La luz del día aún no se asoma, el caminar de las botas de Marcela se escuchan firmemente mientras recorre las llamadas “caletas” donde duermen los insurgentes del frente 36 de las FARC-EP, y con su linterna observa de que todo esté normal. A las 5 a.m empieza a despertar a sus compañeros: “las 5, son las 5”, y con un silbato señala el momento de hacer filas en el aula central del punto de preagrupamiento. Con fusil en mano los insurgentes se dividen las tareas del día, tales como corte de maderos para el arreglo de las caletas, adecuación de zonas sanitarias, y cuidado de gallineros y marraneras; también se reparten la cocina en la “rancha” y los turnos de guardia. Por lo demás, en su vida cotidiana se les ve leyendo sobre el proceso de paz y otros libros referentes a la revolución, arte y literatura. Se divierten haciendo manillas, jugando al futbol y al dominó en el que apuestan con confites de coco y café, pues a los insurgentes no se les paga un salario.
Para llegar a este sitio alejado de las grandes urbes, fue necesario viajar seis horas hasta el casco urbano de Anorí –un pueblo con más de 200 años y donde es característica la minería–, y después embarcarme en una chiva hacia la vereda San Isidro. Luego de 12 horas, tras múltiples inconvenientes, como la varada de la chiva, logré llegar. Allí encontré al Comandante Anderson Carranza bajo una carpa negra y su típica sonrisa, acompañado de su compañera Mónica.
Amablemente me invitaron a pasar al campamento. Seguí, un poco asustado no por el encuentro con los insurgentes, sino por los comentarios de algunos pobladores que hablan de la presencia paramilitar a menos de dos horas del lugar. Me adentré en el campamento organizado en pequeñas “casas”, plásticos negros para el techo y tela verde para las “paredes”; me sorprendió la capacidad de organización para las tareas, las pancartas que llamaban al respeto por los demás, el amor por la naturaleza, el poder para el pueblo y la igualdad entre hombres y mujeres. Encontré además bombas, pero no de las que dejan personas heridas, sino de las que festejan, en esta ocasión, el cumpleaños de varios guerrilleros, junto con obras de teatro y tortas invitando a la paz. En el lugar también había civiles familiares de los guerrilleros, madres, hijos, y hermanos que se encontraron luego de años, con sus seres queridos.
Los días 4 y 5 de Noviembre se convirtieron, entonces, en un encuentro entre la comunidad y la guerrillerada apoyando la paz. Compartieron con seguidores de las iglesias, organizaciones campesinas y obreras. Eran aproximadamente 1500 personas disfrutando de bailes, cantos y obras de teatro, en el evento se honró la memoria de todos aquellos que murieron en la guerra sin importar el bando.
La esperanza de paz es lo único que no pierden los guerrilleros; prefieren ser positivos ante comentarios que pronostican el rompimiento de los acuerdos y hasta la muerte de muchos de sus integrantes. Pero lo seguro es que los insurgentes estudian, aprenden del arte y la cultura, de la cocina, de la sastrería, de la panadería, de la medicina, entre otros. La guerrillera Mónica, por ejemplo, quiere estudiar psicología, Wilmar quiere ser fotógrafo, Daniela quiere estudiar informática, Marcela quiere volver a ver su hijo, y Julián quiere volver a estar cerca de su mamá.
Los problemas del proceso de paz, como la falta de garantías y seguridad para las poblaciones afectadas y para los insurgentes, las dificultades en la realización de la infraestructura de las zonas veredales, la matanza a líderes sociales, y la falta de compromiso con el desmonte del paramilitarismo, entre otros factores necesarios para un nuevo país en paz, dejan un panorama difuso.