
–La tarde del viernes, muchas veces, se hacía insoportable. El calor del mes de julio nos obligaba a irnos para la calle, encontrarnos con nuestros amiguitos e inventarnos juegos. Eso de jugar fútbol era algo complicado cuando el principal jugador no dejaba que el juego fuera divertido sino un riesgo para la vida, un jugador que sin tenis aparecía. Siempre que lo veíamos acercarse había que correr a la acera para no ser pisados o que no pasaran sus llantas por encima de la única pelota que gozábamos en la niñez. Nos tocó entretenernos con otros juegos pintados en la calle y más rápidos en el huir. –Esto me contaba mi hermano Alejandro de cuando era niño.
Fue así como esos grandes recuadros lineales, y uno semicircular blancos dibujados por nuestros hermanos cuando eran pequeños aún se mantenían bien marcados y los gozábamos a pesar de tantos años que habían pasado, de ser pisados por ellos, por otros niños, adultos y hasta los viejos. Comprendieron y comprendimos cómo era ese juego; de buscar la piedra, lanzarla, brincar, lanzarla, brincar, lanzarla, brincar y llegar al cielo. Disfrutar esa gloria del cielo para luego regresar al principio; lanzar y brincar. Ese eterno ir y volver en el juego, entre la tierra con su número uno y el cielo sin necesidad de ningún número. De tener la buena puntería al lanzar la piedra y no caer encima, en el límite, en esa línea gruesa blanca y así comenzar de nuevo a brincar. Nunca nos gustaron los límites. La piedra en el límite nos dejaba detenidos en el tiempo, algo estáticos, esa espera tan larga en el tiempo empuñando la piedra del triunfo. Esa que besábamos antes de lanzarla.
–El cielo es no necesitar estar encima de ningún cálculo matemático, solo es vivir –decía Felipe, uno de mis mejores amigos cuando estaba dentro del semicírculo.
Los sábados cuando ya en casa estorbábamos y la calle era nuestro gran patio trasero y también el momento de descanso para mamá en la casa, buscábamos la piedra de la buena suerte y solo cuando el sol no quería ayudarnos más para ver la claridad volvíamos a casa. El armario era mi sitio preferido, el refugio de las piedritas que me subían al cielo. Ya no tenía que escudriñar en la calle una nueva, cada ocho días era la misma la preparada en huirle a la línea blanca.
El último sábado de ese diciembre los automóviles y hasta los buses querían jugar sin necesidad de lanzar piedritas, solo pasaban tan rápido que no disfrutaban el placer del cielo, contrario a nosotros. Fue el momento de mi turno, en la tercera casilla estaba en un solo pie. El camión azul jugó sin la piedrita de la suerte. Llegué al cielo más rápido que contar de 4 a 9.