida era menor. Sabía de los intensos operativos que se desarrollaban en la zona que fue de su influencia, pero esto no le preocupaba; pasar inadvertido los retenes militares en carretera se convirtió para él en un reto. Con serenidad, llegó hasta el pueblo ribereño, se sentó en un café a sorber un tinto, aspirar un cigarrillo y se ensimismó en su pasado.
Esperó hasta último momento para abordar el autobús que lo llevaría hasta su familia. De todos los rostros que reparó, ninguno le era conocido. Con lentitud, el vehículo comenzó el recorrido por el pavimento lleno de huecos hasta salir a carretera destapada. Luego de unos kilómetros, repentinamente el automotor se orilló en la vía y sus pasajeros fueron invitados a bajar. Afuera se topó con un pelotón del ejército de la Brigada Móvil Número 1; de entre el grupo de uniformados, emergió un hombre que cubría su rostro con una capucha negra y del cual sólo se veían sus ojos zarcos, y lo señaló de entre los viajeros. Supo que era con él y guardó la compostura.
Por unos instantes escapó del lugar y se refugió en la época de su alistamiento y preparación para el combate, donde le fue inculcada la moral y la ética del guerrero. Por ello, esperaba que sus apresadores le dieran un tratamiento digno. Así lo habría hecho, por lo menos, su organización, en donde era un deber para con el enemigo reconocer el estado de rendición.
Sin perturbación alguna vio partir el automotor y perderse en una curva sin él y sin nadie que lo conociera. El encapuchado de ojos zarcos se le acercó y lo reparó cuidadosamente para estar seguro de que era a quién buscaban. Un gesto suyo iluminó a los uniformados, que de inmediato le maniataron las muñecas: “la caza fue positiva”, informaron por radio y partieron con el hombre, cuando las sombras de la oscuridad apenas comenzaban a caer.
En su lecho de moribundo, en casa de su familia, el hombre recuerda los días y las noches de fin y comienzo de año, encerrado en el cuartucho donde padeció los vejámenes de la tortura, el hambre y la sed. También los días dieciséis y diecisiete de su captura, aún con la moral inquebrantable. Pero el relato turbio y cansado que nos regala revive con especial interés el momento cuando lo uniformaron y trasladaron a la montaña; lo pasearon por caseríos y veredas: quien lo reconocía no podía dar crédito a sus ojos y mejor esquivaba la mirada como avergonzado.
El día diecisiete – el mismo número de días que llevaba sin bañarse, ya maloliente y nauseabundo-, en horas de la noche, extenuado y afiebrado por los dolores que lo aquejaban, sus captores lo despojaron del camuflado y lo dejaron calzoncillos, descalzo y maniatado. No hacía frío, pues estaba en tierra caliente y a orillas del río Nechí. La luna cubría de claridad la oscuridad.
Por segunda vez el hombre escapó mentalmente para liberarse de sus afecciones y descansar. De repente, una mano fuerte y brusca lo volvió a la realidad: lo cogió de los cabellos, tiró de su cabeza hacía un costado y cercenó su cuello en dos tajos ambos lados; la sangre manó a borbotones. La estocada final se la clavó en el estomago.
Las turbias y corrientosas aguas del río recibieron el cuerpo con el resto de vida que queda en él y lo arrastró lejos de sus homicidas. En lucha titánica con las aguas, las ataduras y sus heridas, logró atracar en una empalizada a orillas del cauce. Inexplicablemente el hombre sobrevivió. Campesinos ribereños lo asistieron y protegieron hasta que estuvo en condición de viajar. Todavía en un estado lamentable llegó pocos días después a un centro médico, donde atendieron sus heridas infectadas.
Todavía sin reponerse y ayudado por un palo, que le servía de bastón para no caer, abordó un vehículo cisterna de transporte de gasolina. Hizo la misma ruta de la primera vez, y el vehículo volvió a parar en el retén militar de la Brigada Móvil Uno. Al ver al hombre, asemejando casi un cadáver, los soldados le preguntaron qué le había pasado: “Me atracaron para robarme el oro”, fue la respuesta que le permitió proseguir la marcha, en esta ocasión hacia su familia.