Edición 99 - Septiembre 2014

Un día en la vida de un arenero del Río Medellín

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Areneros

Trabajan en medio del agua gris y contaminada del río Medellín, en la mitad de toda clase de basuras, las que se ven pasar y las que no se ven, que son las más peligrosas: los químicos, y, bueno, hasta los muertos que han sido arrastrados por ahí. Hace más de 38 años, desde las seis de la mañana hasta las dos de la tarde, de lunes a sábado, todos los meses del año, Luis Hernán saca gravilla, piedra y alguna basura que le estorba en el ancho río de la ciudad, a la altura de la estación Caribe del Metro. Es un hombre de estatura media, rasurado como un alto ejecutivo, de tez trigueña, con matices rojizos en algunas partes de su cuerpo como los brazos y  la cara.

Con él ha estado desde hace algunos años, Carlos Arturo, un hombre de 165 centímetros, que en el río luce de menos estatura que su compañero. El hombre de piel trigueña como la canela, con un bigote gris oscuro, un poco más que el agua, y mucho más limpio y parejo que el mismo río y más callado que la ciudad, se ha convertido, según Hernán, en más que un hermano.

Trabajan juntos y cubren una longitud de un kilómetro del río. Ellos lo administran, lo conocen al derecho y al revés, mejor que su ciudad. En él empujan su barca de madera gruesa que mide cuatro metros de largo y 1,50 de ancho; los extremos son en punta, como triángulos. En uno de ellos hay un reloj pequeño de mesa, varias cocas que no son más que recortes de envases grandes, un viejo y grueso lazo y una varilla. Por la mitad hay tres tablones repartidos que hacen de bancas y por debajo de ellas palean la arena mojada. Cada palada puede pesar seis kilos y echan una cada minuto.

Volear pala casi por ocho horas diarias, los siete días a la semana, les ha dado un estado físico envidiable; bajo sus camisas de cuadros, con mangas rasgadas por la batalla diaria, y bajo sus pantalones de paños baratos y recortados más abajo de las rodillas, se ven sus músculos, como si fueran fisiculturistas. En la semana sacan en promedio cinco volquetadas de 38 metros cúbicos aproximadamente. Cada metro cúbico de gravilla lo venden en 25 mil pesos y el de piedra, en 35 mil pesos. En los depósitos después venderán cada uno de estos materiales en más de 45 mil pesos.

–Esto no es para todo mundo. El río es peligroso, el sol encima quema fuerte y el agua contaminada es la más riesgosa –dice Hernán, mientras baja su pala y se apoya en ella para mirarme–. Hace unos días un volquetero se juagó aquí las manos, así como nosotros lo hacemos siempre, y a los días nos contaron que se llenó de granos.

Bajo su gorra verde y su pecho con abundante vello, abdomen plano y tallado, se ve poco sudor. Sus zapatos de cuero, de tipo industrial, dejan ver un dedo blanco por un orificio que les hace para que la arena no se quede en el pie. Los años que llevan ahí los han hecho inmunes a la contaminación del río.

Hernán solo se ha enfermado una vez por causa de este trabajo, y fue a los diez años, cuando empezó a laborar con su papá. Duró cinco días en la cama con una fiebre que, según él, solo la da este tipo de trabajo; pero se recuperó y volvió para ganarse desde entonces, en cada palada, el sustento de su familia al igual que su compañero. Ambos llevan años sin tomar vacaciones, salvo por alguna fuerza mayor, vueltas personales o familiares.

–Uno está acá por necesidad, muchacho. Pero a muchos ni la necesidad los hace quedar –dice Arturo mientras lanza algunas piedras desde el bote a la orilla–. Acá han venido unos que trabajan tres días y ya, si no se enferman, se aburren, pues les parece muy pesado esto.

Después de haber vaciado la canoa, Hernán va a desayunar y Arturo se adentra de nuevo en el río y arrastra su bote hasta un recolector de arena que construyeron con cuatro varillas gruesas de hierro y unos tablones. El agua le llega a la altura de las piernas, él baja la pala y la clava con fuerza para sacar la arena mojada; en la canoa separa la piedra grande y con el tarro va sacando el agua que escurre y la que se entra por las pequeñas fisuras.

Hernán toma un tarro plástico con chocolate de una suerte de cueva que está entre la orilla del río y la avenida que corre paralela a éste. Ahí tiene su ropa, un jean clásico, sencillo y limpio; se pueden contar cerca de seis zapatos de cuero, con parte de la punta cortada. Al hombre alcanzo a verle un melasma grande, más conocido como paño en la piel; él no se rasca ni se toca, pero se le nota por el color.

Mientras come me cuenta que el desaparecido Instituto de Recursos Naturales- Inderena, los acompañaba, pero que no les daba nada. Y que varios periodistas habían ido a entrevistarlos, a tomarles fotos y a grabarlos dizque para conseguir recursos para ellos, pero que no se ha visto nada de eso.

–Hace poquito vino por aquí gente de INGEOMINAS, o algo así, dizque para que asistiéramos a unas reuniones para legalizarnos, pero nosotros no fuimos.

Hernán, Carlos y muchos de los areneros, o mineros para el gobierno, no saben hasta cuándo puedan trabajar tranquilos, sin tener que pagar al Estado por mantener el caudal del río y limpiarlo. Además de eso, la ampliación de la avenida del río en el sentido sur norte amenaza con dejarlos sin trabajo definitivamente. Mientras tanto, seguirán sacando arena del río para seguir construyendo la ciudad.

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