Edición 95 - Mayo 2014

Tramite para un documento inútil: la libreta militar

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Me llamo Manuel y soy de Istmina, Chocó, aunque ahora estudio en Medellín. En 1998 en Istmina me llevaron del colegio para prestar el servicio militar, pero no salí apto porque no podía estirar completamente el dedo meñique de la mano derecha. Hasta hace apenas unas semanas no había definido mi situación militar, la verdad no veía la necesidad de hacerlo y no sacaba el tiempo. No sé por qué a las personas les cierran tantas puertas por ese documento, especialmente en el sector público, si uno ve que la libreta no es garantía de nada, no certifica ni califica nada.

Con todo y eso el martes 22 de abril salí de mi práctica universitaria en la Universidad Eafit a las 5:00 pm, y me dirigía al Juan Pablo II a definir esa situación que me parece injusta e inútil, pero que han hecho necesaria. Con un morral grande, con cuadernos, notas, cocas de comida para pasar el día y algún aparato tecnológico, que en total sumaban un peso incomodo y abrumador, llegué a eso de las 10:30 P.M. Para ser atendido a primera hora. Pensé llevar cobija, pero por el recorrido que tenía que hacer decidí que encartarme así no era lo mejor.

A esa hora ya había 50 personas, quizás un poco más, pero no todos eran hombres, había muchas mujeres, esposas y tal vez hijas, acompañando a sus maridos, padres y novios. Adelante de la fila la mayoría de personas eran vendedores de puestos, que normalmente trabajan en parejas. No alcancé a saber en cuánto los venden pero sí cómo funcionan. Mientras uno cuida el puesto, otro hace ronda en busca de personas a las que les ofrece los puestos, los trae y él mismos los mete a la fila. Más tarde aparece el mismo tipo con otro cliente y lo mete. Lo más “charro” es que lo mete delante del primero al que le vendió el puesto, o sea que ese puesto se convierte en todos los que ellos necesiten. Cuando uno va a mirar aparece un poco de gente adelante de uno, sin saberse de dónde apareció.

Desde las 10:30 p.m que llegué, casi no vino más gente. Las personas empezaron a acostarse, vencidos por el sueño, algunos alquilaban unos “butaquitos”, unas sillas de plástico sin espaldar y se sentaban recostados a la pared, que daba al andén donde estábamos filados, para dormirse, pero no podían. Al final se tiraban al piso, sobre un papel, cobija o plástico; ponían la silla a un lado, sin importar los dos mil pesos que habían pagado e intentaban dormir.

Al rato yo hice lo mismo; encontré un periódico grande y ahí me acosté, apoyé la cabeza en el bolso y me puse la capucha. Ya cuando empezaba a dormirme, un señor llegó con un “carrito” de perros calientes, encendió una especie de planta de energía que hacía más ruido que un verraco y nos despertó. Unos se acomodaban otra vez para seguir durmiendo, pero era insoportable la bulla. El señor apagó la planta al rato y la gente lo aplaudió. Intentábamos seguir durmiendo y de nuevo encendía la planta y otra vez nos despertamos. Al final nos acostumbramos y dormimos un “ratico” más. Después de las 2: 00 A.M. empezó a llegar más gente.

A las 5:00 empezaron a atendernos. A la entrada revisaban la papelería, de ahí a muchos les tocó devolverse. Los que lograban entrar nos indicaban hacía dónde ir. En ese lugar nos quedamos y teníamos que decir de dónde veníamos: bachilleres, desplazados, afiliados al Sisben o víctimas de la violencia. Según el caso nos daban una manilla con un color. Después fuimos a otra sección en la que entregábamos la cédula y nos decían el estado en que estábamos: si éramos remisos, novatos, o si pedíamos duplicado. Luego pasamos a revisión de documentos, donde dos personas revisaban y organizaban los papeles en carpetas, si está todo bien, nos dirigían a otras oficinas para sacar los papeles que faltaban.

Ya eran las 6:00 A.M. Y a varios nos faltaba un documento del Sisben, allá nos mandaron y resulta que no había nadie, la señora que atendía llegaba a las 8:00 A.M. Dos horas nos quedamos sin hacer nada, perdiendo el tiempo porque no podíamos seguir hasta que no tuviéramos ese papel. La señora llegó puntual, con el tinto en la mano, a poner el computador e instalar la impresora y todo eso. Sabiendo que era una jornada especial debían de haber tenido todo listo, es más, debió de haber estado desde las 5:00 a.m.

Salimos como a las 9:00 a.m., para auditoria, en la misma cancha del coliseo. Hicimos la fila sentados para que revisaran que todo estaba en regla y nos dijeran a qué distrito ir. Al rato, cuando ya había avanzado y estábamos muy adelante en la fila, se levanto un señor de los que atienden y dijo: “no atendemos a nadie más sin el papel del Agustín Codazi. Tienen que ir al otro lado a sacar ese papel”.

Ay esa putería, hermano, que nos dio a todos a los que nos faltaba ese papel. Un “gentío” volteamos para allá y no había nadie. Decíamos que avisaran por el altavoz y no hacían nada, no vi a nadie de logística. Al rato aparecieron las señoras de esa mesa, y nos dijeron que el papel valía 11 mil pesos y el que tuviera menos de 43 puntos en el Sisben no lo tenían que pagarlo. Yo le decía a los muchachos:
-¿O sea que si uno no viene preparado con plata se embala? Aquí debería haber un puesto de información para que la gente se entere de todo eso y no pierda tiempo haciendo esas filas.

De Agustín Codazzi nos mandaron a Catastro Municipal y a Catastro Departamental, por otro papel, ese si era gratis para todos. Después volvimos a Auditoria. En ese rato desde que llegamos al Codazzi hasta ese momento iban dos horas. Ya empezábamos a sentir hambre, pero a ratos, uno con tal de sacar eso rápido se olvidaba de ella. De Auditoria me mandaron al distrito 29, ahí había poca gente.

Pronto me llamaron para entregarme la liquidación y me dijeron: “Vaya al banco, cancele, y viene para hacerle imprimir la libreta”. Yo no sabía que eso había que pagarlo de una vez, pero menos mal tenía la plata de los pasajes. Aunque eso no me alcanzó, tuve que salir a llamar para que me consignaran más plata en la cuenta del banco, y esperé como dos horas para sacarla. Gracias a que madrugué las filas eran cortas, pero imagino cómo se volvió eso después de las 2:00 p.m., cuando salí.

Es posible que muchos que no tenían la plata hayan perdido la asoleada en esa fila, (que cuando salí ya era larga), la madrugada, la aguantada de hambre y quizás deban seguir hasta que tengan con qué pagar, o vayan preparados con la plata. Mientras tanto siguen perdiendo oportunidades, por una papel que para muchos es inútil y solo es muestra de la burocracia del Estado.

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