Por: Laura García
Hay una calle en el centro de Medellín en el sector de Niquitao, angosta, gris, con olor a bazuco y la basura mojada. A cualquier hora se escuchan gritos. Es una calle de inquilinatos, pero también una calle para el consumo de sustancias psicoactivas.
En medio de esa calle vive Leonardo Jesús Maneiro Patiño, tiene diez años. La recorre de extremo a extremo en chancletas, pantaloneta y tiene las piernas llenas de raspones de tantas caídas jugando sobre el cemento de la calle.
A mitad de la acera de las Corralejas, como es nombrada la calle, está la habitación de inquilinato donde vive con su madre, su padre social y su hermana de un año. Leo, como le decimos de cariño, siempre tiene algo que contar, cada tarde trae una historia nueva a los encuentros del Proyecto Raíz y Alas, un detalle que vio, una pregunta que no lo deja quieto o una historia que inventa.
Habla de carros, de motos, de balones, de viajes, dice que cuando regrese a Venezuela, su país, volverá a tenerlo todo, no lo dice con tristeza, lo dice como quien guarda una certeza. Nació en el estado Sucre y llegó a Colombia hace un año.
Leo es curioso, hablador, parlanchín, insolente. Hace preguntas todo el tiempo, quiere saber la vida de los otros, entender por qué están donde están, sonríe fácil, sus dientes se asoman como si también quisieran decir algo. Puede hablar de muchas cosas, pero le cuesta seguir indicaciones, sostener acuerdos, quedarse en un mismo lugar por mucho tiempo.
En el colegio, donde cursa quinto grado, eso se ha hecho evidente. Juega con otros niños y niñas, pero a veces pierde el control, de un momento a otro se frustra, se torna impulsivo, exige tener lo que los demás tienen. Eso le ha cerrado puertas. “En el colegio están haciendo un curso por las tardes de muralismo. Yo ya no puedo regresar porque el profesor dijo que no me aguantaba”, cuenta.
Su madre es quien sostiene todo, es la única cuidadora. El padre de Leo falleció en Venezuela y desde entonces la carga económica y del cuidado recae completamente sobre ella, trabaja, cuida, resuelve. La crianza se vuelve difícil cuando la prioridad es la subsistencia. No siempre hay tiempo, ni herramientas, ni energía para acompañar desde la calma.
El lugar donde viven tampoco ayuda. En Las Corralejas la vida transcurre entre el consumo de bazuco, la reventa de objetos de segunda y la presencia constante de personas que habitan la calle, muchas son personas adultas mayores. Otras cargan historias de enfermedad mental, de rupturas familiares, de pérdidas.
En las noches, el humo entra por la ventana de la habitación. La madre dice que quiere irse, encontrar un lugar más tranquilo, con aire limpio para sus hijos. Pero por ahora es lo que pueden pagar.
Leo camina esa calle como si la conociera de toda la vida, saluda por su nombre o por su apodo a quienes están allí. Se detiene, escucha, conversa, a muchos les lleva agua en botellas de gaseosa que recoge, les comparte pedazos de pan de los refrigerios, extiende la mano y espera que la otra persona la tome.
—Ellos son personas — dice —. Hay que saludarlos.
Algunos le regalan juguetes viejos, raspados, cosas que otros dejaron, Leo los recibe como si fueran nuevos. También le hablan, le dan consejos: que estudie, que se cuide, que no se pierda, él los escucha, dice que lo cuidan.
No todos consumen, no todos están allí por la misma razón, pero Leo no parece hacer esas distinciones. Mira, reconoce, se acerca, donde muchos ven amenaza o desecho, él encuentra personas.
Desde hace algunos meses participa en las actividades del proyecto Raíz y Alas. Allí ha logrado algunos avances, pequeños acuerdos, momentos de permanencia, pero sigue siendo difícil. Le cuesta quedarse, seguir indicaciones, sostener los vínculos en espacios con acuerdos de mutuo respeto. A veces decide irse.
Leo es un niño al que se le acompaña pedagógica y psicosocialmente para fortalecer sus estrategias de cuidado y protección frente a los riesgos de la calle. Y, aun así, su vida transcurre en medio de ellos. Hay una tensión constante entre lo que necesita aprender para cuidarse y lo que su entorno le exige para vivir.
Su contexto no cambia fácilmente, la calle sigue siendo angosta, gris, atravesada por el humo. Pero en medio de todo eso, él insiste en saludar, en nombrar, en acercarse.
Y en esa insistencia, tan pequeña y tan cotidiana, aparece preguntas que no es solo para Leonardo:
¿qué estamos viendo?, y ¿qué estamos dejando de ver, cuando hablamos de niños como Leo?