Por: Yessica Zuleta
Tiene 9 años, la piel morena y unos ojos grandes que no esconden nada, que dejan ver la alegría, la curiosidad, el cansancio, el enojo… vive en el sector del Morro, en el barrio Moravia, su lugar favorito en el mundo.
Llegó allí en 2022, con su abuela, su mamá, su hermano menor y sus dos tíos, con un sueño compartido que conocen bien las demás familias del sector, tener una casa propia. Desde entonces, Emily ha visto su territorio cambiar, llenarse de casas, que poco a poco se han ido transformando, cambiando sus paredes de madera por muros de ladrillo. Recuerda que antes había más espacio abierto, y que con el tiempo han ido llegando más personas, más amigos y amigas para jugar.
Las calles de Moravia son para Emily, territorio de investigación, pues en ellas busca piedras. No le sirve cualquiera, las prefiere lisas y redondas, grandes o pequeñas. Las recoge y las lleva a su casa como si fueran tesoros, en ellas encuentra distracción cuando aparece el aburrimiento, y también una forma de imaginar y crear.
Emily pinta sus piedras y les escribe nombres, a veces piensa en personas importantes para ella y convierte esas piedras en una especie de homenaje, otras veces piensa en lugares que le gustan o que quisiera volver a visitar. No todas las piedras las conserva, algunas las pierde en el camino, a otras les encuentran nuevos dueños, las regala, como compartiendo pedacitos de su mundo interior con quienes quiere.
Entre las personas que han recibido esas piedras están las facilitadoras y la profesional psicosocial del proyecto Raíz y Alas, un espacio al que Emily asiste los miércoles y jueves después de su jornada escolar. Allí, encuentra algo que le gusta profundamente, la posibilidad de aprender y jugar al mismo tiempo, tocar tambores, escribir en los encuentros de apoyo escolar y compartir con otros niños y niñas. Pero, sobre todo, le gusta el ambiente “hay profes amables que no regañan tanto”, cuenta con una sonrisa que mezcla timidez, complicidad y sinceridad.
A Emily le gusta imaginar. Aunque dice que no le gusta mucho escribir, la verdad aparece en sus acciones, escribe y mucho. Su cuaderno suele llegar a los encuentros lleno de historias nuevas, las cuales comparte con orgullo. En sus cuentos aparecen animales, amigos, amigas y seres que inventa.
“Escribo mucho, he escrito cuentos sobre unos caracoles, una tortuga, un perro, una mariposa, una flor… y una cosita rara que me encontré a la que le puse Remolinito”, dice y al hablar, sus ojos se iluminan como si reconociera el gran poder de sus palabras y sus escritos.
Emily todavía no se nombra a sí misma como escritora. Siente que le falta tiempo, que necesita seguir escribiendo para merecer ese título. “Quiero que mis cuentos se conviertan en libros reales y que mucha gente los lea. Llevo poquito escribiendo cuentos, solo 5 meses. Cuando cumpla un año o más puedo decir que soy escritora”. Mientras tanto, sigue creando, esperando que el tiempo pase para ser lo que ya es.
Emily va siendo muchas cosas a la vez. Es artista cuando pinta sus piedras, cuando ilustra sus cuentos, es narradora cuando llena su cuaderno. Es creadora cuando imagina mundos donde una mariposa puede conversar con una flor o donde Remolinito encuentra un grupo de amigas. También sueña, sueña con ser patinadora, con bailar ballet, con tener el don de darle salud a su familia.
Y en medio de todos esos sueños, hay uno que guarda con especial cariño, que el proyecto Raíz y Alas permanezca en el Morro por mucho tiempo. “Si por mí fuera, que no se acabara nunca. Yo seguiría viniendo a la actividad sin importar que ya sea grande”, en esa frase hay una forma especial de nombrar lo importante, lo que deja huella y permanece en el tiempo.
Emily habita su barrio con la imaginación despierta. Convierte lo cotidiano en juego, las piedras en recuerdos, las palabras en historias. Y aunque todavía no se reconozca como escritora, ya está construyendo, paso a paso, un mundo propio que merece ser leído, escuchado y cuidado.
Tal vez algún día sus cuentos se conviertan en libros que viajen lejos. Pero incluso si eso tarda o no pasa hay algo que ya es cierto, en el Morro de Moravia, entre calles, piedras pintadas y tardes de juego, Emily ya escribe.
Hay niñas que parecen llevar el mundo entero en la mirada y Emily Hidalgo García, es una de ellas.