Edición 95 - Mayo 2014

Vivir a la intemperie

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En el lugar de trabajo de Ricardo Cerquera no existe el silencio. Tampoco el aire limpio. Y mucho menos la comodidad. Cerquera pasa más de once horas al día en el andén occidental de la carrera décima, muy cerca de la avenida Jiménez, uno de los puntos más congestionados de Bogotá. Allí tiene un mostrador con más de cincuenta tipos de cinturones de diferentes materiales y tamaños. También ofrece cordones de todos los colores. A diario miles de personas y cientos de buses pasan por ahí, pero él a veces termina la jornada en blanco y debe pedirle prestado al vendedor del lado para volver a su casa en el barrio Diana Turbay, al sur de la ciudad.

Ricardo Cerquera es uno de los más de 42 mil vendedores informales registrados que trabajan en las calles de Bogotá y que han encontrado en este oficio la forma de huirle al desempleo. En la informalidad los riesgos son muchos, y los beneficios, escasos. “Hay días en que no se vende nada, pero hay días en que se sobrevive”, dice este hombre de mediana estatura y acento marcadamente campesino. Su cotidianidad se desenvuelve en permanente estado de vulnerabilidad frente al sistema económico. Su historia refleja la de todos aquellos que viven a la intemperie.

Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un vendedor informal es quien trabaja a pequeña escala, generalmente en el sector de bienes y servicios. Obtiene ingresos bajos y no aporta para su pensión ni para cesantías. Las ventas informales hacen parte de un fenómeno mucho más amplio de inseguridad laboral en el que las personas no experimentan estabilidad en sus trabajos a lo largo del tiempo. En este escenario la incertidumbre es la regla. La Secretaría de Desarrollo Económico de Bogotá estima que el 43,7 por ciento de los trabajadores bogotanos se desempeña bajo estas condiciones.

Estas circunstancias han moldeado la vida reciente de Ricardo Cerquera. Nacido en 1955 en Belén de los Andaquíes, Caquetá, este campesino lleva once años en Bogotá. Cerquera recuerda la fría mañana de 2002 en que llegó, según sus palabras, “con una mano delante y otra atrás”. Había huido de las FARC y debió abandonar sus cultivos de plátano, arroz, maíz y chontaduro. También a algunos de sus familiares asesinados por esta guerrilla.

En el Terminal de Transportes de la capital lo recibió un amigo que había escapado un año antes, y lo llevó a una unidad de atención para desplazados. Allí Cerquera se registró y recibió una ayuda alimentaria provisional. “Esa llegada fue tenaz, fue un cambio muy brusco. Esta ciudad es muy congestionada y casi nadie le habla a uno. Allá yo estaba acostumbrado a relacionarme con todo el mundo”, dice.

Cuando tiene suerte, Cerquera recibe del gobierno un subsidio de 540 mil pesos. Y él está de buenas solo cada tres meses, a veces incluso cada seis. Cuando esto sucede debe hacer filas de más de cinco horas para reclamar un cheque. Una vez aprovechó ese dinero para comprar un plante de cinturones y empezó a venderlos en las calles del centro de la ciudad. Deambuló por la calle 19 y por la carrera 13, muchas veces hostigado por agentes de policía que de cuando en cuando le quitaban su mercancía por invadir el espacio público.

Hace tres años logró entrar en contacto con el líder de una asociación que agrupa a los vendedores ambulantes que se ubican a lo largo de la carrera 10 entre calles 13 y 22. “Después de tanto correrles a los policías me di cuenta de que uno solo no puede hacer nada, por eso me asocié a un grupo para que me representara”, dice Cerquera. El líder de la asociación, quien posee autorización oficial para instalar puestos de venta en la calle, le permitió ubicar su mostrador en donde lo tiene ahora.

Según el Instituto Para la Economía Social (IPES), la vulnerabilidad de los vendedores informales se expresa en que ocho de cada diez terminaron la primaria y siete de cada diez están afiliados al SISBEN en los estratos 1 y 2. También existe una incidencia en la salud pública porque estas personas están expuestas a factores ambientales como la contaminación, el ruido y el mal clima. Este mismo Instituto afirma que la mayoría de los vendedores informales salen a buscar lo del diario pero están orgullosos de su independencia y de la flexibilidad en el manejo del tiempo. Ante el diagnóstico de la entidad distrital encargada de las relaciones con los actores de la economía informal, Ricardo Cerquera sonríe para no llorar.

“Yo aquí he aprendido dos cosas: a aguantar hambre y a estar sin plata”
Contrario al diagnóstico del IPES, Ricardo Cerquera asegura que “la calle es dura, a veces no se vende nada, hay que estar la mayor parte del tiempo de pie, hay que comer a la intemperie, respirar el humo de los carros, hay que aguantar para ir al baño, hay que correr si llueve”. Y sin embargo, de su boca no sale una grosería o un reclamo.

Lo que los estudiosos llaman bajos ingresos se traduce para personas como Ricardo Cerquera en una constante amenaza: el hambre. “Ay, mijo, ¿que si he aguantado hambre? Sí, varias veces”, responde como si la pregunta sobrara. Y añade, “uno no habla de desayuno, porque el día se pasa con un golpe, que es el almuerzo. De resto, por ahí un cafecito y sale”.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, cada cinco casos de urgencias respiratorias están relacionados con la polución. Y en Bogotá, el 41 por ciento de las enfermedades respiratorias son causadas por la contaminación del aire, ese que respira todo el día Ricardo. “Gracias a Dios yo todavía no me he enfermado de gravedad, pero a veces me toca venir a trabajar con unas gripas que ni le cuento”.

Él solo conoce el descanso cuando llega a su casa por las noches a dormir. “Mijo, yo trabajo desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde, de domingo a domingo. Por ahí descanso el 25 de diciembre y el primero de enero”, dice con una sonrisa que intenta sobreponerse a la tristeza. La hora del almuerzo ilustra el frenesí de cada jornada. “Uno come parado al lado del puesto, y además de aguantar que le caiga el humo en la cara toca estar pendiente de que el viento no se le lleve las cosas o de que por ahí empezó a llover y tocó salir corriendo”, cuenta Cerquera.

Ricardo Cerquera es un hombre tímido pero bondadoso. Una mujer que vende mercancía a su izquierda dice que es el más solidario de todos los de la cuadra. Su historia es única pero refleja la de miles de personas que salen a la calle a buscar el dinero suficiente para poder saciar el hambre de ese día. Algunas tienen más suerte que otras. Pero todas comparten la incertidumbre del hoy y también del futuro, porque no saben hasta cuándo van a permanecer en esta situación.

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